El viudo CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Me desperté lentamente.

Primero las reacciones físicas. El espacio un tanto estrecho para mi tamaño. Las piernas calientes. El pecho sudado. Y entonces, un peso ligero en mi cabeza, como si algo estuviera apoyado ahí.

Abrí los ojos despacio, molesto por la claridad, empezando a darme cuenta del escenario a mi alrededor.

Me había quedado dormido en el sofá del salón.

Por el sol de justicia que entraba por la ventana, parecía ser media tarde.

Bajé la mirada hacia mi cuerpo, cubierto por la gruesa colcha de mi cama.

Por eso me sentía como un asado al horno.

Al mover la cabeza y mirar hacia arriba, me encontré a Melissa mirándome con sus enormes ojos azules y una sonrisa angelical.

— Has despertado, dormilón —murmuró, y entonces entendí que el ligero peso en mi cabeza era su mano acariciándome el pelo.

Parpadeé, aún situándome, me quité la manta y me senté despacio. Paseé los ojos por la casa y vi a Gloria de espaldas, haciendo algo en la cocina. Todo parecía exactamente igual a la hora a la que llegué, de no ser por el sonido más bajo de la televisión y la luminosidad de la tarde.

— ¿Qué hora es? —Mi voz sonó ronca. Me aclaré la garganta, doblando el brazo para mirar el reloj.

— Ya casi es hora de que mami venga a buscarme —Melissa se adelantó a decir.

La resaca y el sueño parecían haberse pasado, pero la cabeza aún me pesaba un poco. Apoyé los codos en los muslos, moviendo las yemas de los dedos, retomando poco a poco el control de mi propio cuerpo, y miré a Melissa, sentada en el reposabrazos del sofá.

— ¿Has estado ahí todo el rato?

Ella sonrió, negando con la cabeza.

— No. He ido a comer con mami, he ido al baño un par de veces, he jugado un poco.

Pero luego has empezado a hablar en sueños, llamando a Charlotte y a Liam.

No los conozco, pero ya he visto en la tele que eso es tener una pesadilla.

Así que he vuelto y te he estado haciendo mimos en el pelo, igual que mami hace cuando tengo miedo.

Y entonces has parado y has vuelto a dormir, pero yo me he quedado aquí, claro. Por si volvía la pesadilla...

—concluyó, encogiéndose de hombros. Escuché el relato en silencio, pudiendo visualizar cada escena, y sin dar crédito a la inteligencia de aquella niñita.

En aquel instante, Melissa subió un escalón más en el cariño que —aun sin entenderlo— yo sentía por ella. Le toqué el pie sobre el sofá, en una caricia breve, pero agradecida.

Ella sonrió, sacudiéndolo.

— ¡Para! ¡Que tengo cosquillas!

Negué con la cabeza, sonriendo sin darme cuenta. — Por supuesto que sí. —Vi la manta a un lado. Al arreglar mi habitación tantas veces, Gloria sabía que yo no dormía tapado. No podía haber sido ella quien me tapó.

Entonces recordé que me quedé frito viendo a Melissa decir algo sobre el cuarto—.

¿Tú me has tapado? Ella esbozó una enorme sonrisa presumida. — Ajá, yo solita. Ha sido muy difícil, porque la manta pesa mucho y tú eres enorme. Pero lo he conseguido —se jactó, moviendo los hombros casi con burla—.

A lo mejor te he hecho un poquito de daño, porque me he tenido que subir a tu pierna para tirar de la manta, pero te juro que ha sido sin querer.

Imaginé la escena, aliviado de saber que podría ver la peripecia grabada por las cámaras.

Melissa no dejaba de sorprenderme.

— Gracias, Mel —agradecí el gesto de cuidado.

Ella negó con la cabeza. — Mami me ha enseñado a ser educada, ¿sabes?

Pero una vez, me dijo que el amor no se agradece, solo se siente.

Y así, en el apogeo de su metro de altura y sus escasos veinte kilos, me noqueó.[1] No recuerdo la última vez que me quedé sin palabras, pero en aquel momento, no tuve respuesta, impactado por la fuerza de lo que había dicho.

— ¿Tienes hambre? —rompió el silencio entre nosotros, ya que la televisión seguía poniendo dibujos de fondo—.

Ya es la hora de merendar. Sus palabras despertaron mi atención hacia esa necesidad.

No había comido desde ayer por la tarde, y bastó con pensar en comida para sentir el malestar del hambre. — Sí que la tengo.

¿Le puedes pedir a Gloria que nos prepare la merienda mientras me doy una ducha rápida?

