CAPÍTULO 11
— ¿Puedo confirmar el viaje a Kentucky de pasado mañana?
—indagó mi secretaria, sentada al otro lado de la mesa.
— Puedes.
Me levanté y me dirigí al bar en la esquina del despacho.
Habíamos estado encerrados toda la tarde, resolviendo los asuntos pendientes y adelantando todo lo posible.
Además de una secretaria ejecutiva sumamente competente, Hilary era mi asistente personal, la encargada de la parte burocrática de todas las ramas que componían el McAllister Stud, y de mi agenda. Ella solo dejaba que llegara a mí aquello que realmente no podía solucionar.
Aunque nuestro contacto remoto era diario y su presencia en el rancho tenía lugar cada quince días, la mayor parte de su trabajo lo realizaba desde la oficina de la ciudad, lo que le facilitaba desplazarse entre abogados, bancos, compradores y subastas.
— Entonces, hemos terminado —concluyó ella, cerrando la tapa de su portátil antes de guardarlo en el bolso.
Serví dos chupitos de whisky, ofreciéndole el suyo al acercarme. Hilary aceptó, relajó los hombros y soltó un largo suspiro.
— Lo has adivinado, me hacía mucha falta. —Chocó su vaso con el mío, bebiéndoselo de un trago.
— Ve despacio, que aún tienes que volver conduciendo.
Puso los ojos en blanco y se levantó, colgándose la correa del bolso al hombro.
— ¿De verdad crees que una copa como esta va a tumbarme, Logan
McAllister? Parece mentira que no me conozcas —replicó, caminando hacia la puerta; yo la acompañé.
— No pierdes la oportunidad de ser insolente, ¿verdad?
Sonrió, fingiendo echarse el pelo hacia atrás.
Llevábamos muchos años trabajando juntos. Hilary sabía lidiar con mi carácter difícil y no se dejaba intimidar por mis malas caras.
Bastó con abrir la puerta que nos aislaba en la sala climatizada para sentir el calor bochornoso de la tarde envolviéndonos.
— ¡Dios mío, qué sauna! —Hilary refunfuñó, pero su voz se fue alejando cuando mis ojos se clavaron en el picadero que teníamos enfrente.
Estaba acostumbrado a ver a los caballos entrenar con hombres y mujeres, pero nada podía compararse con la imagen de Hannah montada en
Eclipse, obligándolo a dar lo máximo de sí en la pista.
La escena me sorprendió, no solo por ver que se estaba recuperando y volviendo a estar activo, sino por la imagen de Hannah inclinada sobre él, sin sentarse en la silla.
Sus pies firmes en el estribo la obligaban a tensar sus robustos muslos cubiertos a duras penas por los vaqueros ajustados. El polo se pegaba a su piel sudorosa. El viento le azotaba el rostro húmedo, echándole hacia atrás el pelo que aún no se le pegaba a la piel.
Eclipse no dejaba que lo montara nadie que no fuera yo, pero con Hannah, no solo lo permitió, sino que los dos parecían estar en una sintonía única, como si en ese momento fuera de ella, y no mío.
Una escena cruda, indomable y sexy a la vez.
La reacción fue intensa. La sangre me hervía en las venas.
La irritación por que aquello pudiera forzar al caballo en exceso y causarle algo más grave compartía espacio con la punzada que me dio donde menos lo esperaba.
La rabia surgió latente.
De Hannah, de la situación, pero principalmente de cómo mi jodido cuerpo se empeñaba en reaccionar.
Apartar la mirada me resultaba imposible, como si un imán me atrajera sin darme opción a luchar.
De fondo, la canción I’m gonna getcha good[1]sonaba en los altavoces del picadero y parecía haber sido puesta para hacer juego con la escena, y no ser una puta casualidad.
Contuve un gruñido en la garganta, furioso por no poder contener mi reacción casi visceral.
— Cierra la boca, McAllister. —El regaño vino acompañado de un codazo en las costillas.
— ¡Joder! —maldije, sintiendo un leve dolor irradiar por mi abdomen—. ¿Te has vuelto loca? —Miré fijamente a Hilary.
— Yo no. Pero tú, por lo visto, sí. —Sonrió, volviendo a mirar hacia la pista—. Me imagino que esa es la famosa Hannah.
Fruncí el ceño y volví a mirar en la misma dirección, aún impactado por la escena.
— ¿Famosa?
— Claro que sí. ¿O te crees que solo porque paso más tiempo en el pueblo no me entero de todo lo que pasa por aquí?
