Capítulo 30
Whisper
Cuando el amanecer tiñe de rojo el cielo del Barrio Nocturno, apenas consigo mantenerme en pie.
La plaza se ha llenado de nuevo, esta vez incluso más que antes: lobos, vampiros, brujas, Fae. Todos esperando para ver si la peticionaria sale viva del último Trial.
—No tienes que hacer esto —susurra River a mi lado—. Whisper, apenas puedes caminar y…
—Tengo que hacerlo, estoy bien, de verdad.
No lo estoy, y eso es bastante evidente. Las dos lo sabemos, pero, aun así, mi hermana no insiste más.
Y justo entonces la veo.
Gabi está aquí, en la plaza. A quince metros de distancia, apoyada en el brazo de Lawson, intentando caminar por pura fuerza de voluntad.
Está peor de lo que me esperaba. Las venas de plata le suben ya por el cuello y la mejilla izquierda.
Prácticamente se ha cristalizado por completo.
Tiene los ojos fijos en un punto en concreto y ese punto soy yo.
Cuando nuestras miradas se cruzan, tengo que apartar la cara para que no me vea llorar.
Un vampiro joven retrocede al verla pasar. Marsden inclina la cabeza con respeto, es la primera vez que le veo hacerlo.
Pensé que se quedaría en el Reverso, donde la cristalización no avanzaría, o al menos, eso decían los diarios. O quizá en una cama de su apartamento a esperar la muerte.
Pero ha venido y con eso me basta.
Las Gemelas Fae se deslizan al centro de la plaza.
—El Tercer Trial —dicen a la vez— tiene dos partes. La primera: Verdad. Os debéis enfrentar a lo que sois. Las verdades que no os habéis dicho. Las que guardáis porque decirlas en voz alta las hace reales.
Abren un libro muy antiguo y las páginas brillan tanto que duele mirarlas.
—Whisper Bergstrom. Rompiste voluntariamente un vínculo sagrado. ¿Por qué?
—Porque amaba a Gabi más que al vínculo —respondo sin dudar—. Era la única manera de mantenerla con vida, aunque fuese en el Reverso. Elegí su vida por encima de nuestra conexión. La elegí por encima de mi rango como Alfa y de mi propia vida.
—¿Y te arrepientes?
Desvío la mirada hacia Gabi. Las venas de su cara devuelven el rojo del amanecer en extraños destellos.
—Me arrepiento de no haber encontrado otra forma de hacerlo, pero no de haberlo hecho. Lo repetiría una y otra vez si con eso consigo mantenerla con vida.
Las Gemelas se giran hacia ella.
—Gabriela Castillo. Elegiste completar la transformación en la otra dimensión. ¿Por qué?
—Porque era la única forma de salvarlos. A Whisper. A la manada, al resto de las facciones. Crucé el espejo sabiendo lo que ocurriría porque no había otra forma de detener a Vestergaard.
—Y ahora eres una caminante de espejos. ¿Valió la pena? ¿Convertirte en esto? —insisten.
—No soy un monstruo, soy una superviviente —responde Gabi, deslizando la punta de los dedos por las venas plateadas de su brazo—. Y sí, cualquier sacrificio vale la pena si con eso frenamos a Vestergaard.
—Ahora —dicen las Gemelas—, la verdad más profunda. Debéis confesar lo que no os habéis dicho la una a la otra.
—Soy solo una mujer normal —confieso con un largo soplido—. Ya no soy una Alfa, ni siquiera tengo contacto con mi loba. Sin el vínculo de compañeras, debo conquistar a Gabi por mí misma y tengo miedo de no ser suficiente para una persona que puede caminar entre dimensiones.
—Gabriela Castillo. Tu verdad no dicha —exigen las Gemelas Fae.
Gabi cierra los ojos y, cuando los abre, están húmedos. Las lágrimas le bajan por las venas de la mejilla con un brillo de plata.
—A veces deseo transformarme del todo.
La plaza entera parece contener la respiración.
—A veces me gustaría pertenecer por completo a la Nada plateada. Sin dolor, sin miedo. Ahora no soy del todo humana, ni cazadora, ni caminante de espejos.
Avanzo hacia ella porque lo que acaba de decir es lo más aterrador que he escuchado en toda mi vida, más que Vestergaard, más que oír el silencio de mi loba: la mujer que amo diciendo que a veces preferiría no sentir nada.
—Gabi. Lo que falta en mí no cambia lo que quiero —admito entre susurros, apoyando las manos en sus caderas.
—No sabes lo que quieres —responde con sequedad—. Sin el vínculo no puedes saberlo.
—Sé exactamente lo que quiero —protesto—.
Lo supe desde el principio, desde que te besé en la enfermería, tú furiosa con el universo entero.
Lo supe cuando entraste en el Reverso sabiendo que seguramente no volverías a verme y entraste igual para salvarme.
Y no quiero a la humana ni a la caminante de espejos ni a la cazadora. Te quiero a ti, Gabriela Castillo.
—Eres horrible —dice, dejando escapar una pequeña risa—. No puedes decirme esas cosas delante de una plaza abarrotada de gente cuando estoy a punto de cristalizarme del todo. Yo también te quiero, Whisper, pero me quedan días de vida, quizá horas —añade.
—Las verdades han sido dichas —declara Brezo, cerrando el libro.
—Ahora debéis elegir —añade Escarcha.