Capítulo 24
Gabriela
La nada plateada tiene una apariencia infinita.
En el instante en que cruzo la superficie del espejo, mi cuerpo deja de existir en términos que comprendo; gravedad, temperatura, arriba y abajo, pero, al mismo tiempo, presiento que algo en esta dimensión me observa.
Respiro.
Cuatro paredes. Sofía. Lawson. Mi madre. Whisper.
Son tres paredes ahora. Mi abuela Sofía se ha ido.
El Reverso se extiende a mi alrededor como si fuese un océano de mercurio líquido.
A cada paso, mis pies dejan ondas en una superficie que no debería existir.
Cada espejo de Nueva York está aquí, flotando en el vacío como portales: ventanas de rascacielos, charcos en las aceras, pantallas de móviles apagados, las lunas de los coches.
Miles de fragmentos de realidad suspendidos en la nada.
Puedo ver la habitación de espejos del tercer subterráneo: Whisper de pie frente al cristal por el que desaparecí, con los puños cerrados y cara de preocupación.
Lawson detrás de ella, apuntando con su pistola hacia nada en concreto.
Nuestro vínculo vibra y siento a Whisper a través de la separación dimensional; su miedo, su rabia, su loba arañando el interior de la piel, queriendo cruzar detrás de mí a un lugar donde no puede entrar.
—Gabriela —escucho.
La voz viene de todas partes y de ninguna. De los espejos, de la superficie bajo mis pies, del aire que no es aire. Es posesiva y musical. La voz de una científica que por fin recibe al espécimen que estaba esperando.
Vestergaard se materializa a diez metros de mí.
En el mundo físico, es una mujer de pelo plateado, traje impecable y control perfecto.
Aquí no se molesta con la fachada. Lo que veo es lo que Marsden describió: una forma humana que se desintegra en los bordes, como una fotografía que se quema desde fuera hacia dentro.
Su piel tiene fisuras. A través de las grietas, no hay carne: hay vacío.
Es el parásito. Lo que queda de ella es la corteza, pero lo que hay dentro es otra cosa.
—Por fin —murmura—. Empezaba a pensar que nunca entrarías por voluntad propia.
—¿Voluntad propia? Has matado a mi abuela, has cristalizado a media manada, has usado a Dereck como micrófono durante meses. No he venido por voluntad propia, he venido porque no me has dejado otra opción —gruño.
Se acerca, o quizá el espacio entre nosotras se comprime, no lo sé, las leyes de la física son diferentes aquí.
Las venas de mi brazo izquierdo brillan con más fuerza, pulsan al ritmo de Vestergaard, y puedo sentir la atracción.
Es la llamada de la mente colmena diciendo ven, únete a mí, deja de una vez de resistirte.
Sería fácil ceder y dejar que el cristal termine lo que empezó.
Tres paredes. Un techo. Una puerta.
Elijo quedarme.
La atracción se atenúa, no desaparece. Nunca desaparece, aunque al menos ahora se convierte en ruido de fondo. Como un dolor de cabeza bajo y continuo, pero que te permite seguir luchando.
—Tu madre hacía eso —dice de pronto, juraría que con algo de nostalgia—. Construía habitaciones dentro de su cabeza. Paredes de recuerdos o algo así. Le funcionó durante un tiempo, hasta que dejó de hacerlo.
—¡Porque la mataste! —chillo.
—Porque sus paredes se agotaron. Los recuerdos se gastan, Gabriela.
Cada vez que los usas como escudo, pierden un poco de su fuerza.
Tu madre se pasó años reviviendo los mismos momentos una y otra vez; tu cara, tu risa, tu pequeña mano en la suya cuando eras una niña y cada repetición los desgastó un poco más.
Cuando vine a buscarla, sus paredes eran ya tan frágiles como el papel, cruzó al Reverso y se me escapó para siempre.
Intento que no me afecte, respiro hondo y me concentro en mi habitación de recuerdos, pero es imposible que un resquicio de duda no se filtre.
Vestergaard parece darse cuenta. Ahora entiendo que el parásito se alimenta de esto, del aislamiento, de la erosión de lo que te conecta con lo que eres.
—Tú tienes algo que tu madre no tenía, que ningún otro caminante de espejos tuvo jamás.
Un vínculo de compañera con un ser sobrenatural.
Tu ancla está viva, al otro lado de ese espejo, con los puños cerrados, sintiendo todo lo que tú sientes.
Eso es más peligroso. No menos, porque un ancla viva puede romperse.
Un recuerdo no sufre. Pero Whisper Bergstrom sufre cada vez que tu cristal avanza y cada vez que la mente colmena tira de ti.
Y cuando el sufrimiento sea demasiado para ella, hará algo desesperado.
Es lo que hacen las personas que se quieren, ¿sabes?
Se destruyen mientras intentan salvarse.
Es la historia que Marsden insinuó sin llegar a contarla. Vestergaard no nació monstruo: se convirtió en uno tratando de salvar a la mujer que amaba.
