Capítulo 19
Whisper
Cuando salimos de la enfermería, el sabor del beso permanece todavía en nuestros labios, aunque media manada evita mirarnos a la cara.
A estas alturas, mis palabras habrán corrido de boca en boca por todos los pasillos del recinto.
Compañera. La Alfa y la cazadora. Si hay alguna relación prohibida para una loba, esta es la más prohibida de todas, y en algún momento tendré que gestionar las consecuencias, sobre todo calmar a los ancianos.
Pero eso será más adelante, ahora tenemos mucho que hacer.
Gabi se detiene en el patio, junto a las tomateras, de espaldas a las cámaras, en el único ángulo muerto que tenemos en todo el recinto. Por supuesto que lo ha localizado.
—Lo has dicho delante de todos —murmura, tirando de mí para besarme de nuevo.
—Lo sé.
—Imagino que toda tu manada lo sabe ya.
No me deja terminar, porque me empuja contra el muro y me besa otra vez.
Y este beso no se parece en nada al primero.
Aquel fue un choque; rabia y miedo, con Ava cristalizándose a un metro de nosotras.
Este es lento, con sus manos recorriendo mis costados sin ninguna prisa.
Como si quisiésemos convencernos de que tenemos todo el tiempo del mundo, aunque no sea verdad.
Cuando nos separamos, apoya la frente sobre la mía y deja escapar una risita.
—Estamos jodidas, lo sabes, ¿verdad?
Nuestro momento de paz no dura mucho tiempo, porque escucho un grito agónico desde el ala del edificio en la que se alojan los ejecutores.
No es un grito de pelea, este es dolor en estado puro. El sonido de un guerrero atrapado en algo que no entiende.
Dereck.
Corro hasta su cuarto y cuando llego, la puerta está abierta. Me lo encuentro de rodillas en el suelo, aferrándose con fuerza al borde de la cama. La cristalización en su cuerpo ha dejado de esconderse.
Las venas de obsidiana negra le brotan del pecho. No son plateadas como las de Gabi. Estas son oscuras, crueles, algo que se abre paso por su piel como si fuesen raíces podridas. Iguales que las que están matando a Ava. Y él lo sabe.
Se ve que Vestergaard ya no necesita su micrófono.
—Alfa —gruñe con la voz rota—. Alfa, no puedo… no puedo pararlo —repite.
Tres lobos jóvenes se agolpan en la puerta detrás de mí y puedo sentir su pánico a través de los hilos de manada.
—Santos, ve a buscar a River y que Nadia prepare la enfermería —ordeno—. Y respira, que te vas a desmayar en cualquier momento.
En cuanto se dispersan, cierro la puerta y me arrodillo frente a Dereck. Siento un frío que devora, el mismo que olí en Vestergaard, el mismo que Gabi describió en el Reverso. Detrás de ese frío, a través del vínculo de la manada, percibo vergüenza.
—Estoy infectado —murmura, bajando los ojos.
—Lo sé desde anoche, o al menos lo suponía —admito.
—¿Cuánto… cuánto tiempo crees que llevo así?
—Puede que semanas, quizá más —respondo.
Aprieta la mandíbula con rabia. Posiblemente ahora comprende que las cosas que ha hecho últimamente no eran decisión suya. Esa rabia, la agresión, el desafío, las palabras que usaba para dividir a la manada, no salían de él, sino que le venían impuestas.
—Yo quería desafiarte, sí, llevo años queriendo hacerlo, pero no de este modo.
Solamente puedo asentir.
—Mi hermana —dice de pronto—. La recuerdas, ¿verdad?
—Sí, claro, Mara. Fue una gran pérdida para la manada.
Murió hace tres años. Por aquel entonces nadie lo llamó cristalización. Los sanadores hablaron de una degeneración desconocida y no pudieron hacer nada para salvarle la vida. Ahora, con más casos, está claro lo que era y que Vestergaard ya estaba experimentando.
—La doctora Vestergaard me llamó seis meses después de la muerte de mi hermana —confiesa—.
Me dijo que ya no podía salvar a Mara, pero sí a otros de la manada si eso se repetía, porque acababa de descubrir la cura.
A cambio, necesitaba información sobre nuestra gente y sobre ti.
Luego me llamó hace unos meses con la excusa de darme la cura, pero de nuevo insistió en que quería que fuese su topo.
—¿Le diste información a Vestergaard? —pregunto con sorpresa.
—No. Bueno, al menos, no de manera consciente, aunque esa mujer no necesitaba mi cooperación. Solo necesitaba estar cerca de mí y tocarme de manera accidental. Ahora estoy convencido de que lo hizo así, fue suficiente para plantar el cristal en mi cuerpo.
—Ya no importa, vamos a la enfermería. Te curaremos, todavía no sé cómo, pero lo haremos —le aseguro, colocando una mano sobre su hombro y apretándolo ligeramente.
En la enfermería, le tumbamos en una cama junto a la de Ava. Es algo casi irónico, el lobo que quería echar a la cazadora cristalizándose al lado de quien la invitó a venir.
—Necesito hablar contigo a solas —le digo a Gabi—. Vamos a tomar un café.
—¿Es por el vínculo? —pregunta en cuanto nadie nos escucha.
—Vestergaard te dijo en el sueño que el vínculo aceleraba el proceso —le recuerdo—. Pensé que era solo manipulación. Pero mira Ava y Brianna… creo que su vínculo actúa como un conductor.
—Ya sabes que no te puedes fiar de Vestergaard —responde, alzando las cejas—.
Mira —continúa—. Quiere que cortemos el vínculo.
Y creo que cualquier cosa que ella quiera es justo lo que no debemos hacer.
Además, empieza a gustarme esto de tener una pareja destinada, y mira que yo no creía en esas cosas —bromea con un guiño de ojo que consigue que mis rodillas tiemblen.