Capítulo 21
Whisper
Cada vez que visito el distrito de los vampiros me entran ganas de vomitar.
Las quince plantas superiores del rascacielos que poseen en la zona más cotizada de Manhattan irradian un frío extraño que no tiene nada que ver con el aire acondicionado.
Es el frío de la ausencia: ausencia de calor corporal, ausencia de latidos, de todo lo que mi loba reconoce como vida.
Es como entrar en un frigorífico habitado por depredadores vestidos con trajes caros.
En la entrada hay seis vasallos. Humanos con la mirada vacía, alimentados con sangre de su amo hasta que su voluntad se disuelve como la sal en el agua. Me siguen con los ojos intentando parecer amenazantes, pero es puro teatro. Podría acabar con todos ellos de un solo golpe.
La recepcionista me recibe con una sonrisa demasiado falsa que intenta esconder el miedo.
—Alfa Bergstrom. No veo ninguna visita programada y…
—Dile a Marsden que quiero verle ahora mismo. Es muy urgente —la corto.
Se sobresalta un poco y hace la llamada de inmediato, murmurando demasiado bajo para un oído humano, pero perfectamente claro para mí: “La loba está aquí. Sí, sola. No, no parece dispuesta a esperar”.
—Planta treinta —anuncia, aunque sé de sobra dónde está el despacho de Marsden.
Odio el olor a perfume francés del siglo pasado en las plantas altas de este edificio, pero, sobre todo, odio el olor a sangre que lo impregna todo.
Sangre rancia, almacenada, industrial. Marsden alimenta a su gente con bolsas de hospital.
Es eficiente y limpio, evita llamar la atención de los humanos.
Supongo que por eso han sobrevivido sin levantar sospechas en un mundo cada vez más vigilado.
Solo él y un puñado de vampiros descendientes de los originales se alimentan de humanos.
Mi loba gruñe. No le gusta suplicar ayuda a los vampiros, pero en estos momentos el orgullo es un lujo que no puedo permitirme, no cuando mi gente se muere.
La oficina de Marsden ocupa toda la planta treinta. Nunca entendí para qué quiere una oficina tan inmensa, con las paredes cubiertas por obras de arte de un valor incalculable. Supongo que con los siglos, los vampiros se vuelven bastante vanidosos.
Lleva algo más de quinientos años acumulando poder y riqueza y le gusta demostrarlo.
Marsden me espera de pie ante el cristal, las manos entrelazadas a la espalda. Traje gris oscuro y corbata de seda italiana. Se mueve con la quietud de los vampiros muy viejos, aunque puede ser extremadamente rápido si se lo propone.
—¿La cachorra viene a suplicar? —dice sin apenas girarse.
—Vengo a ofrecerte una alianza —corrijo.
—Una alianza —repite muy despacio—. ¿Entre quién y quién exactamente?
—Lobos y vampiros. Para empezar. También, aquelarres de brujas. Quizá los Fae. Tenemos un enemigo común.
—Quizá los Fae —ironiza—. Cachorra, la última vez que lobos y vampiros se aliaron fue en las Guerras de la Fundación. Hace tres siglos. Y terminó con muchos muertos por ambos bandos y un tratado que básicamente dice que no nos podemos matar en ningún lugar donde los humanos puedan vernos.
—Lo sé. No lo he vivido como tú, pero conozco nuestra historia.
—¿Y qué ha cambiado para que creas que esta vez va a ser diferente?
—Vestergaard.
La sonrisa de Marsden se congela. Es la primera vez que veo a un vampiro de quinientos años perder el control de su propia máscara. Apenas dura, pero yo lo veo y él sabe que lo veo.
—Vestergaard es más problema tuyo que mío —dice bajando la voz.
—¿Cuántos has perdido, Marsden? De tu línea de sangre. Por la plaga.
—Ocho —admite al fin.
—Vestergaard no distingue entre razas —le recuerdo—.
Lobos, vampiros, brujas: para ella somos piezas del mismo tablero.
Y en estos momentos está ganando, Marsden.
Cada día que pasa gana terreno. Si no la detenemos ahora, mañana serán dieciséis de tu línea de sangre.
Pasado mañana, treinta y dos. ¿Cuántos inmortales tienes que perder para que tu orgullo te permita unirte a nosotros?
