El vínculo de cristal Capítulo 33
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Capítulo 33

Whisper

Esa noche, Gabi sale de la ducha con el pelo mojado y una camiseta que apenas le cubre las nalgas. Se queda en el umbral de la puerta del salón, observándome con la cabeza ladeada y una expresión extraña.

Muchas veces, odio la falta de vínculo de compañeras; lo peor de todo es no saber interpretar este tipo de situaciones.

Me hago ilusiones. Me gustaría pensar que lo que quiere es lo mismo que yo estoy deseando desde que nos mudamos a vivir juntas.

Eso que hemos estado posponiendo hasta que ella se sienta más cómoda con su cuerpo.

Mierda, se me da fatal esto de adivinar las cosas.

Si al menos todavía tuviese a mi loba… ella sería capaz de oler si de verdad está excitada o es otra cosa.

—¿Ocurre algo? —pregunto.

—Sí —suspira.

—¿Es… es algo malo?

—No, yo creo que no es nada malo —admite con una extraña sonrisa mientras cruza el salón.

Se detiene frente a mí, me quita el libro de las manos y lo deja sobre la mesa.

—Llevamos tres semanas durmiendo en la misma cama y parece que todavía tienes miedo a tocarme —dice de pronto.

—No es eso, es que…

Alza una ceja y yo me detengo, porque en el fondo tiene razón. Su cuerpo está cristalizado al noventa y cinco por ciento, cubierto de venas plateadas. Los primeros días apenas me mostraba la piel.

—Whisper, anoche me pediste permiso para poner una mano en mi cintura. El respeto está bien, pero tampoco hay que pasarse.

Se sienta a horcajadas sobre mis piernas, acomodando con cuidado la rodilla que le duele. Huele a mi champú y, por algún motivo, eso me hace sonreír.

—¿Cómo puedes aguantar sin hacer nada? —pregunta en voz baja, inclinándose para susurrármelo al oído.

—Prometí que iríamos al ritmo que tú necesitases, que ahora que no tenemos vínculo de compañeras… que cuando estuvieses más cómoda con la cristalización… que…

Ni siquiera sé qué responder.

—Gabi, llevo queriendo hacer el amor contigo desde que nos mudamos juntas.

Puede que el vínculo de compañeras haya desaparecido, pero mi deseo no se ha marchado a ninguna parte.

Cada vez que te veo me apetece desnudarte y…

joder, prácticamente me estoy volviendo loca —admito, dejando escapar un largo soplido.

—Yo también —confiesa, enredando los dedos en mi pelo antes de besarme.

Hoy es un beso urgente, casi desesperado, algo torpe, porque cada una de nosotras tenía tantas ganas que no lo podía contener.

Le quito la camiseta despacio y se queda completamente desnuda frente a mí, las venas plateadas cubriendo toda su piel como ramas de un árbol.

De manera instintiva, cruza los brazos con timidez al ver que la estoy mirando.

Se los aparto con suavidad, acariciando el contorno de sus pechos.

—¿No te dan…?

No termina la frase.

—Eres preciosa —le aseguro, siguiendo una vena con la punta de los dedos desde la muñeca hasta el hombro. La plata se ilumina bajo mi dedo, sensible al contacto—. Son el mapa de todo lo que has sobrevivido.

—Te recuerdo que estoy cristalizada al noventa y cinco por ciento.

—Y sigues siendo preciosa al cien por cien.

—Eso ha sonado raro —sisea al tiempo que me desabrocha la blusa.

La abre botón a botón, con una paciencia que es pura venganza, y cuando la prenda cae al suelo, besa la cicatriz de la quemadura en mi hombro.

—Algún día me contarás la historia detrás de esto —ronronea, besándola de nuevo.

—Tenía dieciocho años. Acabábamos de firmar un acuerdo importante con las brujas y bebí un poco de más. Me pareció buena idea saltar por el círculo de fuego de su aquelarre y me caí al suelo —confieso.

—Eso sí que no me lo esperaba. Tú haciendo algo estúpido, aunque fuese con dieciocho años.

Caminamos de la mano hacia el dormitorio, tratando de quitarme lo que me queda de ropa al mismo tiempo y chocando con la mesa mientras nos reímos al besarnos.

