El vínculo de cristal Capítulo 26
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Capítulo 26

Gabriela

En el instante en que Whisper rompe el vínculo, dejo de estar dividida entre dos mundos.

Pero no se siente para nada como una liberación, es más bien como si alguien estuviese arrancando una parte de mí.

Siento primero el tirón; horrible y doloroso.

A continuación, la nada. El hilo que me ataba a Whisper; a su rabia, a su miedo, a su amor, se corta con un chasquido, y de pronto no hay un cuerpo que cuidar al otro lado; no hay ancla ni reglas físicas.

Me fracturo en cientos de reflejos, aunque no lo hago como una táctica, ni siquiera sabía que podía hacerlo.

Cada fragmento soy yo completa: la que caza, la que quiere a Whisper con o sin vínculo, la que acaba de perder a su abuela y no ha tenido tiempo de llorarla.

La que hará pagar a Vestergaard por todo lo que ha hecho.

El parásito extiende sus tentáculos hacia mí y ahora no encuentra dónde golpear, porque para consumir algo primero hay que entenderlo, y esa cosa lleva milenios sin saber una sola palabra sobre el amor, el sacrificio o el dolor.

Vestergaard sí lo entiende. Supongo que a su manera, al menos lo que queda de ella.

La veo en el centro de la tormenta, en la fachada humana que se desintegra poco a poco desde los bordes como una fotografía a la que le han prendido fuego.

—Deberías haberte quedado con tu loba —sisean ambas voces a la vez.

—No necesito un vínculo para saber que la quiero, gilipollas —replico desde doscientas bocas—. Nunca has entendido ese pequeño detalle.

Me lanza la mente colmena entera. Cientos de voces cristalizadas gritando al unísono, el peso de todos los vínculos que ha devorado, y por un instante las paredes de mi habitación mental crujen.

Pero los recuerdos que Whisper y yo trenzamos juntas; su padre en el barro, mi madre en el tocador, el polvo de cristal en mi pelo, el beso en la enfermería, son ahora míos y no dependen de ningún hilo.

—Elijo quedarme —mascullo entre dientes.

Y la frase, por primera vez, no se desgasta. No es un escudo que levanto: es un hecho.

Converjo. Cientos, quizá miles de reflejos se pliegan sobre el centro del parásito como un puño que se cierra, y donde toco, la oscuridad se apaga. Los tentáculos se sacuden, buscan las puertas flotantes, intentan huir hacia cualquier reflejo de la ciudad, pero las encuentran todas cerradas.

Solo una se mantiene siempre abierta. La que una investigadora brillante abrió hace ciento veinte años, en un intento desesperado por retener a una mujer que se moría.

Vestergaard está delante, aunque ya casi no queda nada de ella: el parásito la abandona como las ratas abandonan un barco que se hunde. Lo que queda apenas tiene poder; es pequeño y translúcido, una persona que una vez tuvo un nombre y un trabajo y alguien a quien amar.

—No está aquí dentro —le recuerdo—. Lo sabes desde hace más de un siglo. Lo que hay en esta dimensión no es Sarah. Nunca lo fue.

—Lo sé —susurra, y ahora su voz suena agotada.

Por un instante, casi me da pena. Luego recuerdo a mi madre atada a una mesa de laboratorio, a Ava convertida en escultura de cristal, a mi abuela eligiendo las granadas para protegernos. Recuerdo todo lo que ha hecho en su locura y se me pasa rápido.

—Voy a cerrar la puerta. Para siempre —le anuncio—. Así descansarás y no harás más daño.

No se resiste y, por un momento, me viene un pensamiento tonto, y es que nadie va a creerme cuando lo cuente. Porque no es una batalla épica; la mujer más peligrosa que el mundo ha conocido se aparta de la puerta que conecta nuestros mundos sin luchar y simplemente se queda mirando cómo la cierro.

La puerta se sella sin ruido. El parásito no: siento un chirrido que no se oye con los oídos, el sonido de algo antiguo perdiendo su única ancla en esta dimensión.

