Capítulo 20
Gabriela
Mi abuela entra en el recinto de los lobos como si fuese la dueña del lugar.
No espera a que llegue la escolta ni pide permiso: cruza el patio principal con una bolsa de cuero al hombro, las botas de cazadora que usaba hace más de treinta años y, sobre todo, la tranquilidad de haber sobrevivido varias décadas cazando todo tipo de criaturas.
Lo más curioso es que son los lobos los que se apartan de su camino por puro instinto.
A sus setenta años, con el pelo plateado recogido en un moño, se mueve sin prisa. En cuanto la veo, cruzo el patio corriendo y la abrazo con el mismo nerviosismo de cuando volví de mi primera caza, con sangre en las manos y unas pesadillas que tardé años en olvidar.
—Gabriela. Siempre temí ver este momento —murmura, apartándose lo justo para mirarme a los ojos.
Localiza las venas plateadas de inmediato. Cuando habla de nuevo, lo hace con la misma calma con la que me explicaba las mejores armas que debía utilizar para luchar con cada especie. Sin un atisbo de pánico o nerviosismo.
—Sesenta y tantos por ciento, ¿verdad?
—Setenta y uno.
—Mierda —masculla entre dientes.
Es la primera vez en mi vida que escucho a mi abuela usar esa palabra, y eso me asusta más que todo lo ocurrido estas últimas semanas, que ya es mucho decir.
—Vamos dentro —dice de pronto—. Tenemos que hablar y yo necesito un café. El que tomé en la estación del tren era horrible.
Cuando llegamos a la sala de guerra, está vacía. Whisper se ha marchado al distrito de los vampiros a negociar con Marsden, y River está en la enfermería con Dereck y Ava.
Mi abuela se sienta, deja la bolsa sobre la mesa y saca un diario viejo con tapas de cuero marrón.
—Lo encontré hace seis años —explica, empujándolo hacia mí—. Estaba en el doble fondo del cajón de su mesa de despacho, la misma que usabas para hacer los deberes cuando ibas al colegio. Supongo que llevas toda la vida con él a menos de un metro y ninguna de las dos lo sabíamos.
—¿Por qué no me lo diste antes? —pregunto confusa.
—Porque no sabía exactamente qué contenía o si te haría más daño que bien.
Tu madre escribía en una especie de código.
Tardé cuatro años en descifrar lo suficiente como para entender de qué narices hablaba.
Y cuando lo entendí… Cuando lo entendí, decidí que era demasiado peligroso para ti.
Que quizá saber la verdad sobre tu madre, sobre lo que en realidad era, sobre lo que te había dejado en la sangre, te pondría en el punto de mira.
—Me habría preparado mejor —admito con un largo suspiro.
—Te habría puesto en el radar de Vestergaard varios años antes de tiempo, con mucha menos preparación de la que tienes ahora —corrige.
—¿Qué dice?
—Es todo lo que tu madre aprendió sobre la cristalización.
Sobre todo, cómo mantener la cordura. Técnicas de anclaje, meditación, maneras de separar tu consciencia de la mente colmena —explica, señalando el diario con la barbilla—.
Tu madre conservó su humanidad. Protegió a mucha gente.
No era un monstruo. Era una cazadora con cristal en las venas y un ancla que Vestergaard nunca consiguió romper.
—Eso no es lo que pone en el diario de Saskia —digo despacio, casi con miedo—. Saskia escribió que de los nueve caminantes de espejos documentados, ninguno sobrevivió al proceso completo. Y Vestergaard me juró que mi madre escapó antes de cristalizarse del todo.
—Saskia no conoció bien a tu madre. Murió antes.
Solo documentó ocho finales y dio por hecho que el noveno, el de Marina, acabaría igual —insiste mi abuela, apretando los labios—.
Y Vestergaard cree que escapó sin cristalizarse del todo solo porque la perdió de vista y rompió con la mente colmena.
Marina huyó de aquel laboratorio antes de que Vestergaard terminase con ella, eso es cierto.
Pero el cristal no se detuvo porque ella dejase de estar a la vista.
Siguió avanzando, escondida, durante años. Llegó al final. Y aguantó de pie.
—¿Cómo es posible? Yo la recuerdo… normal. Su cara, sus manos, eran normales.
—Porque gastaba fuerzas cada día en parecerlo, mija —responde—. Un caminante de espejos puede sostener la apariencia humana si tiene un motivo lo bastante fuerte como para pagar ese precio. Bueno, eso y que se ponía mucho maquillaje.
—¿Cómo? —pregunto con un hilo de voz—. ¿Cómo lo hizo?
—Con un ancla muy poderosa.
—¿Qué ancla?
—Tú.
Escuchar esa simple palabra consigue que se me forme un nudo en el estómago.
—Marina escribía una frase cada mañana —dice mi abuela—.
Antes de hacer ninguna otra cosa. Antes del café, antes de mirar por la ventana, antes de comprobar que seguías respirando en la habitación de al lado.
“El amor es más fuerte que el cristal”. La repetía hasta que las voces de la mente colmena se callaban.
Y cuando pensaba en el amor, no lo pensaba en abstracto.
Pensaba en ti. En cómo le agarrabas el meñique cuando tenías miedo. Ese recuerdo en concreto era su ancla.
Aparto la mirada y los ojos se me llenan de lágrimas y eso es algo que no ocurría desde que murió mi madre cuando era una niña.
Cuando me repongo y abro el diario, las técnicas de anclaje están descritas hasta el último detalle.
Habla de meditación, sí, pero no de la que te imaginas al escuchar esa palabra.
