El vínculo de cristal Capítulo 13
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Capítulo 13

Whisper

Dereck ha reunido a veintisiete lobos en el patio central. Catorce de ellos quieren verme caer y tres o cuatro de esos, preferirían verme muerta.

Los siento por los latidos, porque cada hilo que une a la manada tira en una dirección diferente; catorce con Dereck, nueve conmigo, cuatro indecisos. Los catorce no lo siguen por lealtad. Lo siguen porque tienen miedo.

Y ahora Dereck les ha dado un enemigo fácilmente identificable: la cazadora que acabo de meter en nuestro recinto.

Se han colocado en semicírculo detrás de él. Algunos me miran con desafío. Otros simplemente han venido a ver el espectáculo. Huelo la adrenalina, la anticipación, ese destello que la violencia deja en el aire antes de ocurrir.

—Alfa —saluda, aunque pronuncia mi título con desdén. Lleva años haciéndolo, pero hoy suena distinto. Hoy hay convicción además de desprecio.

—Dereck. —Mi loba quiere sangre. Ahora mismo, yo necesito política—. ¿Quieres explicarme por qué has convocado a la manada sin mi autorización?

—Porque alguien tiene que protegernos, ya que tú no lo haces —responde con voz cortante.

Da un paso hacia mí y varios lobos se tensan.

—Hay una cazadora en nuestro recinto —continúa, alzando la voz lo justo para que llegue a la última fila—. Una cazadora de élite del Concilio caminando por nuestro hogar. Nunca había ocurrido nada igual.

—Esa mujer está aquí bajo mi protección, investigando la plaga que mata a nuestra gente —anuncio, tratando de restarle importancia.

—¿Investigando? ¿O espiando? ¿Cómo sabemos que no está recabando información sobre nosotros o causando ella misma la plaga?

Escucho de inmediato los gruñidos, Dereck juega con el miedo. Para nuestra gente, una cazadora del Concilio representa la maldad pura. Desde pequeños nos cuentan historias horribles sobre ellos.

—El Concilio no es nuestro enemigo. No ahora, al menos. La plaga está matando a todos por igual: lobos, vampiros, brujas. Si no trabajamos juntos…

—¿Trabajar con los que nos han cazado durante siglos?

—Se gira hacia la manada. Les habla a ellos, no a mí.

Sabe que no puede ganarme en un enfrentamiento directo, así que busca ganar al público—.

Nuestra Alfa ha perdido el juicio. Deja que el enemigo entre por nuestra puerta mientras nuestros hermanos se convierten en cristal.

—Cuidado, Dereck. Estás caminando muy cerca de un desafío formal —gruño.

—Quizá eso es exactamente lo que necesitamos —amenaza.

Todo se queda en silencio. No se escucha ni una respiración.

La loba dentro de mí grita que le desafíe ahora mismo y que reclame a mi compañera. Que reclame lo que es mío y que deje que el mundo arda si es necesario.

Trato de calmarme. Si revelo el vínculo ahora, Dereck lo utilizará como prueba de que me he vuelto loca.

Dirá que una humana me controla, que no soy capaz de tomar decisiones racionales y que estoy poniendo en peligro a la manada.

Y una buena parte de estos lobos le dará la razón.

Porque tienen miedo. Y el miedo busca culpables sencillos.

—Tienes hasta la próxima luna llena. Es un desafío formal. A no ser que prefieras desafiarme ahora mismo —anuncio, clavándole la mirada.

Dereck se queda callado. Calcula. Es un ejecutor veterano que ha sobrevivido décadas en esta manada. Sabe que forzar un desafío ahora, sin preparación, es un suicidio.

—Quiero que la cazadora se vaya. Ahora —murmura.

—La cazadora se queda. —No alzo la voz. No lo necesito—.

Está aquí porque Ava lo pidió. Porque Ava se está cristalizando más rápido que nadie y cree que puede ayudarnos.

¿Vas a negarle eso a una de las nuestras, Dereck?

¿Vas a mirar a Brianna a la cara y decirle que echaste a la única persona que su compañera quiere ver?

Aprieta la mandíbula. Conoce a Ava desde que era un bebé. Toda la manada la quiere. Sé que usar su nombre contra él es jugar sucio, pero la política no es limpia. Nunca lo ha sido.

—Si hace cualquier cosa que amenace a la manada…

—Si hace cualquier cosa que amenace a la manada, yo misma me encargaré de matarla —le aseguro, aunque sé muy bien que no podría hacerlo.

River se acerca a mí cuando el patio se vacía.

—Eso fue una jugada hábil —dice, eligiendo la palabra con cuidado—. Usar a Ava para callarle la boca.

—No me siento orgullosa de ello —suspiro.

—Ha funcionado, eso es lo importante. Pero cuando se enteren de lo del vínculo… Más vale que estés bien preparada —me recuerda.

Cuando regreso a la enfermería, la encuentro de pie.

Los sanadores trabajan en silencio. Ava ha perdido el conocimiento y la cristalización ha avanzado un poco más por su mandíbula.

