Capítulo 5
Gabriela
—No tengo ni idea de lo que hablas —me quejo, chasqueando la lengua con desdén.
—Por supuesto que no —ironiza la doctora Vestergaard, acercándose de nuevo—. El Concilio se aseguró de que no lo supieses. Después de lo que pasó con Marina, decidieron que lo mejor era mantenerte en la ignorancia. Más… manejable.
—Mi madre murió cuando yo era una niña —repito—. Y era una persona normal y corriente, no una de esas… ¿cómo lo has llamado?
—Tu madre era muchas cosas, pero de normal y corriente tenía muy poco —insiste Vestergaard, inclinándose hacia delante—. Podía ver a través de cualquier superficie reflectante. Caminar por lugares que el resto de las personas ni siquiera puede imaginar. Era muy especial —concluye.
Un recuerdo del pasado surge sin permiso, es tan vívido que casi puedo oler su perfume. Jazmín y vainilla, con ligeros toques de madera. Lo he buscado, pero nunca encuentro uno igual.
Tenía diez años. Estaba sentada frente al tocador de su habitación mientras me peinaba.
Era antiguo, de madera oscura, con un espejo ovalado que siempre me pareció mágico.
Me acuerdo bien de aquel día porque había estado jugando y tenía el pelo lleno de nudos.
Miré nuestro reflejo en aquel espejo y me sorprendió cómo su piel color miel parecía brillar de un modo extraño.
—Los espejos muestran más de lo que la gente cree, Gabi —susurró, buscando mi mirada.
Le pregunté qué quería decir.
Su rostro cambió de pronto.
—Algún día lo entenderás. Cuando estés lista —fue su única respuesta.
Insistí, pero ella no respondió. Solo siguió peinándome, tarareando una canción que no conocía. Una melodía que parecía resonar desde muy lejos, de otro tiempo o quizá de otro lugar.
Pero lo que más me llamaba la atención fueron las velas.
Siempre había velas en la habitación de mi madre, docenas de ellas en distintos estados de derretimiento.
Olían a lavanda. Pero nunca vi cerillas.
Nunca vi un mechero. Las velas simplemente…
se encendían cuando ella las miraba. O eso me parecía, al menos.
Un segundo estaban apagadas, y al siguiente una llama danzaba en la mecha, parecía que siempre hubiese estado ahí.
Yo solía aplaudir, pensando que era el mejor truco de magia del mundo.
—Veo que empiezas a recordar —la voz de Vestergaard me arranca del pasado y me devuelve bruscamente a la realidad—. Tu madre tenía un talento extraordinario. Y cuando canalizaba su poder al máximo…
Hace una pausa algo dramática. Odio que funcione. Odio estar pendiente de cada palabra que sale de la boca de una mujer que seguramente está medio loca o es una mentirosa compulsiva.
—Podía reflejar su naturaleza de forma tan intensa que quemaba.
—¿Quemaba?
—La verdad de la naturaleza de cada uno puede doler, Gabriela. Para un caminante de espejos, es algo físico. Los espejos no solo muestran la realidad, pueden hacerla arder.
Me quedo mirándola. Esperando que se ría, que admita que es una broma, que todo esto es algún tipo de prueba psicológica demasiado retorcida, diseñada por el Concilio para evaluar mi estabilidad emocional.
No lo hace. Su expresión permanece seria, casi reverente.
—Imagina lo que podrías hacer tú con el entrenamiento adecuado —añade, aunque su tono de voz cambia. Ya no es científico. Es posesivo. He conocido a muchos monstruos a lo largo de mi vida, y ese es el tono de quien ve algo que quiere conseguir a toda costa, sin importar las consecuencias.
—Tu madre era la más fuerte que encontré en más de un siglo.
—¿Encontraste? ¿Acabas de decir más de un siglo?
“Encontré”, no “conocí”. Como si mi madre hubiese sido algo que había buscado… o cazado. Y lo de más de un siglo ya es la gota que colma el vaso.
