Capítulo 34
Gabriela
Cuando leo en la pantalla quién me está llamando, me dan ganas de no responder, así que lo dejo sonar. Pero sigue insistiendo. Una vez, y otra, y otra.
—Directora Priebe, ¿a qué debo el honor? —ironizo con un gesto de desdén, aunque no pueda verme.
—Ya no soy directora —anuncia con tristeza—. Escucha, Siete, sé que tú y yo no nos llevábamos muy bien.
—Por decirlo de algún modo —interrumpo.
—Bueno, el caso es que me toman declaración el jueves y a ti te citarán como testigo.
No debería estar hablando contigo, pero ya sabes cómo funciona nuestra organización.
Tu testimonio a mi favor pesaría mucho. Tengo todavía buenos contactos, podría conseguir que te readmitiesen, quizá como instructora si ya no puedes cazar, tu experiencia es única. Además…
—¿Sabías lo de mi madre? —la corto.
Al otro lado se escucha un silencio muy largo, luego un suspiro. Es suficiente respuesta para mí.
—Había protocolos —responde al fin—. Yo te protegía…
—Tú me vigilabas —corrijo, sin alzar la voz—. Me vigilaste desde que tenía doce años. He leído el dossier, incluidas las evaluaciones que me hicisteis mientras yo pensaba que estaba con un psicólogo infantil. Eso fue muy cruel incluso para ti.
—Te mantuve con vida.
—Me mantuviste útil para el Concilio, que no es lo mismo, aunque quizá desde tu punto de vista se le parezca.
Otro silencio.
—Y sí, declararé el jueves. Pero no a tu favor, sino más bien todo lo contrario. La primera muerte siempre es difícil, directora. Lo importante es sobrevivirla, fuiste tú quien me enseñó esa lección cuando todavía era una adolescente —agrego antes de colgar la llamada.
***
Lawson me cuenta que el Concilio está en crisis y que las distintas facciones de seres sobrenaturales tardarán meses en decidir qué queda de esa organización, si es que queda algo.
A los cazadores en activo les da igual el nombre que le pongan mientras alguien pague las nóminas, pero quizá ellos sean la primera víctima si los que mandan no se ponen de acuerdo.
Yo ni siquiera tengo una preferencia, trato de convencerme a mí misma de que a Whisper y a mí ya no nos afecta, pero sí lo hace.
Afecta a todo el mundo, humanos incluidos, porque si el equilibrio que hay ahora se descontrola, nadie sabe lo que podría llegar a ocurrir.
Y luego está la memoria de mi abuela, que siento en todas partes como un vacío que no consigo llenar.
Esa misma tarde me pongo triste sin motivo, incluso se me escapan las lágrimas.
—Me habría gustado que viese esto —admito con la cabeza apoyada en las piernas de Whisper mientras vemos una película—. El apartamento. Tú, yo.
—Te daría un sopapo —bromea, aunque posiblemente sea verdad—. La cazadora Siete del Concilio, la más temida, quedándose dormida sobre los muslos de la antigua Alfa de Manhattan, las dos viviendo como simples humanas en un apartamento diminuto. Le daría algo.
—Tienes razón. Habría odiado cada detalle de nuestra vida —admito entre risas—. Y habría venido cada domingo a traernos galletas con trozos de chocolate, de esas que tanto te gustan.
A media tarde, cruzo el espejo del dormitorio.
El Reverso sigue igual que siempre: la nada plateada, el lago de puertas flotando, la tranquilidad desde que murió el parásito de Vestergaard. Regreso al jardín de rosas de mi madre, a sentarme en su banco de piedra, o lo que sea que se parezca a la piedra en este lugar.
Durante semanas solo escuché la primera rosa, la más abierta, la del mensaje que empieza con “si has llegado hasta aquí”. Lo escuché tantas veces que podía recitarlo de memoria.
Hoy empiezo a escuchar a las demás.
Una rosa guarda una nana. Otra, un recuerdo de cuando era niña.
La duodécima rosa es diferente. Más pequeña y cerrada, es la única con espinas.
La rozo con la punta de los dedos casi sin querer.
—…El problema de cristalizarte y llegar a esta dimensión no es que mueras, es que te pierdes.
Aquí no hay norte ni sur y la memoria desaparece pronto: si nadie te llama, si ya no recuerdas a quién tienes al otro lado, te quedas para siempre.
Si alguna vez tienes que sacar a alguien, escúchame bien, la puerta se abre desde dentro, y creo que si has llegado hasta aquí, tú podrás abrirla.
Pon al otro lado a alguien que de verdad quiera a quien se ha perdido, que le recuerde pequeños detalles que solo ellos conozcan, porque el amor es más fuerte que el cristal.
La rosa termina su mensaje y vuelve a empezar. La escucho cuatro veces.
—Gracias, mamá —le digo a la rosa con espinas.
Esta vez no me apena que no responda.
Cruzo de vuelta antes de la cena, como siempre, pero esta vez con mucha más prisa y el corazón tan acelerado que parece que se me va a salir del pecho.
—¡Whisper! Sé cómo traer a Ava de vuelta —anuncio.