Capítulo 11
Whisper
Mato el tiempo recorriendo el lugar. Vigas oxidadas, ventanas rotas, suelo de hormigón que huele a décadas de agua salada y abandono. Y debajo de eso, el aroma de Gabi: sudor, metal. Semanas, quizá meses de visitas. Este es su refugio.
Escucho sus pasos antes de verla. Ligeros, decididos, sabe moverse en silencio, pero esta noche no se molesta en hacerlo. Quiere que sepa que ha llegado. No se esconde.
Se detiene en el umbral. Vaqueros oscuros, camiseta negra, chaqueta de cuero que seguramente esconde varios cuchillos. La katana que los vampiros han aprendido a temer colgada a la espalda.
La cristalización sigue avanzando. Se ha extendido al cuello. Hilos de plata sobre su piel que pulsan a la altura de la clavícula.
Se acaba el tiempo.
—Has llegado temprano —dice a modo de saludo.
—Tú también.
Sonríe al escuchar mi comentario y mi loba se vuelve loca de deseo.
Grita que borre la distancia que nos separa, que hunda la nariz en su cuello, que respire su aroma hasta olvidarme de mi propio nombre.
Si no fuese humana, si sintiese el vínculo de compañeras con la misma fuerza que yo lo siento, ya estaríamos desnudas haciendo el amor.
—Lo de hoy en la reunión —dice de pronto—. Tu tercera condición.
—¿Qué pasa con ella?
—No soy ningún objeto que le puedes pedir al Concilio —protesta, bajando el tono de voz—. “Si pierde el control, yo decido”. ¿Quién coño te da derecho a decidir sobre mi vida?
Su olor cambia. Es rabia.
—¿Prefieres que decida la doctora Vestergaard? —pregunto, cruzando los brazos sobre el pecho. No pretendo desafiarla, pero necesito tener las manos quietas—. A esa mujer no le importa si vives o mueres, Gabi. Solo lo que ocurre dentro de tu cuerpo si terminas de cristalizarte.
—Eso no lo sabes.
—Lo huelo —la interrumpo—. Victoria Vestergaard no huele normal. Huele a algo frío, algo vacío que me pone los pelos de punta. Sabes que odio a los vampiros, pero antes de marcharme el propio Marsden me dijo que debajo de la piel de esa mujer hay algo muy antiguo.
—A mí me dijo que estas cosas no suelen terminar bien. ¿Sabes de qué estaba hablando?
—Ni idea —miento. Prefiero no mencionar que el vampiro ha detectado nuestro vínculo de compañeras, porque eso solamente puede complicar las cosas entre nosotras.
—Necesito que entiendas algo —murmura mientras camina hacia mí muy despacio—.
No soy tuya. No soy de nadie. Tu vínculo de compañeras, o esa mierda que dices sentir, no te da ningún derecho sobre mí.
Yo no soy una loba que pierde las bragas si una Alfa la mira.
Soy una cazadora de élite que toma sus propias decisiones.
Me quedo en silencio y cada una de sus palabras duele tanto como si me estuviesen separando la carne del hueso con un cuchillo. Si quiero que esto funcione, debo jugar con sus reglas, no con las mías.
—No pretendo tener ningún derecho sobre ti —admito, tratando de mantener la calma, aunque mi loba proteste—.
Pero Vestergaard quiere abrirte en canal sobre una mesa de laboratorio.
Y el Concilio ahora mismo te está tratando solamente como un activo del que pueden prescindir si fuese necesario.
Yo soy la única persona que jamás te haría daño. Además…
—Puedo defenderme yo sola —me corta.
—Lo sé.
—Entonces, vamos a dejar las cosas muy claras desde el principio. Si quieres ayudarme, hazlo porque crees que es lo que debes hacer, no porque a tu loba se le haya metido en la cabeza que te pertenezco. ¿Podrás hacerlo?
Ahí está el problema. Ojalá fuese tan fácil.
—De acuerdo. Tienes razón. No tengo derecho a decidir por ti. —Descruzo los brazos y los dejo a los lados con las palmas abiertas. Es un gesto que para un lobo significa rendición, un gesto que jamás había hecho antes, pero Gabi no lo sabe—. ¿Puedes perdonarme? ¿Por favor?
