El vínculo de cristal Capítulo 6
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Capítulo 6

Whisper

Dos días sin dormir y mi loba está a punto de arrancarle la garganta al primero que me mire mal.

No es culpa de nadie en particular, sino más bien la acumulación de muchas cosas: Ava cristalizada en la enfermería, sus ojos siguiendo mis movimientos con una mirada vacía que me destroza por dentro.

Brianna, su novia, se niega a abandonarla incluso si su propia cristalización avanza de manera inexorable cada hora que pasa.

Y mientras tanto, Dereck y sus buitres rondan los pasillos como si ya pudiesen oler mi debilidad.

Y ese tirón en mi pecho.

Empezó hace dos noches. Un hilo invisible enganchado en algún lugar detrás de mi esternón, tirando de mí hacia el sur de la ciudad.

He tratado de ignorarlo, de negarlo, de convencerme a mí misma de que era tan solo producto del estrés.

Pero es inútil. Sé que es mi alma gemela en algún lugar, mi compañera esperando ser encontrada.

—Alfa.

River entra en mi despacho sin llamar. No lo necesita. Sus ojeras son casi tan profundas como las mías y huele demasiado a café.

—¿Qué pasa ahora? —gruño—. Por favor, dime que no hay más problemas porque estoy a punto de volverme loca y quemar la jodida ciudad.

—Me acaban de informar desde la zona este de nuestro territorio —anuncia, dejándose caer en la silla frente a mi mesa de despacho—. Hay alguien investigando los puntos donde encontramos a las víctimas.

—¿Alguien?

—Una cazadora. Va sola, sin autorización del Concilio, según nuestros contactos —agrega, encogiéndose de hombros.

Me incorporo lentamente en la silla. Esto es nuevo. Y muy sospechoso.

—¿Estás segura de que el Concilio no la ha enviado? —insisto, frunciendo el ceño y sin entender nada.

—No oficialmente, al menos. Nuestro informante dice que hay una cazadora desaparecida desde hace cuarenta y ocho horas. Dicen que se fugó de las instalaciones médicas después de un altercado con alguien del departamento de investigación o algo así.

Cuarenta y ocho horas. Justo cuando empezó ese maldito tirón en mi pecho.

—¿Tenemos su descripción? ¿Habéis pensado que el Concilio puede estar tendiéndonos una trampa? Quizá están simulando que actúa por su cuenta y en el fondo es justo la persona que está atacando a los lobos infectados.

—Supongo que es una posibilidad. Lo único que sabemos es que es una mujer de pelo oscuro, latina.

Es una de las cazadoras de élite del Concilio, alguien con la que es mejor no meterse —mi hermana hace una larga pausa—.

Ha estado en el lugar donde encontramos a Brianna.

Tocó las paredes y el suelo, como si pudiese ver algo que nosotros no.

—Ya, o como si estuviese colocando algo muy tóxico para nosotros. Voy a echar un vistazo —anuncio, cogiendo mis armas.

—Whisper, no deberías…

—No te estoy pidiendo permiso. Si hay una cazadora en mi territorio sin autorización, necesito saber por qué. Y si tiene información sobre la plaga… o la está causando ella…

—Podría ser una trampa —me advierte River.

—También podría ser nuestra única pista —rebato mientras cojo mi chaqueta de cuero del respaldo de la silla—. Mantén a Dereck ocupado con algo, no quiero que siga metiendo mierda ni que se entere de lo de la cazadora. Sobre todo, que no sepa dónde estoy —ordeno antes de salir.

River pone los ojos en blanco, mirándome con esa expresión que conozco bien desde que éramos niñas. Esa que me dice, “un día de estos te terminarán matando por cabezota”, sin necesidad de palabras.

—Ten cuidado —suspira.

—No es tan fácil hacerme daño.

—Pero no tenemos ni idea de a qué nos enfrentamos. Y te recuerdo que es una cazadora de élite —agrega.

***

La sigo durante no más de cinco minutos antes de que me detecte.

Es buena. Muy buena, tengo que reconocerlo. Se mueve por las calles de Manhattan como un fantasma, mezclándose con las sombras, evitando las cámaras de seguridad. Supongo que ha pasado años cazando cosas que no quieren ser encontradas.

Pero yo soy mejor.

La observo desde los tejados mientras examina otro de los puntos de cristalización: un callejón en Chelsea donde encontramos a un vampiro convertido en estatua de obsidiana hace tres días.

Se arrodilla junto a la marca que dejó el cuerpo y pasa los dedos por el suelo de una forma que hace que mi loba incline la cabeza con interés.

Está buscando algo muy específico.

Y entonces lo siento de nuevo.

El tirón en mi pecho se intensifica de golpe, como si alguien hubiese agarrado ese hilo invisible y tirado de un modo brutal.

Mi loba surge tan rápido que mis ojos cambian a dorado y, de pronto, lo veo todo más nítido: los latidos del corazón de la cazadora, el olor de su champú, el calor de su cuerpo brillando como una hoguera en la fría noche.

No.

No, joder, no. No puede ser. Esto no.

Compañera.