Son ejercicios muy concretos: levantar una pared entre tu consciencia y la mente colmena, reforzarla con recuerdos sensoriales, repetir la frase de anclaje hasta que las voces se conviertan en ruido de fondo.
Mi madre lo describe como construir una habitación dentro de tu propia cabeza y cerrar la puerta desde dentro para que nada pueda entrar en ella.
Hay una nota al margen, subrayada dos veces: “Un ancla viva mantiene al caminante unido al mundo físico. Es su mayor defensa. Y también su límite: cuanto más fuerte tira el ancla, menos de ti puede cruzar al otro lado”.
Hay también algunas notas sobre el Reverso. Sobre un espacio que ella misma creó allí dentro. Un jardín, lo llama. Un santuario donde las voces no llegan. Rosas de cristal que guardan mensajes de voz, como pequeñas grabadoras hechas de luz por si algún día tenía que escucharlas.
Es lo más bonito y a la vez lo más triste que he leído en mi vida.
—Hay una cosa más —interrumpe mi abuela—. Tu madre no murió en un accidente de coche.
—Lo sé. La mató Vestergaard.
Mi abuela parpadea sorprendida.
—¿Lo sabes?
—Me lo dijo ella misma en un sueño, la doctora Vestergaard, o al menos no lo negó. Confirmé en los archivos del Concilio que me vigilan desde los doce años. He tenido unas semanas muy interesantes, abuela.
Se ríe al escucharlo.
—Es cierto que Vestergaard fue a buscarla, pero no la mató con sus manos.
Marina cruzó el espejo del tocador y nunca regresó.
El Concilio se inventó la tonta idea esa del accidente de coche porque era más conveniente.
Ahora, dime, la loba —dice de repente, cambiando de tono y regresando al modo cazadora—. Tu Alfa. ¿Qué es para ti?
No sé qué responder. No sé cómo explicarle a mi abuela, que se pasó cuarenta años matando lobos, que el sabor de los labios de Whisper es lo que me empuja a sobrevivir y no rendirme.
—Es… complicado, supongo.
—Tu madre también decía eso. De tu padre.
Me quedo quieta, tratando de procesar lo que acaba de decir.
—¿Mi padre era sobrenatural? —pregunto con miedo, aunque no tengo claro si quiero escuchar la respuesta.
—Tu padre era humano, Gabriela. Un buen hombre que murió demasiado joven y que quería a tu madre más de lo que la lógica permite, aunque fuese un poco torpe.
Y esa Whisper… bueno, creo que es mucho más importante para ti de lo que pretendes hacerme creer —admite con un guiño de ojo—.
Mira, mi opinión sobre los lobos no ha cambiado lo más mínimo, Gabriela.
Son peligrosos. Pero a veces las cosas más peligrosas son justo las que más falta nos hacen.
Creo que se me ha quedado una sonrisa boba al pensar en Whisper, así que hago lo único que se me da bien: regreso al trabajo.
—Las técnicas de anclaje que menciona el diario —digo, señalando las páginas con el dedo índice—. Si las aprendo antes del asalto, podría entrar en la red de Vestergaard y mantener mi consciencia separada de la mente colmena. Es la única forma de destruir a un Prime desde dentro.
—¿Cuánto tiempo tienes?
—Horas. Puede que menos.
—Pues empezamos ahora —ordena, abriendo la bolsa de cuero y sacando un espejo de mano pequeño, con el marco de plata ennegrecida—. Tu madre lo usaba para practicar. Decía que la plata amplifica la conexión con el Reverso. No sé si era verdad o superstición de cazadora, pero confiaba en este espejo.
Lo cojo y cuando me miro en él, no veo solo mi reflejo: hay una profundidad detrás del cristal, una sugerencia de espacio infinito, como si fuese una ventana a un sitio que reconozco.
El Reverso.
—Primera técnica —dice mi abuela, abriendo el diario por una página marcada—.
Tu madre la llamaba la habitación. Cierra los ojos y visualiza un espacio dentro de tu cabeza.
Cuatro paredes, un techo y una puerta imposible de romper.
Cada pared es un recuerdo: algo que puedas tocar, oler y sentir.
Algo que sea solo tuyo. Vestergaard no puede entrar en un sitio que no entiende.
Cierro los ojos. Cuatro paredes.
La primera es fácil: olor a tabaco negro, aceite de armas y manzanilla. Mi abuela.
La segunda es la mano de Lawson en mi hombro después de una caza, su “buen trabajo, Siete” que siempre me dice al acabar.
La tercera es la fotografía de mi madre que llevo en el bolsillo interior de la chaqueta, una de las pocas que conservo, con los bordes gastados de tanto tocarla.
La cuarta es Whisper quitándome polvo de cristal del pelo. Sus dedos en mi sien, sus labios en los míos.
Esa es la cuarta pared. Y es la más sólida de las cuatro.
—Bien. Ahora la puerta. Tu madre escribió: La puerta se cierra con una frase. Algo que sea verdad. Algo que Vestergaard no pueda usar porque no lo entiende ni podrá entenderlo jamás. Marina usaba “el amor es más fuerte que el cristal”. Tú necesitas la tuya.
Lo que me sale no es poético, ni profundo, no es ni siquiera bonito, pero es lo más real que tengo.
—Elijo quedarme —suspiro.
Abro los ojos y mi abuela me mira con una expresión entre el orgullo y el miedo.
—En condiciones normales tendría mucho que decirte sobre eso de enamorarte de una loba, probablemente empezando por “ni se te ocurra” y terminaría pegándote un sopapo.
—Pero esto no son condiciones normales, abuela.
—No, no lo son —confiesa con una sonrisa.