El viudo
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PRÓLOGO
Apreté levemente el vaso de whisky entre los dedos, incómodo por el exceso de luces en el salón del rascacielos más famoso de Doha, en Catar.
Mientras reyes, jeques y multimillonarios derrochaban sonrisas calculadas y alardeaban de sus juguetitos de lujo, mi pensamiento se centraba en la logística innecesaria para aquella extravagancia.
Poco me importaban los gastos que el jeque Al Qamar había tenido, sobre todo porque para él eran irrelevantes.
El problema es que los caballos son claustrofóbicos y no están hechos para estar en áticos.
Luces artificiales, suelo demasiado resbaladizo para los cascos, traslados en ascensores. Una serie de factores estresantes que podrían tener graves consecuencias para los animales.
Lo obvio, en mi mundo, tenía que decirse.
—¿No se unirá a nosotros, McAllister? —preguntó el rey de Dinamarca cuando no me moví tras el anuncio de apertura de la subasta.
—Prefiero observar desde lejos, Skagen —respondí, dejando de lado la formalidad que imponía una antigua sociedad de negocios.
Él asintió y se alejó hacia una de las mesas, acompañado de un asesor y otros inversores. Hombres que, al igual que yo, negociaban con caballos campeones, valorados en cifras capaces de impresionar incluso a quienes estaban acostumbrados al sector.
Socializar en eventos como aquel estaba lejos de ser algo que me gustara hacer, pero por desgracia, era necesario.
Me dirigí al fondo del salón e inhalé el aroma amaderado del raro whisky antes de llevármelo a los labios. Estratégicamente situado, analizaba el comportamiento de los tiburones y anticipaba las tendencias antes de que llegaran a Occidente.
Quién se sentaba con quién. Quién hablaba poco, pero mandaba mucho.
Movimientos controlados. Sonrisas lujuriosas. Disputas veladas.
Hombres que, al igual que el rey Harald Christian de Skagen, dejaban a sus esposas en casa y traían —veladamente— a sus amantes, como parte del mismo juego silencioso de poder. Con un objetivo claro y piezas bien definidas.
Mujeres, a menudo con la mitad de su edad, vistiendo las mejores marcas, fácilmente moldeables para encajar en los papeles que el entorno exigía, recompensadas con lo mejor que el dinero podía comprar.
Que se sometían a estar en el mismo lugar, pero lo suficientemente lejos para no ser captadas por los medios, solo para alimentar los egos inflados de hombres en plena crisis de la mediana edad.
La subasta comenzó y continuó con pujas que nunca se trataron de dinero, sino de quién moldearía el futuro antes que los demás.
Poco después, una voz que conocía muy bien resonó a mis espaldas.
—¿Acaso ha llegado el tan esperado día en que mi mayor competidor pujará por mis caballos?
Giré levemente el rostro y vi al jeque Al Qamar detenerse a mi lado, envuelto en una túnica blanca impecable.
—Hoy no, Youssef.
Chasqueó la lengua, esbozando una sonrisa sarcástica.
—Sabes que si no confiara en tu integridad, jamás aceptaría tenerte en mis eventos, ¿verdad?
El emir de Aurum ostentaba el título de mayor criador y exportador de Oriente. Juntos, nos disputábamos algo que iba mucho más allá de las cifras: el dominio absoluto de la cría de caballos en el planeta.
A los ojos del mundo, competidores feroces. A los nuestros, un acuerdo silencioso de que cada imperio se mantenía firme en su territorio, sin necesidad de invasiones.
Di otro sorbo al whisky, devolviendo mi atención a las caballerizas donde preparaban a los caballos antes de salir al escenario. Apreté el vaso entre los dedos, molesto al percibir lo alterados que estaban fuera del entorno al que pertenecían.
—Sabes el riesgo de exponerlos aquí, ¿verdad, Youssef? —advertí, manteniendo un tono impasible.
El jeque sonrió con arrogancia.
—Riesgos calculados, Logan. Clientes extravagantes exigen presentaciones extravagantes.
No le faltaba razón, pero yo jamás pondría en riesgo a mis sementales para complacer a nadie.
Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando el pelaje castaño de un caballo árabe de élite brilló bajo el reflejo de la luz, atrayendo mi atención hacia la mujer de pie a su lado, que masajeaba la musculatura trasera del animal, visiblemente fatigado.
De por sí, su raza habría sido motivo suficiente para despertar mi interés, pero la forma en que la empleada lo masajeaba me hizo detenerme a contemplarla. Había técnica, dominio, firmeza y delicadeza a partes iguales.
Maniobras como aquellas no eran fáciles de realizar ni siquiera en caballos mansos, pero aun en condiciones tan adversas, la mujer parecía tranquila, demasiado concentrada en las reacciones del animal como para preocuparse por otra cosa que no fuera su bienestar.
—¿Quién es la chica? —indagué, observándola por encima del vaso.
—Ni se te ocurra mirar a mi mejor fisioterapeuta, McAllister —declaró el jeque, sin apartar la vista de la escena.
Lo miré, arqueando una ceja.
—No estoy interesado. Solo me dio curiosidad ver cómo no se inmuta por el ajetreo a su alrededor.
Youssef mantuvo un silencio arrogante por un instante, como si evaluara hasta qué punto podía responder sin poner en riesgo a su plantilla. Por fin, soltó un pesado suspiro.
—Hannah Collins es la mejor especialista en comportamiento equino y terapias manuales de mi equipo. Lleva un tiempo con nosotros y ha destacado por su técnica y competencia. Ya he recibido propuestas indecorosas por ella.
Apreté la mandíbula, incómodo.
—¿Propuestas por qué, exactamente?
