El vínculo de cristal Capítulo 7
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Capítulo 7

Gabriela

Hay algo mal conmigo.

Y no me refiero solo a la cristalización, aunque eso también está jodidamente mal. Me refiero a la forma en que todo mi cuerpo reacciona a la presencia de esta mujer, como si alguien hubiese conectado cables eléctricos directamente a mi sistema nervioso.

Whisper Bergstrom.

La temida Alfa de la manada de Manhattan.

La había visto en fotos. Al fin y al cabo, el Concilio tiene expedientes completos de todos los líderes sobrenaturales de la ciudad.

Pero las fotos no son capaces de capturar esto.

El modo en que se mueve, con fluidez y peligro, cada uno de sus músculos preparado para la violencia.

No capturan esos ojos dorados que te desarman, aunque no quieras.

No consiguen captar esa belleza salvaje ni lo que me hace sentir.

No tiene ningún sentido lógico. La acabo de conocer y no precisamente en las mejores circunstancias. Y, aun así, cada vez que se acerca, las venas plateadas bajo mi piel pulsan más fuerte, como si la reconociesen… o como si la quisiesen.

Esto es una jodida locura. Llevo cazando sobrenaturales desde los dieciséis años. He matado a más vampiros de los que puedo contar, me he enfrentado a brujas y faes, a cosas que ni siquiera tienen nombre.

Nunca, jamás, he sentido algo así.

Y tiene que ser precisamente con una loba. Con una vampira, quizá lo entendería, pero ¿una loba?

—Tienes preguntas —murmura mientras caminamos hacia… en realidad no sé hacia dónde. Solo sé que cuando sugirió que fuésemos a un lugar más privado para hablar, dije que sí antes de que mi cerebro pudiese procesar la información.

—¿Puedes oler las preguntas? —ironizo.

—Puedo oler la confusión, el miedo. La… la atracción. Puedo oler muchas cosas.

Atracción.

Mierda.

—Debería estar muy enfadada contigo. En condiciones normales, posiblemente te habría matado —gruñe.

—¿Por qué?

—Porque eres una cazadora investigando en mi territorio sin autorización.

Porque mi gente se está convirtiendo en cristal y nadie sabe el motivo.

Porque no sé si de verdad actúas por tu cuenta o es una trampa del Concilio.

Porque… —Se detiene, y por primera vez veo algo parecido a vulnerabilidad en su rostro—.

Porque sentí que estabas aquí antes de que nadie me lo dijese. Lo sentí —recalca.

—¿Puedes explicarte mejor?

—Hay algo que deberías saber sobre los lobos —dice tan bajito que apenas puedo escucharla—. Sobre los Alfas en particular.

Se acerca tanto a mí que puedo sentir el calor de su cuerpo. Veo las pequeñas cicatrices en su mandíbula, las joyas de plata y turquesa en su cuello, la forma en que su pecho sube y baja con una respiración que ahora se ha acelerado tanto como la mía.

—Tenemos algo llamado alma gemela, una especie de compañera destinada que somos incapaces de rechazar. Es… es como encontrar a la otra mitad de tu alma. Instantáneo. Inevitable. Permanente.

Hace una pausa muy larga. Y casi diría que se siente avergonzada.

—¿Y? No tengo tiempo para acertijos, así que acelera.

—Y hace dos días empecé a sentir un tirón hacia el sur de la ciudad. Un tirón que no podía explicar, algo que no tenía sentido —admite, clavándome la mirada y sus ojos se han vuelto color ámbar de nuevo. Hay algo desesperado en su mirada, algo salvaje—. Hasta ahora.

—Lo siento, pero no te sigo.

—Te estoy diciendo que mi loba te reconoce, Gabi. Estoy diciendo que eres mi compañera. Y estoy diciendo que esto es la peor cosa que podría habernos pasado a las dos.

—¿De verdad me consideras tan fea?

Trato de bromear, pero lo cierto es que por dentro estoy temblando.

—Ese comentario no tiene ninguna gracia —protesta—. Esto es muy serio.

—No te ofendas, pero eso es una gilipollez.

Y que conste que te lo digo con todo el respeto del mundo.

Sé que eres una Alfa y todo eso, pero… Te recuerdo que yo soy humana.

O lo era, al menos —corrijo, pasándome una mano por el pelo—.

Sea lo que sea lo que me está pasando, no soy una loba.

No puedo tener un vínculo de compañeras, ni alma gemela, ni ninguna de esas cosas que os pasan a vosotros. Conmigo no funcionaría.

