CAPÍTULO 3
SUMMER PLAINS, TEXAS
—¡Maaadre mía, mami! ¡Mira lo grande que es este rancho! —exclamó Melissa en mi regazo, estirando la mirada por la ventana del helicóptero mientras sobrevolábamos el Rancho McAllister.
—Sí que es enorme, cariño —respondí por los auriculares conectados a los suyos, abrazando sutilmente su cuerpecito.
Aunque estaba acostumbrada a la exageración y el lujo del jeque Al Qamar y sus aliados, tenía que admitir que, al menos a simple vista, las instalaciones del McAllister Stud parecían tan grandiosas como las del haras de Aurum.
—¿Te gusta, mami? —preguntó, levantando la mirada para encontrarse con la mía.
—Es bonito, cariño.
Melissa entrelazó sus deditos regordetes con los míos. Un gesto simple, pero que me llenaba de esa fuerza que solo ella era capaz de darme.
La maternidad en solitario pesaba, pero fue una decisión totalmente mía.
Aunque no era fácil, no me quejaba. Al contrario, había creado un hogar para nosotras dos en Aurum y afrontaba cada reto con valentía y con la certeza de que estaba criando a una niña valiente y capaz de defenderse en el mundo exterior.
Durante las vacaciones, Melissa tenía una niñera para que yo pudiera trabajar tranquila sabiendo que estaba bien cuidada. Ahora, con este cambio repentino, seríamos nosotras dos, ya que Pryia optó por no venir. Lo cual yo entendía, claro.
Y precisamente por eso, estaba perdiendo el sueño por la preocupación de tener que trabajar y estar pendiente de la pequeña en un lugar completamente desconocido para ambas.
Solté un pesado suspiro. Tenía que aferrarme a la idea de que las cosas se arreglarían o me volvería loca durante esos treinta días.
La aeronave comenzó a descender. Nunca me gustó mucho volar, así que, para mí, aquel era siempre un momento de aprensión. Conociéndome, mi niña se giró en mi regazo, se puso de lado y me abrazó fuerte.
—No tienes que tener miedo, mami. Yo siempre estaré aquí contigo.
Con los ojos llorosos, la abracé un poco más y cerré los párpados.
—Yo también estaré siempre aquí contigo y para ti, Abejita.
Melissa fue la mejor decisión que tomé en mi vida. Por ella, el mundo me dio la espalda y, por ella, yo le di la espalda al mundo.
Había mucho dolor acumulado, que no estaba preparada para afrontar en ese momento.
En tierra, esperamos a que el piloto apagara los motores para desembarcar. Yo bajé primero, luego cogí a Mel y la dejé en el suelo dándole la mano. Un hombre alto, de mediana edad, con perilla y algunas canas se acercó y me tendió la mano a modo de saludo.
—Bienvenida, señora Collins. Soy James Garrett, el administrador del haras.
Le devolví el apretón.
—El placer es mío, señor Garrett. Llámeme Hannah.
Asintió y desvió la mirada hacia Melissa, que lo observaba con desconfianza. El apretón más fuerte en mi mano me dejó claro que le daba un poco de miedo ese hombre de aspecto duro.
—Esta es Melissa, mi hija —informé enseguida—. Espero que el jeque le haya informado a su jefe de que ella vendría conmigo.
Pareció incómodo.
—El señor McAllister es un hombre muy ocupado, tal vez se le olvidó decírmelo. De todas formas, bienvenida, niña.
—Me llamo Melissa —remarcó ella.
Si había algo que a mi niña no le gustaba, era que la trataran como a un bebé.
—Melissa —se corrigió.
—Vengan, las llevaré a la casa de la villa donde se alojarán. Después, la llevaré a ver a Eclipse, señora Collins.
Asentí, optando por no corregirle de nuevo sobre la forma de trato con la que me sentía más cómoda.
Se alejó para coger el equipaje del helicóptero que nos había recogido en Austin. Mel apenas esperó a que se alejara para tirar de mi mano y hacerme señas de que me agachara, como hacía cuando quería contarme un secreto.
—Mami, ¿se ha comido un murciélago y se le han quedado las patitas fuera de la boca? —me susurró al oído.
Contuve la risa, manteniéndome firme en mi papel de educar a una niña traviesa.
—Cariño, ¿qué te ha dicho mamá sobre respetar a las personas? —la corregí, mirándola a los ojos.
Se encogió de hombros y no seguí con el tema. Siendo sincera, la pequeña no andaba muy desencaminada. El bigote del gerente del rancho sí que parecía un murciélago mal disimulado.
Antes de que tuviéramos tiempo de subir a su coche, el sonido de una potente camioneta cortó el aire y llamó nuestra atención. Del camino de tierra, una nube de polvo rojo se elevaba tras la lujosa pick-up negra, gritando a los cuatro vientos que alguien importante estaba llegando.
—Hala, mami, mira... —exclamó Mel otra vez, incapaz de contener sus reacciones ante todo lo que le resultaba nuevo.
En Aurum, aunque todo era lujoso, nuestra casa no lo era. Además, ella iba a un colegio americano. Lo elegí así para criarla bilingüe y con los pies en la tierra, sin que creyera que, por estar inmersas en ese entorno, llevábamos la misma vida de lujos.
El coche redujo la velocidad hasta detenerse a pocos metros de nosotras.
Segundos después, la puerta se abrió con cierta brusquedad.
Primero asomó una bota negra y lustrosa, luego el bajo del vaquero oscuro, hasta revelar por completo a aquel hombre imponente de mirada dura y sombrero Stetson del mismo color.