La cazadora simplemente asiente con la cabeza. Despacio. Nos sentamos en el suelo, con la espalda contra la pared. No juntas del todo; ha dejado aproximadamente un metro entre nosotras y me parece una distancia enorme.
—Cuéntame lo de Ava —propone.
—Se está cristalizando más rápido que los demás. Ha llegado a sus ojos. Los sanadores de la manada dicen que le quedan algunos días, quizá menos. Pero antes de empeorar, tuvo una visión sobre ti.
Gabi no parece demasiado sorprendida.
—¿Qué vio?
—Caminabas a través de los espejos. Brillabas como la luna llena. Dijo que, al verte, la oscuridad retrocedía, que la plaga te tenía miedo.
Se queda en silencio, como si estuviese recordando algo importante.
—La doctora Vestergaard parece muy interesada en mi cristalización. Mucho más que en el resto. Quizá es simplemente que yo soy humana y no loba, o vampiro, o bruja. Habló algo de una activación.
—¿De qué?
—No lo sé. Pero tengo una teoría —confiesa, girándose hacia mí—. La plaga no ataca cuerpos. Ataca vínculos. Conexiones. Lobos en manada durante la luna llena, vampiros alimentándose juntos, brujas en aquelarre. Cada víctima estaba conectada a algo cuando se contagió.
—¿Y tú? —pregunto nerviosa.
—Según tú, tenemos un vínculo de compañeras, ¿no? —responde sin más.
Ni siquiera sé qué decir. Abro la boca un par de veces, pero ninguna palabra consigue salir de mi garganta.
—Ava habló de una especie de red. Cada cristalización es un nodo. Cada vínculo cristalizado alimenta algo. Dijo que estaba construyendo una especie de puerta para que pasase algo desde el otro lado —le explico.
—¿Desde el otro lado?
—Una criatura antigua. Sin nombre. Algo que duerme en el espacio entre mundos. Si te soy sincera, no entendí nada de sus visiones, estaba mucho más preocupada por la parte en la que te mencionaba a ti —confieso, pasándome una mano por el pelo.
—Necesito ver a Ava. Tengo que hablar con ella antes de que sea demasiado tarde.
—Tendrías que entrar en el recinto de la manada —le recuerdo.
—Ya lo sé.
—Cada uno de esos lobos ha crecido odiándote. A ti y a gente como tú. Para ellos representas todo lo malo que hay en el mundo —le advierto.
—Creo recordar que acordamos que no decidirías por mí —se queja.
Dejo escapar un bufido y golpeo con la parte de atrás de mi cabeza la pared de hormigón, como si eso pudiese ordenar mis ideas.
—Si vienes al recinto, hay reglas —digo, eligiendo las palabras con cuidado—.
Caminas a mi lado. No sacas armas a menos que tu vida corra un peligro inminente.
Si alguien te provoca, me dejas a mí manejarlo.
No porque no puedas defenderte, sé que puedes hacerlo, pero si una cazadora ataca a un lobo en nuestro territorio, ni siquiera yo podré evitar lo que puede ocurrir.
—Me parece correcto —dice al fin—. ¿Cuándo?
—Mañana. Te envío la hora y paso a recogerte. Entraremos juntas.
Nos levantamos y el metro de distancia que manteníamos se reduce a la mitad.
Mierda.
Es ella quien rompe el momento. Da un paso atrás, respira hondo, y me mira de nuevo como una cazadora. Controlada. Profesional. Con una grieta pequeña, casi invisible, que solo alguien con mis sentidos podría ver.
O quizá quiero verla y no existe. Ya no estoy segura de nada.
Se va y yo me quedo de pie en un almacén que ahora huele a ella, con mi loba aullando de frustración, viendo cómo Gabi desaparece en la noche.
No me ha dado nada.
Me ha puesto límites, me ha exigido que los respete, y se ha ido.
Si quiero que esto funcione, debo pensar que nuestro vínculo no es una cadena, es una puerta. Y las puertas se cruzan por voluntad propia o no se cruzan.
Pero joder, cómo duele quedarse aquí mientras ella se aleja.