CAPÍTULO 9
Observé, algo abstraída, cómo Logan se alejaba.
Su altura y hombros anchos imponían respeto, pero era su actitud cerrada, casi indomable, lo que captaba mi atención.
Me pasé la lengua por los labios y solté un largo suspiro, sacudiendo la cabeza para apartar esos pensamientos.
— Terminar aquí e ir a buscar a Mel es lo mejor que puedes hacer,
Hannah —refunfuñé, volviendo junto a la yegua y el potrillo.
Un rato después, salía del establo hacia la camioneta. Durante esos pocos días trabajando allí, descubrí que Logan tenía un despacho situado estratégicamente entre el establo y las pistas, lo que le proporcionaba agilidad de desplazamiento y la posibilidad de observar el funcionamiento del haras.
Paseé la mirada rápidamente por la llanura, devolviendo el saludo a dos empleados que me hacían señas. Al girar la llave en el contacto, Zach
Bryan inundó los altavoces con un country tranquilo.
Era media tarde, lo que me permitiría pasar un tiempo diferente con mi abejita.
Al llegar a la valla que separaba la zona privada del resto del rancho, me bajé para abrir la cancela de madera. Al volver al coche, me sorprendí pensando en lo mucho que echaba de menos aquel simple gesto.
Al igual que en Aurum, el McAllister Stud estaba controlado por un estricto sistema de vigilancia y tecnología, compuesto por portones automatizados, vallas reforzadas, cámaras y hombres armados protegiendo caballos de valor incalculable.
Sin embargo, en aquel tramo en concreto que delimitaba el espacio privado de Logan, la modernidad dejaba paso a su esencia campesina combinando —en perfecta armonía— dos aspectos tan distintos de su personalidad.
Aparqué cerca de la entrada, dando unas palmadas para avisar que estaba llegando. De pronto, un bulto de un metro vino hacia mí, corriendo y gritando mami antes de abalanzarse a mis brazos.
— Te he echado de menos, mamita —dijo, abrazándome fuerte.
Le besé el pelo, notando que lo llevaba recogido en una coleta más suelta de lo habitual. El flequillo le caía desordenado sobre los ojos. Estaba descalza, llevaba unos pantalones cortos vaqueros y una blusa amarilla, manchada de lo que parecía ser naranja.
— Yo también, Abejita. Espero que no le hayas dado trabajo a la señora Brown.
Bastó con pronunciar su nombre para que Gloria se materializara, saliendo de la cocina mientras se secaba las manos en un trapo de cocina.
— Qué va, si Mel es muy educada.
— A que sí —respondió la cotorrita, bajándose de mis brazos—. Ven a ver lo que estoy dibujando, mami.
Y salió tirando de mi mano mientras el ama de llaves me lanzaba una mirada de complicidad.
Sobre la mesa de centro del salón, unos papeles y lápices de cera.
El resto estaba bien ordenado y limpio, lo que me hizo respirar un poco más aliviada.
Confiaba en la educación que le estaba dando a mi hija, pero mentiría si dijera que no me ponía tensa la posibilidad de que hiciera algún desastre, ensuciara o rompiera cualquier cosa de aquella casa que parecía intacta.
En realidad, lúgubre, pero no era asunto mío.
— Mira, mami... he dibujado el rancho —Mel me explicó, entregándome la hoja con colores en su mayoría verdes y algunos puntos oscuros, mientras los señalaba—. Y estos son los caballitos.
— Me encanta, cariño. Dibujas muy bien —la animé, acariciándole el pelo—. ¿Qué te parece si ahora nos arreglamos esos pelos y dejamos descansar a la señora Brown? He pensado que podíamos ir a conocer el pueblo, ¿qué opinas?
Su expresión pasó del desánimo a una repentina animación.
— ¡Yo quierooo!
Gloria sonrió.
— No es ninguna molestia cuidar de la pequeña Mel.
Le hice una leve mueca.
— Yo la he parido, señora Brown, y conozco bien a mi criatura —
bromeé y su sonrisa se convirtió en una carcajada.
— Madre es madre...
— Así es... —continué, de buen humor—. Gracias por haberse quedado con ella.
— Qué va, no ha sido nada. Pero antes de irse, coman unas galletas que acabo de hacer. De hecho, Mel me ha ayudado.
— Yo la he ayudado, mami —aseguró la pequeña, levantando un dedito al aire—. He ayudado a echar la harina y a cascar el huevo.
Cerré los ojos teatralmente.
— Jesús mío, me imagino el desastre.
Ellas se rieron y Melissa se adelantó.
— Pero he ayudado a limpiar igualito que me enseñaste a pasar el trapo cuando derramo leche, mami.
— Así se habla, mi amor... —Me enorgullecía ver a la niña tan increíble, aunque bastante traviesa, que estaba criando.
