Capítulo 14
Gabriela
No entiendo muy bien por qué, pero la biblioteca de los lobos me recuerda un poco al despacho de mi abuela. No tiene sentido, quizá es solo la sensación de que en ambos lugares la gente busca una respuesta.
Whisper está en el piso de abajo, revisando unos viejos libros llenos de polvo.
Desde aquí arriba puedo escucharla pasar las páginas.
No hablamos, aunque tampoco hace falta. Hay algo cómodo en este silencio, y me sorprende lo poco que me molesta compartir espacio con ella, teniendo en cuenta que, hasta hace unos días, cualquier lobo era mi enemigo.
Pero ahora lo que necesitamos son datos, y los datos están enterrados bajo décadas de polvo en estas estanterías.
Un grueso volumen encuadernado en cuero marrón oscuro llama mi atención, encajado detrás de una fila de tomos sobre rituales lunares. No tiene título, tan solo dos iniciales grabadas en plata en la esquina inferior derecha.
S.N.
Saskia Bergstrom.
Mi corazón se salta varios latidos, como el subidón de adrenalina antes de una caza.
Al abrirlo, me encuentro con una caligrafía elegante, inclinada ligerísimamente a la derecha, con márgenes amplios. La letra de alguien que escribe rápido, pero con disciplina.
“Los caminantes de espejos no son una especie. Son una aberración. Un accidente evolutivo que surge donde lo sobrenatural y lo humano colisionan con demasiada violencia. He rastreado registros en siete idiomas y cuatro siglos de archivos. En todo ese tiempo, hay referencias a nueve. Nueve en cuatrocientos años. Algunos aparecieron en zonas de guerra entre manadas y clanes vampíricos. Otros cerca de puntos donde la magia se concentra de forma anómala. Siempre donde hay violencia. Todos ellos compartían el mismo patrón: cristalización progresiva, poderes vinculados a superficies reflectantes, y una esperanza de vida brutalmente corta”.
Nueve. En cuatro siglos.
Y ahora yo.
Más páginas. Diagramas de cristalización.
Notas sobre algo que llama “mente colmena”.
Porcentajes de supervivencia que me hielan la sangre: solo un doce por ciento mantiene la cordura una vez pasado el setenta y cinco por ciento de cristalización.
De los nueve que Saskia documenta, ninguno sobrevivió al proceso completo.
Yo ya estoy por encima del cincuenta.
Mis probabilidades continúan siendo una mierda.
Y todo mi mundo se cae a pedazos:
“El Proyecto Espejo (Concilio, alrededor de 1940) intentó reproducir la mutación de una forma artificial, aunque nunca supe cuál era el fin.
Fracasó. Los sujetos murieron o enloquecieron.
Pero alguien siguió insistiendo en que era muy importante conocer el mecanismo.
Alguien que ya llevaba más de cien años buscando caminantes de espejos por su cuenta.
Victoria Vestergaard. Si es que ese es su verdadero nombre.
Según mis datos, Vestergaard encontró a cinco de los nueve casos documentados.
No sé qué les hizo exactamente, pero ninguno volvió a aparecer en ningún registro.
Los absorbió. Es la única palabra que se me ocurre.
Se los tragó, incorporó su cristal al suyo, y cada uno de ellos la hizo más fuerte, más difícil de detectar.
Lo que Marsden y otros como él huelen cuando se acercan a la doctora Vestergaard no es una persona.
Es un compuesto. Cinco caminantes de espejos devorados a lo largo de más de un siglo, fundidos en un solo cuerpo.
Así es como se convirtió en lo que los textos antiguos llaman Prime.
El Prime no lidera una colmena. La crea.
Absorbe a otros caminantes de espejos y controla la frecuencia de su cristal a distancia.
Sin Prime, un caminante de espejos es un individuo confuso y aterrado, con poderes que no entiende.
Con Prime, pierde la voluntad y se convierte en una extensión”.
Entre las dos entradas, apretada en el margen y subrayada dos veces, hay una nota de una tinta distinta, como si Saskia hubiese vuelto a esta página mucho más tarde:
“Los Fae legislaron el vínculo antes de que existieran las manadas. Lo que las Gemelas ataron, solo las Gemelas pueden desatarlo. Y si el precio de atar ya es alto, el de desatar sin ellas no tiene medida”.
Y una nueva anotación al margen.
“De los nueve, Vestergaard devoró a cinco. Y la novena fue Marina Castillo”.
Mi madre.
Esto ya estaba en marcha mucho antes de que yo naciese.
El universo tiene un sentido del humor de mierda.
Dos madres que se conocieron, compartieron información brevemente y trataron de luchar contra la doctora Vestergaard, cada una a su manera.
Las dos murieron. Y ahora sus hijas están en la misma biblioteca, buscando lo que ellas no pudieron terminar.
“Conocí a Marina hace tres años. La única caminante de espejos que consiguió rechazar a Vestergaard y sobrevivió para contarlo.
Prefirió vivir como humana antes que servir a sus intereses.
