Capítulo 9
Gabriela
El Concilio me encuentra tres horas después de que Whisper desapareciese entre las sombras.
Vale, tampoco es que me escondiese mucho.
Prefiero afrontar los problemas a esquivarlos.
Estoy en mi apartamento, descalza en la cocina, intentando convencerme de que una ducha fría y un café cargado bastarán para borrar la sensación de sus manos en mi cintura, cuando alguien llama a la puerta.
No es un golpe educado. Es el tipo de golpe que grita a voces: “abre o la tiramos abajo”.
—Castillo, sabemos que estás ahí —escucho decir a Lawson, esta vez su voz parece tensa y agotada—. Por favor, no me hagas explicar a los de seguridad por qué tuve que destrozar la puerta de una compañera.
Mierda.
Considero mis opciones durante unos segundos.
No son muchas. Ventana: demasiado obvia, y probablemente habrá alguien vigilando el callejón.
Escalera de incendios: misma situación. Pelear: contra un equipo táctico del Concilio, con mi cuerpo convirtiéndose lentamente en cristal y el brazo izquierdo tan adormecido que apenas lo siento desde los nudillos al codo, no me da muchas posibilidades.
Así que abro la puerta.
Lawson está plantado de pie en el pasillo con cara de funeral.
Detrás de él, cuatro agentes de seguridad armados hasta los dientes que intentan parecer profesionales, aunque en el fondo creo que están cagados de miedo y la idea de enfrentarse a una cazadora les tiene al borde de un infarto.
El de la derecha todavía no ha quitado el seguro de su arma.
El de la izquierda sujeta el rifle como si fuese la primera vez que coge uno.
Los otros dos quizá podrían ofrecer más resistencia. Me quedo con sus caras, por si acaso.
—Gabi —suspira Lawson—. ¿Estás bien?
—Define bien.
—La directora Priebe quiere verte. Ahora.
—¿Y si digo que estoy muy ocupada?
La mirada de Lawson me dice todo lo que necesito saber. No tengo elección. Con el Concilio, nunca la tienes del todo.
—Dame cinco minutos para vestirme —murmuro.
Elijo la ropa esperando problemas, como si fuese de caza.
Pantalones tácticos, camisa oscura, botas con suficientes hebillas como para ser un arma si las cosas se ponen feas.
Escondo un cuchillo en cada bota y otro en la cintura, aunque sé que me los quitarán en cuanto lleguemos al edificio.
No importa. Ir sin armas es como salir desnuda. Puedes hacerlo, pero te sientes fatal.
Al abrocharme la camisa, paso los dedos por el brazo izquierdo.
Las venas plateadas han trepado desde la muñeca hasta el codo, finas como hilos de tela de araña, intrincadas y casi bonitas si no fuese porque significan que algo me está comiendo por dentro.
Tiro de la manga hasta el puño. Que no se note.
Es como cubrir una herida de bala con una tirita, pero la alternativa es que, si Vestergaard está con la directora y lo ve, decidirá otra vez que soy su rata de laboratorio favorita.
El viaje hasta la sede del Concilio es tenso. Lawson conduce con la mandíbula apretada y los nudillos blancos de tanto apretar el volante. Los agentes de seguridad van en el coche de atrás, probablemente con órdenes de dispararme si intento huir.
—¿Estoy metida en muchos problemas? —pregunto cuando el silencio se vuelve insoportable, aunque no despego la frente de la ventanilla.
—Unos cuantos —gruñe Lawson mientras capto su reflejo en el cristal—. Te fugaste de las instalaciones médicas. Agrediste a un guardia. Has estado desaparecida cuarenta y ocho horas mientras la ciudad se convierte en una especie de cementerio de cristal de criaturas sobrenaturales.
—Técnicamente, no agredí a nadie. Solo los… aparté de mi camino. Tenía mucha prisa, por si no lo habías notado.
—Uno tiene dos costillas rotas —protesta al tiempo que hace un sonido que podría ser una risa corta o un sollozo de frustración. Con él es difícil saberlo.