—Y aun así, aquí estamos —susurra, borrando por completo la distancia entre nosotras y rozando con la punta de los dedos mi mejilla.

El contacto es como un cortocircuito.

Las venas plateadas bajo mi piel queman. Whisper suspira, colocando su otra mano en mi cintura y atrayéndome hacia ella, como si reclamase mi cuerpo.

Y entonces lo siento.

No es como el tirón de antes. Es más. Es todo. Como si alguien hubiese abierto una puerta en mi pecho y dejado entrar un huracán. Siento su hambre, su confusión, su deseo feroz. Siento a su loba, enorme, absolutamente convencida de que le pertenezco.

—Joder —susurro.

—Sí. Joder.

—Espera, espera, que corra el aire entre nosotras, ¿vale?

—protesto, poniendo ambas manos en su pecho para separarla de mí a pesar de que lo que quiero es quitarle la ropa aquí mismo—.

Creo que te estás confundiendo. Quizá esto te funciona en un bar de copas, estoy totalmente segura de que ligas mucho y esas cosas.

Y la verdad es que queda muy bonito lo de que estamos destinadas la una a la otra y toda esa mierda.

Reconozco que te hace sentir especial, pero conmigo no te va a funcionar.

Te recuerdo que yo soy una cazadora. Humana —puntualizo—. Y tú eres una Alfa. Una loba.

Mierda. Cada átomo de mi cuerpo me grita que la bese. Que acaricie su cuerpo desnudo. Que me rinda a esta locura. Pero no tiene ningún sentido.

Whisper desvía la mirada hacia el techo, y puedo observar la terrible frustración que siente en estos instantes.

—Mira, para mí esto es una complicación.

Tremenda. Mi manada me va a destrozar cuando lo descubran.

Y a ti el Concilio te quemará viva. Eso asumiendo que sobrevivas a lo que sea que te está pasando con lo de la cristalización.

Es un auténtico desastre. Si piensas que es solamente un truquito para acostarme contigo, estás muy equivocada —protesta, dejando escapar un largo soplido.

—Vale, vamos paso a paso, ¿qué te parece?

De momento, creo que tenemos el mismo objetivo.

Lo más urgente es detener toda esta mierda de las cristalizaciones.

Por si no te has dado cuenta, me afecta de manera personal y tú eres la Alfa de tu manada; supongo que ellos esperan que hagas algo.

Luego ya pensaremos en todo eso de la pareja destinada y esas cosas, incluido lo de acostarnos juntas —propongo.

Simplemente asiente despacio con la cabeza.

—La doctora Vestergaard. No sé si trabaja para el Concilio o actúa por libre.

Solo sé que está como una cabra. Pero una cabra muy peligrosa.

Creo que intenta crear una especie de raza superior o algo así.

No lo sé. Me sacó sangre, pero me escapé de las instalaciones del Concilio antes de que ella pudiese seguir con sus análisis.

Ahora mismo no sé si todavía sigo trabajando para el Concilio o si me persiguen para llevarme otra vez con esa psicópata. Te propongo colaborar.

—Mi manada no va a aceptar eso —se queja, negando rápido con la cabeza—. Tengo a uno de los ejecutores buscando excusas para desafiarme. Si llevo a una cazadora al recinto… Si colaboro con alguien del Concilio…

—No tiene que saberlo nadie o al menos, todavía no. Y, sobre todo, no les digas nada de tu teoría sobre la pareja destinada —le advierto, alzando las cejas.

—No puedo esconderte. Te olerían en un segundo.

—Hay un almacén abandonado en el Muelle 17. Lo usé como base durante mis primeros años como cazadora. Nadie sabe que existe.

—¿Quieres que nos veamos a escondidas? —pregunta con un atisbo de diversión—. ¿Como una aventura prohibida?

—Bueno, dicho así queda fatal. Quiero sobrevivir, eso lo primero. Quiero detener a Vestergaard antes de que cristalice a más gente. Y quiero entender qué coño me está pasando antes de convertirme en otro de sus experimentos. Si eso significa trabajar con una loba en secreto, lo haré —le aseguro.

Entonces sonríe, y es la cosa más peligrosa que he visto en mi vida. Más peligrosa que los vampiros. Más peligrosa que Vestergaard y todos sus experimentos juntos.

—Muelle 17 —repite con un guiño de ojo que me deja temblando—. Mañana a medianoche. Y Gabi —susurra, acercándose ahora tanto que sus labios rozan mi oreja—. Lo que hay entre nosotras, este vínculo… no va a desaparecer por mucho que tú intentes ignorarlo.