Capítulo 10
Whisper
Recibo la citación del Concilio a las nueve de la mañana, con su sello oficial en cera roja y toda esa porquería arcaica que utilizan para todo. Simplemente el olor ya me provoca náuseas. Es el olor de una organización que lleva siglos cazando a los míos.
—¿Vas a ir tú? —pregunta River con preocupación—. Podrías enviar a alguien capaz de mantener sus hormonas bajo control si tu cazadora está en esa reunión.
—Si no voy en persona se interpretará como una debilidad —le recuerdo—. Con Dereck agitando al Consejo, no me puedo permitir ese tipo de cosas.
—Al menos lleva escolta. Y dúchate de nuevo. Todavía hueles a cazadora. Es demasiado obvio —bromea.
Me ducho por tercera vez, con el agua tan caliente que enrojece mi piel.
A continuación, me visto despacio. Chaqueta de cuero negro, camisa gris, botas con las hebillas de acero.
Cada prenda dice algo, y lo último que me pongo son las joyas de turquesa de Saskia Bergstrom.
Las únicas que me quedan de ella. Las llevaba puestas la noche que la mataron.
Voy a entrar en territorio enemigo. Mi loba lo sabe y no le gusta, será un esfuerzo mantenerla bajo control si las cosas se tuercen.
***
Para un lobo, el edificio del Concilio huele a muerte.
Es lo primero que noto al cruzar la puerta. Este edificio ha visto morir a mucha gente y casi ninguno era humano.
Mis escoltas se quedan en el vestíbulo, mirando con desconfianza a los de Marsden, ese viejo vampiro al que odio casi tanto como al Concilio. Deposito las armas antes de pasar el primer control de seguridad, pero saben perfectamente que mi arma más temible habita debajo de mi piel.
La noto de inmediato.
Al fondo del pasillo está Gabi. No la huelo todavía, pero el tirón que siento dentro de mí me deja muy claro que está ahí. Mi loba deja de gruñir y emite un gemido bajo, casi doloroso. Como un animal hambriento oliendo comida al otro lado de un cristal. Es un poco patético, la verdad.
Inspiro y expiro, obligándome a mantener los ojos en su color humano.
Entro en la sala con cara de aburrimiento, como si me acabasen de sacar de la cama para algo sin importancia. Disimulando lo mejor que puedo.
Cuatro olores. Mi loba los cataloga en menos de un segundo.
La directora Priebe: papel, tinta, perfume caro y un autocontrol tan absoluto que huele a muerte.
Más peligrosa de lo que aparenta. Mucho más.
Marsden: el viejo vampiro. Piedra fría, sangre añeja, quinientos años de depredación envueltos en un traje caro.
Desparramado sobre una silla sin molestarse en levantarse o saludar.
Vestergaard: laboratorio, bata esterilizada y, debajo, escondido, algo que no consigo identificar.
O más bien la ausencia de algo. No es el frío de los vampiros, es una fuerza que devora el calor.
Mi loba retrocede por primera vez. Puro instinto, el que te dice que no metas la mano en un hueco oscuro sin comprobar qué hay dentro.
Y Gabi.
Está junto a la ventana, de espaldas, y su aroma me golpea como una bofetada. La cristalización ha avanzado. Puedo oler el cambio en su sangre. Mi loba gime. Quiere cruzar la sala y sacar de aquí a esa mujer para llevarla a un sitio seguro.
—Alfa Bergstrom —saluda la directora Priebe—. Gracias por aceptar nuestra invitación.
—No tenía muchas opciones, ¿verdad? Cuando el Concilio “invita”, el resto solemos aceptar.
Gabi se gira. Error.
Error mío por no poder quitarle la vista de encima.
Nuestras miradas se cruzan durante medio segundo y el vínculo de compañeras me estalla como una descarga eléctrica. No sé si ella ha sentido algo, si es así, lo disimula muy bien.
Parece agotada: ojeras bajo los ojos, la mandíbula apretada, los hombros rígidos.
Ha estirado la manga izquierda hasta el puño y creo que sé por qué; el cristal avanza por su brazo.
Y a pesar de todo, mantiene esa actitud que dice a gritos que está dispuesta a arrancarle la cabeza a cualquiera que intente manipularla.
Ha sobrevivido diez años cazando monstruos. No le tiene miedo a nada.