Los tentáculos se agitan una última vez, buscando un reflejo donde agarrarse, y se deshacen en polvo de cristal negro que cae como nieve sucia.

Después de milenios esperando, no queda nada por lo que esperar.

Lo poco que queda de Victoria Vestergaard se deshace despacio, como lo haría una vela si la dejas encendida mucho tiempo.

A continuación, no sé cuánto tiempo más tarde, salgo del espejo, y el mundo no tiene sonido.

No es silencio porque el silencio al menos es algo.

Esto es otra cosa. Es como si alguien me hubiese desconectado de la frecuencia en la que el mundo transmite lo que ocurre.

Puedo ver los labios de Lawson moverse y no le escucho.

Veo el polvo de cristal cayendo del techo.

Las seis personas temblando desnudas que antes eran nodos de la red de Vestergaard.

Pero no oigo nada. El mundo sigue vibrando y yo no puedo recibirlo.

Trato de comprender, de recapitular lo que ha ocurrido con la poca información que tengo.

Whisper ha roto el vínculo para que pudiese existir completamente en el Reverso y así destruir a Vestergaard.

Ha funcionado y el precio es este agujero en el pecho que no sangra, pero que duele más que nada en el mundo.

El sonido regresa de golpe, como una radio que consigues sintonizar. Lawson grita mi nombre. Alarmas. Hormigón cayendo en algún lugar del edificio. Y de pronto…

Whisper.

La veo en el suelo, a unos metros del espejo por el que he salido. De rodillas, con sangre en la boca.

—Whisper —suspiro, arrodillándome a su lado y acunando su rostro—. Whisper. Mírame. Estoy aquí. He vuelto. Vestergaard se ha ido para siempre.

—¿Gabi? —Su voz está algo raspada, como si las antiguas palabras del ritual le hubiesen destrozado la garganta al salir—. El vínculo…

—Lo sé. No necesito un vínculo para saber que te quiero —le aseguro, besando su frente.

Cierra los ojos. Una lágrima cae por su mejilla y mi pulgar la recoge casi sin querer.

—No podía dejarte morir ahí dentro —susurra—. Lo entiendes, ¿verdad? No podía…

Claro que lo entiendo, pero también lo odio, porque me ha salvado a un coste que ni siquiera conozco todavía. Y porque ha tomado una decisión por su cuenta que debíamos haber tomado juntas… y porque yo habría hecho lo mismo por ella.

Whisper pierde la consciencia entre mis brazos y su cabeza queda apoyada en mi hombro.

—¡Lawson! ¡Tenemos que sacarla de aquí! —grito.

El edificio se está muriendo con Vestergaard. Las venas de cristal negro que cubrían las paredes se desmoronan, los espejos del tercer subterráneo se oscurecen uno por uno, como ojos que se cierran.

Lawson carga a Whisper. No me deja ayudar porque apenas me tengo en pie.

Las escaleras del tercer al segundo subterráneo están llenas de cristal fragmentado.

Cada paso cruje y encontramos a los antiguos cristalizados vagando por los pasillos, desorientados, sin saber ni siquiera en qué año estamos.

Una de ellos repite su nombre sin cesar, como si temiese olvidarlo: “Cecilia, Cecilia, Cecilia”.

—Es la de Tribeca —dice Lawson sin dejar de andar—. La que el Concilio custodiaba. Vestergaard la trajo aquí con el resto de su colección.

En el primer subterráneo encontramos a River. Tiene un brazo vendado con un trozo de camiseta y sangre seca en la sien, pero dirige la evacuación del edificio con autoridad. Lobos heridos caminan hacia la salida de emergencia, dos vampiros cargan a un tercero que no puede moverse.

—Hay que llevarla a la enfermería del recinto. ¡Ahora! —ordena al ver a su hermana.

—River… yo…

—Más tarde. Lo que sea ya me lo cuentas cuando lleguemos. Solo dime una cosa, ¿habéis detenido a Vestergaard?

—Sí, del todo —suspiro.

River asiente lentamente con la cabeza.

—Entonces vamos a casa —dice muy bajito.