CAPÍTULO 8
Desvié la mirada del ordenador, quitándome las gafas de lectura.
En el bloc de notas bajo mi mano, un borrador de cifras y porcentajes. Aunque se me daban bien los cálculos mentales, garabatear me ayudaba a pensar mejor.
En el contrato abierto en la pantalla, una propuesta de venta de un caballo prometedor.
Nunca fui del tipo que negociaba precios cuando estaba seguro de la calidad, fuera lo que fuese. Por eso, no me gustaba que intentaran ponerle precio a mis caballos.
Solté un gruñido irónico, volviendo a ponerme las gafas.
— Llega a ser ofensiva una propuesta así —maldije, tecleando rápidamente la negativa por correo electrónico.
Estaba terminando cuando James llamó a la puerta.
— Señor, tenemos que decidir los caballos que irán a la próxima subasta —dijo al asomar medio cuerpo hacia adentro.
— Entre. —Levanté la vista. A continuación, releí rápidamente y lo envié.
Él ya había traído una lista previa, lo que agilizó nuestra charla en los minutos siguientes.
— ¿Entonces serán estos, señor? —él preguntó al terminar.
— Quiero verlos personalmente antes de decidir —declaré, levantándome y salimos del despacho.
Él me acompañó hasta el centro de entrenamiento, donde nos quedamos un rato más examinando cada animal antes de tomar la decisión.
— ¿Alguna cosa más, señor? —él preguntó al terminar, una hora y media después.
Negué con la cabeza.
— Puede retirarse.
James asintió y se marchó.
Yo aún me quedé un rato más, aunque no hacía falta.
Siempre que era posible, me gustaba estar en el campo, observando el entrenamiento de cada animal. Como criador, me enorgullecía verlos en pleno funcionamiento.
Corrían, saltaban, nadaban, hacían fisioterapia y rehabilitaciones. Tenían lo mejor que el dinero podía comprar. Y no en vano, valían millones.
Cuando me cansé, decidí ir a ver cómo estaba Eclipse.
Me dirigí hacia uno de los caballos listos para regresar al establo, lo ensillé y cabalgué hasta allí.
Al llegar, el olor a heno me invadió. Guié al animal a su box, le quité la silla y la guardé en el cuarto de aperos.
Como de costumbre, observé a los animales mientras me dirigía al box de Eclipse, extrañado de que el habitual silencio —roto por algún que otro relincho— hubiera sido sustituido por un country bajito.
Siguiendo la música, la voz proveniente de dos boxes antes me hizo cambiar de dirección.
Al llegar, me encontré a Hannah masajeando a la yegua que había parido hacía unos días —y a la que Melissa había llamado encantada el "bebé de caballito"—. En este caso, un potro cuarto de milla.
Estaba de espaldas, ligeramente inclinada, tarareando mientras realizaba maniobras en la pata delantera de la yegua.
Sus movimientos eran eficientes, naturales y fuertes sin llegar a lastimar.
Vestía unos vaqueros ajustados, una camisa que moldeaba las curvas de su cuerpo y botines marrones, tan lustrados como los recordaba cuando la conocí aquella noche.
— Debería estar cuidando de Eclipse. —Mi voz sonó dura por encima de la música.
Por el susto, sus hombros dieron un ligero respingo, pero ella no se dejó amedrentar. En lugar de eso, se enderezó y se volvió hacia mí, caminando por el box como quien conocía bien el espacio.
— Buenas tardes, señor McAllister —saludó y percibí una dosis de cinismo en su tono—. Me quedé con él un rato, seguí el tratamiento del que le había hablado, y ahora necesita un tiempo para recuperarse.
Mientras tanto, he venido a echarle un vistazo a Lua y al pequeño Sol.
Bajé la mirada hacia el potro que parecía cómodo cerca de su madre. Me había sorprendido su proactividad, pero no me gustaba nada que pudiera traerme dolores de cabeza en el futuro.
— Su contrato era de dedicación exclusiva a Eclipse. No tenía por qué preocuparse de ella ni de la cría.
Hannah me miraba de tú a tú, aun respetando nuestra jerarquía. Entonces, una leve sonrisa afloró a su rostro, relajando la expresión tensa.
— No es ninguna molestia. Cuando terminé, la señora Brown me dijo que Melissa estaba durmiendo la siesta después de comer, así que preferí quedarme aquí.
No puedo estarme quieta. —Me quedé mirándola en silencio, y ella continuó—: Si no le importa, me gustaría hacer un seguimiento a los otros animales cuando no esté cuidando a Eclipse.
Sin interferir en la labor de los demás especialistas, por supuesto.
Me crucé de brazos, tomándome unos segundos para analizar si aquello me traería alguna consecuencia en el futuro.
— Me parece bien, pero no se sienta obligada a ello. Cuando termine con él, es libre de irse con su hija.
Ella asintió, y caímos en un silencio desconcertante.
En esos tres días que llevaba con nosotros, noté que no era del tipo que le pedía ayuda a un hombre si no podía levantar peso. Ella iba y lo hacía, y eso se estaba comentando por el haras.
Su competencia laboral era innegable, pero sería un puto hipócrita si ignorara semejante belleza. Su cuerpo era natural, de alguien que se cuidaba y mantenía una exigente rutina de trabajo pesado.
Si sus curvas mostraban a una mujer firme y decidida, sus ojos castaños irradiaban vulnerabilidad.
Era contradictorio, pero al mismo tiempo que Hannah despertaba admiración por la fuerza que emanaba, también inspiraba un deseo de protegerla de aquello invisible, pero lo suficientemente poderoso para volverla frágil.
El sonido de los cascos contra el suelo indicaba que alguien estaba llegando para meter a un animal en un box, sacándonos de aquella burbuja.
— Será mejor que termine aquí y vaya a buscar a Mel. No quiero que esté tanto tiempo estorbando a la señora Brown —ella dijo primero, pareciendo recurrir a la primera excusa mínimamente coherente.
— No estorba —aseguré, ajustándome el sombrero antes de darme la vuelta—. Hasta luego, Hannah.
— Hasta luego, señor McAllister.
Me di la vuelta y caminé hacia la salida, molesto por la forma en que insistía en llamarme.