El vínculo de cristal Capítulo 35
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Capítulo 35

Whisper

“Sé cómo traer a Ava de vuelta”.

Hay frases que te dejan sin aliento y esa es una de ellas.

Gabi me lo cuenta de manera apresurada: las cuarenta y siete rosas, cada una con su mensaje, aunque todavía le faltan muchos por escuchar; la única rosa con espinas; las instrucciones para recuperarla.

—¿Cuándo puedes hacerlo? —pregunto casi sin dejarla terminar.

—Este domingo. Necesito averiguar en qué parte del Reverso está, y avisar a Brianna sin prometerle nada todavía.

Se pasa el resto de la semana preparándolo: cruza al otro lado, regresa, busca. Casi no duerme. Y yo tampoco.

El domingo vamos al recinto de los lobos.

La manada le preparó al cuerpo cristalizado de Ava una habitación con luz natural.

Brianna la ha llenado de plantas, de fotografías, incluso ha colocado un altavoz que emite su música favorita las veinticuatro horas del día.

Los sanadores le han dicho que posiblemente no pueda reaccionar a ningún estímulo, pero Brianna ha decidido que tiene que intentarlo todo.

Y así lleva desde que derrotamos a Vestergaard.

Cuando nos abre la puerta, me cuesta no mirarle las cicatrices: el cristal negro se desprendió en placas la noche en que murió el parásito y le dejó líneas pálidas por los brazos y el cuello, con forma de raíz. Podría taparlas, pero no lo hace, quiere recordar lo que nos costó.

—Las venas han brillado más esta semana —dice a modo de saludo—. Sé que suena a locura y que no me creéis, pero es cierto.

—Sé que es cierto —responde Gabi, acariciando su brazo izquierdo—. He hablado con ella.

Brianna no dice nada, solamente deja escapar un suspiro antes de taparse la boca con ambas manos.

—Te dije que iba a salvarla y pensé que había llegado tarde.

—Gabi…

—Déjame terminar, por favor —dice, sacando el espejo de mano de su madre, pequeño, con el marco de plata algo ennegrecida—.

Los que cruzaron no murieron: se perdieron porque Vestergaard los retenía.

El parásito ya no está, pero algunos no supieron encontrar el camino de vuelta, así que Ava se construyó un sitio al otro lado, cerca del lago de las puertas, y se quedó en él sin saber a dónde ir.

Brianna deja de respirar un instante.

—¿Puedes traerla? Por favor, dime que puedes traerla de vuelta —insiste.

—Puedo abrir la puerta y hablar con ella, pero es Ava quien tiene que cruzarla y ahí es donde entras tú, para convencerla desde aquí mientras yo lo hago desde el Reverso.

—¿Y si no quiere volver?

—Entonces regresaré mañana. Y al día siguiente. Hasta que lo haga —le asegura Gabi.

—¿Alguien ha hecho esto antes?

—No. Nadie —confiesa, flexionando la mano izquierda—. Pero yo tengo muy mal perder y no me rindo fácilmente, pregúntale a Vestergaard.

Brianna sonríe un poquito y asiente.

—Necesito que le hables —continúa Gabi—.

No de la plaga ni de Vestergaard, ni de lo que ocurre ahora en la manada.

Tienes que hablarle de cosas pequeñas y cotidianas, de recuerdos bonitos entre vosotras.

Esos recuerdos con tu voz harán de brújula para que encuentre el camino y yo la ayudaré desde el otro lado.

Brianna coge la mano cristalizada de Ava entre las suyas y comienza a hablarle bajito al oído mientras algunas lágrimas se deslizan por sus mejillas hasta caer en la cama.

Gabi cierra los ojos, toca el espejo con la punta de los dedos, la superficie se ondula y se la traga.

Siempre que hace eso el miedo me atraviesa entera, no importa cuántas veces lo haya visto, me sigue aterrando. No sé dónde está, ni lo que siente. Sin el vínculo de compañeras, ni siquiera sé si sigue con vida.

Solo puedo confiar en que volverá y no se quedará en ese lugar, a pesar de que allí no tiene límites ni dolor.

Así que espero mientras Brianna habla a su novia.