—Dime de una vez. ¿Qué me espera ahí adentro? Quiero estar preparada.
—Vestergaard quiere que te confinen en unas instalaciones especiales bajo su supervisión. Dice que eres un riesgo biológico y que la cristalización te hace impredecible. —Hace una pausa—. La directora Priebe no está de acuerdo. Todavía.
—¿Y qué quiere Priebe?
—Eso es lo que vamos a averiguar, pero me dijo que era muy importante para mantener la paz entre las especies y que no se declare una guerra. Las distintas facciones se están poniendo muy nerviosas —explica.
Cuando llego a la sala de conferencias, me encuentro con la primera sorpresa. No es tan solo la presencia de Victoria Vestergaard, que me espera junto a la ventana. Esa ya me la esperaba.
A quien no me esperaba encontrar es a Nathaniel Marsden. El vampiro más peligroso de Nueva York, según los archivos del Concilio. Sus ojos están completamente negros, lo que significa que tiene hambre o bien que le divierte parecer amenazador. Su sonrisa cuando me ve entrar está llena de colmillos.
—Cazadora Siete —saluda con voz suave, casi un siseo—. Qué placer. He oído cosas fascinantes sobre ti últimamente. Por desgracia, nunca nos habían presentado.
Ignoro el escalofrío que me recorre la espalda.
—Marsden. Creía que los vampiros viejos no madrugaban.
—Para ti puedo hacer excepciones.
—Castillo, siéntate —ordena la directora Priebe con voz autoritaria.
No es una sugerencia. Con ella, nada lo es.
Me siento en la silla más alejada de Victoria Vestergaard, aunque eso me sitúe justo al lado del viejo vampiro.
Cuentan cosas horribles sobre él. Al fin y al cabo, ha tenido algo más de 500 años de práctica para hacer todo tipo de atrocidades.
Y aun así, lo prefiero. Al menos sé a qué me enfrento, no como con esa doctora psicópata.
—Tienes cuarenta y ocho horas de ausencia sin autorización que necesito que expliques —dice Priebe—. Así que empieza.
—Es por culpa de esa —gruño, señalando hacia la doctora Vestergaard y tratando de parecer tranquila—. Además, estaba investigando.
—¿Investigando qué?
—La plaga. Las cristalizaciones. El hecho de que alguien está convirtiendo a seres sobrenaturales en esculturas de cristal y nadie parece saber por qué. —Dejo que mi mirada se deslice hacia Vestergaard—. O al menos, nadie que quiera compartir con los demás lo que sabe.
Vestergaard sonríe y me hace querer coger el cuchillo que no encontraron los guardias de la entrada y clavárselo en un ojo.
—Tengo venas de cristal creciendo bajo mi piel porque esa de ahí me inyectó algo —agrego, señalándola con el dedo índice.
—Nadie te inyectó nada —interviene Vestergaard—. La exposición ocurrió cuando tocaste el vampiro cristalizado en el ático. Los análisis lo confirman.
—¿Los análisis? —preguntan la directora y el vampiro casi al mismo tiempo.
Lo que me faltaba. Eso me confirma que la supuesta revisión médica no estaba autorizada.
El silencio que sigue es tenso como una cuerda a punto de romperse.
Por suerte, Marsden elige ese momento para intervenir.
—Si me permitís… —Se incorpora en su asiento, todo elegancia casi perezosa y peligro contenido, como si fuese un leopardo—.
El Consejo Vampírico ha perdido a ocho miembros en las últimas setenta y dos horas.
Ocho. No me importa quién está detrás de todo esto o por qué.
Me importa encontrar una solución —exige, desviando hacia mí la mirada—.
Y si la cazadora tiene información que pueda ayudar, sugiero que la escuchemos en lugar de ponernos a discutir.
Priebe parece considerarlo un momento.
—¿Qué encontraste en tu investigación, Castillo? —pregunta.
—Patrones —respondo, eligiendo las palabras con cuidado—.
