CAPÍTULO 2
AURUM, ORIENTE MEDIO
—¡Listo, grandullón! Después de todo aquel estrés, ha llegado la hora que más te gusta. —Le sonreí a Khalil, guiándolo con firmeza y cuidado por la rienda hasta que entró en la piscina para equinos, mientras yo me quedaba fuera.
Khalil relinchó y casi pude escuchar un agradecimiento del tipo gracias, Hannah.
Lo necesitaba. Esbocé una pequeña sonrisa y me sequé el sudor de la frente mientras lo observaba disfrutar del agua tibia.
Tenía que dejarlo con el veterinario de la cinta andadora y volver al establo para tratar al siguiente caballo, pero me permití quedarme cinco segundos más admirando el resultado de mi trabajo.
Después de la subasta, Khalil se había puesto muy nervioso y, por eso, aunque se había vendido por una suma que yo jamás sería capaz de visualizar, había vuelto a la yeguada en Aurum hasta que estuviera totalmente recuperado para viajar otra vez rumbo a su destino final.
Me encantaba trabajar con equinos, pero odiaba esta parte en la que tenía que desvincularme. Sabía que no debía hacerlo, pero me encariñaba con los animales.
Me pasé la lengua por los labios, respiré hondo y cambié el enfoque. No podía ponerme triste cada vez que tocaba despedirse.
Mi móvil vibró en el bolsillo de mi pantalón. En la pantalla ponía el nombre de la niñera, pero yo sabía que no era ella quien me llamaba. Una sonrisa afloró a mi rostro; ya me estaba extrañando que no llamara hoy.
—¡Hola, mamá! —Una sonrisa llena de dientes de leche apareció en la pantalla en cuanto se encendió la cámara.
Era imposible describir el poder que aquella niña de cabello negro, flequillo y ojos azules ejercía sobre mí.
—Hola, Abejita. Por lo emocionada que estás, apuesto a que Pryia ha cumplido su promesa de hacerte luqaimat en tu primer día de vacaciones —comenté, feliz por la felicidad de mi pequeña.
Melissa asintió y levantó frente a la cámara la pequeña bolita dorada, cubierta de una miel que le chorreaba por los deditos.
—Sí que lo ha hecho, mamá, mira... —Mostró, dándole otro mordisco enseguida—. ¡Está riquísimo!
Solté una carcajada, preguntándome de dónde había sacado mi pequeña esa soberbia. Aún era adorable, pero a menudo me tocaba intervenir y educarla.
—Espero que me guardes un poco para cuando llegue a casa.
—Te guardaré, mami —dijo Melissa con la boca llena—. Pero Pryia ha hecho un montón; si me lo como todo me va a doler la barriga.
Parpadeó con sus largas pestañas de un modo adorable.
—Sabes que no puedes comer muchos dulces, cariño. Solo ese y basta. Ahora mamá tiene que colgar y ponerse a trabajar.
Ella asintió.
—Vale, mami... pero ¿me enseñas un caballito antes? —pidió, haciéndose la remolona.
Giré la cámara hacia Khalil, que caminaba en la cinta acuática. Contuve la risa al pensar que él podía ser de todo menos un caballito.
Escuché su gritito de emoción y volví a girar la cámara hacia mí.
—Mami, ¿por qué no podemos tener un caballito aquí en casa, eh? —se quejó, con un brillo de esperanza centelleando en sus intensos ojos azules.
—Ya hemos hablado de esto, cariño. Para empezar, vivimos en un apartamento. No habría espacio para él.
Dejó caer los hombros.
—Podría dormir en mi cama.
—¿Ah, sí? —repliqué, enarcando una ceja—. ¿Y tú, dónde dormirías?
—¡Contigo, pues claro! En esa cama tan grande... —Esbozó una sonrisa capaz de desarmar hasta al hombre más rudo.
Desvié la mirada de la pantalla al ver a mi jefe aparecer por la entrada de la pista.
—Mamá tiene que colgar, Abejita. Obedece a Pryia y no comas más dulces. Te quiero.
Melissa se rascó la frente, como hacía siempre que no estaba contenta.
—Vale, mami. Yo también te quiero.
Finalicé la llamada y me guardé el teléfono en el bolsillo de los vaqueros, estudiando la expresión en el rostro de mi superior.
Rafiq era un musulmán típico, de semblante serio, directo y sin rodeos.
No era de los delicados, pero sabía que yo tenía una hija y nunca le había importado que tuviera que contestar algunas llamadas en horario de trabajo, porque sabía que no interferían en mi labor.
Sin embargo, al caminar hacia mí, su semblante era aún más duro, y no supe identificar la raíz del problema.
—Hannah, tenemos que hablar —afirmó en árabe.
—Por supuesto, señor. ¿En qué le puedo ayudar?
Se rascó la barba, claramente irritado, cambió el peso de pierna y me miró fijamente.
