Capítulo 32
Whisper
Me despierto llorando a las tres de la madrugada y ni siquiera sé por qué.
No es una pesadilla. A las pesadillas las conozco bien: Vestergaard, la muerte de mi padre, la plaza del Barrio Nocturno.
Esas me despiertan muchas noches con el corazón desbocado y con ganas de darle un puñetazo a algo.
Esto es muy diferente. Es como abrir los ojos con el eco de algo que ya ha terminado: una presencia diminuta, tan lejana que podría ser un recuerdo, girándose en sueños en el lugar donde vivía mi loba.
Me quedo inmóvil y escucho, pero ya no hay nada.
Y, aun así, sigo llorando.
—¿Qué te ocurre? —murmura Gabi medio dormida. No ha abierto los ojos y su mano busca el cuchillo que guarda bajo la almohada.
—Nada, duérmete. Supongo que me estoy acostumbrando a ser humana. ¿Es normal ponerse a llorar sin saber por qué?
Gabi no dice nada, simplemente se gira hacia mí y me abraza con fuerza. Luego se queda dormida con la misma facilidad que una gata. Las venas de su brazo brillan débilmente en la penumbra, hilos de plata que atrapan la luz de la farola.
Yo permanezco despierta, esperando encontrar algo más que el silencio. Quizá es que deseo tanto que mi loba regrese que mi cabeza ha empezado a inventarse cosas. Dicen que a algunos humanos les ocurre.
Gabi sigue al noventa y cinco por ciento de cristalización. Ni sube ni baja, tal como dijeron las Gemelas. Por lo visto, la magia se tomó sus palabras al pie de la letra y la selló tal como estaba, cristal incluido.
El precio es más cruel. En el Reverso apenas tiene límites, pero en nuestro mundo el cristal ya no le regala velocidad como antes.
Ahora la rodilla izquierda se le ha vuelto rígida, y cuando está cansada, su mano izquierda tarda unos segundos en obedecerla.
No se queja, pero ver los gestos de dolor cuando se ejercita con la katana me rompe el corazón.
El vínculo ya ni lo busco.
Así que hemos tenido que aprender otro idioma, uno que no usa magia sino preguntas. Muchas mañanas, por su parte o por la mía, son una sucesión de frases cortas.
—¿Estás bien?
—No.
—¿Quieres hablar?
—Todavía no.
—¿Quieres que me quede?
—Sí.
Es mucho más lento que un vínculo de compañeras. Es agotador, pero al mismo tiempo muy bonito porque nos obliga a confiar la una en la otra.
Lo más sorprendente es que ha colocado cuatro espejos en el apartamento.
Ya no los evita como antes.
—En mi casa de Brooklyn Heights tenía cuatro —me contó una vez, cuando le pregunté por qué ese número de espejos en concreto.
A veces cruza el que tenemos en el dormitorio y desaparece. La primera vez me asusté tanto que estuve a punto de arrancar el marco de la pared. Regresó una hora más tarde con un poco de polvo plateado en el pelo que brillaba como la escarcha cuando sale el sol.
—He estado en el jardín de mi madre —explicó—. Allí no me duele nada.
Nunca le pregunto qué hace exactamente ahí dentro. Lo único que sé es que va de visita, como quien va a una tumba donde las flores hablan, y vuelve siempre antes de la cena.
Me basta con eso.
River nos visita de vez en cuando, siempre que sus responsabilidades como Alfa se lo permiten.
—Los ancianos preguntan por ti —dice al cabo de un rato—. Ya conoces los viejos textos. Un lobo que pierde a su animal se apaga en unos meses. Deja de comer y de dormir, de querer. —Suspira y hace una pausa para clavarme la mirada—. Llevan tres semanas esperando a que empieces a apagarte.
—¿Y?
—Que no te estás apagando. Estás aquí, regando plantas y enamorada de una cazadora. No lo entienden porque ahora que no hay un vínculo de compañeras no tiene sentido.
—Diles que tengo muchos motivos para quedarme con Gabi —respondo, encogiéndome de hombros—. Y que soy muy feliz con la cazadora, con o sin vínculo de compañeras.
Mi hermana sonríe y asiente lentamente con la cabeza.
—Te echo de menos —confiesa tan bajito que apenas la escucho.
Se queda una hora más, tomando café con Gabi; hablando del entrenamiento de la manada, y de Dereck, que se ha vuelto insoportablemente protector con ella y con mi recuerdo.
—Hace un par de días un lobo joven preguntó si habías sido una buena Alfa y casi le arranca la cabeza —bromea.
Cuando se va, Gabi se queda afilando su katana a pesar de que no lo necesita.
—¿Estás bien? —pregunto.
—No lo sé.
—Vale. Cuando lo sepas, dime —murmuro, besando su frente.