El viudo CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

—¿Cuántos años tienes, Mel? —pregunté mientras caminábamos hacia el box al fondo del establo.

—Arba’ah —respondió, levantando los dedos de una mano, sin darse cuenta de que había cambiado de idioma.

—En inglés, cariño —la corrigió Hannah.

—Ah, sí... ¿cómo se dice, mami?

—Cuatro.

—Eso... cuatro —afirmó, moviendo sus deditos en el aire.

A continuación, se distrajo con un cuarto de milla al lado, dejándome en un extraño silencio con su madre.

—Es muy espabilada para su edad —comenté.

—Sí, a veces me pone los pelos de punta.

Pronto llegamos al box de Eclipse, tumbado en su cama de heno. El veterinario estaba con él, pero a mi modo de ver era lo mismo que nada. Nunca había visto a mi caballo tan decaído.

Antes de entrar en el box, Hannah se quitó el enorme bolso de los hombros y se agachó frente a su hija, poniéndose a su altura, y le dijo con tono serio:

—Mel, ¿recuerdas lo que hablamos antes de venir? Mamá tiene que trabajar y cuidar a Eclipse para que se mejore pronto. Pero para eso, necesito que te quedes calladita y te portes bien. No te alejes de mí, ni te acerques demasiado a los caballos, ¿entendido?

La niña la escuchaba atenta, aunque un poco frustrada.

—Aquí no está Pryia, ¿verdad, mami?

—No, mi amor —respondió Hannah, colocándole el pelo detrás de la oreja—. Solo seremos nosotras dos. ¿Puedo contar contigo?

Melissa asintió.

—Vale, de acuerdo. Te prometo que luego haremos algo muy guay juntas. Ahora, quédate tranquilita ahí en el rincón; la tablet está en la mochila.

Observé la interacción entre ambas, pensativo. Mientras la hija parecía comprender lo que exigía la situación, la madre se desvivía por mantenerla a salvo sin dejar de realizar su trabajo de forma competente.

Solo entonces comprendí las consecuencias de haberla elegido.

Había interferido en toda la estructura de vida que debían de tener en Aurum y las ponía en una situación delicada.

Aquello hizo saltar mis alarmas: tenía que encontrar a alguien de inmediato que se quedara con Melissa para que Hannah pudiera concentrarse en su trabajo mientras estuviera aquí.

Se levantó, besó la cabeza de la pequeña y caminó hacia Eclipse. Saludó al empleado con un firme apretón de manos y se agachó delante del caballo, que levantó levemente la mirada. Acercó la mano a su hocico para que pudiera olerla, y luego esbozó una afectuosa sonrisa.

—Hola, Eclipse —dijo en voz baja, acariciándole el testuz—. Soy Hannah y he venido a cuidarte, grandullón. Te prometo que este dolor se te pasará y pronto estarás como nuevo.

Él relinchó suavemente, en un hilo de voz.

Cada día el caballo estaba más alicaído y aquello me quitaba el sueño. En una situación normal, no solo estaría nervioso, sino que ni siquiera la habría dejado acercarse.

Hannah le dio una última caricia, se levantó, cogió la tablet donde estaba el historial clínico y lo leyó, intercambiando a continuación algunos datos con el veterinario.

Me acerqué a ellos, comprendiendo lo que decían e interviniendo cuando era necesario, pero sin quitarle el ojo de encima a la niña que caminaba despacio por el box, atenta a todo, incluso al tabique de metal perforado que separaba a los animales.

—Mira... hay otro caballo ahí —comentó, más para sí misma que para su madre, inmersa en su trabajo.

—Mel, no te acerques mucho a él, cariño, ni a Eclipse. Coge tu tablet y siéntate en el rincón —respondió Hannah, para mi asombro. Estaba tan concentrada que no pensé que hubiera escuchado a su hija.

Melissa caminó hasta el bolso, lo abrió con destreza y sacó el dispositivo con funda de goma de unicornio —con cuerno de colores incluido—, y se sentó en el rincón.

Hannah se dirigió al bolso, sacó sus herramientas de trabajo y se dispuso a examinar al caballo. Primero le auscultó el corazón, luego le examinó los ojos, los dientes, las orejas y los cascos, para después empezar a palparle el cuerpo.