La mente colmena está tan cerca que gotea, y entre sus voces se cuelan imágenes que no son mías: un laboratorio con lámparas de gas, una mujer que se ríe de algo que no consigo escuchar, hierbas atadas secándose en una ventana.
Un nombre dicho en voz baja, como se dicen los nombres que duelen: Sarah.
Una bruja consumiéndose en una cama. Un ritual escrito con la letra de alguien que ya ha decidido que la muerte no es aceptable.
El cristal acaba de contarme el resto de la historia.
Vestergaard la perdió hace ciento veinte años y ya no puede ni recordar.
Yo lo entiendo de pronto. Un ancla viva no se desgasta.
Se renueva. Cada momento de felicidad que vivo con Whisper es una pared nueva, mucho más fuerte, un recuerdo que no existía el día anterior.
El beso en la enfermería. La forma en que me miró esta mañana, sin dormir y con ojeras, como si yo fuese a la vez lo peor y lo mejor que le ha pasado en la vida.
Ese tipo de memorias no se gasta, ese tipo de memorias crece.
Y entiendo algo más. En el sueño, Vestergaard hablaba del vínculo con mi loba como si ya lo hubiese visto romperse. No podía haberlo visto: nadie antes que yo tuvo una compañera. No era un recuerdo. Era una mentira, y estuve a punto de tragármela entera.
Así que cierro los ojos y construyo.
No refuerzo las paredes viejas, sino que creo nuevas. El olor de Whisper cuando nos despertamos juntas por la mañana, el roce de sus labios, su mano en mi cadera. La habitación se expande. Ya no es una caja con cuatro paredes: es un espacio que crece.
Abro los ojos y observo la expresión de disgusto de Vestergaard.
—Eres como ella. Crees que el amor arregla algo —murmura, chasqueando la lengua con desprecio.
—Sarah —susurro. El nombre de la mujer que Vestergaard amó hace muchos años.
—No pronuncies ese nombre —ordena, cerrando los puños.
—Sarah era una bruja. Conozco la historia.
Tú la querías de verdad, a la única persona que has querido nunca.
Se estaba muriendo y no pudiste aceptarlo, así que intentaste atraparla dentro de ti.
Y el ritual la destruyó y también a ti porque abrió una puerta que no has podido cerrar en ciento veinte años.
Vestergaard se mueve, aunque no camina: se desplaza como si pudiese comprimir el espacio a su alrededor, acortando las distancias.
De repente está delante de mí, a un metro, y el frío es tan intenso que siento el cristal de mi brazo crecer.
Setenta y cinco por ciento. Setenta y seis. Avanza en tiempo real.
—¿Crees que saber mi historia te da alguna ventaja? —Su voz y la del parásito hablan al mismo tiempo, superpuestas—. ¿Crees que entender al monstruo te protege de él?
Me sujeta el brazo izquierdo y el contacto es pura agonía: frío absoluto, el parásito tirando de mi cristal como un imán del metal. La mente colmena se abre como una boca, con cientos de voces cristalizadas que me gritan al unísono que me una a ellos.
Setenta y siete por ciento.
Las paredes de mi habitación se agrietan. El techo cruje, incluso la puerta tiembla.
Elijo quedarme.
No funciona. Al menos no del mismo modo que antes. Vestergaard tiene parte de razón: la frase se desgasta con el uso. Cada repetición pierde un poco de su fuerza. Y la mente colmena es tan fuerte, tan vasta, tantas voces diciendo lo mismo a la vez…
Y entonces Whisper me envía a través de nuestro vínculo de compañeras un recuerdo que no es mío.
Es su padre en el suelo, de rodillas en el barro y una Whisper de dieciséis años, con un cuchillo, con rabia suficiente para matar a diez lobos, y en ese instante decidió que convertiría el dolor en algo útil.
Las paredes se reconstruyen de inmediato. No son las mismas de antes, ahora están hechas del recuerdo de Whisper y de los míos, trenzados y compartidos. Unidos. Y la puerta se cierra con una frase que ya no es solo mía. Es nuestra.
Elijo quedarme.
La mente colmena retrocede. Las voces siguen ahí, pero son ruido de fondo. Tiro con fuerza y me suelto de Vestergaard.
—Voy a cerrar tu puerta —amenazo—. Voy a cortar la conexión entre esta dimensión y la nuestra. Y voy a dejar que lo que queda de Sarah descanse por fin en paz.
Vestergaard me devuelve la mirada. Y durante un instante creo ver algo que se parece al alivio.
Pero el parásito toma el control y se lanza a por mí.
Y yo me fracturo.
Me divido en docenas de reflejos, cada uno en un espejo diferente, cada uno atacando desde un ángulo, alimentada por mi vínculo con Whisper que el parásito no puede cortar porque no entiende lo que es el amor.
Los tentáculos de vacío se extienden por el Reverso en busca de mis fragmentos, intentando consumirlos uno por uno. Pero cada uno de esos fragmentos está conectado a una mujer al otro lado del cristal, con la mano contra la superficie, a una loba aullando en silencio.
No es suficiente para ganar, pero sí para aguantar.