Mantenía la cordura con técnicas de anclaje, meditación, y una frase que repetía como mantra: el amor es más fuerte que el cristal.
Me contó cosas que todavía me mantienen despierta por las noches.
Vestergaard no quiere crear un ejército.
Quiere algo mucho peor. Desea abrir una puerta que lleva cerrada desde hace miles de años, desde mucho antes de que existiesen los lobos o los vampiros.
Pretende dejar entrar algo que lleva milenios esperando al otro lado.
Marina tenía una hija. Una niña. Creía que los genes habían conseguido pasar a ella y eso la aterraba.
Esa niña podría ser la primera caminante de espejos de segunda generación en la historia.
Ningún caminante de espejos había sobrevivido lo suficiente como para reproducirse.
Si la hija de Marina heredó la mutación, será más fuerte que cualquiera de los nueve. Y Vestergaard lo sabe”.
—Whisper, creo que deberías ver esto —mascullo entre dientes.
Sube las escaleras de caracol en un abrir y cerrar de ojos y, tras leer algunos párrafos, se sienta en el suelo con la espalda contra la estantería y el diario cerrado sobre las rodillas. No me mira, sus ojos se han quedado clavados en las vigas del techo.
—Mi padre murió primero. Yo tenía dieciséis años.
Se llamaba Estellan —dice, haciendo una larga pausa—.
No era el tipo de Alfa que la gente se imagina.
No era grande ni agresivo, era más bien callado.
Un estratega. Escuchaba más de lo que hablaba.
Le gustaba la música clásica. Los sábados nos traía a mi hermana y a mí a esta biblioteca y leíamos juntas durante horas sin decir ni una sola palabra.
Se detiene, toma una gran cantidad de aire y la deja salir poco a poco.
—Ivar Hedlund le desafió una luna llena de noviembre.
Era un ejecutor, como Dereck, pero más grande y sin ninguna de sus dudas.
Quería la manada para expandir el territorio hacia Nueva Jersey, para meterse en guerras que mi padre llevaba años evitando.
Fue un desafío público. Mi padre peleó bien, pero Ivar era más joven y más rápido.
Hace otra pausa, y desvía la mirada.
—Cuando terminó, mi madre cayó de rodillas en el barro, acariciando la cabeza de mi padre muerto en su regazo, en completo silencio.
Ivar Hedlund le dio una semana para marcharse con River y conmigo.
Era la tradición. Pero mi madre no se marchó —explica, tocando el diario sobre sus rodillas—.
Se encerró en esta biblioteca, día y noche, escribiendo.
Ahora sé qué estaba escribiendo. Sabía que iba a morir y se puso a investigar la forma de proteger a gente que aún no existía.
—¿Cómo murió?
—Ivar Hedlund vino a buscarla cuando se cumplió el plazo.
Ella le abrió la puerta. No peleó. Los sanadores dijeron que murió por una “ruptura del vínculo”.
Cuando tu compañero destinado muere, una parte de ti muere con él.
Mi madre llevaba una semana sobreviviendo con la mitad del alma.
Cuando Ivar cruzó esa puerta, ella simplemente dejó de resistir.
—¿Y ese tal Ivar Hedlund?
—Fui a buscarle con el cuchillo de mi padre, con cero experiencia y la rabia suficiente para matar a diez lobos.
Solo necesité matar a uno. Supongo que tuve mucha suerte.
Así me convertí en Alfa. Porque maté al hombre que mató a mis padres y la manada decidió que eso era suficiente.
Nadie le quería, de todos modos, nos hubiese llevado a la destrucción —añade, bajando el tono de voz.
Me quedo un momento en silencio, haciendo lo que hago con todo lo que me supera: convertirlo en una pregunta.
—¿Y no hay forma de sobrevivir a eso? —digo al fin—. A una ruptura del vínculo, quiero decir. Si romperlo mata, alguien en miles de años tiene que haber buscado la manera de romperlo sin morirse. Es estadística básica.
Whisper ladea la cabeza y me mira de una forma extraña, como si le hubiese preguntado por algo que guarda en un cajón que no abre nunca.
—Hay un cuento —admite.
—¿Un cuento?
—De cachorros. Mi madre nos lo contaba a River y a mí las noches de tormenta, cuando no podíamos dormir. —Baja la voz sin darse cuenta, y de pronto ya no suena a Alfa: suena a alguien recordando cómo hacía galletas en el horno—. “El lobo que devolvió su regalo”.
No digo nada. He aprendido que con Whisper el silencio funciona mejor que el interrogatorio.
—Hace más inviernos de los que nadie recuerda —empieza—, cuando la luna todavía hablaba con los lobos, hubo un Alfa que recibió el mayor regalo que la luna puede dar: un vínculo de compañeros.
Pero el regalo llegó como llegan todos los regalos de la luna, con condiciones y sin preguntar.
El problema es que su compañera sentía que le habían puesto una cadena y él no lo soportaba porque la quería ya antes del vínculo.
Así que caminó hasta la frontera donde se acaban los territorios y empiezan las leyes, donde vivían las hermanas que custodiaban las reglas del vínculo desde antes de que existiese la primera manada. Y les pidió devolver el regalo.