—¿Qué síntomas ha presentado? —preguntó, sin apartar la atención del animal.

El veterinario me miró antes de responder, pero no dijo nada.

—Anda irritable sin motivo aparente, siente aversión al cepillado en el cuello y tiene un rendimiento inconstante —le informé, todavía repartiendo mi atención entre la madre y la hija.

Hannah hizo algunas preguntas más, le expliqué las señales que Eclipse había mostrado anteriormente y, solo entonces, dejé hablar al veterinario.

Ella escuchaba haciendo preguntas puntuales, manejando al animal y, cuando dio con el punto, Eclipse se quejó.

—Tranquilo, chico. La tía Hannah ha descubierto lo que te pasa. Ahora, vamos a empezar a tratarte y, como te prometí, dentro de unos días ni te acordarás de este dolor tan molesto.

Seguí todo el proceso con aprensión. Ver su dolor y lo abatido que estaba era como tener una parte de mi cuerpo adormecida.

Por el rabillo del ojo, noté que Melissa se levantaba, dejaba la tablet a un lado y volvía a deambular por el box, entretenida con algo del suelo.

Eclipse volvió a relinchar, molesto. En lugar de asustarse, Hannah transmitía una seguridad y tranquilidad admirables al tratar a un animal mucho más grande y pesado que ella.

Con gestos sutiles, le invitó a levantarse.

Con algo de esfuerzo, Eclipse se puso de pie y, solo entonces, me miró.

Sin dejar de realizarle maniobras, aclaró:

—Eclipse padece lo que llamamos dolor miofascial crónico. No aparece en los análisis de laboratorio, sino que procede de tensiones profundas en el músculo y se irradia al cuello. Eso explica la rigidez al tacto, el dolor al moverse y la contracción involuntaria al palparlo.

En los minutos siguientes, Hannah dio una clase magistral de anatomía y terapia equina, aclarando la afección del caballo y el plan terapéutico. En menos de una hora con el animal, logró lo que los mejores profesionales del país no habían sido capaces de hacer en días.

—Dirigiré todo el tratamiento y haré un seguimiento de la evolución. El dolor se pasará pronto y creo que en un mes estará realizando sus actividades con normalidad —concluyó.

—¡Guau, Hannah! Tienes muchísimos conocimientos, enhorabuena —dijo Thompson, sin poder ocultar su admiración.

Apreté la mandíbula, reprimiendo las ganas de decirle a ese idiota que se formara mejor en vez de actuar como si nunca hubiera visto a una mujer.

—Señora Collins —le corregí con dureza, y él se enderezó.

—Por supuesto, señor McAllister. Lo siento, señora Collins.

Ella esbozó una sonrisa forzada.

—Señorita. Pero no se preocupe por eso. Prefiero que me llamen Hannah —puntualizó, estirando el cuello para ver fuera del box y cambiando el tono—. Melissa, te dije que no te separaras de mí.

—Mami, he descubierto que aquí hay un bebé de caballito —la voz de la niña venía del pasillo.

Hannah contuvo un suspiro de impaciencia.

—Disculpen, señores, enseguida vuelvo —pidió mirándonos, y no esperó respuesta antes de salir del box.

El jefe de veterinaria mantenía la mirada en el animal, aunque su respiración agitada delataba su nerviosismo por estar a solas conmigo en el box.

—Quiero que vaya a buscar la medicación y se asegure de que la señora Collins dispondrá de todas las instalaciones que necesite.

Asintió, mirándome fugazmente antes de desviar la vista.

—Por supuesto, señor. Con permiso. —Empezó a caminar hacia la puerta.

—Y Thompson... —le llamé y se giró—. Si me entero de que usted no ha sido profesional con ella una sola vez, sepa que yo mismo me encargaré de que no vuelva a trabajar ni con mulas de tiro.

Abrió los ojos de par en par. Rápidamente cerró la boca y tragó saliva antes de salir chocando con Hannah y Melissa en la puerta.

—Jo, mami, me he cansado de esperar... —refunfuñó, cruzándose de brazos y haciendo un puchero.

Hannah parecía enfadada, pero aun así le dedicó una mirada amorosa.

—Sé que te has cansado, cariño. Pero mamá aún tiene que medicar a Eclipse y darle un masaje, ¿puedes esperar un poquito más?