Se acercó a paso firme. Mantuvo la vista clavada en la mía hasta que notó que no estaba sola y bajó lentamente la mirada hacia Melissa.
—¡Madre mía, mami! —murmuró, volviendo a apretarme la mano.
—No hagas comentarios sobre su barba, Mel —le advertí, en voz baja.
—No, mami... ¡solo iba a decir que es guapísimo!
No me dio tiempo a responder, pues, un instante después, el hombre se materializó frente a nosotras.
La noche de la subasta, estaba tan estresada y ocupada que no me permití observar con detenimiento al famoso Logan McAllister.
Pero ahora, con calma e inmersa en su territorio, bajo el sol implacable que me permitía ver hasta los detalles de las pequeñas arrugas en el rabillo de sus ojos, no podía quitarle la razón a mi hija.
Ninguna foto de las revistas de negocios hacía justicia a la belleza real de aquel hombre.
¿Qué era aquella barba un poco más larga, aunque bien cuidada? Le daba un contraste aún más poderoso, de hombre inalcanzable.
¿Y el olor?
¡Por el amor de Dios! No era solo el aroma de un perfume caro, a eso ya estaba acostumbrada. Era la combinación con su piel lo que daba como resultado un olor difícil de explicar, pero muy agradable de oler.
—Bienvenida, señora Collins —dijo, rompiendo el silencio y tendiéndome la mano a modo de saludo. Su voz era segura, grave en su justa medida—. Gracias por haber aceptado cuidar de Eclipse.
Le devolví el saludo, estrechándole la mano con fuerza, y él lo notó, pues abrió un poco más los ojos por la sorpresa.
—Gracias por el recibimiento, señor McAllister, pero no es que me dieran a elegir.
Nuestras miradas echaron chispas, pero antes de que pudiera responder, la voz de Melissa nos interrumpió:
—¡Madre mía, mami! ¡Qué feo! —Se cruzó de brazos y frunció el ceño.
Ella sabía que yo no solía hacer esas groserías gratuitas; de hecho, las detestaba. Pero el ranchero tenía que entender que yo no era cómplice de aquella imposición de poder.
La mirada de Logan recayó sobre ella y, extrañamente, se suavizó. Consciente de la atención de mi nuevo jefe, ella le tendió su manita.
—Hola, soy Melissa, pero puedes llamarme Mel —dijo, desviando la mirada hacia James, que observaba la escena en silencio—. Él no.
Mi nuevo jefe la analizó en silencio durante unos segundos.
—Hola, Mel. Yo soy Logan. —Le tendió la mano y ella le devolvió el saludo mientras tocaba el dobladillo de su pantalón como si fuera un vestido de princesa.
—Pero ¿te puedo llamar...?
—¿Logan? —Enarcó una ceja.
Ella movió la cabeza con desdén.
—No, ¿verdad? Uf... Tiene que ser un apodo, en plan, Melissa se convierte en Mel. Y Logan se convierte en... —Se rascó la frente, pensativa—. ¿Loga? ¿Log? No. Es muy feo.
El ranchero nos miraba incrédulo. En silencio, me pregunté en qué momento aquella tensa llegada se había convertido en una conversación tan disparatada.
—Cariño, vamos a dejar este juego de imaginación. Tenemos que irnos, mamá aún tiene que cuidar de Eclipse, ¿te acuerdas?
—Es rapidito, un momento... ya me viene la idea —rechazó, categórica, todavía concentrada en el hombre que teníamos delante. Luego, me miró—. Mami, ¿qué cara tiene Logan?
—De ser el padre de la seriedad —murmuré, lo suficientemente bajo para que ella lo oyera, pero lo bastante alto para que esbozara una enorme sonrisa y apuntara con el dedo al aire.
—¡Ya lo sé! Mi cabecita ha pensado, mami —afirmó, volviendo a mirar a Logan—. Tú serás el Sr. Serio.
—¡Melissa! —la reprendí, mirándola fijamente—. Su nombre es Logan McAllister y así es como debes llamarlo.
Su mirada decayó, al igual que sus hombros.
—Jo, mami... con lo chulo que quedaba —refunfuñó.
Para mi sorpresa, Logan rompió el silencio:
—Me han llamado cosas mucho peores. Sr. Serio no me parece tan mal.
—Señor McAllister —le advertí, con el mismo tono que había usado con ella.
No le importó y volvió a tenderle la mano a Melissa.
—Entonces me presentaré otra vez. Encantado, Mel. Yo soy el Sr. Serio.
Y como si estuviera frente a un parque de Disney, el rostro de mi hija se iluminó y le devolvió el gesto.
—Solo yo puedo llamarte así, Sr. Serio.
—Solo tú —le garantizó él.
Ella se quedó pensativa.
—Y mami, ¿no? A ella le gusta usar apodos cariñosos.
En ese momento, quise cavar un hoyo en el suelo y esconder la cabeza. Pareciendo no darle importancia, Logan volvió a su postura erguida, me miró y aseguró:
—Solo tú y ella. Bueno, ¿nos vamos? James llevará el equipaje a la casa de la villa y ustedes vendrán conmigo a ver a Eclipse. Después, se instalarán mejor.
Melissa no era de abrirse con desconocidos, como había hecho con James. Por lo tanto, la forma en que conectó con mi nuevo jefe me preocupó.
Se me encogió el corazón. Algo me decía que tal vez había cometido el mayor error de mi vida al aceptar volver a Texas.