El vínculo de cristal Capítulo 22
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Capítulo 22

Gabriela

—Te acompaño —dice Whisper.

No es una pregunta y, por una vez, no me molesta.

River abre la boca para protestar, la mira, y la cierra de nuevo. Lawson ni siquiera levanta la vista del portátil, aunque juraría que sonríe.

El trayecto lo hacemos en silencio, con Manhattan encendiéndose al otro lado del río.

El almacén nos recibe como siempre: óxido, sal, décadas de abandono.

Y algo nuevo: huele a las dos. A las visitas de estas semanas, a la alianza que pactamos aquí cuando todavía éramos una cazadora y una loba que no se fiaban la una de la otra.

Ahora somos una cazadora y una loba que se fían demasiado. El progreso es un poco discutible, al menos para nuestra esperanza de vida.

Abro el arcón oculto bajo la placa del suelo y empiezo el inventario. Es un ritual que conozco de memoria y eso se convierte en un problema, porque deja a mi cabeza libre para pensar en la mujer que tengo a medio metro de mí, pasándome las armas una a una.

—¿Esta? —pregunta, levantando una hoja corta de plata.

—Esa mata vampiros. No creo que Vestergaard tenga ninguno a su servicio.

—¿Y esta?

—Sí, esa sirve, esa mata de todo.

Nuestros dedos se rozan en cada entrega y no creo que sea por casualidad.

—Gabi.

—¿Mm?

—Deja el cuchillo en el suelo —susurra.

Levanto la vista. Sus ojos se han vuelto de color ámbar, ese dorado líquido que ya no me parece una amenaza, sino algo muy hermoso.

La empujo contra la columna de hierro. Ella se deja, y ese detalle me deshace un poco: una Alfa dejándose empujar por una humana. Recorro su mandíbula, el cuello, muerdo ligeramente su barbilla hasta que se le escapa un suave gemido.

—Llevo queriendo hacer esto desde hace tiempo —confieso contra su piel.

No responde, pero cuela las manos por debajo del borde de mi camiseta y las lleva a mis pechos. Las venas plateadas se encienden bajo sus dedos, buscan su tacto. Todo mi cuerpo lo busca. Le quito la chaqueta; el cuero cae al suelo con un golpe sordo y ella se ríe contra mi boca.

Desabrocho con prisas su camisa, beso sus hombros y siento sus dedos endureciendo mis pezones.

Cuando su camisa y sujetador caen también al suelo, Whisper coloca las manos en mis caderas y me alza sin esfuerzo para sentarme al borde de una mesa, colocándose entre mis piernas.

—Espera —susurro cuando empieza a desabrochar mis pantalones.

—¿Te he hecho daño?

—No. No, es que… —se me escapa una risa tonta—. Joder. Quiero esto. De verdad que ahora mismo no quiero otra cosa que acostarme contigo.

—¿Pero?

Acaricio sus pechos con el reverso de la mano y cierra instintivamente los ojos.

—Pero dentro de unas horas entramos en el laboratorio de una psicópata y puede que no salgamos de allí.

—Razón de más para hacerlo ahora mismo —bromea.

—No quiero que parezca una despedida. Me niego a que nuestra primera vez sea un adiós por si acaso.

Cierra los ojos de nuevo y cuando los abre, el ámbar se ha calmado hasta convertirse en un dorado suave.

—Hay más —añado—. Cuando lo hagamos, quiero que sea porque las dos lo hemos elegido, sin magia ni cuenta atrás.

—El mundo puede acabarse esta misma noche —me recuerda.

—Pues lo salvamos y seguimos con lo nuestro. Yo ya tengo en la cabeza todas las cosas que quiero hacerte, y no son pocas, no creas que se me va a olvidar.

Se ríe y apoya su frente en la mía.

—Cuando esto acabe yo también tengo un montón de cosas que quiero hacerte —me asegura con un guiño de ojo.

***

A las nueve de la noche, el patio del recinto de los lobos parece un campamento de guerra lleno de gente que nunca ha estado cerca sin intentar matarse.

Quince brujas del Lower East Side forman un círculo en la esquina norte, murmurando algún tipo de encantamiento en un idioma antiguo.

Llevan ropa oscura pero práctica, sin el teatro de túnicas que se asocia a los aquelarres en las películas.

La mayor tiene sesenta y pocos. La menor, de unos diecinueve, mira a los lobos con desconfianza.

Muchos de los guerreros de los lobos se han pintado la cara con ceniza ceremonial. Santos está entre ellos, a sus veinte años está a punto de entrar en una lucha real por primera vez y está aterrado, aunque intente disimularlo. Me recuerda a mí misma a su edad, aunque eso no me deja más tranquila.

A su lado, Nico, con diecisiete años recién cumplidos, es el más joven de todos los que van a entrar esta noche. Whisper quería dejarle en el recinto, pero el chico se negó. Los lobos jóvenes son así de idiotas y así de valientes.

Y en la esquina sur, los vampiros.

Llegaron puntuales como la muerte. No son muchos, pero serán clave. Los infiltradores de Marsden. Uno de ellos me mira y sonríe, y sus colmillos asoman lo justo para recordarme que, en circunstancias normales, le encantaría alimentarse de mi sangre.

—Acceso de servicio desactivado —dice Lawson sin levantar la vista de su portátil—. He puesto las cámaras en bucle, sensores térmicos ciegos, cerraduras electrónicas reseteadas. Tenemos una ventana de cuarenta minutos antes de que el sistema automático detecte la anomalía y se reinicie.

—Cuarenta minutos para entrar, llegar al tercer subterráneo, cortar la conexión de Vestergaard con el Reverso y salir —mascullo entre dientes.