La niña hizo una leve mueca, pero asintió.

—¿Puedo tocarlo ahora?

Hannah asintió y la cogió en brazos, acercándose de nuevo al caballo que estaba de pie. A continuación, tomó la manita de la niña y la posó suavemente sobre el hocico del caballo para que pudiera olerla. Inesperadamente, Eclipse relinchó igual que lo hacía conmigo.

Fruncí el ceño, pero me mantuve en silencio. Se dejó tocar por la niña, que sonrió abiertamente al sentir el pelaje contra su pequeña palma.

—Está calentito.

—Sí, cariño. —Hannah sonrió.

—Ven, Sr. Serio, pon la mano tú también —me llamó Melissa, buscando mi mirada.

Sin entender muy bien por qué estaba actuando de esa manera, fui.

Me coloqué frente al caballo que, al reconocerme, relinchó.

—Te dije que traería a alguien para que te cuidara, grandullón. Aquí la tienes.

Hannah me observaba en silencio, pero quería decir algo.

—Puede preguntar —la animé.

Acomodó a Melissa en su regazo —que estaba distraída tocando la crin— y me miró.

—Parece que le tiene mucho cariño. He visto preocupación en sus ojos, y no eran solo negocios.

Dejé que mi mirada se perdiera en el contraste de los deditos blancos de Mel con la crin oscura, accediendo en mi interior a un lugar que no solía visitar con frecuencia.

—Él fue todo lo que me quedó cuando perdí a mi familia —la confesión sonó más dolorosa de lo que preveía.

—Yo... no lo sabía. Lo siento mucho —se disculpó ella, en voz baja.

—No se disculpe. Está bien. —Le pasé la mano por el pelaje—. Eclipse es más que mi caballo personal, es mi amigo y tiene un valor incalculable.

Se quedó callada, pero sus ojos estaban fijos en los míos.

—Por eso la exigí a usted —continué—. Aquella noche, noté que no cuida caballos por dinero. De verdad le importa lo que sienten.

Conmovida, asintió levemente.

—Sí que me importa. Y le garantizo que Eclipse está en buenas manos.

—Lo sé. —Desvié la mirada, optando por cambiar de tema—. ¿No ha traído a nadie para que le ayude a cuidar a Melissa mientras trabaja?

Negó, dejando a la pequeña en el suelo.

—Nuestra niñera no podía dejar a su familia.

No dijo gran cosa, pero lo entendí todo. Tampoco se me escapó que dijera que era soltera. Quise preguntarle por el padre de la niña, pero no tenía derecho a hacerlo.

—Mientras trabaja, ella puede quedarse con mi ama de llaves, en mi casa. Le aseguro que estará a salvo con la señora Brown.

Hannah me miró preocupada. Tan protectora como era, estaba seguro de que no aceptaría que una desconocida cuidara de su hija. Anticipándome, le sugerí:

—Están invitadas a cenar conmigo hoy. Así podrá conocer a Gloria y sacar sus propias conclusiones; si le gusta, Melissa ya tiene con quién quedarse y usted podrá trabajar tranquila. Si no le gusta, buscaremos otra solución.

—¡Yupiii, mami... hay comida! —celebró Melissa, luego se quedó pensativa un momento y se pasó la mano por la barriga—. ¡Madre mía! De hablar de eso me ha entrado hambre en la barriguita.

Hannah bajó la mirada, avergonzada.

—Cariño... —refunfuñó entre dientes—. No mates a mamá de la vergüenza.

Contuve una sonrisa.

—Pediré que les traigan algo de picar.

—No hace falta, señor McAllister.

Dejé a un lado el hecho de que nunca había dedicado tanto tiempo a los empleados —aunque la importancia que Eclipse tenía para mí justificaba el estrecho seguimiento del trabajo de Hannah— y saqué el móvil del bolsillo al mismo tiempo que la niña me miraba.

—Yo acepto, Sr. Serio.

—Melissa...

—Ay, mami, solo un poquito... hemos comido allá en el aeropuerto.

Hannah cerró los ojos con dramatismo y, esta vez, permití que asomara una pequeña sonrisa a mis labios.

—No hay nada como la sinceridad de los niños.

Sacudió la cabeza en señal de derrota.

—A veces Melissa me mata de vergüenza.