El viudo CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

SUMMER PLAINS, TEXAS

El helicóptero sobrevolaba la inmensidad de tierras que conformaban el Rancho McAllister.

Desde lo alto, enormes estructuras separaban las áreas por funcionalidad y departamentos.

Pistas de exhibición cubiertas y al aire libre, una completa unidad de ejercicios, piscinas circulares y de hidroterapia, pastizales, pistas de entrenamiento, picaderos circulares, centro veterinario, oficinas, la villa de casas de los empleados y la gran mansión donde yo vivía.

El McAllister Stud no solo era el mayor y mejor centro de cría de caballos campeones de Occidente. Era todo un referente en mejora genética de animales premiados, adiestramiento de élite y comercialización.

Aunque todavía se inquietaban con el sonido del helicóptero, los animales estaban más acostumbrados debido a la frecuencia con la que yo tenía que viajar. Aun así, había mandado construir el helipuerto lo suficientemente lejos para no alterarlos de más.

Cuando la aeronave tocó tierra, asentí brevemente a modo de despedida al piloto, cogí una única bolsa de viaje y bajé, dirigiéndome hacia la camioneta aparcada.

La lancé a la caja de la pick-up negra, que siempre estaba lista a mis llegadas, me senté al volante y arranqué el motor, satisfecho por cómo el sonido rústico del vehículo parecía conectar directamente con mi pecho.

Bruto, potente. Una extensión de mí mismo.

Avanzar por la llanura daba una mejor dimensión de las instalaciones de vanguardia donde innumerables profesionales trabajaban centrados en los animales.

Recorrí los pastos y picaderos circulares viendo cómo el polvo quedaba atrás mientras organizaba mentalmente todo lo que tendría que resolver o delegar en los próximos días.

Aparqué frente al establo. Me bajé, dando un portazo antes de caminar hacia el interior de las caballerizas. Rápidamente, el sonido sordo de las botas sobre la tierra dio paso al crujido del suelo de madera.

Me acomodé el sombrero en la cabeza y entré, atento a la más mínima señal de desorden.

El establo era muy sofisticado y estaba pensado para el confort de los animales.

Los separadores de madera clara, las rejas y las puertas de hierro negro no solo dividían los boxes, sino también las categorías, estando más aislados los sementales, las yeguas reproductoras y los potros.

La temperatura estaba regulada, las camas de heno se cambiaban con regularidad y la limpieza se hacía a diario.

El silencio solo era interrumpido por los relinchos.

Un lugar inmaculado, casi solemne.

Al notar mi presencia, James, el administrador del haras, se acercó a mí, limpiándose la mano en el pantalón antes de tendérmela a modo de saludo.

—Buenos días, jefe.

Desvié la mirada de la yegua hacia él y le devolví el saludo con un apretón firme.

—Buenos días, James. ¿Cómo van las cosas por aquí?

Durante los siguientes minutos, caminamos por el establo mientras él me hacía un breve resumen de todo lo que había ocurrido durante mi ausencia.

—Si no fuera por el estado de Eclipse, le diría que todo ha ido bien, señor —concluyó James.

Asentí brevemente. Durante los días que estuve fuera, me avisó de que el pura sangre inglés no estaba bien, pero que el equipo se mantenía pendiente de él.

—¿Qué dicen los veterinarios?

James emitió un sonido de desaprobación y negó con la cabeza al salir del establo y ver al animal, de pelaje negro y brillante, bajo los atentos cuidados del jefe de veterinaria.

El semental era mi caballo personal. Veloz, inteligente y fuerte, Eclipse provenía de una rigurosa combinación genética que yo mismo había dirigido. Un trabajo minucioso que había contribuido enormemente a que se convirtiera en un atleta de élite jubilado, campeón de innumerables competiciones.

Ya no competía, pero se había convertido en el principal semental reproductor del haras.

Deseado por muchos, pero demasiado valioso para ser de cualquiera.

—No logran dar con la causa, señor. Dicen que están haciendo todo lo posible, pero a Eclipse todavía le cuesta moverse —explicó el administrador mientras caminábamos hacia allí.

Al notar mi presencia, el veterinario se tensó, pero no dejó de examinar al caballo. Por su parte, al reconocerme, Eclipse relinchó, pero no pudo girar el cuello por completo, impedido por el dolor.

Me coloqué frente a él, evitando que hiciera un esfuerzo.

Posé la mano abierta sobre su hocico, cuyo pelo era tan áspero como la palma de mi mano.

Sus ojos, negros como una noche sin estrellas, hablaban de su dolor.

No había brillo, solo una súplica silenciosa para que yo interviniera y le quitara aquello de encima.

Apreté la mandíbula, decidido a hacer lo que fuera necesario.

—Te pondrás bien, chico —sentencié, desviando mi atención hacia el veterinario, que se estremeció ante mi dura mirada—. ¿Por qué sigue teniendo dolor, Thompson?