—le pedí al levantarme. — Ajá... pero ya la estaba preparando... Asintió, tirando de la manta del sofá antes de cruzar el salón en dirección al cuarto.

Mi mirada se cruzó con la de Gloria que, desde la cocina, seguía atenta a mi interacción con Melissa.

— ¿Se encuentra bien, señor? ¿Prefiere que le sirva la comida en lugar de la merienda? — Sí.

Prepare un café bien fuerte y sírvalo con lo que Melissa suela comer a estas horas.

— Sí, señor. Continué mi camino hacia la habitación sintiéndome un poco en las nubes.

Tiré la colcha sobre la cama y me metí a la ducha, pensativo por lo que había pasado.

Mi móvil estaba hirviendo de llamadas, mensajes y correos electrónicos sin leer. Lo ignoré todo y me dirigí a la barra de la cocina.

Sentada en uno de los taburetes, Melissa movía los pies en el aire, parloteando sobre mil temas con Gloria y una de las asistentas. Me acerqué, desconfiado. La mujer, si no me equivoco, Abigail, salió rápidamente.

A excepción del ama de llaves, ninguno de ellos se quedaba cerca cuando yo estaba en casa.

— ¿Ese taburete no es muy alto para ti?

Melissa giró la cabeza, mirándome.

— No, me gusta así... estar alta. Volvió a mover los pies y, sin imaginárselo, empujó la parte de abajo de la barra.

El taburete se tambaleó, Melissa se desequilibró y gritó al darse cuenta de que se iba a caer.

Al mismo tiempo que veía todo suceder a cámara lenta, acorté la distancia entre nosotros sin siquiera darme cuenta y atrapé a Melissa en el aire, atrayendo su cuerpecito menudo hacia mi pecho.

Sus pequeños brazos rodearon mi cuello, y su olor infantil invadió mis fosas nasales.

El alivio me recorrió el cuerpo.

¡Joder! No habría sido un accidente grave, pero podría haberse hecho daño.

De repente, mi atención se centró en todo lo que podía resultar peligroso para ella en aquella casa.

— Gloria, mande que quiten estos taburetes de aquí.

Tape los enchufes. Retire los jarrones de cristal. Proteja las esquinas.

La mirada del ama de llaves —antes asustada— cambió, tal vez dándose cuenta de lo mismo que yo: Melissa pasaba a ocupar un lugar importante para mí, de celo y cuidado.

— Sí, señor.

Voy a preparar la mesa para que coman. — Yo te ayudo, señora Brown —se adelantó Melissa, servicial—.

Bájame, Sr. Serio. Hice lo que me pidió, intentando comprender aún el grado de preocupación que había sentido al ver que casi se hace daño.

Unos minutos más tarde, estábamos sentados a la mesa, sirviéndonos los dulces que Gloria había preparado. Melissa tenía una capacidad asombrosa para enlazar un tema con otro sin necesidad de pausar para respirar.

Me llevé la taza a los labios, saboreando el amargor del café en la lengua, mientras la veía sostener el vaso de leche entre sus manitas. El ambiente era acogedor. Ella estaba a gusto.

Curiosamente, yo también lo estaba, aunque aún me preguntaba el motivo por el cual estaba dejando de lado mi trabajo para estar merendando con ella.

Melissa se quedó en silencio de repente, con la mirada perdida por la ventana mientras bajaba el vaso lentamente sin darse cuenta del bigote blanco de leche sobre sus labios.

Me había acostumbrado a su charlatanería y a su mirada brillante, así que, enfrentarme a un breve momento de introspección me encendió todas las alarmas.

— ¿Va todo bien?

—Me esforcé para no sonar tan rudo.

Me miró, pasándose el antebrazo sobre la boca en un vano intento de limpiarse.

— Debe de ser muy guay montar en bici por aquí, ¿verdad?

Arqueé una ceja, comprendiendo el motivo de su tristeza.

— ¿Tienes una bici en Aurum? Asintió, cogiendo una galleta del plato que tenía delante. — Ajá.

Nuestro apartamento es pequeño, así que mami me lleva a montar por la urbanización, a veces. No estaba bien aprovecharme de la ingenuidad de la niña para saber más sobre su intimidad, pero la curiosidad me venció e iría solo hasta donde fuera seguro.

— Cuéntame cómo es su vida allí.

Su mirada volvió a brillar.

Melissa habló sin parar durante unos minutos, aunque básicamente me contó lo que ya sabía: que su vida se resumía en que Hannah trabajaba mucho mientras ella estaba en el colegio.