La palabra resuena en mi cabeza con la fuerza de un trueno. Mi loba aúlla triunfante, hambrienta, queriendo escapar de mi control con una fuerza que no he sentido jamás. Quiere bajar ahí. Quiere acercarse. Quiere…

Reclamar.

Marcar.

Mía.

Esto no puede estar pasando. No ahora. Mucho menos con una cazadora del Concilio, por el amor de todos los antiguos dioses.

La cazadora levanta la cabeza de golpe y me ve.

Mierda.

Debería irme y regresar con mi manada. Encerrarme en mi habitación y fingir que esto no ha pasado.

Buscar otra forma de investigar la plaga.

Mantenerme lo más lejos posible de esta mujer que acaba de poner mi mundo patas arriba con su mera existencia.

Porque esto no es real. Quizá es esa toxina que me hace tener alucinaciones.

Mi loba tiene otras ideas.

Antes de que pueda evitarlo, bajo por la escalera de incendios haciendo demasiado ruido. Tan rápido, que la cazadora se gira y saca una katana con una velocidad de vértigo.

—No te lo recomiendo —le advierto.

Me clava la mirada.

Y todo mi mundo se detiene.

Es guapa. No, imagino que guapa no es la palabra correcta. Es devastadora de una forma que me golpea como un puñetazo en el estómago. Pelo oscuro recogido en una trenza, brazos bien definidos, ojos marrones con motas que parecen… ¿plateadas?

Y hay algo más. Algo bajo su piel que brilla débilmente, como venas de luz intentando abrirse paso hacia la superficie.

Y mi loba se vuelve absolutamente loca.

—¿Quién coño eres? ¿Te envía el Concilio?

La cazadora me señala con la katana. Bien. Tiene sentido común.

—Soy la Alfa de este territorio —anuncio, acercándome a ella despacio—. La pregunta es quién coño eres tú, y qué haces investigando en mis calles sin permiso.

—Whisper Bergstrom —susurra, y mi nombre en su boca consigue que mis piernas tiemblen—. He oído hablar de ti.

—Seguro que sí. El Concilio tiene un expediente muy completo sobre mí.

Me acerco más. Estamos a menos de tres metros ahora. Puedo oler su pulso acelerándose, el calor de su piel, ese aroma que se graba en mi cerebro como un hierro candente. Puedo sentir una excitación que no me permite pensar con claridad.

—Pero tú no estás aquí por el Concilio, ¿verdad? Mis fuentes dicen que te fugaste hace dos días. ¿Es eso cierto?

—Tus fuentes deberían meterse en sus propios asuntos.

—Tus asuntos son mis asuntos cuando alguien ataca a mi gente y te metes en mi territorio sin permiso —gruño, tratando de parecer amenazante, aunque empiece a sentir cosas en cierta parte de mi cuerpo que prefiero no analizar.

—Tu gente no es la única que está muriendo —masculla entre dientes.

—¿Qué sabes sobre la plaga?

—Probablemente más que tú. Y si dejas de intentar intimidarme, quizá te lo cuente —anuncia, finalmente bajando la katana, aunque su postura sigue siendo defensiva. Está muy bien entrenada.

Mi loba gruñe. Nadie le habla así a una Alfa. Nadie. Por muy cazadora de élite que sea.

Pero hay una parte de mí que tiene serios problemas para pensar con claridad y empiezo a estar más preocupada por el cosquilleo en la parte baja del vientre que en mi seguridad.

—Tienes treinta segundos para convencerme de que no te arrastre al recinto de la manada para un interrogatorio formal —le advierto.

—No sé qué te hace pensar que podrías hacerlo tú sola, pero bueno.

Puedo ver cosas —suelta de golpe—. En los lugares donde la gente se cristaliza.

Visiones. Conexiones. Sé quién está detrás de esto, o al menos tengo una idea bastante clara de quién es.

Y sé que va a empeorar mucho si no la detenemos.

—¿Detenemos?

—A ti te conviene pararlo tanto como a mí —explica.

—¿Tienes visiones? ¿Como las Gemelas Fae? —inquiero sin ser capaz de entender lo que dice.

—Es complicado —responde de un modo críptico.

Entonces hace algo que no esperaba.

Se sube la manga de la chaqueta.

Unas venas plateadas brillan bajo su piel como si fuesen circuitos hechos de luz. Se extienden desde su muñeca hasta perderse bajo la ropa. Son hermosas, antinaturales, pero hermosas. Y mientras las miro, pulsan suavemente, como si respondiesen a mi presencia.

—Me estoy convirtiendo en uno de ellos —explica. Lo dice sin miedo, controlando la voz—. Me queda poco tiempo antes de perder el control por completo. Días, quizá. Así que perdona si no me interesan tus jueguecitos con manadas de lobos.

He encontrado a mi compañera y se está cristalizando. El universo tiene un sentido del humor de mierda.

—¿Cómo te llamas? —pregunto, porque de repente necesito su nombre más que el propio aire que respiro.

—Gabriela. Gabi.

—Gabi —repito mientras dejo escapar un suspiro que no sabía que estaba reteniendo—. Creo que tenemos mucho de qué hablar.