El viudo CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Logan nos dejó en el establo cuando la señora Brown llegó trayendo la merienda para mi hambrienta hija, experta en hacerme pasar vergüenza.

La señora de mediana edad parecía tener buen corazón, nos trató con amabilidad y nos hizo compañía hasta que Thompson regresó.

Él administró la medicación al caballo y yo hice algunos masajes para aliviar el dolor.

Algún tiempo después, James apareció y nos llevó hasta la casa donde nos íbamos a alojar. Antes de irse, dejó la llave de una de las camionetas del rancho para que la usara en el día a día.

Nuestras maletas ya estaban en un rincón de la pared.

La casa no era grande, pero sí cómoda. Tenía dos dormitorios en suite, salón, cocina y lavadero.

Al fondo, una pequeña zona abierta y un seto vivo.

En realidad, vivo no sería exactamente la palabra, ya que predominaban las hojas secas.

Pero me gustó el hecho de que si se cuidaban bien, podrían servir como muro para aislar la casa del resto del rancho.

Paseé la mirada por el ambiente satisfecha de que todo fuera funcional y bien equipado, como debe ser un hogar.

Nos dimos un baño y dormimos una siesta. Unos minutos después, dejé a Melissa durmiendo un poco más mientras deshacía las maletas, pensativa.

Desde que supe que tendría que volver a Texas, me mostré en contra, no me sentía lista para regresar.

Pero al ver el sol ponerse por la ventana mientras doblaba la ropa de mi niña, algo diferente parecía nacer en mi pecho.

No sabía explicarlo, pero era como si la esperanza estuviera brotando en el terreno arenoso de mi corazón.

Dejé aquello de lado, decidida a enfocarme en lo que realmente importaba ahora: mi hija y mi trabajo.

Recordar al pura sangre inglés me hizo acordarme de su dueño y lo mucho que se permitió revelar aquella tarde, aunque apenas nos conociéramos.

Logan McAllister era un hombre reservado.

Siempre que lo veía en artículos y tabloides, era en relación al buen ojo del gran ranchero para los negocios.

Aunque trabajaba en el sector desde hacía unos años, nunca vi nada sobre su vida personal y, precisamente por eso, no sabía que había perdido a su familia.

Él no entró en detalles, yo no pregunté.

Y ahora, en el apogeo de mi curiosidad, cogí el móvil sobre la cama y me senté en el colchón al lado de Mel.

Introduje las palabras clave en el buscador, y con algo de esfuerzo de investigación, aparecieron dos artículos que decían que su esposa se había puesto de parto antes de tiempo y no sobrevivió, ni tampoco el bebé.

Bloqueé la pantalla del móvil consternada, dejándolo a un lado.

Enseguida, toqué la piernecita de mi hija, poniéndome en su lugar al perder a la persona que más amaba en el mundo. La mera posibilidad me desesperaba.

Angustiada, me acosté a su lado, atrayendo su cuerpecito contra el mío mientras olía sus cabellos oscuros.

— Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, cariño.

Soy capaz de dar mi vida por la tuya —murmuré, haciéndole mimos.

Algún tiempo después, miré el reloj, viendo que faltaba una hora para la cena. Pasé la mano por la carita de Mel, llamándola bajito.

— Abejita, es hora de despertar.

— No quiero, mami —refunfuñó, dándose la vuelta.

Me levanté, terminando de guardar algo de ropa que había quedado en la cama mientras hablaba:

— ¿De verdad? Qué pena, entonces me veré obligada a ir a la cena en la casa del señor McAllister sola.

Como un interruptor encendiéndose, sus ojos se abrieron.

— No, mami... yo también quiero ir.

Me reí, sabía que la táctica funcionaría.

— Entonces vamos a darnos otro baño, jovencita. Y a lavar ese pelo lleno de polvo.

— ¿Me coges? —Se hizo la remolona, soñolienta.

— Claro que te cojo, mi amor.

Tiré de ella por los tobillos, arrancándole una risa contagiosa que me llenaba de fuerza y valor, independientemente de lo que estuviera sintiendo.

Fui al baño con ella en brazos, pidiendo que el tiempo pasara despacio. Estaba creciendo rápido y, por lo visto, dentro de un tiempo ni siquiera podría cogerla.

— Mami, ¿después me enseñas el secador gigante? —me pidió mientras le lavaba el pelo—. Y le voy a pedir al Sr. Serio que me regale uno de regalo. Creo que nos será muy fácil ponernos guapas rápido.

