Capítulo 6 — En sociedad
La casa de los Alvarado estaba hecha para ser vista.
No para deslumbrar de golpe, sino para imponerse con paciencia: corredores largos, techos altos, patios amplios donde el eco devolvía las risas con una leve demora, como si la casa se tomara el trabajo de escucharlas antes de soltarlas de nuevo.
Era una de esas casonas levantadas cuando todavía se construía pensando en durar, no en exhibirse.
Felipe llegó con Andrés entrada ya la noche. El carruaje apenas se detuvo cuando comenzaron las miradas. No eran miradas ingenuas. Más bien el reconocimiento rápido de quienes ya conocen la reputación ajena y deciden, en el acto, si conviene acercarse o cuidarse.
—Llegaron tarde —dijo una joven, interceptándolos apenas cruzaron el umbral—. Y no me diga que fue culpa del camino.
—Nunca es culpa del camino —respondió Andrés, inclinándose apenas—. Es culpa de las distracciones que ofrece.
Ella sonrió sin bajar la mirada.
—Eso dicen los hombres que no saben llegar temprano.
—O los que saben exactamente cuándo llegar —replicó él, sin perder el gesto.
Felipe negó con la cabeza, divertido, mientras avanzaban hacia el salón principal.
La música flotaba sin imponerse, las copas circulaban con generosidad y las conversaciones se entrecruzaban como si nadie quisiera quedarse demasiado tiempo en una sola.
Las mujeres se movían con soltura, algunas acercándose con descaro, otras observando desde lejos, conscientes de que Felipe no era precisamente un hombre al que se pudiera tratar con ligereza.
—Hoy estás muy solicitado —le dijo una de ellas, tomándolo del brazo—. Eso suele terminar mal.
—Depende de para quién —respondió Felipe.
Ella rió, sabiendo que no hablaba con un ingenuo.
Andrés, en cambio, no fingía moderación alguna. Ya tenía una copa en la mano y otra historia a medio contar.
—Veinte años —decía—. Veinte años desde que nos dijeron que éramos libres… y todavía seguimos bailando en las mismas casas y discutiendo los mismos asuntos.
—No seas injusto —intervino Felipe—. Antes bailaban los mismos, ahora al menos bailamos más.
—Eso sí —concedió Andrés—. Antes uno necesitaba apellido; ahora basta con tener labia.
Una mujer cercana levantó la ceja.
—¿Y usted de cuál tiene más? —preguntó.
—Depende de la noche —respondió Andrés—. Y de la compañía.
Las risas se mezclaron con un comentario sobre la independencia, alguien mencionó a San Martín, otro a Bolívar, y no faltó quien dijera que Lima seguía creyéndose el centro del mundo.
—La república cambió los discursos —dijo Felipe—, pero no las costumbres. Aquí seguimos viviendo como si la historia pasara por encima y no por dentro.
—Eso suena peligroso —comentó uno—. Casi subversivo.
—No —respondió Felipe—. Solo observador.
Pidieron música.
—El violín —dijo alguien—. Siempre el violín.
Felipe sonrió, pero negó.
—Esta noche no. Hoy prefiero el piano.
El murmullo fue inmediato. Se acomodó frente al instrumento con naturalidad, como quien no necesita anunciar lo que sabe hacer. Tocó con soltura, sin exagerar, sin buscar imponerse. El sonido llenó la sala con una elegancia que obligó a callar incluso a los más insistentes.
Cuando terminó, el aplauso fue sincero. No escandaloso, pero prolongado.
—Además de galán, ilustrado —dijo una mujer—. Eso ya es abuso.
—No abuse —respondió Andrés—. Que todavía no ha contado cómo explica la hechicería sin creer en ella.
Felipe se giró hacia él.
—No es tan complicado —dijo—. Las culturas antiguas tenían rituales porque necesitaban sentido. Nosotros tenemos explicaciones porque creemos necesitar control. No es tan distinto.
—¿Y los chamanes? —preguntó alguien—. ¿También tienen explicación?
—Claro —respondió Felipe—. Observación, experiencia, tradición oral. Nada sobrenatural. Todo humano.
Andrés lo miró con una sonrisa torcida.
—Te estás poniendo serio —dijo—. Como el Barón.
—No exageres.
—No exagero —replicó—. Hace unos meses hablábamos de mujeres y caballos. Ahora hablas de historia, rituales y creencias como si fueras profesor.
Felipe se encogió de hombros.
—Curiosidad —dijo—. Y nada más. Todo se puede explicar si uno mira con atención suficiente.
—Eso mismo decían muchos hace veinte años —comentó uno—. Antes de darse cuenta de que el mundo no siempre obedece a la lógica.
Felipe sonrió, seguro.
—Obedece —dijo—. Solo que a veces no entendemos el orden.
Las mujeres intercambiaron miradas. Algunas divertidas. Otras cautas. Sabían que ese tipo de convicción era tan atractiva como peligrosa.
La noche avanzó entre música, comentarios agudos y copas que se renovaban sin esfuerzo. Andrés acumulaba conquistas efímeras; Felipe, atención sostenida. Dos formas distintas de dominar una sala.
Al despedirse, ya entrada la madrugada, Felipe se sentía satisfecho. Había tocado bien, hablado mejor y dejado impresión. Nada parecía fuera de lugar.
Solo al subir al carruaje, cuando el ruido quedó atrás, notó ese silencio amplio, casi excesivo, que no lograba asociar con cansancio.
No le dio importancia.
Después de todo, todo tenía una explicación.