CAPÍTULO 15
El sol asomaba tímido en el horizonte, tiñendo de naranja la oscuridad del cielo.
Yo ya estaba en pie, arreglando el seto. Mi objetivo era irme de allí dejando al menos una mínima señal de mejora en aquel prometedor rincón de la casa.
El humo del café me calentaba el rostro, frío por el viento helado.
Luke me seguía a todas partes. Era un perro del rancho, acostumbrado a todo y a todos, pero desde que llegamos, adoptó nuestra casa como su hotel.
— Serás sinvergüenza, te pasas el día entero paseando por ahí y vienes aquí solo a comer y dormir —fingí regañarle, disfrutando de la sensación de tener una mascota.
Él ladró, animado.
Me encantaban los animales, pero mi rutina con Mel era muy ajetreada;
salíamos temprano, llegábamos tarde. No sería justo para el animalito dejarlo tanto tiempo solo en un apartamento pequeño.
Volví a regar las plantas. A diferencia de los otros días en los que repetía ese gesto como una forma de concentrarme para el día de trabajo, hoy me sentía inquieta. No quería admitirlo, pero sabía el motivo.
Desde que Logan apareció sin camiseta, corriendo de la nada por esos lares, yo abrigaba la esperanza —aun sin quererlo— de verlo otra vez.
— No seas tonta, Hannah —murmuré, irritada.
Terminé de regar, me sequé la mano en el albornoz y volví adentro mientras me atusaba el pelo alborotado por el viento. Me detuve en la puerta del cuarto de
Mel y la vi durmiendo aún profundamente. Al lado, la lámpara de noche y algunos adornos que compré cuando fuimos al pueblo.
Nuestra estancia era temporal, pero no por eso iba a dejar de darle al cuarto su toque personal. Sin apartar la vista de la niñita toda desparramada en la cama pequeña, me apoyé en el marco de la puerta y di un sorbo a lo que quedaba del café, todavía tibio, pensativa.
No puedo definir el día de ayer con otra palabra que no sea: sorprendente.
Después de comer, volví al trabajo sin poder quitarme de la cabeza la imagen de Logan durmiendo en el sofá y de mi pequeña haciéndole mimos.
A mí me daba mucho miedo dejar a Mel sola con extraños, siempre.
También me pasó con Pryia. Con la señora Brown, estábamos construyendo una bonita confianza, pero aun así, yo no me sentía del todo segura, por eso volvía a la casa principal varias veces al día, para comprobar cómo estaba mi listilla y sus peripecias.
Sin embargo, al ver aquella escena tan inesperada, surgió algo nuevo. No era preocupación ni miedo. Era difícil de explicar; la palabra que más se acercaba tal vez fuera conexión.
No tenía ningún sentido, pero era lo que sentía.
Cuando volví, horas después, la mesa de centro no estaba en su sitio, Mel estaba sentada en el suelo con el cuaderno en el regazo y Logan de pie, terminando una llamada telefónica.
No hablamos de lo que pasó. Enseguida, él se retiró diciendo que tenía que resolver algunas cosas en el despacho. De camino a casa, Mel me contó todo lo que había pasado desde que él se despertó y el dibujo que hizo.
Me reí cuando lo vi. Aun así, parecía irreal imaginar al poderoso Logan McAllister sentado en el suelo dibujando con mi hija.
Bajé la taza y suspiré.
— Será mejor que vuelvas a concentrarte en el trabajo o te volverás loca, Hannah...
Guié el cabestro de Eclipse por la pista cubierta con cuidado, animándolo a relajarse. Casi siempre se ponía tenso después de los procedimientos, así que para desvincular masaje vs. dolor, me proponía hacer algo que le gustara.
— Venga, tienes que esforzarte —lo animé con voz cariñosa pero firme, acariciándole el cuello.
Él relinchó quejándose. Yo sonreí y me acerqué para darle un beso en la frente. Luego me aparté, volviendo a tirar del cabestro con suavidad.
— No te creas que me vas a engañar, grandullón... Venga...
Lentamente, fue respondiendo a mis órdenes. Por donde quiera que pasara, sentía las miradas y los comentarios sobre nosotros. No siempre eran bienintencionados, pero yo los ignoraba. Era lo mejor que podía hacer.
Seguía concentrada en él cuando, de repente, sentí que se me erizaba la nuca. Sin darme cuenta de lo que hacía, cerré los ojos y contuve la respiración. No necesitaba verlo para saber que Logan andaba cerca.