Conduje por el camino considerablemente largo hasta la mansión principal. Cuando la imponente estructura de estilo cabaña destacó en la llanura, rodeada de vallas a unos metros de la entrada, me quedé impresionada.

No la había visto tan de cerca durante el día, pero ya me había parecido muy bonita.

Ahora, al caer la noche, la belleza de la construcción de piedras claras y madera oscura era aún más exuberante.

Las luces amarillas salían de la ventana, resultando en una combinación rústica y moderna al mismo tiempo.

— ¡Madre mía, mami! Qué bonito es —Melissa exclamó desde el asiento de atrás, tan maravillada como yo.

— Sí que lo es, cariño, realmente impresionante.

La verja estaba abierta, dándome paso. Segundos después, aparqué justo delante de la mansión, sin dejar de notar que había garajes laterales a lo largo de la casa, para cinco o seis coches.

— Por lo visto, alguien tiene aquí sus juguetitos de lujo —

murmuré, bajándome del coche.

A continuación, ayudé a la pequeña, que se divertía con la altura exagerada del vehículo. Según ella, podía verlo todo desde arriba.

— Mami, ¿estoy guapa? —preguntó al pasarse la manita por la ropa después de ponerse la pequeña mochila de unicornio a la espalda. Ella misma había elegido los vaqueros y una blusa lila.

— ¡Estás preciosa, mi amor! —Sonreí, tendiéndole la mano.

Ella me devolvió la sonrisa, aceptándola.

— ¡Tú también estás preciosa, mami!

— Muchas gracias, señorita —respondí de buen humor, viendo mi reflejo en el cristal mientras cruzábamos el enorme porche hacia la puerta principal.

Yo había elegido una falda vaquera larga, botines y una chaqueta sobre una blusa clara. Nada demasiado elaborado, pero lo bastante profesional para una cena en la casa del jefe.

Toqué el timbre y esperamos.

Gloria apareció unos segundos después, sonriendo cariñosa.

— Es bueno verlas otra vez. —Se apartó y entramos.

El interior de la casa era tan exuberante como la fachada.

A pesar de ser de una sola planta y enorme, casi no tenía paredes, lo que permitía que, de un solo vistazo, fuera posible ver todos los ambientes comunes.

Aun así, cada espacio se mantenía bien definido por la decoración moderna, en tonos claros de marrón y beige.

Todo allí era grande, hecho para acoger a una familia numerosa y, tal vez por eso mismo, hacía que la casa fuera bonita y triste a la vez.

— ¡Mira, mami! Hay chimenea. Siempre he querido vivir en una casa con chimenea —comentó Melissa admirada, arrancando una amable sonrisa a la ama de llaves.

— Entonces tienes que ver la chimenea cerca de la piscina. ¡Te va a encantar! —la señora Brown respondió.

— ¡Hala! ¿Se puede poner una chimenea en la piscina? —La pequeña se apartó el flequillo al rascarse la frente.

— Es cerca de la piscina, cariño —recalqué.

— Tengo muchas ganas de verla, señora Brown.

Antes de que pudiera responder, el sonido de unos zapatos contra el suelo de madera anunció la llegada de Logan. Giré el rostro hacia el pasillo por donde debían de estar los dormitorios.

El perfume llegó primero, delatando que se había dado un baño. La ropa también era otra, pantalón en tono grafito, camisa color arena, resaltando sus hombros anchos y fuertes. Los zapatos y el cinturón hacían juego con el negro del pelo húmedo. Y claro, la hebilla ancha con el emblema del rancho.

Melissa soltó mi mano y cruzó corriendo el enorme salón hacia él.

— ¡Hola, Sr. Serio! —saludó con una sonrisa enorme—. Me ha encantado su casa.

La expresión de él se relajó.

— Hola, Mel. Me alegro de que te haya gustado.

— La señora Brown dice que hay una chimenea en la parte de fuera.

¿Me dejas verla? —pidió, quitándose la mochila de la espalda y entregándomela. A continuación, la dejé en una esquina del sofá de modo que no estorbara.

Le había permitido traerla para llevar uno o dos juguetes, sin dejarlos tirados por las esquinas.

— Melissa... —reprendí su parloteo, en el tono que ella conocía bien.

A veces era tierno, otras, inoportuno. En todas ellas, yo estaba pendiente.

Su mirada se encontró con la mía y dejó caer los hombros.

Logan posó la palma de la mano en su espalda y, con tono tranquilo, habló:

— La noche está preciosa. Te va a gustar.

Melissa sonrió. Yo seguí mirándolo seria. Ellos caminaron hacia mí, el anfitrión me tendió la mano a modo de saludo como si no nos hubiéramos visto durante el día.

