Capítulo 29
Gabriela
No necesito que me cuenten las confesiones: las he vivido. Trece heridas. Conozco doce de memoria porque las sufrí en mi piel. La quinta no la conocía.
—Le mentí sobre el alcance del vínculo —dice Whisper a través del cristal—. Podía sentir lo que ella sentía y no se lo dije.
Creía que mis secretos eran míos, pero cada miedo, cada atisbo de felicidad, cada vez que me controlaba para no quitarle la ropa allí mismo y hacerle el amor, Whisper lo sabía.
La parte del sacrificio también la veo. El brazalete pasando de Whisper a River mientras me busca en los reflejos de los charcos gritando que me elige sin vínculo, de manera voluntaria, hasta el día en el que deje de respirar.
En el Reverso la cristalización se ha detenido, o al menos eso creo. Aun así, soy un noventa y cinco por ciento de monstruo y solo un cinco por ciento de humana, y esa es la parte a la que me sujeto con terquedad.
En esta dimensión no hay nadie que pueda ayudarme.
Ojalá mi abuela estuviese aquí, junto a mí, diciéndome “todo va a salir bien, mijita”. Pero eligió las granadas, y ahora es un nombre más en una lista de catorce y un agujero en la habitación mental que había construido.
Así que me digo a mí misma lo que ella me diría.
Tu madre hizo algo parecido una vez. Rechazó a alguien para protegerlo. Tardó en volver y se arrepintió del tiempo perdido cada día.
No dejes que el orgullo os mate a las dos.
A continuación, me daría un sopapo como cuando era una niña y me recordaría que Whisper ha renunciado a todo por mí: al cargo de Alfa, a su loba y a su manada. Ya no le queda nada que entregar.
Y todavía le queda un Trial. Si es que sobrevive a la noche.
Una parte de la nada plateada es un lago infinito lleno de puertas que flotan: cada ventana, cada charco, cada pantalla apagada de la ciudad.
El frío que hacía siempre está ahora más callado desde que el parásito de Vestergaard murió.
Lo que queda es un eco sin dueño, y por primera vez no tira de mí.
Pero hay algo que sí lo hace, una especie de cálido recuerdo de mi infancia.
Lo sigo y cuando más me acerco, mejor me siento.
Un jardín.
Una isla en medio de la nada, con hierba de cristal que tintinea en un tono bajísimo. Hay también un banco de piedra. Y rosas: decenas de rosas de cristal que devuelven la luz en arcoíris diminutos.
Pero lo que me deja sin aliento es el olor.
En esta dimensión nunca huele a nada, pero este jardín huele a jazmín y vainilla, con un ligero toque de madera. El perfume de mi madre.
—¿Mamá? —susurro mientras los ojos se me llenan de lágrimas.
Nadie contesta. Me acerco a la rosa más abierta, la rozo con la punta de los dedos y la flor me habla.
—…si has llegado hasta aquí es porque las cosas se han puesto muy feas y porque ya has vivido lo suficiente como para entender todo esto.
Caigo de rodillas sobre la hierba de cristal.
Es ella, mi madre. Mucho más joven de lo que la recordaba.
—Te contarán que eres una maldición. Te dirán que te has convertido en un monstruo y que debes esconderte en esta dimensión. Pero al cristal se le puede ganar. Habla con tu abuela y…
—La abuela está muerta —interrumpo.
La rosa sigue hablando de paredes y de anclas. Grabó este mensaje hace muchos años para mí sin saber que su propia madre moriría haciendo estallar unas granadas para que su nieta pudiese seguir viviendo. O al menos lo intentase.
—Mamá. La abuela ha muerto. Hay una loba y la quiero, pero rompió el vínculo de compañeras para ayudarme y ahora se está muriendo. Estoy al noventa y cinco por ciento. Y estoy muy cansada. No puedo más.
La rosa no me escucha. Llega al final del mensaje sin responder a nada de lo que le digo.
—Te quiero, Gabi. Algún día lo entenderás.
Y vuelve a empezar.
Vestergaard me lo dijo una vez: tu madre tenía una limitación. Su ancla eras tú, y tú no estabas. Un recuerdo estático no te ayuda.
Tenía razón, la muy hija de puta tenía razón.
Y el problema es que aquí se está bien.
En esta dimensión no hay dolor, ni porcentajes de cristalización, ni Gemelas Fae.
Tampoco una loba muriéndose en una plaza del Barrio Nocturno.
Podría sentarme en este banco, dejar que el cinco por ciento de humana se rinda y convertir una parte de mí en otro jardín de rosas.
Grabar una voz para alguien que llegue dentro de cien o doscientos años buscando lo mismo que yo.
Sería lo más fácil que he hecho en mi vida.
Me siento en el banco, cierro los ojos, y por unos instantes no soy una cazadora. Soy una niña de diez años esperando a que su madre termine de peinarle el cabello.
Y lloro.
Lágrimas de verdad, con un brillo de plata, que caen sobre la hierba de cristal.
Al cabo de un rato, abro los ojos, miro las rosas y entiendo por qué no puedo quedarme.
Mi madre no está aquí. Dejó esto para mí, aunque no está ni puede tocarme.
Pero hay una loba intentando sobrevivir a la noche en el Barrio Nocturno que sí puede.
Sea lo que sea lo que las Gemelas Fae le tengan reservado para el último Trial al amanecer, pienso estar allí, incluso si en ese mismo amanecer me cristalizo del todo y muero.
—Gracias por intentarlo, mamá —le digo a la rosa.