Eclipse también lo sintió, relinchando al reconocerlo. Enseguida, las pisadas sordas sobre la tierra blanda se acercaron, seguidas de la voz firme:
— Buenos días, Hannah.
Me giré despacio, intentando no demostrar la incomodidad que me invadía. Logan vestía pantalón grafito, camisa blanca, sombrero, cinturón y botas negras. Me resultó imposible no fijarme en el vello oscuro de su pecho firme, que dejaba al descubierto el primer botón desabrochado.
— Buenos días, señor McAllister. ¿Se encuentra mejor?
Él asintió, pareciendo no querer hablar sobre el día de ayer.
— Sí, estoy mejor. —Desvió la atención hacia el caballo, pasándole la mano por el pelaje oscuro—. Y Eclipse, ¿cómo está?
En los minutos siguientes, le expliqué toda la evolución que estaba teniendo con la alineación muscular, la liberación miofascial y la evaluación del movimiento.
Logan escuchó sin interrumpir, alternando la mirada entre mí y el animal. Una mirada analítica que parecía ver más allá de la imagen, como si pudiera ver por dentro.
Intimidante y desconcertante a partes iguales.
— ¿Está listo para que lo monte?
— Si no lo fuerza demasiado, sí.
— Estupendo. —Asintió, satisfecho.
Logan podría haber mandado a cualquiera de los empleados que estaban allí que ensillara a su caballo, incluyéndome a mí.
Sin embargo, guio al animal hasta el cuarto de aperos e hizo todo el proceso él mismo.
Lo acompañé para asegurarme de que no aplicara fuerza donde al caballo aún le dolía, pero mi jefe no era de los que lo necesitaban.
Al fin y al cabo, no había llegado hasta aquí sin entender el manejo de los equinos.
Yo sabía que Eclipse era un caballo bravo; no hacía falta ser una experta en comportamiento. Pero conmigo se mostraba un poco más dócil, como si entendiera que el tratamiento era por su bien, aunque le doliera.
En cambio, con Logan el animal parecía reconectar con su instinto de macho alfa. Su respiración cambió. Su mirada oscura brilló con intensidad, como si reflejara las emociones de su dueño. Una conexión fuerte, poderosa y penetrante.
Logan tiró de los latiguillos[1], asegurándose de que estaban bien apretados. A continuación, apoyó el pie izquierdo en el estribo y me lanzó una última mirada antes de montar.
Cualquier atisbo de la vulnerabilidad de ayer había desaparecido.
No hubo palabras. Solo un largo segundo de miradas conectadas, tragar saliva y humedecerse los labios.
El relincho pinchó nuestra burbuja. Volví a analizar a Eclipse, tocándole los puntos de dolor para asegurarme de que realmente estaba bien.
— Tengan cuidado. —Fue todo lo que dije al sentir que se me erizaba la nuca.
Logan asintió brevemente. Con un gesto mínimo, dio la orden con las riendas, lo suficiente para que el caballo lo entendiera y saliera de la inercia.
Los vi alejarse y solo entonces me permití soltar el suspiro contenido mientras me acercaba a la valla. Trepé por la madera blanca y me senté sobre ella; mi mirada se mantenía fija en ellos.
Logan montaba de forma imponente. La espalda recta, la cadera encajada, los codos a 90 grados y el sombrero bien sujeto a la cabeza.
Una escena para quedarse grabada en la memoria de cualquier mujer.
Fue paciente, como si probara los límites del animal.
Un rato después, Eclipse dio muestras de que necesitaba más, casi una súplica.
Su dueño lo escuchó. Y lo que pasó a continuación fue deslumbrante. Todos se pararon a mirar.
Cogieron velocidad. Las herraduras levantaban tierra blanca por el aire. La camisa ondeaba con la fuerza del viento. Los músculos del caballo se marcaban tanto como los de su dueño.
Mi cuerpo reaccionó.
Se me secó la boca. El calor me recorrió el vientre. Los pezones presionaron el relleno del sujetador.
Estaba lejos para oler el aroma que desprendían, pero si tuviera que apostar, diría que era feromona pura, de esa que hace que una cometa locuras.
Contuve el aire en los pulmones, dándome cuenta entonces de que necesitaba follar. Ya ni me acordaba de cuándo había sido la última vez que había sentido placer sin estar sola.