— No ha pasado nada para que ande en boca de los empleados.
Hilary rio con sarcasmo. Yo, en cambio, sentía ganas de estrangular a cada maldito empleado parado junto a la valla, mirándola con deseo.
— Tú eres el jefe, Logan. Nadie tendrá nunca las agallas de que llegue a tus oídos lo que llega a los míos.
Volví a mirarla.
— ¿De qué estás hablando?
— De que los peones están medio embrujados por ella. Mira cómo babean como perros hambrientos. —Volvió a fijarse en Hannah—. Incluso tú. Mira cómo te has puesto.
Hilary era la única persona en el mundo con el valor suficiente para decírmelo directamente a la cara. Precisamente por eso, la escuchaba por muy incómodo que me sintiera.
Odiaba admitir que tenía razón.
— Olvidemos esto. Vuelve al pueblo y resuelve ese asunto con el banco. Avisa a los abogados si hace falta —cambié de tema.
Se humedeció los labios y negó levemente con la cabeza.
— Eso, finge que no pasa nada.
Me rasqué la frente, incómodo.
— No pasa nada —gruñí en voz baja. Era demasiado lista.
Una risita irónica se escapó de sus labios mientras fingía mirarse las uñas pintadas de rojo.
— Hablamos ayer y no tenías el mismo tono con el que me has recibido hoy.
— No quiero hablar de eso. —Zanjé el tema, recordando el sueño.
Me tocó el hombro, suavizando su tono.
— No olvides que soy la persona que más te conoce en la vida.
Sé cuando algo es diferente —me recordó—. Ya hace ocho años que
Charlotte se fue, Logan. Ya va siendo hora de que te permitas volver a ser feliz.
— No quiero otra mujer.
Hilary se quedó en silencio, tal vez dándome tiempo para asimilar lo que había dicho.
— Creo que no querías... Hasta que llegó Hannah.
Apreté la mandíbula, sin apartar la mirada de la mujer sobre mi caballo, ajena a mi observación.
— Quieres ver cosas que no existen, Hilary.
Chasqueó la lengua.
— Eres tú el que no quiere ver lo que es evidente.
No me hace falta verte en persona para saber si estás bien o no. Y desde que ella llegó – al menos hasta anoche – estabas más relajado.
— Creo que será mejor que te vayas.
Le toqué el hombro, animándola a que caminara hacia el coche.
— Vale, ya pillo que no me quieres aquí —refunfuñó, abriendo la puerta trasera para guardar el bolso.
Mientras la esperaba, volví a observar el picadero. Mi mirada se encontró con la de Hannah, que ahora trotaba lentamente. Le sostuve la mirada y ella no la apartó.
Detrás de mí, escuché el chasquido de lengua de mi secretaria.
— Y encima, luego tienes el valor de negarlo...
Me obligué a romper el contacto visual, pero antes de que pudiera girarme hacia Hilary, vi a Thompson al fondo, a punto de babear por
Hannah.
Apreté los puños, tragándome la rabia
No tenía derecho a sentirme así por algo que no era mío. Aun así, estaba harto de ver cómo el incompetente veterinario se quedaba prendado de la nueva empleada.
Me giré hacia Hilary y, evitando admitir que actuaba por puro impulso, ordené:
— Cancela el viaje.
Giré sobre mis talones, consciente de que su mirada me quemaba la espalda, y me dirigí como un toro furioso hacia el picadero. Para entonces, Hannah ya se había bajado del animal y tiraba de sus riendas. Pasé a su lado y fui directo al blanco de mi ira.
Al percatarse de mi presencia, Thompson se quedó de piedra con los ojos muy abiertos.
— Este es mi último aviso. Céntrate en tu trabajo. A la próxima que te pille despistado, estás despedido.
Tragó saliva.
Sin esperar respuesta, me di media vuelta y desanduve el camino, furioso. Sentía el peso de la mirada de Hannah sobre mí, y no iba a darle explicaciones.
Simplemente me fui hacia el aparcamiento.
Hilary estaba con ambos brazos apoyados en la puerta del coche, con una sonrisa tonta en los labios.
— Nací para ver al poderoso Logan McAllister perder el control —tarareó en voz baja cuando me acerqué a mi coche, aparcado al lado del suyo.
Sin la más mínima paciencia para sus ironías, me saqué del bolsillo la llave del coche y salí levantando polvo.
[1] Shania Twain. Compositor: Robert
John Mutt Lange.