El vínculo de cristal Capítulo 25
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Capítulo 25

Whisper

Gabi parece estar a la vez en cada espejo y en ninguno.

La veo en el de la pared izquierda, fracturada en docenas de versiones de sí misma, moviéndose con una velocidad que no es humana.

En el de la derecha permanece inmóvil, concentrada, con los ojos cerrados y las manos abiertas como si estuviese rezando a los dioses antiguos.

En el del techo, pelea contra unos tentáculos que se retuercen en su dirección.

Quiero cruzar. Lo intento incluso sabiendo que es imposible. Daría cualquier cosa por entrar en ese espejo y luchar junto a ella, o morir junto a ella si fuese necesario.

Pero el Reverso no está hecho para lobos, o para vampiros.

Tampoco para brujas o humanos. Solamente un caminante de espejos puede cruzarlo, así que me quedo en el lado físico, golpeando con el puño el espejo más grande, pensando en ella.

Si puede sentir nuestro vínculo en la otra dimensión, quiero ser el ancla que necesita para no perderse en la nada.

Lawson rodea el pilar de cristal negro que pulsa en el centro de la habitación, busca una estructura que lo cancele o un punto débil, algo que un humano pueda atacar. Los seis cristalizados que lo rodean no se mueven: son nodos, no soldados. Antenas que conectan a Vestergaard con su red.

—Emiten una frecuencia —murmura, observándolos—. Lo único que se me ocurre es crear un pulso electromagnético. Si la física funciona en esa dimensión más o menos como en la nuestra, quizá podamos desestabilizarlo.

—¿Quizá podamos?

—Esto no se estudia en ninguna universidad, Whisper. Hago lo que puedo —protesta mientras activa un aparato que trae consigo.

Saca de su mochila un emisor portátil de interferencia que lanza un pulso sincronizado para desfasar la frecuencia del pilar.

El pilar se tambalea. Pierde la luminosidad. Las venas de los cristalizados se oscurecen como circuitos muertos.

Pero no cae.

—Mierda —dice Lawson—. La conexión con el Reverso se mantiene. Supongo que los nodos eran amplificadores, no la fuente. La fuente es…

—Vestergaard —gruño.

***

Y en el Reverso, Gabi está perdiendo.

No es un colapso espectacular, pero sí veo que pierde poco a poco. Cada fragmento de ella que el parásito alcanza se oscurece. Cada espejo donde estaba su reflejo se va apagando. Pierde terreno contra algo que es más antiguo y más poderoso, y que no se cansa.

Y el cristal avanza por su cuerpo. Puedo sentirlo a través de nuestro vínculo: setenta y ocho por ciento.

Setenta y nueve. Cada minuto que pasa dentro del Reverso luchando con ese monstruo acelera la transformación, porque allí es donde vive el parásito, ese es su terreno, y Gabi está peleando en la casa del enemigo con las armas del enemigo.

Y de pronto lo entiendo. El vínculo de compañeras es lo que la ata a esta dimensión…

y la está matando porque no puede ganar con las reglas y limitaciones de este mundo.

Por eso los diarios de mi madre decían que necesitaba algo más fuerte a lo que aferrarse.

En el Reverso lo único que no te ata es el amor verdadero.

Vestergaard lo sabía. Por eso dijo que un ancla con un vínculo es más peligrosa. No es que pueda romperse, es que se convierte en una cadena.

Ahora Gabi tiene una habitación construida con recuerdos que el parásito no sabe leer, y un poder que nadie le ha enseñado a controlar.

Si rompo el vínculo, Gabi se libera, deja de estar dividida. Puede existir plenamente en el Reverso, sin limitaciones, y enfrentarse a Vestergaard en igualdad de condiciones.

Y si rompo el vínculo, pierdo a mi loba para siempre. Cortarlo es como cortarse una extremidad: el cuerpo sobrevive, pero lo que falta no vuelve a crecer. Mi padre conoció a un Alfa que perdió a su compañera y no sobrevivió un año. Dejó de querer vivir.

Si lo hago, Gabi se transforma. La cristalización se acelera, lo que la mantenía parcialmente humana desaparece. No sé lo que ocurrirá en ese momento. Puede que destruya a Vestergaard y muera al cristalizarse por completo. O quizá acabe con el parásito y ella se convierta en algo peor.

Lo que sí tengo claro es que tal como estamos ahora, morirá por mi culpa. Y, a continuación, lo haremos todos, porque no habrá nada que detenga al parásito. La dimensión se abrirá y acabará con el mundo que conocemos. Mantener el vínculo no tiene sentido si todo termina.

—¡No! —siento desde la otra dimensión.

La veo en el espejo más grande, las lágrimas ruedan por sus mejillas mientras intenta seguir peleando. Sabe lo que pretendo hacer y lo que nos costará.

—Te quiero —murmuro contra el espejo, presionando la palma de mi mano derecha contra él—. Recuérdalo. Pase lo que pase después, recuerda que te quiero más que a nada en el mundo.

Recito el antiguo juramento, el que todos los lobos conocemos de memoria, pero ninguno se atreve jamás a pronunciar.

Cada palabra es agonía. El vínculo se retuerce, lucha contra lo que le estoy haciendo, es como un animal herido que muerde la mano de quien intenta salvarlo.

Mi loba aúlla de dolor, quiere detenerme.

Lawson dice algo que no escucho. Los espejos tiemblan.

El pilar de cristal pulsa con fuerza renovada, como si el parásito supiese que lo que estoy haciendo le destruirá.

El dolor no se parece a nada que haya sentido. Es como si metiesen una mano en mi pecho y me arrancasen el corazón. Escucho el alarido de mi loba y luego… el silencio.

Caigo de rodillas, gotas de sangre se escapan de mi nariz y golpean el suelo de cristal.

Y a través del dolor, a través de la ausencia, a través de todo lo que he perdido, veo el resultado de mi sacrificio.

Gabi brilla.

Sin las reglas físicas de nuestro mundo, su poder se desata por completo. Es como abrir de golpe una gran presa. No fluye, arrasa.

Vestergaard grita, su fachada humana se desintegra en los espejos y revela el parásito que vive en su interior. Gabi le ataca.

Se acabó.

El pilar de cristal negro se agrieta desde la base hasta la cima. La fractura se extiende casi en silencio, como hielo que se rompe en primavera.

A mi alrededor, los espejos muestran la victoria. Los cristalizados del edificio se descristalizan: el cristal se desprende de la piel en pequeñas placas, dejando personas desnudas, temblorosas. Asustadas pero libres.

Y, aun así, yo prefiero morir porque ya no puedo sentir a mi loba… y tampoco a Gabi.