No hay nada de planificado o elegante… y me gusta mucho más así.

—Ven aquí, loba —ordena, tumbándose en la cama y haciendo un gesto con el dedo índice.

La palabra me duele un poco. Lo ha hecho sin querer, pero ha nombrado algo que ya no soy.

Ella lo nota. No hace falta magia, solamente observar.

—Whisper —corrige con un suspiro—. Ven aquí.

Sin loba ni vínculo de compañeras me siento mucho más insegura, supongo que igual que ella con esa maldita cristalización cubriendo todo su cuerpo, pero pronto sus dedos endurecen mis pezones mientras mi muslo presiona su sexo, sintiendo el deseo que se ha acumulado.

—No me vas a romper, de verdad —bromea al ver que lo hago todo quizá con demasiada delicadeza.

—Ya lo sé —murmuro, dejándome guiar mientras sujeta mi mano y la lleva entre sus piernas—. Si en cualquier momento quieres parar, solo tienes que…

—No voy a querer parar —me asegura, sujetando mi muñeca para que no me detenga.

Me guío por su respiración: se acelera cuando me muevo más rápido, se rompe en gemidos cuando encuentro el ritmo exacto.

Me besa con fuerza, tirando de mi pelo, arqueando la espalda mientras jadea contra mi boca frases que apenas consigo comprender.

Y, cuando ya no puede más, deja escapar un grito ahogado mientras las venas plateadas en la parte baja de su vientre parecen brillar.

Me parece lo más bonito que he visto en toda mi vida y no es magia. Es ella.

—Vaya —jadea, cubriéndose los ojos con el antebrazo—. Creo que necesitaba esto mucho más de lo que pensaba.

Me tumbo junto a ella y la abrazo. Debería decirle que yo también lo necesitaba, que sentir cómo llegaba al clímax me gustó más que si el orgasmo hubiese sido mío. Espero que los besos que le dedico hablen sin necesidad de palabras.

Apenas le da tiempo a recuperar la respiración cuando se coloca sobre mí y empieza a acariciarme.

—Gabi, no tienes que…

—Te juro que si terminas esa frase, te tiro por la ventana —bromea, tapándome la boca con la mano.

No discuto, porque todo mi cuerpo tiembla al sentir su lengua jugar con mis pezones mientras sus manos recorren todo mi cuerpo como si intentase memorizarlo.

A continuación, se coloca entre mis piernas, sopla sobre mi clítoris y el escalofrío que recorre todo mi cuerpo es suficiente como para dejarme temblando.

Lo que sigue es un placer indescriptible.

Parece que me ha hecho esto un millón de veces, porque conoce el ritmo justo, la presión perfecta de su lengua en mi sexo.

Es absolutamente perfecto y el orgasmo me llega mucho antes de lo que esperaba, cerrando los dedos sobre las sábanas y gritando su nombre.

—Creo que tú también tenías muchas ganas —ironiza mirando hacia arriba entre mis piernas y guiñando un ojo.

Después nos quedamos enredadas, su cabeza en mi pecho, la respiración serenándose poco a poco. Fuera, Manhattan brilla al otro lado del río. Dentro, quedamos nosotras: una loba que ya no es loba y una cazadora con venas plateadas que camina entre los espejos.

Formamos una extraña pareja.

—Esta madrugada he sentido algo. En el lugar donde estaba mi loba —confieso, peinando su pelo entre los dedos.

Se incorpora sobre un codo y alza las cejas con sorpresa.

—¿Ha vuelto?

—No. Bueno, si te soy sincera, no lo sé. Estaba muy lejos —admito, tragando saliva—. A lo mejor no era nada, quizá es que la echo tanto de menos que me la estoy inventando. Me desperté llorando y ni siquiera sé por qué. Puede que sea simplemente ser humana; ahora cualquier emoción me hace llorar.

—Whisper, tienes que pensar que lo normal es que no vuelva nunca —dice al fin, besándome entre los pechos.

—Lo sé, pero seguiremos teniendo esto.

—¿Y si vuelve?

—Entonces tendremos esto, pero con loba.