Mi agitación interna se rompió cuando sentí la presencia de alguien detrás de mí, seguida por un gruñido en voz baja:
— No le basta con ser un arrogante, además tiene que lucirse de esta manera.
No necesitaba girarme para reconocer la voz de Thompson.
Fingí no haberlo oído y me bajé de la valla, aferrándome a mis responsabilidades para dejar de pensar tonterías con mi jefe.
— Hannah, ¿tienes un minuto? —La voz de Thompson resonó todavía a mis espaldas.
Cerré los ojos e inspiré; los abrí antes de darme la vuelta.
— Voy a ver a Melissa. ¿Necesitas algo? —respondí sin dejar de caminar.
Desde el incidente de hacía dos días, había estado evitando hablar con el jefe de veterinaria. Hablábamos solo lo estrictamente necesario. No porque sintiera algún tipo de amenaza por la reacción de Logan, sino porque me sentía incómoda con Thompson.
Las mujeres notamos cuando un hombre no nos mira con respeto.
— La verdad es que no. Pero estaba pensando en...
— Lo siento, Thompson. De verdad tengo que irme —le interrumpí antes de que pudiera decir lo que fuera que iba a decir.
Lo dejé atrás al salir de la pista, me subí al coche y conduje en dirección a la mansión.
Quería estar lejos de hombres y de problemas. Al fin y al cabo, eran lo mismo...
Apenas apagué el motor de la camioneta vi asomar la cabellera negra por la puerta principal. Al verme, Melissa vino corriendo con una gran sonrisa. Tal vez era el reflejo de la mía al bajarme de la camioneta y caminar hacia ella.
— Mami, ya has llegado —celebró al abrazarse a mi pierna.
La cogí en brazos, le besé el flequillo y me aparté para verle mejor la carita.
— ¿A qué se debe tanta alegría? No estabas así cuando te dejé esta mañana.
Me pidió que la bajara, me agarró de la mano y me arrastró de vuelta.
— Estoy ayudando a la señora Brown a pegar unas cositas por la casa. Pero entonces he oído el ruido de tu coche y he venido corriendo.
— Ya veo. ¿Y qué cositas son esas?
— No me sé el nombre, pero ella dice que es para protegerme.
Arqueé las cejas, sin entender de qué se trataba.
Pronto entramos en la casa y solo entonces me di cuenta de lo que era.
Gloria estaba cerca de la mesa del comedor, encajando unas pequeñas piezas de goma en las esquinas. Y no solo eso. Los jarrones de cristal habían desaparecido. Los taburetes se habían sustituido por sillas más seguras. Los enchufes estaban tapados.
— ¿Qué está pasando? —pregunté, y la ama de llaves se giró para mirarme.
— Buenos días, señorita Hannah. El señor McAllister ha mandado dejar la casa totalmente segura para Melissa.
En mi interior, el desconcierto dejó paso a un calorcito en el corazón. Bajé la vista hacia la niñita que aún me cogía de la mano y me miraba entusiasmada.
— Te lo dije, mami, que el Sr. Serio se había preocupado cuando casi me caigo ayer...
Sí, era cierto que me lo había dicho, pero no pensé que él fuera a cambiar la estructura de su propia casa por ese motivo.
Fue... inesperado e igualmente sobrecogedor.
Como si supiera que estábamos hablando de él, el inconfundible sonido de la camioneta nos envolvió. Mel me soltó la mano y salió corriendo; le dio la misma cálida bienvenida que a mí.
— Cariño, espera a que pare el coche —grité a su espalda.
— Ya lo sé, mami... —respondió en el mismo tono.
Logan se bajó y Melissa se abalanzó a sus piernas. Fue rápido, pero él vaciló, como si también le hubiera pillado por sorpresa el gesto. Y entonces, para mi total asombro, se inclinó para cogerla en brazos.
Tuve que apoyarme en el marco de la puerta.
Primero, por la sorpresa de la escena en sí. Jamás imaginé que ella pudiera abalanzarse a sus brazos de esa manera, y menos aún que Logan pudiera corresponderle.
Segundo, porque por primera vez vi una conexión fuerte entre ellos. Como si... se conocieran de hace tiempo, y no de hace unos días.
El cuerpo me flaqueó y me temblaron las piernas.
No tenía sentido que esa escena me impactara de esa forma.
¿Qué me estaba queriendo mostrar el universo que yo no era capaz de ver?