—¿Te acuerdas de nuestra primera cita? —murmura—. Dijiste que conocías el mejor restaurante italiano de Manhattan y me llevaste a un sitio que vendía pizza a un dólar la porción. Estaba lloviendo y comimos bajo el toldo de una lavandería.

Tiene que hacer una pausa para sollozar y limpiarse las lágrimas antes de continuar.

—Me dijiste que algún día me llevarías a Italia. Yo te dije que iría contigo al fin del mundo sin ni siquiera pensarlo.

Una grieta aparece sobre el pecho cristalizado y Brianna se queda inmóvil.

—Sigue hablando, no te detengas —le pido.

—Compramos dos billetes hace seis meses —continúa, con la voz rompiéndose—. El vuelo sale en octubre y esos billetes están en el cajón de nuestra habitación. No los he cancelado, Ava, no lo he hecho porque sé que vas a volver a tiempo para ir a Roma juntas.

Otra grieta cruza el hombro. El cristal empieza a temblar. El altavoz sigue sonando bajito en su esquina, la misma lista de canciones de siempre.

Brianna llora, pero no deja de hablar.

—Tienes que volver, joder, Ava, tienes que volver porque prometiste pedirme matrimonio en Roma y llevo medio año fingiendo que no encontré el anillo que habías escondido en tus botas. Y como me dejes así, cruzaré yo misma el espejo para ir a buscarte.

Un sonido áspero escapa entonces del cuerpo de Ava y el cristal se agrieta. Una luz dorada brota desde dentro. Brianna aparta las capas con las manos y debajo hay piel.

Ava inspira de golpe y empieza a toser. Suena fatal, pero está viva.

Brianna grita su nombre y se abraza a ella con tanta fuerza que casi se caen las dos de la cama.

Ava abre los ojos. Marrones que relampaguean dorados de vez en cuando. Su loba ha vuelto con ella, y algo en el vacío donde vivía la mía se asoma a mirar.

O eso quiero creer, porque ya no estoy segura de nada.

—Vas a destrozarme las costillas —protesta.

Brianna se aparta lo justo para mirarla y vuelve a abrazarla mientras se ríe y llora a la vez.

A continuación, la superficie del espejo se ondula y Gabi sale de él. La sujeto antes de que toque el suelo.

—Estoy bien —gruñe.

—Mentirosa.

—Vale, estoy un poco mareada —confiesa—. Ava es terca como una mula, costó convencerla un poco y nos perdimos de vuelta, por eso hemos tardado tanto.

Parece agotada por el esfuerzo.

—Cazadora de luz —susurra Ava, mirándola desde la cama—. Sabía que me traerías de vuelta algún día.

—Ese nombre sigue siendo una mierda —responde Gabi—. Pero me alegro de verte en esta dimensión.

Esa noche, cuando regresamos al apartamento, Gabi deja la chaqueta sobre una silla y se queda mirando el espejo del salón.

—¿Vas al jardín? —pregunto.

—No, quizá mañana. Hoy quiero quedarme aquí —dice, mientras se acerca para coger mi mano entre las suyas.

—Quiero que hagamos algo —propongo cuando me lleva a la cama.

—¿Algo peligroso?

—Quizá. Una ceremonia —explico—. Una de esas bodas humanas, pero con una modificación, añadiendo el ritual de sangre de los lobos, incluso si ya no soy una de ellos.

—¿Sangre? Tenía razón, ¿ves? Suena a algo peligroso.

—Es un corte pequeño en la palma de la mano. Para ser una cazadora te estás convirtiendo en una miedica —bromeo—. Mezclamos nuestra sangre. Dolerá un poco y ahora que no tengo loba tardará en sanar, pero todo lo que merece la pena duele un poco.

—¿Con invitados?

—Solo unos pocos: Lawson, River, Dereck, Brianna y Ava si está recuperada del todo…

—¿Marsden?

—Está bien. Me empieza a caer bien ese vampiro. Nos ha devuelto los territorios que le ofrecí por su ayuda en el ataque a Vestergaard. A veces, las personas te sorprenden cuando las conoces mejor.

—Vale, y puedes traer también a alguna bruja si quieres, pero no a las Gemelas Fae, por ahí no paso. Seguro que sacan el libro ese y se inventan alguna prueba complicada —ironiza Gabi.