—Exacto —confirma, por fin clavándome la mirada—. Siete, ¿estás segura de esto? Es lo más parecido a una misión suicida que has hecho en tu vida, y eso en tu caso ya es mucho.

—No estoy segura de nada salvo de que estoy al setenta y cuatro por ciento de cristalización y de que me quedan quizá horas antes de perder el control de mi propio cuerpo, así que voy a infiltrarme en el laboratorio de Vestergaard aunque tenga que hacerlo yo sola.

Lawson bufa.

—¿Sabes qué dijo tu abuela cuando le conté que iba a ir contigo? Que era un idiota y que no sabía dónde me estaba metiendo. Luego me dio un chaleco antibalas que llevaba en la bolsa de cuero —admite, abriendo un poco la camisa para que pueda ver el chaleco de Kevlar—. Al parecer, era de tu madre.

Meneo la cabeza y pongo los ojos en blanco.

Antes de subirse al tren, mi abuela ya sabía que íbamos a ir a la guerra.

Cargó con esa bolsa de cuero desde Queens hasta un recinto de los lobos en Brooklyn, con el diario de mi madre y el chaleco.

Seguramente también con media docena de armas que no me ha enseñado todavía.

Me la encuentro en la enfermería, junto a Dereck, con las manos en su brazo cristalizado, murmurando algo que suena a oración, pero que seguramente es una técnica de estabilización de los viejos cazadores. El cristal de Dereck ha dejado de avanzar. No retrocede, pero al menos se ha detenido.

—¿Puedes hacer eso con Ava? —pregunto con un hilo de esperanza.

—Fue lo primero que intenté al llegar —confiesa, negando con la cabeza—. Cuando el cristal pasa el punto sin retorno, ya no queda superficie donde agarrar. Con él he llegado a tiempo. Con ella es imposible. Quiero que vuelvas —murmura, levantándose para mirarme a los ojos.

—Lo haré, abuela —le aseguro.

Ella asiente y, a continuación, abre la bolsa de cuero y saca un par de granadas de fragmentación.

—¿Has traído esto en el tren?

—Cinco. Me quedo con tres más para mí —responde sin más.

—No, no. Tú no vienes —protesto.

—Claro que voy. No pienso quedarme aquí esperando, alguien con experiencia tiene que poner orden en esa banda de locos que habéis montado.

Prefiero no discutir, porque sé que no me hará caso.

—Está bien, pero vas en la retaguardia con las brujas.

Sonríe. No le gusta, sé que preferiría entrar directamente en combate a pesar de su edad, pero no puedo permitirlo y las dos sabemos que en ese puesto es donde más útil es.

—Tu madre estaría orgullosa —dice de pronto—. Y aterrada. Las dos cosas.

***

Whisper da las órdenes.

—Tres equipos. Equipo uno: infiltración.

Los vampiros de Marsden abren el acceso de servicio, desactivan la seguridad física, aseguran las escaleras hasta el tercer subterráneo.

Equipo dos: asalto. Doce lobos y cinco guerreros vampiros tomarán los niveles superiores, neutralizarán cualquier apoyo que pueda tener Vestergaard en su laboratorio y mantendrán las rutas de escape abiertas.

Equipo tres: apoyo. Diez lobos, quince brujas y Sofía Castillo en la retaguardia.

Su misión será estabilizar a los heridos y asegurarse de que nadie nos corta el paso desde atrás.

Hace una larga pausa y me mira.

—Gabi, Lawson y yo iremos al tercer subterráneo para enfrentarnos a Vestergaard.

Nadie discute porque Whisper lleva todo el día negociando, cediendo territorio y tragándose el orgullo para conseguir la ayuda, y todos en este patio lo saben y lo respetan.

—Os recuerdo que solo tenemos cuarenta minutos —murmura Lawson, más para sí mismo que para el resto.

***

Avanzamos las últimas calles hasta las instalaciones de Vestergaard dispersos, utilizando rutas distintas, evitando formar grupos que puedan ser detectados y convergiendo en el punto de entrada.

Los vampiros van primero, porque han aprendido a no ser vistos.

Luego las brujas, en parejas, sin llamar la atención y a continuación, los lobos en pequeños grupos.

Por la noche, Manhattan es un espejo continuo.

Miles de superficies reflectantes; escaparates, charcos, pantallas de móviles, ventanas de rascacielos, cristales de los coches.

Si me fijo en ellas, cada una me devuelve un destello del Reverso, un latido de la nada plateada que estoy aprendiendo a cruzar.

Vestergaard sabe que vamos.

Lo sé porque el cristal de mi brazo izquierdo pulsa con más fuerza a cada metro que avanzamos. Está tirando de mí. Me quiere dentro y supongo que eso debería asustarme más de lo que me asusta, pero no tengo otra alternativa.

—Elijo quedarme —mascullo entre dientes. La frase de anclaje. Cuatro paredes: Sofía, Lawson, mi madre y Whisper. Un techo y una puerta que Vestergaard no puede cruzar.

Los infiltradores de Marsden ya están dentro. Se ve en los pequeños detalles. Una cámara de seguridad girada unos grados a la izquierda, un guardia inmóvil en la caseta de vigilancia como si se hubiese quedado dormido, la puerta del acceso de servicio entreabierta con la luz del pasillo apagada.

Limpio y profesional.

Whisper distribuye los equipos en la oscuridad como si fuesen piezas de ajedrez. Veo a mi abuela en la retaguardia, con las brujas, con su bolsa de cuero al hombro. Me mira sin levantar la mano, sin hacer ningún gesto, solo me mira.