Capítulo 12
Gabriela
Sesenta lobos que quieren matarme y yo solamente llevo un cuchillo de siete centímetros en la bota izquierda.
Mango de fibra de carbono, hoja de acero templado. Es el único que he traído, solo porque Whisper me pidió que no trajese más armas. Mis probabilidades en caso de ser atacada son una mierda, aunque al menos, tener uno me da la ilusión de que puedo hacer algo.
Y me estoy metiendo de manera voluntaria en el recinto de la manada más temible de los últimos cincuenta años. Increíble, si mi yo de hace unos días pudiese verme ahora, me apuñalaría a mí misma.
Tal como habíamos acordado la noche anterior, Whisper me recoge en la esquina de Atlantic con Flatbush, puntual como un reloj suizo. No hablamos casi nada durante el trayecto. Me pasa un vaso de café, largo, solo, sin azúcar. No le pregunto cómo sabe que me gusta así.
Desde fuera, parece un complejo industrial abandonado: ladrillo desgastado, metal oxidado, ventanas opacas que no dejan ver el interior. Buena táctica. Hay cámaras camufladas en cada ángulo de la fachada y sensores de movimiento en todas las entradas posibles.
Este lugar está defendido por alguien que sabe lo que hace.
Me subo el cuello de la chaqueta. Esta mañana, al vestirme, me di cuenta de que las venas plateadas habían trepado por las clavículas.
Hilos de plata que se extienden hacia mi garganta como si fuesen raíces en busca de la superficie.
Me puse una camiseta de cuello alto debajo de la chaqueta de cuero, pero sé que no engaño a nadie.
Cualquier lobo que se acerque lo suficiente va a olerlo. O a verlo.
—Respira, nadie te atacará si vas conmigo —dice Whisper a mi lado, lo bastante bajo para que solo yo la oiga—. Pero pueden oler la preocupación.
—No estoy preocupada —disimulo.
—Mentirosa.
Vale. Quizá sí estoy un poco preocupada. Pero es una preocupación que conozco bien: la que te mantiene con vida cuando te enfrentas a una amenaza.
Una vez dentro, la imagen es completamente distinta. Un patio central amplio, espacios de entrenamiento al aire libre. Jardines. Alguien ha plantado lavanda y romero junto a la pared este; incluso hay un huerto con tomateras apoyadas en tutores de madera.
Un huerto. En un recinto de lobos. Eso sí que es una sorpresa.
En cualquier caso, es un hogar disfrazado de fortaleza. O quizá al revés.
La salida más cercana está a veintitrés metros desde aquí. Soy muy rápida, puedo correrlos en cuatro segundos. Un lobo los cubre en menos de dos.
De nuevo, mis probabilidades son una mierda.
Todos nos observan mientras cruzamos el patio. Algunos con curiosidad. Otros con algo mucho peor; la mirada fría de quien se pregunta si puede matarte antes de que reacciones. He visto esa mirada en los ojos de las criaturas que he cazado durante una década. Solo que hoy la presa soy yo.
Pero también hay algunas miradas de alivio, como si creyesen de verdad que puedo hacer algo para ayudar a los lobos que han empezado a cristalizarse.
—¿Esa es la cazadora? —pregunta una niña en voz alta.
Su madre la calla de inmediato y le recuerda que es de mala educación señalar con el dedo.
En los escalones del edificio principal, dos chicas adolescentes comparten unos auriculares y se ríen de algo en la pantalla de un móvil. Cuando me ven, se callan de golpe. Una le da un codazo a la otra y susurra algo que suena sospechosamente a “es ella”.
Siempre he visto a los lobos como una amenaza. En mis informes, solo eran datos. Pero los datos no plantan tomates ni comparten auriculares.
Al llegar a la enfermería, Whisper se detiene y noto cómo su mandíbula se tensa.
—Ava está peor desde ayer. El cristal le ha llegado a los ojos. Brianna no se ha separado de ella —añade, haciendo una pausa—. Prepárate, ¿vale? No es fácil de ver.
—He visto cosas peores —le aseguro.
—No como esto.
Y tiene razón. Joder, tiene razón.
Ava Reese tiene veintidós años, o eso me dicen.
Veintidós jodidos años y el cristal negro le ha devorado el torso, le sube por el cuello en zarcillos oscuros que cruzan su mandíbula y le rodean los ojos.