—Cazadora Siete —saludo—. He leído en la citación que serás mi… compañera de trabajo.
La pausa antes de “compañera” fue mala idea. No debí usar esa palabra.
—Alfa. Espero que podamos colaborar de manera productiva —responde de vuelta.
Marsden parece fascinado, casi divertido. Que algo le interese a un vampiro de más de quinientos años no suele ser buena señal.
Nos sentamos juntas y, bajo la mesa, dejo que mi rodilla roce la suya. Sus venas brillan una décima de segundo bajo la piel y veo cómo se muerde la mejilla para no reaccionar.
Priebe presenta los datos. Mapa holográfico, veintitrés cristalizaciones.
Los Fae se declaran neutrales, como siempre; las Gemelas ni siquiera respondieron a la citación.
Marsden admite varios casos más no reportados hasta ahora, lo cual es interesante.
Cuando los depredadores admiten más pérdidas de las iniciales están pidiendo ayuda, aunque no lo reconozcan.
—¿Los habéis manejado cómo? —le pregunto cuando explica la situación—. ¿Destruyendo los cuerpos antes de que puedan ser estudiados?
Sonríe enseñando los colmillos.
Priebe propone la alianza: protección de Gabi en el territorio de los lobos a cambio de compartir todos los datos sin reservas de ningún tipo. Es el Concilio soltando la correa de su mejor cazadora solo lo justo como para usarla de cebo en mi terreno. No voy a permitirlo.
—Tengo condiciones —protesto.
El vampiro pone los ojos en blanco, pero se inclina sobre la mesa.
—Primera: la cazadora está a mi cargo mientras esté en mi territorio. No a cargo de Vestergaard. Tampoco a cargo del Concilio o de la directora Priebe. A mi cargo.
La directora asiente lentamente con la cabeza.
—Segunda: cualquier información sobre la plaga que afecte a mi manada se comparte primero conmigo. A continuación, con el resto.
La doctora Vestergaard protesta, pero Priebe le hace un gesto para que calle y acepta la condición.
Y ahora lo que más me preocupa.
—Tercera —suspiro, haciendo una larga pausa.
Mi loba quiere que lo diga como una orden; brutal y sin matices.
Yo necesito que suene como una medida política—.
No sabemos cómo avanza la cristalización.
Si la cazadora pierde el control mientras está en mi territorio, yo decido cómo se maneja esa situación.
No lo decide el Concilio y tampoco la doctora Vestergaard. Yo.
El silencio cae como una losa.
Sé muy bien lo que acabo de pedir o al menos a lo que suena. Parece que estoy reclamando la vida de una cazadora del Concilio delante de sus jefes. En el fondo, es la única manera de protegerla. Si la dejo en manos de la doctora Vestergaard, la abrirá en canal para estudiar lo que encuentre dentro.
La doctora palidece. Algo muy sutil. Probablemente nadie más lo ve. Pero yo huelo el miedo debajo del frío antes de que consiga esconderlo. Ella también quiere el control sobre Gabi.
La directora Priebe parece calcular lo que gana y lo que pierde. Sabe que necesita mi alianza. Que quizá no sea tan fácil retener a una cazadora rebelde que ya se ha fugado una vez. Nadie sabe cómo puede reaccionar cuando esa cristalización avance.
La reunión se arrastra de manera innecesaria con sus estúpidos protocolos y jurisdicciones, lo que aprovecho para rozar de nuevo mi rodilla contra la de Gabi, haciendo un esfuerzo descomunal para controlarme cuando me doy cuenta de que no la retira.
Marsden me detiene al salir, cuando los demás están recogiendo sus cosas.
—Bonito movimiento, lobezna. Un consejo gratuito de alguien que lleva cinco siglos observando a la gente cometer gravísimos errores: Vestergaard no es lo que aparenta.
Lo que hay debajo de esa piel es antiguo, Alfa.
Mucho más antiguo que yo. Y yo soy muy viejo —añade con un susurro que solo yo puedo escuchar—.
Y cuidado con eso de los vínculos… nunca acaba bien.
Se va antes de que pueda responder, deslizándose entre las sombras del pasillo.
Me quedo con sus palabras. Con el frío que despide la doctora Vestergaard. Con la certeza de que el viejo vampiro, por alguna razón que aún no entiendo, acaba de darme una información valiosa.