Las cristalizaciones no son aleatorias. Están siguiendo líneas de poder sobrenatural; se concentran en puntos donde varias facciones interactúan.
Y cada víctima estaba en un momento de conexión activa cuando fue golpeada: lobos en vínculo de manada, vampiros alimentándose juntos, brujas haciendo magia en aquelarre.
—¿Y tu conclusión?
—Alguien ataca los vínculos, no a los individuos en concreto. Y no creo que sea aleatorio. Creo que está construyendo algo.
Marsden y Priebe intercambian una mirada que no sé interpretar.
—¿Construyendo qué? —inquiere el viejo vampiro.
—No lo sé todavía. Pero… necesito acceso al territorio de los lobos para continuar con la investigación. Varios de los puntos de cristalización están en zonas controladas por la manada de Manhattan.
—Absolutamente no —protesta Vestergaard—. En tu estado actual, exponerte a más fuentes de contaminación…
—La Alfa Bergstrom ha accedido a cooperar —suelto antes de poder controlar mis palabras.
El silencio que sigue es ensordecedor.
—¿Disculpa? ¿Qué acabas de decir? —Priebe me mira como si me hubiese crecido una segunda cabeza—. ¿Cuándo exactamente hablaste con la Alfa Bergstrom?
Mierda.
Mierda, mierda, mierda.
—Durante mi investigación —explico, intentando sonar casual—. Nuestros caminos se cruzaron por casualidad. Tiene tanto interés en resolver esto como nosotros. Su gente también está afectada y exigen una solución.
—Y simplemente… accedió a trabajar con una cazadora. A ver si lo he entendido bien. Una Alfa ha accedido a trabajar con una cazadora del Concilio —insiste la doctora Vestergaard, que ahora parece estar muy interesada en lo que acabo de decir.
—Ha puesto… algunas condiciones. Pero son razonables —miento.
Omito la parte en la que debo encontrarme con ella en un almacén a medianoche. O que, según ella, soy su compañera destinada, lo cual complica las cosas hasta el infinito.
—Esto es muy irregular —protesta la doctora Vestergaard—. Deberíamos…
—Es exactamente lo que necesitamos —interrumpe el vampiro, levantando una mano—. Una alianza con los lobos nos da acceso a datos que no tenemos ni podríamos conseguir. Siempre se han negado a colaborar.
—Está bien —accede la directora Priebe con un largo suspiro—. Trabajarás con la Alfa Bergstrom de manera oficial. Tendrás recursos del Concilio, pero operarás bajo su protección mientras estés en territorio de los lobos. Allí no tenemos jurisdicción.
Vestergaard parece a punto de explotar.
—Directora, la transformación de Castillo es impredecible. Si pierde el control en medio de una manada de lobos, será algo…
—Entonces será un problema de los lobos… y de Castillo —replica Priebe, encogiéndose de hombros—. La Alfa recibirá una citación formal en las próximas horas.
Espera.
¿Qué?
—¿Citación formal? —repito, sintiendo cómo mi plan se va a la mierda—. ¿Aquí? ¿En el Concilio?
—Claro que en el Concilio —responde la directora sin entender mi preocupación.
El vampiro se levanta de la silla y se estira como un gato satisfecho.
—Esto promete ser entretenido —susurra, sonriendo al pasar junto a mí—. Estas cosas no suelen terminar bien.
Luego desaparece por la puerta, dejándome con el corazón en la garganta y la sensación de que acabo de perder el poco control que me quedaba.
Es un auténtico desastre.
Mi abuela me habría dado un sopapo por ser tan estúpida.
Pero necesito respuestas.
Sobre la cristalización, sobre mi madre, sobre lo que Vestergaard está tramando. Y Whisper Bergstrom, me guste o no, es mi único contacto fuera del Concilio.
Si alguien puede ayudarme a entender lo que me está pasando antes de que esta cosa termine de comerme, es ella.
Es una alianza táctica. Nada más.
Si me lo repito lo suficiente, quizá me lo acabe creyendo.