Y Gabi huele distinto. La rabia que traía al llegar al recinto se ha transformado en algo más frío. Acero antes de golpear. Una cazadora que ha identificado a su presa.

—¿Qué ocurre? —pregunto.

—¿Tu madre tenía una biblioteca secreta o algo así?

No me esperaba eso.

—¿Qué?

—Tu madre, Saskia Bergstrom. Ava dice que investigó a los caminantes de espejos. Que dejó diarios. Necesito verlos. Ahora —exige.

Dejo escapar un largo suspiro. Mi loba esperaba encontrarla rota. Esperaba que necesitase consuelo, contacto, alguien que le dijese que todo iba a salir bien. Estaba preparada para eso. En cierto modo, quería eso.

Pero esta Gabi no es vulnerable. Esta Gabi quiere guerra.

No necesita que la salve. Necesita armas.

—Sígueme —digo.

***

El recinto se ha quedado extrañamente vacío. Un silencio que huele a tregua frágil.

—¿Qué ha pasado con Dereck? —pregunta sin girarse.

—Tenemos un desafío. En la próxima luna llena.

—¿Le has contado todo eso del vínculo?

—No.

Ahora sí se detiene y se gira para clavarme la mirada.

—Mejor —murmura.

Seguimos caminando. Pasamos frente a la sala de entrenamiento, el comedor vacío, la zona de talleres.

Gabi lo absorbe todo sin hacer ningún comentario, pero veo que está sorprendida.

Seguramente, este recinto no es lo que el Concilio le enseñó que sería.

Vio las tomateras en el patio. Las adolescentes con los auriculares.

La mujer con la trenza gris que cuida del huerto.

Y ahora ve dibujos de niños pegados en la puerta del comedor, un tablón de anuncios con turnos de cocina y guardia, y una pizarra donde alguien ha escrito “Santos: te toca fregar, no te escaquees otra vez”.

Y ha sonreído.

Está descubriendo por primera vez que somos personas, familias. Igual que los humanos. No necesariamente un peligro.

—¿Cuántos niños viven en el recinto? —pregunta de pronto.

—Once.

—El Concilio nunca menciona a los niños —masculla entre dientes.

—No pensarías que los lobos se fabrican en una máquina o algo así —bromeo—. Pero bueno, supongo que es más fácil matar a alguien si no piensas en que sus hijos le pueden estar esperando en casa.

No responde. Diez años cazando sobrenaturales y nunca se paró a pensar que podrían tener familia. Me pregunto cuántas mentiras le han contado. O cuántas mentiras nos han contado a nosotros sobre los cazadores del Concilio.

***

La biblioteca de mi madre está en el ala este del edificio principal, detrás de una puerta con cerradura de código que solo conocemos River y yo.

Tecleo los seis dígitos. La fecha en que maté a Ivar. Porque soy así de retorcida.

Las luces se encienden y revelan tres plantas de estanterías con escaleras de caracol de hierro forjado.

Pasé noches enteras aquí tras matar al asesino de mis padres cuando tenía dieciséis años, leyendo los diarios de mi madre porque eran lo único que me quedaba de ella.

River siempre me encontraba dormida sobre algún volumen, con los ojos rojos de llorar y el pelo pegado a la cara.

Me llevaba a la cama sin decir nada y yo regresaba a la noche siguiente.

—Mi madre era una obsesa de la documentación —le explico, casi como una disculpa.

—Los archivos del Concilio son una broma comparados con esto.

—Pues espera a ver el segundo piso. Allí es donde están los diarios de mi madre. Al fondo.

Sube las escaleras de caracol sin esperar. De dos en dos.

La dejo trabajar en solitario mientras me entretengo revisando tratados antiguos. Genealogías, mapas de territorios que ya no existen, matrimonios de conveniencia entre distintas manadas para mantener la paz.

El olor de Gabi llena el espacio. Pero hoy hay algo más. Es sutil, tanto que al principio pensé que me lo estaba imaginando. Su olor ha cambiado desde ayer. Tiene una nota nueva que mi loba reconoce.

Cuando empezó todo esto, el vínculo tiraba de mí. Un hilo enganchado en el pecho, doloroso, unidireccional. Yo lo sentía y ella no.

Pero ahora, con Gabi en el piso de arriba y yo abajo, algo ha cambiado. El hilo no solo tira de mí.

Tira de las dos.

Gabi todavía no lo sabe. O quizá lo sabe y lo disimula porque no quiere admitirlo.

Al fin y al cabo, para una humana eso tiene que ser algo muy extraño.

Pero su cuerpo se lo grita: la forma en que sus venas plateadas pulsan más fuerte cuando estamos cerca, cómo se aparta cada vez que nuestras manos se rozan, la manera en que me busca con la mirada antes de darse cuenta de que lo está haciendo.

Ha encontrado algo.

Lo sé antes de que diga una sola palabra. Lo sé por cómo cambia su respiración, por cómo su corazón se salta un latido y el siguiente viene con más fuerza.

Ha encontrado los diarios de mi madre.

Y lo que sea que está leyendo, ha conseguido que se le acelere el corazón.