CAPÍTULO 7
Después de darle las indicaciones a Gloria, cogí la botella de licor del bar y caminé de vuelta hacia la zona exterior.
Reduje el paso al ver a Hannah de espaldas, con Melissa en brazos. La niña abrazaba el cuello de su madre, y apoyaba la cabeza en su hombro.
Mientras tanto, Hannah balanceaba su cuerpo lentamente, como un arrullo tranquilo, al ritmo del fuego que iluminaba sus cuerpos y proyectaba su sombra en el suelo.
Detuve mis pasos, atento a la escena aun sintiéndome incómodo por estar observando algo que no me pertenecía.
— Mami, me gusta este sitio —murmuró la pequeña.
— ¿O los bracitos de mamá? —Hannah preguntó, aunque su tono dejaba claro que había entendido lo que su hija quería decir.
— Me encantan tus bracitos, mami. —Melissa soltó una risa suave—. Pero también me ha encantado el rancho, los caballitos y esta casa. Creo que me ha gustado todo.
Hannah se quedó en silencio un instante, tal vez pensando en qué responder.
— Mamá sabe que te gustaría vivir en un lugar así,
Abejita —dijo, moviéndose para equilibrar a la niña en un brazo, dejando la mano libre para acariciarle el pelo—. Trabajo para eso, y te prometo que, en cuanto podamos, tendremos nuestro propio pedazo de tierra. No será tan grande como este, pero será nuestro.
Melissa levantó la cabeza para mirarla.
— ¿Tendremos un caballito?
Hannah sonrió.
— Sí, Abejita.
La interacción fue breve e inesperada, pero lo suficiente para reafirmar, una vez más, la unión y el amor entre ambas.
Decidí dejarme ver, volviendo a caminar por el porche como si no me hubiera detenido a observarlas. Al sentir mi presencia, Hannah se dio la vuelta, Melissa sonrió y se bajó de los brazos de su madre.
— Ven a estar con nosotras, Sr. Serio —ella pidió, mostrando sus dientecitos en una amplia sonrisa.
Me acerqué.
— ¿Quiere más? —Ofrecí el licor para Hannah.
Ella asintió, sentándose en el sofá y Melissa se acomodó sobre sus piernas. Cogí su vaso de la mesa de centro, le serví un poco más y se lo entregué.
— Gracias.
No respondí, solo asentí con la cabeza, y me serví más para mí también. Curiosa, Melissa lo observó de nuevo, acercando la nariz al vaso de su madre. Hannah entornó los párpados, apartándolo.
— ¿Por qué no coges los juguetes de tu mochila y te pones a jugar antes de cenar?
— Ah, es verdad. Los he traído para que juguemos, señor Serio —
Melissa dijo emocionada, bajándose del regazo de su madre como un cohete en el instante en que arqueé una ceja.
¿De verdad pensaba que tenía cara de querer jugar?
— Estamos invadiendo su casa... —Hannah dijo con un tono que sonó a disculpa.
Me senté en el sillón contiguo al que ocupaba ella, también de frente a la chimenea.
— Están aquí porque yo quiero.
Hannah tragó saliva, y luego se llevó el vaso a los labios, mirándome por encima del cristal. Su mirada era impenetrable, casi como un espejo que rechazaba a quien la observaba. Cuanto más se negaba a dejarse ver, más quería yo saber quién era, en verdad, Hannah Collins.
Al fondo, Melissa venía hacia nosotros con la mochila que había dejado en el sofá del salón.
Paciente, apoyé el brazo izquierdo en el borde del sillón y di un sorbo a mi licor, siguiendo cada movimiento de madre e hija. El ruido de las botitas de la niña contra el suelo rompía el tenso silencio de la zona exterior de un modo casi divertido.
Pronto se detuvo junto a su madre, empujó la mochila sobre el asiento, se subió con cierta dificultad y sonrió a su madre al ver que la observaba y la animaba. No me pasó desapercibido que Hannah colocó la mano cerca de su espalda, previendo por si la niña perdía el equilibrio y caía hacia atrás.
Melissa buscó mi mirada y también sonrió, aunque mi expresión se mantuviera neutral. A continuación, abrió la mochila, sacó un cuaderno y una caja de lápices de cera, anunciando enseguida:
— Le voy a dibujar un caballo muy bonito, Sr. Serio.
Doblé la pierna, apoyando el tobillo sobre la rodilla contraria mientras acomodaba la espalda en el respaldo.
— ¿Sabes dibujar?