Fuimos a la cocina. Melissa se comió dos y yo, una. Mientras conversaba con la señora Brown y escuchaba a la pequeña parlotear sola de fondo, paseé los ojos por el lugar, sin dejar de pensar en cómo sería la vida de mi jefe en aquella casa tan enorme y silenciosa.
— Mel trae vida a esta casa —comentó la señora, sacándome de mis pensamientos.
La miré con expresión interrogante y ella continuó—.
Desde que falleció la señora McAllister, todo aquí es tristeza.
Y entonces, llegó esta pequeña esparciendo sus colores por el salón y tarareando canciones en árabe. Nadie entiende nada, pero les gusta.
Escuché su relato con una mezcla de vergüenza y orgullo, lanzando una mirada a la pequeña que comía sentada en el taburete y balanceaba las piernecitas en el aire.
— Si le está molestando, por favor, avíseme, ya buscaré otra forma de...
Ella agitó la mano en el aire.
— Nada de eso, muchacha. Digo que la presencia de su hija trae voces y movimiento a esta casa.
Es bienvenida, todos nosotros, los empleados, estamos encantados y damos gracias a Dios.
Por fin tenemos otras cosas que limpiar aparte de quitarle el polvo a los muebles y a la poca ropa sucia del señor McAllister —bromeó.
La miré en silencio, sintiendo la textura de la galleta olvidada entre mis dedos. Sabía que me estaba haciendo un cumplido, pero, aun así, no me gustaba la sensación de ser una molestia.
— Avíseme inmediatamente si hace alguna trastada, señora
Brown.
— Tonterías... —Sirvió un poco más de leche a la pequeña, que bebió hasta hacerse un bigote blanco sobre la boca.
Un rato después, salimos de la casa de mi jefe temporal y nos dirigimos a la casa en la que nos alojábamos.
— Directa a la ducha, Abejita. Solo voy a poner esta ropa a lavar y me uno a ti.
Ella asintió, haciendo equilibrio para quitarse la ropa. Una vez más, admiré la independencia de mi niña, súper espabilada a sus casi cinco años.
Primero me entregó la parte de abajo, y después la blusa.
A continuación, bajó la mirada por su propio cuerpecito, tocándose debajo de las costillas.
— Mami, ¿por qué tengo esta fresa boca abajo aquí? —preguntó, levantando la vista hacia mí.
Una sonrisa cómplice asomó a mis labios. Tenía razón al decir que se parecía a una fresa boca abajo, de color café con leche.
— Ven aquí, Abejita. —Me agaché, tendiéndole la mano. Ella vino, mirándome con esos grandes ojos azules. Dejé la ropa en el suelo y la acogí en mis brazos, pasando la yema de los dedos sobre la mancha grabada en su piel—. Esto es una marca de nacimiento.
— ¿Marca de nacimiento? —preguntó, frunciendo el ceño—. ¿Para qué?
Le pasé el pulgar por el entrecejo, alisando la arruga como hacía siempre y a ella le gustaba.
Durante un tiempo, esa marca en el cuerpo de mi hija fue algo que me atormentó.
En los primeros meses, mandé hacerle pruebas para asegurarme de que era benigna y tras confirmarlo, respiré un poco más aliviada, un poco, ya que la marca no era genética mía.
Muchas noches, soñé que su padre aparecía, enseñaba la marca mientras me acusaba de haberle escondido a su hija y, a continuación, me la quitaba.
Todavía era algo que me perseguía, porque sabía que, aunque remota, la posibilidad existía.
Respiré profunda y discretamente para que no notara el peso de aquel tema y, con la mejor sonrisa que logré en ese momento, le puse una metáfora:
— Cuando mamá estaba embarazada de ti, me entraron muchas ganas de comer fresas —recalqué el adverbio, mirando sus ojos curiosos en cada palabra—. Pero no era época, y no pude comerlas. Entonces, salió una manchita de fresa en tu barriguita.
Melissa se cruzó de brazos y puso un puchero.
— Ay, no, mami... yo quería que fuera un caballito, pero los caballos no se comen —refunfuñó y no pude contener la risa.
El hecho es que nunca me gustó mentirle a mi hija.
Sin embargo, aquel no era un tema sencillo, sobre todo teniendo en cuenta su edad. Así que, prefería salirme por la tangente y contarle la versión lúdica de la historia.
— No, cariño, los caballos no se comen —afirmé al recuperarme del ataque de risa—. Pero ahora, ¿qué tal si te metes en la ducha? Si encontramos una tienda chula, aún quiero comprarte unos vaqueros.
Su expresión cambió, abriendo una enorme sonrisa.
— ¡Yupiii! Yo quiero. Y otras botitas rosas de abejitas, ¿verdad, mami? Las mías ya me están apretando los deditos.
Le peiné el flequillo hacia atrás con los dedos y le besé la frente.
— De acuerdo, mi abejita patuda. Mamá te quiere mucho —le di una suave palmadita en el culete—, aun sabiendo que probablemente volveré del pueblo con un agujero en la tarjeta de crédito.
Se rio y se dirigió a la ducha.