—No hay una forma fácil de decir esto, así que seré directo: Te trasladan a Texas.
La noticia me cayó encima como un yunque en la cabeza.
—¿Q-qué ha dicho? —Parpadeé, incrédula—. ¿Cómo que trasladada?
Mi trabajo me había enseñado a mantenerme siempre firme. Pocas cosas lograban dejarme sin palabras. Pero, ante esta situación, me sentí desorientada por el mero hecho de que el haras no tenía ninguna filial. Tampoco había solicitado ningún otro puesto.
Nervioso, Rafiq empezó a gesticular de forma exagerada mientras me explicaba en un árabe apresurado.
—Por lo que tengo entendido, el jeque te cederá a un americano durante treinta días. Solo para tratar a uno de sus caballos.
De pronto, los recuerdos de la mirada penetrante y la postura arrogante de Logan McAllister me invadieron.
Como él mismo dijo aquella noche, su reputación le precedía.
Todos sabían que era un arrogante, un mandón, del tipo que hacía las cosas a su manera y que no sabía encajar un "no" por respuesta.
Sin poder controlarlo, una repentina oleada de odio me barrió, acompañada de un sentimiento de indignación. Ese traslado repentino no podía ser obra suya, ¿verdad?
—Rafiq, no puedo. Tengo a Melissa, una vida hecha aquí, no puedo dejarlo todo así sin más e irme.
—No tendrá que renunciar a nada, señorita Collins. —La voz del jeque Al Qamar sonó firme a mis espaldas.
Me quedé rígida. Rafiq tenía los ojos muy abiertos, a punto de salir huyendo.
El jeque casi nunca se dejaba ver por el centro de entrenamiento. Tampoco solía hablar con simples empleados.
Me giré despacio, aún impresionada por su imponente figura con una túnica azul marino y sus dos guardaespaldas pisándole los talones.
—Emir —saludé, inclinando levemente la cabeza en señal de respeto, al igual que hizo Rafiq a mi lado.
El jeque acortó las distancias, dirigiéndose directamente a mí.
—No hace falta que le presente quién es Logan McAllister, ¿verdad?
—preguntó retóricamente. Yo solo asentí y él continuó—: Créame, Hannah, lo último que quería era mandarla a trabajar para mi competidor y dejar mi haras con un profesional menos.
Pero le tengo mucha estima a ese ranchero.
Su caballo está lesionado y la necesita.
Considérenlo como un reconocimiento a su trabajo.
Lo escuché con atención y tragué saliva. De repente, el panorama había cambiado. Ya no se trataba de los deseos personales de un ricachón cualquiera que no toleraba la frustración; ahora se trataba de las necesidades de un caballo enfermo.
Me tragué la rabia.
No podía negarme, entre otras cosas, porque mi trabajo dependía de ello. Tampoco era que tuviera muchas opciones. Aun así, me resistí:
—Tengo una hija y una vida consolidada aquí, señor Al Qamar. Como ya he dicho, no puedo dejarlo todo de un día para otro e irme.
—No lo hará. Llévese a su hija y lo que haga falta para que tenga todo el apoyo allí. Pasarán este mes en una de las casas del Rancho McAllister, bajo su cuidado.
Apreté la mandíbula, tratando de ocultar al máximo mi cara de insatisfacción.
Nunca fui una mujer que dependiera de un hombre. Y tampoco estaba dispuesta a hacerlo ahora. Siempre me las había arreglado, había trabajado, había cuidado de mi hija y velado por nuestra seguridad. No necesitaba depender de nadie en ese momento, ni siquiera tratándose de mi nuevo jefe.
—Señor Al Qamar —dije, soltando el aire despacio para mantener el control—, me siento halagada por lo que significa esta elección, pero no creo que sea la mejor decisión.
Clavó su dura mirada en mí.
—Es una decisión tomada, Hannah. Le garantizo que el día treinta y uno estará usted de vuelta.
Sin darme tiempo para que pudiera rebatirle, se dio la vuelta y echó a andar hacia la salida.
Las emociones me hervían por dentro. Tenía ganas de gritar, de mandarlos a todos a la mierda. Que tuvieran tanto dinero no significaba que pudieran jugar de esa manera con la vida de las personas.
Bajé la vista hacia Rafiq, que negaba con la cabeza.
—No hay nada que hacer. Y si tiene el sentido común que sé que tiene, volverá a su país y, solo después, regresará a Aurum.
Y así, él también se marchó, dejándome a solas con mis pensamientos.
Salí de la pista con paso firme, con la necesidad urgente de mirar al cielo y respirar.
Me humedecí los labios, miré el sol, que brillaba con fuerza, y solté el aire de mis pulmones, frustrada.
Volver a Texas nunca estuvo en mis planes.
[1] Parte comprendida entre la frente y el hocico del caballo.
[2] En árabe: tipo.