Ella asintió con la cabeza, esparciendo las ceras entre ella y su madre.
— Ajá, aprendí en el cole y hago muchos dibujos súper bonitos en casa, ¿verdad, mami? —se jactó, pasando las hojas del cuaderno sin mucha delicadeza.
Hannah esbozó una sonrisa casi embobada.
A pesar de llevar poco tiempo de trato, ya me había dado cuenta de que solo se permitía sonreír de aquella manera tan sincera estando con su hija. Hasta cuando estaba con los caballos, se contenía.
Nuestras miradas volvieron a encontrarse. Pareciendo incómoda, volvió a dar un sorbo a su licor, sin apartar la vista de mí. El color cálido proveniente del fuego de la chimenea hacía el brillo de su mirada más intenso.
— ¿Cuánto tiempo lleva trabajando para Youssef? —rompí el silencio.
Se acomodó en el sofá, dejando su cuerpo sutilmente inclinado hacia Melissa, y se cruzó de piernas.
Una discreta abertura en su falda vaquera larga atrajo mi atención hacia sus pantorrillas.
Tragué saliva al ser traicionado por mis propios ojos, fijos en aquellas piernas robustas.
Más temprano, al verla en pantalones, ya había llegado a aquella conclusión, pero verlas en persona, aunque no fueran más que unas hermosas pantorrillas torneadas, elevaba el nivel de la situación.
Me obligué a desviar la atención, buscando sus ojos.
— Cinco años —se limitó a responder.
— Yo era muy pequeñita, ¿verdad, mami? —Melissa preguntó al levantar la cabeza, dejando claro lo mucho que estaba atenta a la conversación.
Hannah le peinó el pelo con los dedos, colocándole el flequillo sobre los ojos. Lentamente, se estaba permitiendo sentirse a gusto.
— Sí, Abejita, todavía estabas en mi barriga —
respondió, cariñosa.
Observé la interacción de las dos, preguntándome los motivos por los que una mujer embarazada se había mudado al otro lado del mundo. No podía ser solo por razones profesionales.
— ¿Cuántos años tenía? —pregunté, buscando alguna pista que me ayudara a armar el rompecabezas sobre ellas.
— Veintisiete.
Hannah era cerrada como una ostra. Sacarle cualquier cosa no era fácil. Pero yo no había llegado a donde estaba rindiéndome ante la primera dificultad.
— ¿Por qué cuidar caballos? —Fui por un terreno seguro, sabiendo que a ella le gustaba el tema y tal vez se permitiera hablar más sobre sí misma, o quién sabe, se le escapara algo.
En los minutos siguientes, me contó que de niña había sido una niña prodigio, lo que le permitió licenciarse en Medicina Veterinaria antes de lo habitual para su edad.
Después, había cursado varios posgrados en las áreas de terapias manuales para equinos, en diferentes instituciones de prestigio por el mundo.
Ella narraba su propia historia con orgullo y admiración. Era realmente inspirador y me hizo admirarla aún más como profesional. Por los lugares donde estudió, era imposible que fuera menos que la mejor en su campo.
Sin embargo, en ningún momento habló sobre su familia o sobre haber establecido lazos por donde pasaba, y mucho menos de su periodo de embarazo.
Al mismo tiempo que el hombre reservado que había en mí quería respetar a la mujer reservada que había en ella, mi curiosidad por Hannah Collins crecía.
Ella no se permitía dejarse ver en su totalidad, y eso me dejaba cada vez más intrigado al respecto.
— ¿Cómo fue cuando decidió ser madre?
Ella dedicó una sonrisa a su hija, que apartó la vista del dibujo y le devolvió la sonrisa.
— La mejor decisión de mi vida. —Su voz se tornó maternal—. Siempre quise tener a Mel y renuncié a todo por ella.
— ¿A todo? —la niña verbalizó la pregunta que yo me hacía en silencio.
— A todo, mi amor. Y hoy, tengo aún más, porque tú lo eres todo para mí.
La charla derivó hacia otros temas, pero sobre su vida personal, no pasó de ahí. Lo respeté; al fin y al cabo, por más curiosidad que sintiera por ella, no tenía derecho a inmiscuirme en su vida.
— Mire, Sr. Serio, el caballo que le he dibujado —Melissa avisó unos minutos después, bajando del sofá para venir a enseñármelo.
Dejé el vaso en el reposabrazos, inclinándome hacia ella al coger el cuaderno y observarlo. No era más que un círculo algo achatado hecho con cera negra. De él salían cuatro patas, dos orejas de Dumbo, y un rabo y hocico cuestionables.