—¡Lawson! Hemos terminado aquí. Nos vamos —anuncio, sin apartar la mirada de la doctora.
—Oh, no. No, no, no —dice, negando con la cabeza, parece que la idea de que pudiese irme fuese algo absurdo—. Acabamos de empezar. Necesito 48 horas para estudiar tu progresión. Es por tu seguridad.
—No —zanjo.
—No era una sugerencia, Gabriela. El Concilio me ha dado plenos poderes sobre tu caso.
Desvío la mirada hacia Lawson. Está pálido, más pálido de lo que le he visto nunca, pero asiente casi imperceptiblemente. Un movimiento tan pequeño que Vestergaard no lo nota.
—Doctora Vestergaard —anuncia mi compañero.
Utiliza el mismo tono de voz que usa cuando está a punto de hacer algo realmente estúpido, como salvarme sin importar las consecuencias que le esperen más tarde por parte del Concilio—.
¿Podría explicarme exactamente qué protocolo está siguiendo?
Necesito documentarlo para el informe oficial.
Ya sabe cómo es la directora Priebe con todo eso del papeleo.
Si no tengo todo en orden, me cuelga de los pulgares.
Vestergaard se gira hacia él, visiblemente irritada por haber sido interrumpida.
Es todo lo que necesito.
Corro.
Salgo a toda prisa por la puerta mientras escucho gritos detrás de mí. Conozco esta zona del edificio a la perfección, pasé aquí demasiado tiempo.
—¡Detenedla! —chilla la doctora Vestergaard.
Un guardia de seguridad aparece frente a mí. Lo esquivo, usando su propio impulso para lanzarlo contra la pared. No me detengo para ver si se levanta.
Más alarmas. Luces rojas. Gritos.
—¡No dejéis que se escape!
Años como cazadora y miles de horas de entrenamiento me han dado reflejos que la mayoría de la gente no puede igualar, una velocidad que viene de saber que un segundo de vacilación puede significar la muerte.
Y entonces paso frente a un espejo.
Es uno de esos espejos de cuerpo completo que hay en todas las instalaciones del Concilio. Un absurdo protocolo para que todo el mundo compruebe que no tiene restos visibles de sangre antes de regresar al mundo real.
Por un segundo me veo.
Pero no soy yo.
Mi reflejo tiene venas plateadas que brillan bajo la piel. Se extienden desde mi pecho hacia la garganta, forman patrones intrincados. Hermosos de un modo antinatural. Absolutamente terroríficos al mismo tiempo.
Y siento calor.
Dentro de mí. Algo que quiere salir, que quiere expandirse y brillar y quemar…
Parpadeo y el reflejo vuelve a ser normal. Gabi, sudorosa, corriendo por su vida a través de los pasillos de las instalaciones médicas del Concilio.
Encuentro una salida de emergencia. La puerta cede en cuanto empujo la barra con todas mis fuerzas, dando paso a un callejón oscuro.
Corro hacia mi moto. La aparqué a dos manzanas, siguiendo el protocolo estándar de “siempre tener preparada una ruta de escape”.
Por primera vez en mi vida estoy agradecida por los infinitos protocolos de esta organización.
Arranco la moto y me pierdo entre el tráfico, cambiando de carril sin ni siquiera poner los intermitentes, comprobando en todo momento si me siguen. Solo cuando estoy completamente segura de que nadie lo hace, aparco la moto en un callejón oscuro y me permito pensar.
Nada tiene sentido. Seguramente es una loca. Imagino que el Concilio tiene gente de todo tipo a su servicio. Una mentirosa. Quizá ni siquiera tiene permiso de la directora Priebe para evaluarme. Probablemente recibiré una disculpa mañana, una vez que Lawson la informe de lo que ha ocurrido.
El teléfono vibra en mi bolsillo.
Mensaje de un número desconocido.
“La evolución no puede detenerse, Gabriela. Solo retrasarse. Te estaré esperando cuando estés preparada. Buena fuga —V.”
Lo borro.
Definitivamente esa mujer está como una cabra.