Sus manos ya no parecen humanas. Son obsidiana tallada, cada dedo un prisma de aristas afiladas que reflejan la luz de los monitores.
Y a su lado, su novia.
Brianna Hayes tiene venas de cristal negro recorriendo los antebrazos.
No tan avanzadas como las de Ava, pero ahí están: una red oscura bajo la piel que contrasta con las mías, plateadas.
Cristal negro para ellas. Cristal de plata para mí.
La misma mierda en distintos colores, pero la misma mierda al fin y al cabo.
Sostiene la mano de Ava con cuidado mientras me observa; esperanza y desconfianza a partes iguales.
—Ava dijo que vendrías. Dijo que la cazadora de luz vendría y que tendríamos que escucharla —dice con voz ronca.
Cazadora de luz. Otra vez con eso.
No soy ninguna cazadora de luz. Soy Gabi Castillo, la cazadora número Siete del Concilio, y en este momento soy una tía con venas de cristal y un plan de mierda.
Brianna me estudia. Recorre mi cuerpo con la mirada despacio, se detiene un segundo en mi cuello, donde la chaqueta no consigue tapar del todo las líneas plateadas.
—¿Te está pasando a ti también?
—Algo parecido. Versión plata, supongo.
—¿Duele?
—Todavía no. Pero va a peor.
Asiente despacio.
—Si te sirve de algo, no creo que estés aquí para hacernos daño.
—Estoy aquí para intentar ayudar —le aseguro.
—Cuando empezó lo mío, pensé que era algún tipo de hematoma raro. Qué imbécil —dice al tiempo que se frota la muñeca izquierda, rascando con suavidad la piel donde una vena de cristal negro desaparece bajo la manga.
—Bueno, yo pensé que los vampiros se estaban metiendo drogas de diseño. Así que te gano en el ranking de imbéciles —admito, encogiéndome de hombros.
Brianna esboza algo parecido a una sonrisa en sus labios.
—Me caes bien, cazadora.
Justo en ese instante, Ava abre los ojos.
Son negros. Facetados como diamantes de ónice, con una profundidad que no debería existir.
—Has venido —susurra—. La cazadora de luz.
Abro la boca para responder. Antes de que pueda decir nada, la puerta de la enfermería se abre de golpe a mi espalda.
—¡Alfa!
Un lobo joven. Flaco, pálido, nervioso.
—¿Qué pasa? Estoy ocupada, ¿no lo ves? —La voz de Whisper cambia al instante. Todo lo suave desaparece. Ahora es pura autoridad, pura Alfa.
—Es Dereck. Está en el patio principal. Exige una reunión de la manada. Dice… —El chico traga saliva—. Dice que has traído al enemigo a nuestro hogar.
Mierda.
Whisper me mira. Es rápido, menos de un segundo, pero en ese segundo veo la guerra dentro de ella: el deber hacia la manada contra lo que siente por mí.
—Quédate aquí. No salgas de la enfermería. Mi hermana River vendrá a buscarte cuando sea seguro —ordena.
—Whisper, puedo…
—Confía en mí, por favor —murmura, cogiendo mi mano y apretándola ligeramente.
Odio esto. Odio esconderme. Mi trabajo es cazar. Es lo único que sé hacer.
Pero no estoy en mi territorio. Estoy en el suyo. Y hay una diferencia muy grande entre ser valiente y ser estúpida, aunque a veces me cueste ver esa línea.
—Confío en ti —le aseguro.
Todo se queda en un silencio incómodo cuando se va y cierra la puerta, empujando al chico con ella. Dentro, el pitido de los monitores de Ava, su respiración superficial. Fuera, voces. Muchas voces. La manada reuniéndose. Tensión.
Brianna no me quita los ojos de encima.
—¿De verdad confías en ella?
—Acabo de decirlo, ¿no?
—Decirlo es fácil. Lo difícil es quedarte aquí quieta mientras ella pelea por ti —dice, señalando la puerta con la barbilla—. La conozco desde hace seis años. Es la mejor Alfa que ha tenido esta manada. Pero Dereck tiene ahora la excusa perfecta: tú.
—¿Por qué me cuentas esto?
—Porque Ava confía en ti. Y Ava ve cosas que el resto no podemos ver. Así que necesito saber si vas a largarte cuando esto se ponga feo o si vas a quedarte y ayudarnos.