Bajo los cascos exagerados, un prado verde con algunas flores de colores.
— ¿Qué le parece, Sr. Serio?
No era lo que se podría clasificar como bonito, pero al levantar los ojos y encontrar los suyos tan ansiosos a la espera de mi reacción, sentí algo extraño en el pecho, casi un impulso de querer hacerla feliz.
— Es... precioso.
Sentí la mirada de Hannah sobre mí. No era de reproche, ni inmadura, pero me advertía de que, si decía algo que le rompiera el corazón a su pequeña, me las vería con ella.
Lo raro fue sentirme bien con aquella advertencia encubierta.
Ante mi respuesta, Hannah solo se terminó su licor —
que yo había vuelto a rellenar a mitad de la charla— y dejó el vaso sobre la mesa.
— ¿Ves, mami? El Sr. Serio dice que mi dibujo de
Eclipse le ha parecido precioso —Melissa dijo, emocionada. Enseguida, arqueó una ceja y buscó los ojos de su madre—. ¿Qué significa precioso?
— Significa que le ha gustado mucho, cariño.
Entonces, la sonrisa llena de dientecillos blancos y pequeños se abrió otra vez.
— ¡Yupiii! Lo he hecho con mucho cariño, Sr. Serio —informó, arrancando la hoja del cuaderno y tendiéndomela—. Tome, es para usted.
Me quedé mirando el papel tendido en el aire como si fuera una hipoteca millonaria que tuviera que pagar, o tal vez, un papel en llamas. Ante mi ligera vacilación, Melissa lo agitó en el aire.
— ¿No lo va a coger?
Si crees que su tono era de lloro, te equivocas. Era más bien de reproche.
Acepté el regalo, pensando en lo especial que era el carácter de aquella niña. Y en lo mucho que deseaba que mi hijo estuviera vivo para vivir momentos así juntos.
La cena se sirvió en el interior y transcurrió con tranquilidad.
A pesar de ser muy educada, Melissa comía como un adolescente en plena pubertad, lo que observé con asombro y diversión.
Al terminar de comer, se recostó en la silla.
— Ay, ay, ya me he llenado la barriguita —refunfuñó. Los ojos se le cerraban por el sueño y el letargo de después de comer—. Mami, ¿es verdad que los niños crecen según comen, verdad?
Hannah asintió, limpiándose la boca con delicadeza con la servilleta.
— Sí, cariño.
— Entonces voy a crecer como un caballo.
Melissa no aguantó despierta. Apenas volvió del baño tras el postre y se quedó dormida en el sofá.
Hannah caminó hasta allí y se inclinó, pero antes de que cogiera a su hija, la interrumpí.
— Deje que ya lo hago yo.
Frunció el ceño.
— No hace falta, estoy acostumbrada.
— Yo insisto.
Y, sin dar margen a protestas, cogí a la pequeña dormilona en brazos. Bajé la mirada hacia su rostro sereno, sintiendo algo extraño en el pecho. Lo ignoré y caminé hacia el porche, donde Hannah había aparcado.
Abrió la puerta trasera, yo acomodé a la niña acostada en el asiento y Hannah la arropó, de esa forma en que solo lo hacen las madres. Enseguida, cerró la puerta, me miró y me tendió la mano.
— Bueno, gracias por la cena, señor McAllister. Y, si de verdad no es ninguna molestia, acepto la ayuda de la señora Brown para quedarse con Melissa mientras yo esté trabajando.
— Tenemos un trato. —Le devolví el apretón.
Deshizo nuestro contacto, forzando una sonrisa a medias.
— Adiós, señor McAllister. Hasta mañana.
— Adiós, Hannah.
Saludó con la mano hacia mis espaldas, donde estaba Gloria, y subió al coche. Lo observé alejarse en la oscuridad, pensativo sobre aquella noche.
No sabía mucho sobre la vida de Hannah. Sin embargo, en aquel breve encuentro vi a una mujer fuerte, soñadora, superviviente y, tal vez por eso, emocionalmente cerrada.
Una madre dedicada, con escasa red de apoyo, que, aunque con un buen trabajo que probablemente le permitía tener estabilidad económica, no derrochaba por estar preocupada por el futuro de su hija.
También vi a una niña de apenas cuatro años que lo era todo para su madre y que tuvo que aprender a tener inteligencia emocional desde temprana edad.
Eran fuertes, se complementaban, no demostraban necesitar a nadie. Aun así, era como si faltara algo.