El vínculo de cristal Capítulo 15
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Capítulo 15

Whisper

A esta hora, el campo de entrenamiento del recinto está vacío.

Lo prefiero así. Lo último que necesito es tener más ojos puestos sobre nosotras. La manada tiene ya suficiente material como para alimentar rumores sobre la Alfa y la cazadora juntas y a solas de madrugada.

—¿Esos son los espejos de los que me hablabas? —pregunta Gabi.

Se ha quedado de pie frente a ellos, aunque está claro que no tiene ni idea de qué hacer.

Seis paneles de cuerpo entero que usamos para nuestro entrenamiento de combate.

Permiten ver la posición del cuerpo y corregir errores.

En definitiva, aprender a pelear mejor mientras los instructores los vemos desde varios ángulos.

Ahora reflejan a Gabi desde seis direcciones diferentes.

Las venas plateadas bajo su piel brillan con una intensidad que no tenían hace apenas unas horas.

Le recorren los brazos hasta los codos, cruzan las clavículas, se extienden por el cuello.

En la penumbra del campo de entrenamiento casi parecen circuitos de luz sobre su piel.

Son hermosas. También son un reloj que marca un ritmo inexorable hacia su cristalización completa.

—¿Qué se supone que debo hacer? —pregunta sin apartar la vista de su reflejo.

—Estoy tan perdida como tú —admito—. Normalmente, sentir una emoción muy fuerte suele ayudar. Al menos, eso es lo que les enseñamos a los lobos jóvenes para ayudar a que consigan su primera transformación.

Pone los ojos en blanco y niega con la cabeza. Creo que no la he convencido.

—Tampoco pierdes nada por intentarlo. Puedo guiarte, igual que hago con los lobos jóvenes para enseñarles a transformarse —insisto.

—¿Lo dices en serio?

—Como he dicho, no pierdes nada por intentarlo. Tú cierra los ojos y escucha mi voz.

Deja escapar un largo bufido, pero obedece.

—Ahora respira hondo, siente el cristal en tu sangre. No luches contra él. Sé que luchar es parte de tu instinto, pero no pienses en los cristales como tu enemigo, son parte de ti —continúo, aunque no creo que esto se parezca nada a la primera transformación de un lobo joven.

Noto los latidos de su corazón hacerse más lentos.

—Piensa en el espejo como una puerta que solo tú puedes abrir. Olvida la barrera física.

—¿Una puerta?

—Sí, algo dentro de ti sabe abrirla, desconecta tu mente consciente, deja de pensar.

Gabi inspira una gran cantidad de aire y la deja escapar poco a poco. De pronto, algo cambia.

Apenas lo puedo creer. Con los ojos cerrados, ella no puede verlo, pero los espejos a nuestro alrededor han empezado a ondular. La superficie sólida se convierte en algo líquido, o al menos semilíquido, reflectante, vivo.

Y lo más sorprendente es la luz.

Las venas de la cazadora se encienden desde las puntas de los dedos hasta los hombros. Filamentos de plata líquida bajo la piel que pulsan al ritmo de su corazón. Cuando abre los ojos, los tiene plateados, como la luz de la luna reflejándose en el mar.

—Puedo verlo —suelta de pronto, bajando el tono de voz—. Al otro lado, hay un lugar.

Levanta la mano hacia el espejo más cercano, toca la superficie con la punta de los dedos, los observa, da un paso adelante y desaparece.

—¡Gabi, joder! —grito.

Un rugido interno me desgarra, ya no siento el vínculo. No sé dónde está. Desconozco si sigue con vida o si ha muerto. Me desespero. En el espejo, mis ojos se han vuelto dorados.

De pronto, la siento de nuevo, lejana, pero viva. El espejo del extremo opuesto de la sala ondula y Gabi sale de él.

Se tambalea y la atrapo antes de que sus rodillas cedan. Su piel arde. La vibración del cristal me recorre los dedos y sube por mis muñecas. Pesa menos de lo que debería, como si hubiese dejado algo de sí misma al otro lado.

—Lo hice, ¿has visto? —dice a medio camino entre la risa y la sorpresa más absoluta—. Entré y salí a través de un espejo.

—¿Qué viste? —pregunto con miedo, aunque no sé si quiero conocer la respuesta.

—La nada.

—¿La nada?

—Sí, nada plateada. Infinita. Imagina caminar sobre la superficie de un lago que no existe.

Y los espejos… cada espejo de la ciudad está ahí, Whisper.

Las ventanas, los charcos, las jodidas pantallas de los móviles.

Son puertas. Cada uno de ellos es una puerta.

Miles de puertas flotando en la nada. Podría haber salido por cualquiera de ellas si no hubiese sentido que estabas aquí —reconoce.

Se mira al espejo y ella misma se asusta.

Las venas plateadas forman patrones simétricos por sus brazos y cuello, como un diseño que alguien planificó.

Su piel parece ahora más translúcida en algunas zonas.

Y sus ojos, todavía parcialmente plateados, la miran desde el cristal con una expresión que es mitad ella, mitad algo que da miedo.

La observo mirarse y puedo percibir el dolor que está sintiendo.

Una cazadora que se convierte en lo que siempre cazó.

—Así es como me ven los demás ahora —suspira.

—Gabi…

—Quiero hacerlo otra vez. Más lejos. Necesito saber hasta dónde puedo llegar.

Lo hace cuatro veces más.

La primera, entra por un espejo y sale por el del extremo opuesto en unos cuatro segundos, agotada.

