Capítulo 23
Whisper
El primer subterráneo huele muy raro y mi loba se agita. Un olor que no debería existir, que pertenece a otra dimensión y se ha filtrado a través de las paredes de hormigón como si fuese humedad.
Los infiltradores de Marsden han hecho bien su trabajo. El pasillo está despejado. Los vampiros son rápidos y silenciosos. Me dan escalofríos incluso cuando están de mi lado.
Gabi camina delante. Cada instinto Alfa me grita que la ponga detrás de mí, que me interponga entre ella y lo que nos espera, pero es la única que puede sentir la conexión de Vestergaard con el Reverso. En cierto modo, su cristal la está guiando como si fuese una brújula.
Lawson cubre la retaguardia. Por su olor siento que está aterrado, sabe que es muy probable que no salgamos de aquí con vida, pero aun así hace su trabajo.
En el segundo subterráneo, el olor cambia de pronto. Las paredes tienen venas de obsidiana negra creciendo como si fuese hiedra. El edificio entero está infectado. No es que Vestergaard viva en él, es que es una extensión de la doctora o del parásito.
Gabi se detiene de pronto. Levanta la mano izquierda con el puño cerrado.
—Está en el tercer subterráneo —masculla entre dientes—. Justo debajo. Puedo sentir la conexión. Es… —Frunce el ceño—. Es mucho más grande de lo que esperaba. No es un punto en concreto, es una habitación entera con espejos por todos los lados, incluido el suelo.
—¿Tiene defensas? —gruño.
—No lo sé. Quiere que baje. Me está invitando a entrar, lo siento en el cristal dentro de mí —responde con un largo soplido.
Una invitación de Vestergaard es una trampa. Eso todos lo sabemos. Pero también sabemos que es el único camino que tenemos.
Bajo primero y entonces el edificio explota hacia dentro.
Las paredes del segundo subterráneo se abren como heridas y dejan salir a criaturas a medio cristalizar. Docenas de ellas. Sin voluntad ni expresión; soldados de cristal que se mueven con una coordinación perfecta porque no son personas, sino extensiones del parásito.
Mi loba surge. No entera, porque no puedo perder el pensamiento humano aquí dentro, pero la dejo salir lo suficiente como para que mis sentidos se agudicen al máximo, mis músculos se endurezcan y mis reflejos aumenten. Recibo a la primera criatura con mis garras en su garganta y se fragmenta.
Gabi pelea a mi espalda, un cuchillo en cada mano, con la velocidad extra que le da la cristalización, aunque algo me dice que esas criaturas no pretenden matarla, sino capturarla.
Cuando Lawson les dispara, las cabezas de cristal explotan. Pero hay demasiados. Siempre hay demasiados.
A través de los hilos que me unen con la manada, siento al equipo dos colapsando en los niveles superiores.
Cuento las bajas: cinco de momento, Santos cae; su hilo parpadea, casi se apaga, pero aguanta.
Al menos, de momento. Un vampiro grita de dolor, ese chillido horrible que hacen cuando están a punto de morir.
Y entonces siento algo nuevo a través de los hilos. El equipo tres. Están atacando nuestra retaguardia.
Las brujas actúan rápido; puedo sentir la magia vibrando a través de las paredes, ondas de calor y protección que ralentizan a los cristalizados, pero no es suficiente. Son quince brujas contra una oleada de soldados de cristal que no se cansan ni sienten el miedo.
Otro hilo de la manada que se apaga. Sandra, una ejecutora joven con el pelo corto. Muerta.
Otro más. Pete, un lobo que hacía las guardias nocturnas. Le gustaba beber café a las cuatro de la mañana. También muerto.
Cada hilo que se apaga es una cuchillada en mi pecho.
Tres cristalizados más. Mi hombro izquierdo absorbe un golpe que me disloca el brazo, aunque la regeneración de loba lo recompone en unos segundos.
Gabi se lanza a través de un espejo de la pared, desaparece y sale de nuevo por otro espejo a unos metros de nosotros, detrás de un cristalizado que no la esperaba.
Le clava el cuchillo en la nuca y el cristalizado se fragmenta.
—Por las escaleras —grita Lawson—. Tenemos que bajar ahora o nos van a aplastar aquí.
—La retaguardia ha caído —escuchamos decir a la abuela de Gabi por la radio—. Las brujas mantienen un perímetro, pero no va a aguantar. Los cristalizados van hacia los niveles inferiores para cortaros la retirada.
—¡Abuela, sal de ahí! —chilla Gabi.
—Tengo trabajo que hacer —responde Sofía—. Volaré las escaleras junto con esas criaturas. No podrán llegar a vosotros.
Gabi se queda paralizada.
—Abuela, no me hagas esto, por favor —suplica temblando.
—Protégela —escuchamos al otro lado—. Loba, ¿me escuchas? Protege a mi nieta.
Y justo entonces llega una gran explosión que hace temblar todo el edificio.
Gabi se tapa la boca con ambas manos. No grita, pero su dolor es tan grande que deja un vacío en mi interior a través de nuestro vínculo.
—Abajo —gruñe, observando los cuchillos que lleva en las manos—. Vestergaard pagará por esto.
El tercer subterráneo es justo lo que Gabi describió. Una enorme habitación de espejos.
Las luces no vienen de ningún sitio en particular: se reflejan de superficie en superficie hasta crear una luminosidad difusa y plateada que hace que todo parezca existir dentro de un espejo gigante.
Victoria Vestergaard está en el centro, o al menos su reflejo.
—Os esperaba —murmura con los ojos cerrados.
—¡Mi abuela te manda saludos, zorra! —grita Gabi, entrando en el Reverso y desapareciendo de nuestra vista.