El violín (Pactos y Conjuros nº 1) Capítulo 7 — El método
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Capítulo 7 — El método

Felipe no dejó de dormir de un día para otro. Eso habría sido demasiado evidente, demasiado fácil de señalar como error. Lo que ocurrió fue más sutil: el sueño empezó a fragmentarse, a repartirse en horas mal colocadas, como si el cuerpo hubiera perdido la costumbre de obedecer a la noche.

Dormía poco, pero no siempre mal. A veces se quedaba despierto hasta el amanecer sin sentir urgencia; otras, el cansancio lo vencía a media tarde y se recostaba sin proponérselo, apenas unos minutos, que terminaban siendo más de una hora. Nunca había sido de siestas, y eso no pasó desapercibido.

—Te estás volviendo viejo —le dijo Andrés una mañana, viéndolo bostezar mientras revisaban cuentas—. Antes amanecías fresco aunque hubieras pasado la noche en vela.

Felipe cerró el cuaderno con calma.

—No es cansancio —respondió—. Es ajuste.

—Claro —rió Andrés—. Ahora hasta el sueño necesita método.

Felipe no se molestó. En parte porque no sentía que hubiera nada que defender, y en parte porque, en el fondo, creía tener razón. Estaba convencido de que el cuerpo, como cualquier instrumento, podía entrenarse. Que el descanso no era un absoluto, sino una costumbre que podía reorganizarse.

Las cosas en la hacienda marchaban bien. Las cosechas respondían, los jornales se pagaban sin retraso, no había conflictos ni sobresaltos. Andrés cumplía con su trabajo con la eficacia habitual, y Mamá Inés mantenía la casa funcionando con ese orden silencioso que no necesitaba explicaciones.

Felipe, por su parte, había llenado las noches de lectura.

No novelas ni distracciones ligeras, sino textos antiguos, crónicas, recopilaciones de leyendas, relatos de viajeros y fragmentos de tradiciones que hablaban de rituales, apariciones y fuerzas invisibles.

Leía sobre chamanes, sobre ceremonias andinas, sobre creencias europeas que parecían repetirse bajo otros nombres.

Comparaba, subrayaba, tomaba notas mentales.

Y cuanto más leía, más se convencía de lo mismo.

—Todo esto tiene lógica —murmuraba a solas—. Solo está mal explicado.

No encontraba contradicción entre su curiosidad y su racionalidad.

Al contrario: veía en las supersticiones una forma primitiva de conocimiento, imperfecta, pero no absurda.

Para él, los rituales no eran pruebas de lo sobrenatural, sino intentos torpes de ordenar lo desconocido antes de que existieran palabras más precisas.

El Barón había despertado ese interés, sí, pero Felipe sentía que lo estaba superando. Donde otros veían misterio, él veía estructura. Donde otros hablaban de fuerzas invisibles, él encontraba patrones.

Ensayaba todas las noches. El violín respondía con disciplina impecable, pero Felipe seguía insatisfecho.

No por fallas, sino por una sensación persistente de estar tocando apenas la superficie de algo más amplio.

A veces, al terminar, sentía una claridad breve, intensa, que lo dejaba inmóvil unos segundos. Luego, el cuerpo reclamaba su parte.

Y entonces dormía.

En horarios extraños. A destiempo.

—Antes te quedabas dormido en la mesa solo cuando habías tomado demasiado —le dijo Andrés una tarde, viéndolo recostarse un momento en una silla—. Ahora ni siquiera hace falta el vino.

—Eso se llama eficiencia —respondió Felipe, cerrando los ojos—. Descansar cuando hace falta.

—Eso se llama rendirse —rió Andrés—. Pero no te lo voy a decir muy alto, no sea que lo anotes en alguno de tus libros.

Mamá Inés observaba con preocupación creciente. No intervenía, pero cada bostezo, cada plato medio lleno, cada siesta improvisada se sumaba a una cuenta que solo ella llevaba.

—No se le gana al cuerpo, mijo —dijo una noche—. Se le conversa.

Felipe le sonrió con afecto.

—No estoy peleando con él, ma. Solo lo estoy entendiendo.

Eso creía.

Pero había mañanas en que despertaba con una pesadez nueva en los brazos, como si la noche no hubiera terminado del todo. Y otras en que el cuerpo parecía responder con una precisión casi mecánica, sin entusiasmo, sin resistencia.

Nada de eso lo alarmó.

Pensó que estaba afinando su vida del mismo modo que afinaba el violín: quitando lo innecesario, ajustando tensiones, buscando una respuesta más pura.

Felipe volvió a tomar el violín. Tocó con precisión, sin error, sin tropiezos visibles. El cuerpo respondió tarde, como si hubiera aprendido a callar antes de protestar.

No vio en ello una señal de alarma, sino de progreso.

Sin saberlo, ya estaba dando algo que no sabía cómo recuperar.