CAPÍTULO 4
Un country cualquiera sonaba en el interior del coche de camino al establo. En el asiento del copiloto, Hannah iba en silencio, pero su expresión dejaba claro que no le hacía ninguna gracia haber venido al rancho.
Yo estaría totalmente centrado en la carretera si no fuera por el par de minúsculas botas rosas con abejitas que se agitaban en el asiento de atrás —atrayendo mi visión periférica— y la boca nerviosa que soltaba mil palabras por minuto.
—¡Maaadre mía! ¡Aquí hay muchísimos caballitos, verdad, mami? Uno de cada color. Marrón, negro, blanco, negro con blanco, blanco con negro, negro con marrón, con manchitas, de un solo color... Solo falta uno rosa. ¡Madre mía! Yo sería muuuuy feliz con un caballito rosa, como un unicornio.
—Cariño, respira un poco —sugirió Hannah, girándose hacia el asiento trasero.
—¡Ay, mami! Mira cuánto espacio hay aquí. Podríamos tener un montón de caballitos. Y ni siquiera tendrían que dormir en mi cama —respondió la niña, soñadora.
La observé por el retrovisor, sonriendo fascinada por cada palmo de tierra que recorríamos. A su manera única, Melissa era parlanchina, dulce y, extrañamente, cautivadora.
De repente, un nudo se instaló en mi garganta. De estar vivo, Liam sería un poco mayor que ella. Seguramente, habría compartido muchos momentos como aquel con él en lugar de años de duelo y soledad.
Suspiré hondo. Nunca era fácil recordar a la familia que había perdido.
—¿No le dijo el jeque que traería a Melissa? —preguntó Hannah, sacándome de mis pensamientos.
Dividí mi atención entre ella y la carretera.
—Sí que me lo dijo.
Su mandíbula se tensó en el instante en que se cruzó de brazos.
—¿Y eso no le molesta?
Enarqué una ceja.
—¿Por qué cree eso?
—Porque fue una condición para que yo viniera.
En lugar de molestarme por su franqueza, me gustó aquella actitud de Hannah. Así fue cuando la conocí aquella noche y el principal motivo que me llevó a elegirla.
—Exigí que fuera usted quien cuidara de mi caballo.
Así que, habría aceptado incluso que hubiera impuesto que él fuera a su encuentro.
—Mi respuesta pareció sorprenderla. Enseguida continué—: Las dos serán bienvenidas en el McAllister Stud.
Y si, por casualidad, alguien les hace sentir lo contrario, díganmelo de inmediato.
Se relajó, aunque su mirada seguía reflejando preocupación.
—Le garantizo que ella no será un estorbo.
—Es una niña... Déjela ser solo eso.
En la última llamada que hice al jeque para confirmar si Hannah vendría, me dejó claro lo reticente que estaba ella. Y aquí, en suelo americano, notaba que parecía aún más incómoda.
—Por el acento, sé que es texana. Pero me da curiosidad el motivo por el que no quería venir —cambié de tema.
Se pasó la lengua por los labios.
—No quiero hablar de eso, señor McAllister.
—Llámeme Logan.
—No —replicó de inmediato—. Usted es mi jefe y seguiré tratándolo como tal.
Desvié la mirada hacia ella y la observé unos segundos.
Hannah era una mujer misteriosa, que no se dejaba conocer de buenas a primeras, a diferencia de Melissa, que lo contaba todo, como un libro abierto.
De fondo, tarareaba una canción infantil en árabe. Yo no dominaba el idioma, pero por lo que pude entender, la canción enseñaba los colores de los globos.
Respeté su decisión y cambié de tema, pasándole a enseñar las zonas del haras por las que íbamos pasando. Emocionada, Mel se inclinó hacia delante, apoyándose en la puerta.
—Cariño, apóyate bien en el asiento para no hacerte daño —le pidió Hannah, y la niña obedeció aunque murmuró que quería ver los caballos más de cerca.
Fue un detalle rutinario, pero bastó para dejar patente lo mucho que se preocupaba por su hija. En el rancho no había peligros, pero un frenazo un poco brusco sería suficiente para que se hiciera daño.
—Aquí está la zona de las piscinas. Después podrá verla mejor. También podrá utilizar todas las instalaciones para tratar a Eclipse —le expliqué a Hannah. Sabía que, con su profesión, seguramente necesitaría de todos los recursos del haras para optimizar su tratamiento.