No mencionó en ningún momento a una figura masculina, ya fuera su propio padre o un novio de Hannah.

Cuanto más hablaba ella, más intentaba entender yo, pero no llegaba a ninguna conclusión satisfactoria. ¿Qué habría pasado con su padre?

¿Por qué Hannah se fue a Oriente?

¿Por qué era tan cerrada? Eran demasiadas preguntas y ninguna respuesta. — A veces, mami se pone triste. Ella no lo dice, pero yo lo sé

— reveló Mel, terminando de comerse todo lo que Gloria le había puesto en el plato. — ¿Por qué crees eso?

—pregunté, satisfecho al ver que era una pequeña glotona.

— Porque llora cuando se cree que estoy dormida. Apreté la mandíbula, molesto. No quería ver a la niña triste, ni ponerme a cotillear sobre la vida de su madre.

— ¿Qué te parece si volvemos a dibujar o a ver los dibujos animados?

Melissa se emocionó, como si se hubiera acordado de algo.

— Sabe, señor Serio, no me gustó mucho aquel caballo que le dibujé la otra noche. Ya he intentado hacer otros, pero me han quedado feos.

¿Usted podría ayudarme a hacer otro muy bonito? Me rasqué la frente.

Tenía cero habilidades artísticas.

¿Y ahora qué, Logan McAllister?

— Yo no sé dibujar, Mel —admití, sincero.

Ella sonrió. — No pasa nada, yo le enseño. —Se movió para bajarse de la silla, pero fui más rápido y evité que se cayera de los cojines—. Venga, vamos al salón —convocó, tirando de mi mano.

La seguí, pensando en qué momento había empezado a moverse por las habitaciones sintiéndose la dueña de todo.

La respuesta era simple: desde el día que llegó.

— Me gusta dibujar de pie, pero usted es muy grande. Así que, a lo mejor es mejor sentarse en el suelo, ¿no?

Yo me siento a su lado. Me dejé guiar por ella hasta el salón.

No recordaba cuándo había sido la última vez que me senté en el suelo.

— Venga, siéntese aquí —ordenó.

Me quedé mirando a aquella cosita tan pequeña, pero tan llena de personalidad y cariño. Acerqué la mesa de centro hacia nosotros antes de acomodarme en el suelo y apoyar la espalda en el sofá.

Ella me entregó el cuaderno y un lápiz de cera, colocándose a mi lado enseguida. Lo hojeé con calma, analizando algunas páginas arrugadas, la mayoría llenas de dibujos, otras con simples garabatos y unas pocas aún en blanco.

Un dibujo me llamó la atención.

En él, un caballo, una mujer, una niña y un hombre.

— ¿Quiénes son estos, Mel?

Se levantó, apoyando una mano en mi hombro y señalando con la otra hacia el dibujo. — Este es Eclipse.

Esta es mami, esta soy yo y este es usted.

Me quedé sin respuesta de nuevo.

— Está muy bien. —Fue todo lo que me permití decir. Durante los minutos siguientes, recibí la clase más autoritaria de mi vida.

La profesora tenía un doctorado en quitarme la cera de las manos y decir que ya lo hacía ella. Un rato después, el dibujo estaba terminado.

Ni de lejos era lo más bonito que había hecho en mi vida.

— Parece un monstruo —dijo, echándose a reír. Analicé el garabato deforme, raro y aterrador.

Tuve que darle la razón y acabé riéndome también. — En mi cabeza parecía más fácil —refunfuñé, más para mí que para ella.

Retiro lo que dije cuando vi el primer dibujo que me regaló. Comparada conmigo, era la más brillante dibujante contemporánea.

Melissa se distrajo con algo en el cuaderno, sin parar de charlar.

Aproveché para abrir una aplicación de compras online. Elegí algunas cosas que encajaban con ella, preguntándole, sin que se diera cuenta, por sus preferencias, como sus colores favoritos y a qué le gustaba jugar además de pintar y montar en bici.

Acababa de finalizar la compra cuando mi teléfono sonó. Esta vez, no lo ignoré. — Youssef...

—dije al descolgar.

— Te llamo para saber cómo van las cosas por ahí y asegurarme de que de verdad no me vas a robar a mi empleada.

Miré a Melissa, que tenía el cuaderno en el regazo y me observaba con curiosidad.

Contuve el aire en los pulmones, dándome cuenta de que algo había cambiado. Ya no estaba tan seguro de permitir que volvieran a Aurum.

Al menos, no sin luchar...

[1]Quote muy comercial.