—Déjame adivinar. Le dijeron que no.
—Le dijeron algo mucho peor. Le dijeron que un regalo de la luna no se devuelve: se paga. Duele mucho más que morirse sin morirse. Y la luna siempre cobra un precio. El lobo lo pagó.
—¿Con qué?
—Con lo que más quería conservar, pero el cuento no dice qué era —admite, encogiéndose de hombros—.
Hay varias versiones, depende de quién lo cuente.
Mi madre decía que con su voz. La abuela de Dereck contaba que con su sombra.
Hay una versión del norte en la que paga con su nombre, y ningún lobo vuelve a poder llamarlo.
—¿Y la compañera?
—River hacía siempre esa misma pregunta, mi madre decía que mi hermana iba a ser muy romántica. La versión que nos contaban decía que fue libre y feliz.
—¿Y el lobo? ¿Sobrevivió?
—Los cuentos de manada no terminan, cazadora.
Se sueltan como una advertencia. Nadie lo ha hecho nunca, si es lo que estás pensando, al menos, que se sepa.
Nadie conoce a nadie que lo haya hecho. Pero todos los cachorros de este país se lo saben de memoria, y los cuentos que sobreviven tanto tiempo suelen guardar algo de verdad dentro.
—Las hermanas esas, ¿existen?
—Son las Gemelas Fae —anuncia con respeto.
—¿Tan viejas son?
—Las leyes del vínculo no son nuestras, Gabi.
Las heredamos. Ellas las custodian desde antes de que existiesen las manadas, y son las únicas que pueden interpretarlas.
Lo cierto es que llevan un siglo sin aparecer; el Concilio las convoca a todas las reuniones, pero nadie las ha visto en más de cien años.
Quizá ya no sigan vivas. Mi madre decía que se cansaron de nosotros —dice, señalando con la barbilla las estanterías que nos rodean—.
Sus cuadernos les dedican páginas enteras.
Andarán por aquí, en alguna parte. Mi madre lo contaba como si fuese un cuento triste, pero a mí siempre me pareció un cuento de esperanza.
—Yo también tenía dieciséis la noche de mi primera muerte —confieso—.
Un vampiro joven. Recién convertido, quizá no más de una semana.
Lo encontré alimentándose de una indigente en Central Park —explico, sentándome a su lado en el suelo—.
La hoja de mi cuchillo entró mal y se atascó en un hueso.
Me lanzó contra un árbol y me rompió varias costillas.
Volví hacia él cojeando, aterrada, y terminé el trabajo mientras su sangre y la mía empapaban la hierba.
—¿Quién te mandó hacerlo?
—El Concilio. La directora Priebe en persona. Me encontró poco más tarde, vomitando detrás de un arbusto. Me puso la mano en el hombro y me dijo: “la primera muerte siempre es difícil, Siete. Lo importante es que has sobrevivido”.
—¿Y tenía razón?
—Sí. A partir de ese día cada vez fue más fácil. Y eso es lo que más me asusta —reconozco.
Leemos juntas página por página del diario, con Whisper traduciendo las anotaciones en su antigua lengua que yo no entiendo. Yo lo conecto con lo que conozco del Concilio y entre las dos, vamos dando algo de sentido a todo esto.
En la última entrada, la letra cambia. Se vuelve errática, inclinada, escrita con prisa o con mucho miedo.
“Si estás leyendo esto, significa que fallé. Que Vestergaard sabe que he estado investigando. Necesito dejar constancia de que la única forma de destruir a un Prime es romper el vínculo desde dentro. Un caminante de espejos conectado a la mente colmena puede rechazar la conexión si tiene algo más fuerte a lo que aferrarse. Esa fuerza es el amor. Algo que el cristal no puede corromper”.
Cierro el diario y me froto los ojos con el dorso de la mano.
—Esto es un jodido desastre —suspiro—. No entiendo nada.
Tu madre dice que un vínculo de compañeras puede romper la mente colmena.
Ava dice que la plaga ataca vínculos. Vestergaard quiere fusionarse con algo al otro lado de la realidad.
Yo estoy aquí, cristalizándome y no sé cuánto tiempo me queda.
Y tú insistes en que tenemos un vínculo a pesar de que yo soy humana y eso es imposible.
—Lo tenemos —me asegura.
—Así que o el vínculo me salva o me convierte en exactamente lo que Vestergaard necesita. Funciona más o menos así, ¿no?
—Sí, supongo que sí —suspira.
—Pues qué bien. Solo dos opciones y las dos son una mierda. Me encanta cuando la vida es sencilla —bufo.
—Por lo poco que he entendido, si yo fuese tú, haría todo lo posible por controlar mis poderes.
Si un día debes enfrentarte a Vestergaard tienes que saber qué puedes hacer y qué no.
Los espejos, la manipulación del cristal.
Todas esas cosas que dice mi madre que se mencionaban en los textos antiguos.
El gimnasio en el que entrenamos tiene varios espejos enormes.
Quizá puedas hacer algo con ellos —propone.