—Me voy a quedar —le aseguro.
—Bien. Porque está a punto de ponerse muy feo —me advierte, bajando la voz hasta convertirla en nada más que un susurro.
Fuera, la voz de Dereck retumba en el patio. Grita algo sobre traición, sobre enemigos, sobre una Alfa que ha perdido el juicio.
Brianna cierra los ojos. Las venas de cristal en sus muñecas pulsan una vez. Fuerte.
—¿Oyes eso? —pregunta.
—¿El discursito de Dereck? Difícil no oírlo con esos gritos.
—No. Debajo de eso. Escucha.
Cierro la boca y presto atención.
Y lo escucho. Es algo muy débil, casi imperceptible. Un zumbido constante que parece venir del propio cristal de Ava. Como si vibrase con una frecuencia propia. Las venas de obsidiana en su cuello pulsan a un ritmo que no coincide con su respiración.
—Lo hace desde hace un par de días —murmura Brianna, mirando las manos de su novia—. Los sanadores dicen que es un efecto secundario. Yo creo que se está comunicando con algo. O que algo se está comunicando con ella.
Las venas de mi cuello responden. Un eco suave, apenas un cosquilleo, pero ahí está. Mi cristal trata de comunicarse con el de Ava.
Mierda.
Ava se agita en la cama. Sus ojos cristalinos se abren de golpe y me buscan con una intensidad que me clava al suelo.
—Cazadora de luz. Tengo mucho que mostrarte antes de que se me acabe el tiempo —susurra con dificultad, como si su voz viniese de otro lugar.
—Ava, tienes que descansar —suplica Brianna, cogiendo de nuevo su mano.
—Necesito contárselo. La red. Cada cristalización es un nodo. Cada vínculo roto alimenta algo al otro lado. La que bebe oscuridad construye un puente. Y tú eres la llave, cazadora.
—¿La llave de qué? —pregunto sin entender nada.
—Una puerta que lleva milenios cerrada. —Ava tose. Suena a cristal fino rompiéndose—. Mató a tu madre.
—¿Quién mató a mi madre?
—Vestergaard.
—¿La doctora Vestergaard? —insisto confusa.
—Tu madre se negó a abrir la puerta. Tú eres la siguiente. Más fuerte. La segunda generación. —Ava lucha por mantener los ojos abiertos, pero apenas puede—. Hay diarios. En la biblioteca. La madre de la Alfa lo investigó.
—¿La madre de Whisper?
Ava apenas puede asentir levemente. El movimiento produce diminutas grietas en las venas de su mandíbula.
—Ava, para. Te estás haciendo daño —suplica su novia.
—Escucha, cazadora. Tu cristal es luz. Por eso Vestergaard te necesita.
De pronto, sus ojos se apagan y se desploma contra la almohada. Los monitores pitan más rápido. Brianna se inclina sobre ella, susurra su nombre, acariciando las pocas zonas de su cara que todavía parecen humanas mientras se le escapan las lágrimas.
Fuera, las voces parecen calmarse.
Observo mis manos mientras los sanadores de la manada tratan de salvarla. Las venas plateadas brillan suavemente bajo mi piel, pulsan al mismo ritmo que antes vibraba el cristal de Ava. Un eco. Una especie de conexión con algo.
Vestergaard mató a mi madre.
Y ahora Vestergaard me quiere a mí.
Ava dijo que hay diarios. En la biblioteca de la manada. Diarios de la madre de Whisper.
Necesito leerlos. Necesito saber qué sabía Saskia Bergstrom sobre los caminantes de espejos. Necesito saber qué descubrió antes de morir.
Y necesito saber por qué mi cristal es diferente al de los demás.
Brianna me clava la mirada.
—¿Vas a ayudarla? —pregunta, cerrando los puños.
—Voy a intentarlo.
—Intentarlo no me vale. Mi novia se está muriendo, joder. Se está convirtiendo en una puta escultura de cristal negro delante de mí y no puedo hacer nada. Así que necesito mucho más que “voy a intentarlo”, cazadora. Necesito que me mires a la cara y me digas que vas a salvarla.
La miro a la cara.
Y le miento, porque es lo que necesita escuchar. Y porque quizá, si lo digo con suficiente convicción y lo repito muchas veces, consiga creérmelo yo también.
—Voy a salvarla —le aseguro.