—Cuidado, cachorra. No confundas desesperación con diplomacia.
—No estoy siendo diplomática. Estoy hablando claro contigo.
—Tu padre habría negociado mejor —me dice.
—Mi padre está muerto. Y si no hacemos algo, quizá nosotros dos acabaremos igual que él, solo que en cristal en vez de en barro. Déjate de juegos. ¿Qué necesitas para decir que sí?
Lo que necesita, por supuesto, es más territorio.
Los vampiros siempre necesitan territorio. Es su versión del poder de manada: cuantas más calles controlas, más fuerte eres, más sangre fluye, más progenie puedes mantener. Lo entiendo, aunque lo desprecie.
—El distrito financiero —murmura, sirviéndose algo de una licorera de cristal que es demasiado denso como para ser vino.
El distrito financiero ha sido tierra de la manada durante sesenta años. Mi padre lo negoció. Mi abuela lo defendió antes que él. Perderlo significaría ceder una posición estratégica que tres generaciones de Bergstrom han mantenido.
Mi loba aúlla de rabia. Ceder territorio es debilidad y la debilidad es muerte.
Pero Gabi está en el recinto con ese jodido cristal avanzando por sus venas. Dereck se cristaliza en la enfermería. La vida de Ava se apaga. Y atacar a Vestergaard sin los vampiros sería un suicidio.
—El distrito financiero —acepto—. Condicionado a que acabemos con Vestergaard. Pero necesito algo más —agrego.
—Siempre necesitas algo más, cachorra.
—Información sobre Vestergaard. Sobre las instalaciones. Tu gente lleva décadas en Midtown. Tienes que saber algo que nosotros no sepamos.
Marsden me observa y una ligerísima sonrisa se dibuja en sus labios.
—Vestergaard no siempre fue lo que es ahora —confiesa—. La conocí hace ciento veinte años. Era una investigadora humana. Brillante y obsesiva, con esa ambición que los mortales confunden con genio. Quería entender el Reverso. Logró una forma de entrar, y lo que encontró al otro lado…
—La consumió.
—La transformó —corrige, bebiendo un largo trago de su copa—.
Vestergaard no es exactamente una persona.
Es lo que queda de una persona después de que algo antiguo y hambriento la esté usando como puerta de entrada.
El parásito necesita un anfitrión para existir en esta dimensión.
Vestergaard es ese anfitrión. Y cada vez que consigue cristalizar a alguien, refuerza la conexión entre ellos.
—¿Se puede matar? —pregunto.
—A Vestergaard, sí. Al parásito, no lo sé. Pero si destruyes al anfitrión, el parásito pierde su ancla en esta dimensión. El problema es que matar a Vestergaard no es nada fácil.
—Por eso necesito a tus infiltradores.
—Por eso necesitas a mis infiltradores —repite, asintiendo—.
Mis especialistas pueden abrir una brecha en la seguridad exterior sin que Vestergaard lo detecte.
Necesitarás a alguien que llegue al laboratorio del tercer subterráneo, que es donde Vestergaard mantiene la conexión con el Reverso.
Si cortas esa conexión, Vestergaard pierde acceso a la mente colmena.
Se queda sola, sin ejército y sin parásito.
—¿Y qué pasa con los cristalizados?
—Se descristalizan. Bueno, en teoría, al menos —explica, encogiéndose de hombros—. O mueren, nadie lo sabe.
—Esta noche. El asalto será esta misma noche.
Marsden levanta una ceja.
—Esta noche, entonces. Pero si tu cazadora no sobrevive… si la cristalización la consume antes de llegar a Vestergaard o si muere en la batalla… el trato territorial se mantiene de igual modo. No te doy a mis vampiros por caridad.
Asiento. No le doy las gracias. Marsden no quiere gratitud, prefiere resultados.
Salgo de la planta treinta con un trato territorial que me costará sesenta años de legado familiar y diez vampiros que pueden significar la diferencia entre asaltar las instalaciones de Vestergaard o morir intentándolo.
Al bajar en el ascensor para salir del edificio, mi hermana River me ha dejado un mensaje.
—Confirmados dos aquelarres, quince brujas en total.
Vestergaard quiere que las razas sigan divididas, que el miedo nos paralice.
Esta noche le vamos a dar justo lo contrario.