La segunda, desaparece durante diez segundos y sale por un reflejo en la ventana del campo de entrenamiento.

La tercera, desaparece durante varios minutos y trae de vuelta un puñado de cristal triturado y brillante que se disuelve en sus dedos como la escarcha cuando sale el sol.

—Hay cosas allí dentro —dice, sacudiéndose los restos de las manos—. Fragmentos. Algunos brillan, otros son oscuros. Los oscuros se sienten mal. Hay algo malo en ellos.

—¿Mal cómo?

—Como Vestergaard —admite, clavándome la mirada—. Es la única comparación que se me ocurre. Ese frío que sientes al estar junto a ella, está por todas partes en el Reverso.

La cuarta vez algo sale mal.

Gabi entra en el espejo central y no sale. Cinco minutos. Diez. Doce. Puedo sentirla al otro lado: su confusión, su miedo y luego algo peor: dolor en el brazo izquierdo.

Quince minutos. Mi loba aúlla de desesperación.

Trato de cruzar el espejo, pero es totalmente sólido. Quizá ella también sienta el vínculo, así que empujo con todo lo que tengo, Alfa, loba, mujer. Lo canalizo a través del hilo que nos conecta como compañeras y grito su nombre.

El espejo estalla hacia dentro. La superficie se curva y la cazadora sale disparada hasta aterrizar en la colchoneta de entrenamiento con un golpe que le saca el aire de los pulmones.

—¿Qué coño ha pasado, Gabi?

—Algo me atrapó —explica, respirando con dificultad.

A continuación, se mira el brazo izquierdo donde la cristalización ha avanzado. Las venas que terminaban en el codo llegan ahora al hombro, y el patrón ha cambiado. Ya no son líneas ordenadas. Son zarcillos erráticos, como raíces que buscan agua.

—¿Qué quieres decir con que algo te atrapó?

—Había… no sé muy bien lo que era, una presencia. Grande, frío. Me buscó, y cuando intenté regresar, el cristal de mi brazo respondió a esa criatura, no a mi voluntad.

—Lo que duerme en el espacio entre dimensiones —mascullo entre dientes.

Mi loba pierde el control. Cada instinto me grita que arrastre a Gabi lejos de los espejos, lejos de este edificio, lejos de todo lo que pueda hacerle daño, pero ella está en el suelo mirándose el brazo, pensativa.

—El cristal tiene dos frecuencias —dice con demasiada calma para alguien que acaba de ser atacada en otra dimensión—. Esa cosa de ahí dentro lo cambió a otra frecuencia diferente de la que utilicé para entrar.

Flexiona la mano izquierda y los dedos le responden, rápido, mucho más rápido que antes. El cristal no le está quitando movilidad como a los lobos de nuestra enfermería, se la está aumentando.

—Si puedo comprender la diferencia entre las dos frecuencias, quizá pueda bloquear la que no es mía.

—Ya, o también podrías morir si vuelves a meterte en un espejo —protesto.

—Al paso que va esto de la cristalización, posiblemente muera igual. Como tú dices, no pierdo nada por intentarlo.

Quiero decirle que sí pierde. Y yo también. Que si ella muere, yo me volveré loca porque no podré soportarlo. Mi loba grita tan fuerte que estoy sorprendida de que Gabi no pueda escucharla. Sin embargo, tan solo le limpio unos cristales que se le han quedado prendidos en el pelo.

Ella no se aparta, hasta juraría que se ha inclinado hacia mi mano. Como mínimo, me ha sonreído. Mi bestia interior enloquece. Deslizo la punta de los dedos por su mandíbula, sintiendo nuestro vínculo de compañeras con una claridad aplastante.

Su respiración cambia. La mía también. El vínculo vibra entre nosotras como una cuerda tensada, y tengo que recordarme que ella no puede sentirlo. O eso creo.

Gabi levanta la mano y cierra los dedos sobre el cuello de mi camisa. No para apartarme.

Para acercarme.

—Esto es una idea malísima —susurra, aunque no se mueve ni un milímetro hacia atrás.

—La peor —admito.

Puedo contar sus pestañas desde aquí. Puedo oler el polvo de cristal en su piel y, debajo, ese aroma que mi loba ha decidido que significa hogar. Sus venas plateadas pulsan a la altura de la clavícula, rápidas, siguiendo un ritmo que reconozco porque es exactamente el de mi propio corazón.

Me inclino despacio, quiero darle tiempo de que se aparte si eso es lo que desea, pero no lo hace. Sus ojos están fijos en los míos, los labios entreabiertos, su corazón ligeramente acelerado. Su boca tan cerca de la mía que siento su respiración en mi piel.

—¡Whisper! —Mi hermana River entra corriendo al gimnasio y se queda parada al ver que estamos a punto de besarnos—. Ava ha entrado en crisis. Los sanadores dicen que la cristalización se ha acelerado. Le quedan horas.

Mi loba aúlla de frustración, pero debo estar junto a Ava, es mi deber como Alfa de la manada.

—Voy a quedarme un rato más, si no te importa —dice Gabi desde la colchoneta, señalando hacia los espejos—. Necesito practicar.

—No. Sola no. Ni hablar, no después de lo que ha pasado —protesto.

—Te prometo que no entraré, solo quiero comprender lo de la frecuencia cuando toco el cristal. Déjame a Santos. Hará de vigía y me tiene el miedo justo como para no estorbar. Puede quedarse haciendo guardia a la entrada y llamarte si necesito ayuda.

—Está bien, le diré que venga.