—Descuide, señor McAllister.
Volví a mirar a Melissa por el espejo retrovisor. Sus ojos brillaban como dos piscinas bajo el reflejo del sol mientras admiraba las instalaciones del rancho. No me pasó desapercibido que sus ojos y su tono de pelo no se parecían a los de su madre.
—Sr. Serio, ¿aquí los caballitos tienen piscina como Khalil? —preguntó la pequeña y busqué la mirada de Hannah, que enseguida comprendió mi pregunta silenciosa.
—En Aurum, los caballos disponen de piscina circular, baño terapéutico y jacuzzi equino —explicó, girándose hacia el asiento de atrás—. A Mel le encanta hacerme videollamadas a la hora de su baño, ¿verdad, cariño?
La niña sonrió abiertamente; una vez más me descubrí observándola por el retrovisor y sintiendo una extraña ligereza, que hacía muchos años que no sentía.
—Aquí también hay, Mel. Y secadores enormes para los caballos.
—¿Enormes? ¿Del tamaño de un caballo? —preguntó, extasiada.
—Sí, del tamaño de un caballo.
Rio, emocionada.
—Mira, mami, necesitamos uno de esos para secarnos el pelo por la noche. Sr. Serio, ¿sabía que a veces me duermo cuando mami me está secando el pelo?
—Mel...
—Lo de mami, sí que lo puedo contar, ¿no?
—No le des la lata al señor McAllister con nuestras historias, cariño —la reprendió cariñosamente su madre.
Mel se encogió en el asiento trasero.
Imaginar a las dos en albornoz secándose el pelo antes de dormir aumentó mi sensación de ligereza.
—Déjela —le respondí a Hannah, molesto por no querer sentir aquello.
Aceleré hasta el establo y aparqué en la entrada.
Hannah apenas esperó a que el coche se detuviera por completo para bajar como si estuviera en llamas.
No tenía ninguna delicadeza. Era ágil, ruda y sin remilgos.
Acto seguido, abrió la puerta trasera y ayudó a Melissa a bajar.
Yo también abrí la puerta de detrás de mí para coger el maletín de trabajo que había traído, pero antes de que mis dedos pudieran tocar el asa, Hannah tiró de él, cruzándoselo por el pecho.
Rodeé el coche y me acerqué a ella, tendiéndole la mano.
—Deje que lo lleve yo —dije, refiriéndome al maletín.
Se negó con un gesto.
—No hace falta. Estoy acostumbrada.
—Insisto —dije.
—Y yo insisto en llevarlo. —Me miró con dureza—. ¿Vamos? Su caballo me necesita.
Enarqué una ceja, intrigado por ella.
A pesar de conocerla desde hacía poco, había podido notar que Hannah necesitaba mostrarse fuerte todo el tiempo para sentir que tenía el control.
No me correspondía intervenir, sobre todo porque ella era una simple empleada y yo, en mi posición de jefe, necesitaba sus servicios. No obstante, se me daba bien leer a las personas, y todas las señales que enviaba eran indicios de que algo le dolía.
Ser fuerte todo el tiempo era un mecanismo de defensa.
Entró de la mano de Melissa. El sonido de las botas crujiendo contra el suelo de madera era como una bienvenida para las recién llegadas.
Avanzamos por el amplio espacio escuchando algunos relinchos.
La niña se debatía entre el miedo de estar rodeada de tantos animales y la fascinación por el mismo motivo.
—Mami, ya no quiero un caballito —dijo, rompiendo el tenso silencio entre Hannah y yo.
—¿Has renunciado a la idea de perder tu cama, cariño?
Negó con la cabeza, sin quitar los ojos de los boxes.
—No, mami. Ahora quiero muchos caballitos, igualitos a estos. ¿Me los das?
Metí las manos en los bolsillos, incapaz de evitar que la comisura de mis labios se elevara un poco. La ingenuidad de los niños era algo realmente extraordinario.
El establo estaba relativamente vacío, ya que la mayoría de los caballos se encontraban entrenando, y aun así, cada animal equivalía a unas cuantas decenas de miles de dólares. En el apogeo de su inocencia, Melissa solo quería muchos caballitos igualitos a esos.
De pronto, me descubrí pensando en cuánto tiempo hacía que no los veía así, como realmente eran: seres vivos, y no simples números.
¿Cómo era posible que alguien tan joven y sin la menor intención fuera capaz de provocar una reflexión tan profunda?