—Sus análisis están limpios, señor McAllister. No hay una causa sobre la que podamos actuar —informó, algo nervioso—. La medicación y la fisioterapia no están haciendo efecto. Creo que necesitamos a un especialista.

Solté el aire y me rasqué la frente, impaciente.

—Pensaba que usted y el resto de su equipo lo eran.

Tragó saliva ante la ironía.

—Lo somos, señor. Pero en el caso de Eclipse, ya hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance. Tal vez sería mejor llamar a un especialista en terapias manuales.

Contuve la irritación en el pecho; odiaba trabajar con gente incompetente.

Como si supiera que estábamos discutiendo sobre él, Eclipse movió las orejas y relinchó. Mantuve mi mano en su frente y la mirada fija en la suya mientras pensaba en una solución.

De pronto, las imágenes de Hannah Collins bombardearon mi mente.

La forma segura con la que identificaba desde lejos el dolor del animal, cómo dejó clara su competencia aquella noche, la forma en que Youssef fue categórico sobre su capacidad profesional y que no renunciaría a su mejor terapeuta.

Yo nunca contrataba a nadie sin un exhaustivo criterio de evaluación, pero tenía muchos motivos para hacer una excepción con ella.

Hannah me transmitió confianza y credibilidad al no acobardarse ante mí.

Era la mejor en su campo. El jeque jamás se habría puesto en esa posición si no lo fuera.

Y yo tenía prisa. Todo eso la convertía en la única persona en la que confiaría de inmediato para cuidar de mi mejor caballo, aun cuando traerla al haras pudiera poner en riesgo nuestro silencioso acuerdo de paz.

Volví a soltar el aire, irritado por la situación.

Eclipse volvió a relinchar, sacándome de mis pensamientos en una súplica casi humana para que le quitara el dolor.

—Aguanta un poco más, grandullón. Pronto se te pasará el dolor —le garanticé, deslizando la mano por su testuz[1].

A continuación, desvié la mirada hacia Thompson sin poder ocultar mi frialdad. —Adminístrele un analgésico hasta que llegue el otro profesional.

—Cla-claro, señor McAllister.

Caminé hacia el coche a paso largo mientras sacaba el teléfono del bolsillo, dispuesto a afrontar las consecuencias de aquella decisión.

—¿Ya me echas de menos, McAllister? —se burló Youssef Al Qamar al contestar la llamada.

Solté un gruñido de irritación.

—Créeme, preferiría no tener que llamarte.

Escuché un suspiro al otro lado de la línea.

—Ya te dije que no permitiría que me robaras a Hannah —replicó, astuto.

Pateé una piedra y me detuve frente al capó antes de subir al coche. Odiaba estar en aquella postura pasiva, pero por Eclipse, no tenía otra opción.

—Mi mejor caballo tiene una lesión que solo se puede tratar de forma manual. Es por necesidad, Al Qamar.

El breve silencio al otro lado evidenció su inquietud.

—Existen en el mundo otros profesionales tan buenos como ella.

—Tal vez los haya, pero me llevará demasiado tiempo encontrarlos. Eclipse tiene dolor y no dispone de ese tiempo.

El jeque soltó el aire.

—Sabía que no debía aceptarte en mis subastas... —refunfuñó, resignado.

Apreté la mandíbula.

—Ahora es tarde para quejarte, Youssef. Tú harías lo mismo si se tratara de tu caballo favorito.

—Fingiré que es solo por eso. —Rio, irónico—. Escucha, si fueras cualquier otro hādhā an-naw‘ min ar-rijāl[2] no te lo dejaría pasar tan fácilmente. Pero, de una forma irritante, te respeto.

La comisura de mis labios se elevó en una pequeña sonrisa que delató mi alivio.

—¿Eso significa que me vas a permitir contratar a tu empleada?

—Ve despacio, ranchero —replicó, demasiado sarcástico para la ocasión—. Eso significa que te cederé a mi mejor empleada por treinta días. Después de eso, vuelve a Aurum.

La información inesperada me dejó un sabor amargo, pero yo no estaba en posición de exigir.

—De acuerdo. Mandaré el avión mañana a recogerla.

Una carcajada abierta sonó al otro lado.

—Ay, ranchero... algo me dice que toda esa prisa no es solo por el dolor del caballo.

Ignoré su provocación barata. A Youssef no podía considerarlo mi amigo, pero conocía mi pasado y sabía que me había cerrado a cualquier relación desde que perdí a Charlotte y a nuestro hijo. Además, yo nunca me involucraba con mis empleadas.

—Gracias por el préstamo, Al Qamar. Ahora tengo que colgar.

Nos despedimos y finalicé la llamada.

Después, me quedé mirando el cielo anaranjado, sintiendo una extraña sensación en el pecho.

Preferí ignorarla.

Permitirme pensar en la familia que había perdido era dar paso a sufrir una vez más.