— Bienvenidas. ¿Quieren beber algo? —preguntó, mirándome fijamente.

Ignoré el escalofrío en mis brazos.

— Lo mismo que usted.

Logan sostuvo la mirada unos segundos más, sorprendido, como si muchas preguntas se formaran en su mente. Por fin, desvió la mirada hacia mi hija.

— Mel, ¿tú qué quieres beber?

Ella me miró, preguntando en silencio si podía decir lo que realmente quería y asentí.

— ¿Tiene zumo de uva?

— Tengo lo que quieras —él respondió, caminando hacia el bar en la esquina del salón—. Gloria, tráigale su zumo.

— Sí, señor. Con permiso.

— ¿Puedo ir con ella, mami? —La pequeña pidió de inmediato.

Yo no se lo habría permitido si la cocina fuera cerrada, pero como podría ver las travesuras de mi niña, me limité a asentir y advertirle:

— No hagas un desastre. Te estoy viendo desde aquí.

Sonrió y le tendió la mano a la ama de llaves.

Observé a las dos caminar hacia la cocina y, cuando me volví hacia mi jefe, lo encontré de espaldas, con la cabeza ligeramente inclinada, concentrado mientras servía la bebida en el vaso.

Apenas tuve tiempo de admirar su ancha espalda y la caída de la camisa clara por dentro del pantalón oscuro, pues se dio la vuelta con los dos vasos en las manos.

Pensé que sería whisky —lo que combinaría a la perfección con él—, pero el color oscuro me hizo arquear una ceja.

— ¿Licor? —pregunté al aceptar el vaso que me tendía.

Logan asintió brevemente para confirmar.

— Este licor de uva es de una bodega muy famosa en el sur de

Brasil. —Levantó el vaso en el aire, proponiendo un brindis—. Por la mejoría de Eclipse.

Esbocé una sonrisa cortés, chocando nuestros vasos.

— Por él.

Di un sorbo apreciando el gusto dulce e intenso de la uva mientras escuchaba a Mel parlotear de fondo. Llevada por el sabor aterciopelado de la bebida, cerré los párpados un segundo, disfrutando de cómo jugaba con mi paladar.

De repente, el ambiente se volvió denso, obligándome a abrir los ojos. En un gesto automático, busqué la mirada de Logan y, cuando lo encontré, estaba atento a mi expresión, precisamente, en mi boca.

Solo entonces me di cuenta de que me había pasado la lengua por los labios en un gesto que, tal vez para él, haya resultado seductor.

¡Mierda!

Avergonzada, me aclaré la garganta, intentando sonreír relajada —

aunque estaba muy lejos de estarlo.

— Está realmente muy bueno —mi voz salió hasta firme para la situación.

En ese mismo instante, Logan también se dio cuenta de lo que estaba pasando y se apartó. Como si supiera el momento oportuno para acercarse, la voz de Mel se hizo más próxima, al igual que sus pasos. Enseguida me tocó la mano y se puso de puntillas, espiando dentro de mi vaso.

— ¿Ustedes también están bebiendo zumo de uva?

Me obligué a desviar la mirada de Logan.

— No, Abejita. Este de aquí es solo para adultos.

— Jo, yo también quiero ser adulta... —refunfuñó, pero pronto se volvió hacia él—. ¿Ahora podemos ver la chimenea?

Él asintió y nos dirigimos los tres hacia la zona trasera. El ambiente estaba rodeado de piedras, tenía partes cubiertas y descubiertas, separadas por escalones. Como prometió, cerca de la piscina, había una chimenea central que él se encargó de encender.

El fuego se reflejaba en los ojos de mi niña que, con una sonrisa enorme, suspiró.

— ¡Madre mía, mami! ¡Qué bonito es! —contempló embelesada, pasando sus deditos por la tapicería azul marino de las tumbonas alrededor de la chimenea—. ¿Podemos sentarnos aquí un ratito?

La noche no estaba tan fría, aun así, busqué la mirada del anfitrión. Al fin y al cabo, la casa era suya.

— Claro, Mel. Le pediré a Gloria que nos traiga algo de picar mientras disfrutas de la chimenea —él respondió, volviendo al interior de la casa enseguida.

— Quédate aquí conmigo, mami —ella dijo, cogiéndome de la mano y acercándome al fuego.

Clavé mi mirada en el baile de las llamas, permitiéndome sentir el agradable calor calentándome y el leve resplandor del licor. Cerré los ojos al ser recorrida por un escalofrío provocado por el viento de la noche, como una especie de presagio de que nada más volvería a ser igual.