Se rio y alzó el vaso vacío en el aire, que de inmediato fue recogido por un empleado.
—No te preocupes, McAllister. Es hermosa y roba miradas por donde pasa, pero es tan arisca como una yegua preñada. Tal vez por eso, hasta el caballo más indomable cae rendido en sus manos.
Mantuve la mirada en ella, ignorando la repentina satisfacción que me produjo esa afirmación.
Poco después, el jeque se despidió y se marchó seguido por dos guardaespaldas.
El martillo golpeó la mesa.
Otra puja millonaria adjudicada.
Incapaz de quedarme quieto, aproveché el trasiego del cambio de animales para dar una vuelta.
A paso firme, me dirigí a los boxes, de pronto con curiosidad por ver de cerca a la mujer trabajar.
Al acercarme, ella estaba de espaldas, todavía concentrada en el caballo. Era de estatura media, y llevaba el cabello, del color de la tierra mojada, recogido de forma práctica con algunos mechones sueltos, pegados al cuello sudado por el esfuerzo.
Su ropa de trabajo contrastaba con los extravagantes vestidos que desfilaban por el lugar.
Los pantalones claros de montar tenían polvo y un poco de heno en los bajos.
En los pies, llevaba unas botas marrones impecablemente lustradas.
El polo era de alta costura, pero lo suficientemente práctico como para montar y agacharse cuando fuera necesario.
Noté que, a pesar de estar callada y concentrada, recibía miradas no solo de los empleados que trabajaban con ella, sino sobre todo de los asistentes a la subasta.
Ignoré la molestia y me acerqué sin hacer ruido. Me detuve junto a la cerca improvisada que dividía los espacios, observándola deslizar los dedos con precisión sobre la tensa musculatura del muslo del caballo.
—Tranquilo, chico... Sé que está siendo muy estresante —murmuró en inglés, soltando a continuación un pesado suspiro—. Gente rica jugando a los escaparates... y el que paga el precio eres tú.
Su sincero desahogo en mi idioma despertó mi curiosidad. No solo porque pensaba igual que yo, sino por su acento texano.
Me aclaré la garganta y capté su atención. Se dio la vuelta, pero no pareció asustarse, solo me sostuvo la mirada.
—La zona para observar a los caballos está en el escenario, señor. Aquí aún se están preparando.
—Lo sé —respondí, adentrándome en el espacio.
Me siguió con la mirada, evaluando si yo suponía un problema o solo era un curioso.
—No puede entrar aquí —afirmó, con un tono más duro.
—También lo sé. —Me ajusté la americana y el sombrero, deteniéndome frente al caballo árabe—. Noté que no estaba bien y quise verlo de cerca.
—No se preocupe por eso, Khalil ya está recibiendo un buen trato —aseguró, volviendo al lado del caballo—. Por favor, señor, váyase. Aún tengo que terminar para que suba al escenario en unos minutos.
Le toqué el lomo robusto de pelaje brillante. Sabía reconocer desde lejos cuando un animal estaba bien cuidado. Y este lo estaba, sin duda.
—Escuché su desahogo —dije, cambiando de tema.
Me miró fijamente, cambiando el peso de una pierna a la otra.
—Si lo escuchó, sabrá que no era para usted.
Fruncí el ceño. No recordaba que nadie me hubiera replicado nunca de esa manera.
—No, no lo era.
Me miró con desconfianza, arqueando una ceja.
—¿Y eso no le molesta?
—Pocas cosas me molestan en esta vida, Hannah. Y saber por lo que han pasado estos animales para estar aquí solo por ego es, sin duda, una de ellas.
Mi respuesta la tomó por sorpresa. Por un segundo se quedó sin palabras, pero se recuperó rápido al pasarse la lengua lentamente por los labios en un gesto que no debería haber llamado mi atención.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Me ajusté el sombrero otra vez.
—Su reputación la precede.
Me miró a los ojos, intentando ver más allá de lo que yo me permitía mostrar.
—No sé a dónde quiere llegar, señor, y no me importa. Como dije, necesito trabajar y, si sigue molestándome, me veré obligada a llamar a seguridad —afirmó, ignorándome y volviendo a su tarea.
Me pregunté si hablaría de esa forma si supiera con quién estaba tratando. Aun así, me gustó la forma en que priorizaba el bienestar del caballo.
Sus manos descendieron en una maniobra firme entre la grupa y el muslo del animal. El relincho dejó de ser de dolor y se convirtió casi en un agradecimiento. A continuación, Hannah le dio unas palmaditas de recompensa, deslizando la mano a lo largo del animal hasta acariciarle el hocico.
—Buen chico, Khalil. Cuando lleguemos a tu establo, lejos de todo este circo, te prometo que te dejaré como nuevo.
El caballo giró la cabeza hacia ella y soltó otro relincho, como si estuviera entendiendo cada palabra.
Como buen criador, yo sabía que lo hacía.
No entendía por qué seguía allí parado, alargando la conversación. Simplemente no tenía ganas de alejarme.
—¿Finge que no escuchó lo que le dije, señor? —preguntó sin mirarme, recogiendo el equipo que había usado.
—La escuché tan bien como su queja, señora Collins. Pero me quedé porque estoy de acuerdo con usted. —Ella me miró sin comprender, y continué—: Muchos hombres en mi posición juegan a las apariencias en escaparates como este, y prefieren fingir que no ven las consecuencias.
Mis palabras parecieron sorprenderla.
—¿Usted es uno de ellos?
Paseé la mirada por el box improvisado, deteniéndome en el pequeño trozo de heno enredado en su cabello.
Frené el impulso de acercarme.
—No. Yo observo a los que fingen... y a los que trabajan de verdad defendiendo a los que no pudieron elegir estar aquí.