CAPÍTULO 12
Me froté las sienes en el vano intento de librarme de aquel dolor molesto. Irritado, me recosté en la silla, me quité las gafas de lectura y cerré los ojos, ignorando el informe abierto en la pantalla del ordenador.
La cabeza me pesaba una tonelada.
Después de la escena de ayer, conduje sin rumbo hasta parar en un bar cualquiera de carretera, alejado y discreto. Una copa se convirtió en una botella, en dos, y cuando me di cuenta, era de madrugada. Las palabras de Hilary martilleaban en mi mente, el pasado llamaba a la puerta...
Le daba vueltas al hecho de haber actuado por impulso con respecto a Hannah y al dichoso veterinario. Con todo eso hirviendo en mi cabeza, llegué a casa faltando poco para que amaneciera.
En lugar de dormir, me di una ducha helada, tomé un café cargado y vine al despacho, obligándome a concentrarme en lo que realmente importaba.
Otro pinchazo me arrancó un suspiro de furia.
— Ya no tienes edad para emborracharte y trabajar sin dormir, Logan —maldije, rindiéndome.
Apagué el ordenador, cogí la funda de las gafas de sol del cajón y me levanté, saliendo del despacho.
Era media mañana y las pistas estaban animadas.
Tenía que ver cómo estaba Eclipse, pero aun así pasé de largo hacia la camioneta.
En pocos minutos estaba cruzando la verja que separaba la zona común del rancho de mi parte privada.
Me bajé, loco por pillar mi cama, pero bastó con dejar el sombrero en el recibidor para escuchar la música infantil a volumen medio que venía del salón. Solo entonces recordé que Melissa ahora formaba parte de aquel entorno, al menos hasta que terminaran los 30 días del contrato de su madre.
Comprobarlo me dejó un mal sabor de boca. Sin estar en condiciones de pensar en ello ahora, avancé por la casa sin hacer ruido.
Por las voces, Gloria estaba en la parte de atrás, dándole órdenes a los empleados.
La televisión estaba encendida con unos dibujos animados en inglés.
De pie frente a la mesa de centro, Melissa dibujaba en su inseparable cuaderno mientras se contoneaba de un lado a otro, tarareando la canción de la tele, pero en árabe.
Había una pinza para el pelo sobre el reposabrazos del sillón, demasiado de adulto para ser suya.
Si mal no recordaba, ya se la había visto en el pelo a su madre. Apoyé el hombro en una de las vigas, contemplando con los brazos cruzados la inteligencia de aquella niñita que apenas medía un metro de altura.
Su presencia llenaba la casa de una energía buena, como si su lugar siempre hubiera estado allí. El malestar de la cabeza fue sustituido por una extraña sensación de pertenencia.
Mientras que mi vida era control, silencio y previsibilidad, la presencia de Melissa era todo lo contrario a eso.
Caos, desorden y ruido. Me humedecí los labios, saliendo de esos pensamientos.
Solo podía ser la falta de sueño nublando mi juicio. Debería haber ido directo a la habitación, sin siquiera dejarme ver. En lugar de eso, dejé que mis piernas me acercaran al salón.
Al sentir mi presencia, la niña giró el rostro por encima del hombro y sonrió. — ¡Sr. Serio!
—exclamó, acercándose a mí. A continuación, tiró de la tela de mi pantalón—. Agáchate. Me pregunté el motivo, y aun así, me vi doblando las rodillas hasta ponerme a su altura.
Ella sostuvo mi rostro entre sus dos manos, pareciendo toda una profesional al analizarme con extrema atención, para enseguida, dar el veredicto:
— Madre mía, estás fatal.
Fue tan inesperado y sincero que me arrancó una discreta sonrisa.
— Gracias.
— No es para dar las gracias —respondió, obviamente sin entender la ironía.
¿Qué esperaba? Era una niña de cuatro años. Melissa siguió moviéndome la cara de un lado a otro, inspeccionándome con esos enormes ojos azules, exactamente como hacen los médicos durante una revisión.
Luego, suspiró, como si fuera a darme una mala noticia. — ¿Estás enfermito?
¿Quieres que le pida una medicina a la señora Brown?
Su preocupación era real, como si de verdad creyera que yo estaba enfermo.
Toqué sus manos pequeñas y calentitas, apartándolas de mi cara con un gesto suave.
— Estoy bien, no tienes que preocuparte. Arqueó una ceja y luego sacó una mano de la mía para rascarse la frente.
— ¿Estás seguro?
Puedo pedirle a mi mamá que te lleve al médico. Mis manos actuaron sin mi permiso al colocarle un mechón de pelo detrás de la oreja.
— No hace falta.
Solo tengo sueño.
Ella cambió el peso de una pierna a otra y sonrió, aliviada. — Ah, sé lo que es eso. Odio cuando tengo que madrugar para ir al cole. Hay días que me duermo en el asiento de atrás durante el camino.
Visualicé la escena mentalmente, imaginando cómo sería su rutina.
Ágil, Melissa me cogió de la mano, con mucho cuidado. — Ven, voy a cuidarte. —Me guio hacia el sofá del salón—.
Túmbate aquí. No sabía explicar el motivo, pero me vi haciendo lo que me pidió.
Con cualquier otro niño, ya me habría marchado. Sin embargo, Melissa parecía tener algo especial que nos conectaba y, extrañamente, me dejaba tranquilo. Me gustaba estar con ella, incluyendo toda su charlatanería y su cariño.
— Pesas mucho —refunfuñó al intentar levantarme la pierna.
— Deja, ya lo hago yo —respondí, terriblemente conquistado por la suavidad del sofá.
Subí las piernas y, mientras disfrutaba de la forma en que el cojín acogía mi cabeza, Melissa me quitó los zapatos y los calcetines. Era rápida.
En cuestión de segundos estaba cerca de mi cara.
— ¿Dónde hay una manta?
— No hace falta.
— Claro que sí, tienes que dormir calentito.
Dime dónde está y la cojo.
Su voz se fue alejando. Los ojos me pesaban, a punto de ceder por completo al sueño.
Creo que no respondí. Lo último que recuerdo fue verla girarse hacia el pasillo diciendo algo así como: debe de estar en el cuarto.