Capítulo 4
Gabriela
Conozco la sala médica del Concilio casi como la palma de mi mano porque he pasado más noches aquí de las que me gustaría admitir.
Cacerías que salieron mal, huesos rotos, heridas abiertas y, sobre todo, saber con certeza que cada vez que me traían a este jodido lugar era porque había cometido un error que no debía repetir.
Recuerdo bien la primera vez. Tenía dieciséis años y tres costillas rotas. Mientras la enfermera me vendaba el torso dijo que tenía suerte de seguir viva. No había compasión en su mirada, simplemente escupió el dato. No sé si para asustarme o como una advertencia. O quizá solo estaba aburrida.
Esta vez es diferente. No tengo heridas visibles.
Solo un vampiro cristalizado que no consigo sacar de mi mente. Y una visión que probablemente sea una alucinación sin importancia.
Probablemente.
En este lugar, los pasillos son blancos y estériles, diseñados para recordarte que aquí no eres una persona. Eres solamente un activo del Concilio que necesita ser curado para poder seguir cumpliendo su cometido.
Agradezco que Lawson me acompañe, aunque no diga ni una sola palabra.
Hoy parece que le ha comido la lengua el gato y camina con esa rigidez que adopta cuando está preocupado y no quiere admitirlo.
Conozco bien esa postura. La he visto en demasiadas ocasiones a lo largo de los años.
Normalmente justo antes de que las cosas se pongan muy mal.
—Puedes largarte, ¿eh? Que no necesito una niñera —mascullo entre dientes.
—Ya. Si te dejo sola, te marcharías de inmediato —responde sin mirarme—. No soy idiota, Gabi. Sé lo poco que te gustan los médicos.
Supongo que tiene razón. Estoy a punto de escaparme, con o sin él.
Pero me siento en la camilla y espero.
Y espero.
Lawson se apoya contra la pared, al lado de la puerta, y resopla mientras comprueba algo en su teléfono móvil.
No me mira, pero sé que me está vigilando.
Siempre vigila. Eso me encanta: su lealtad silenciosa, la forma de estar siempre ahí sin necesidad de palabras.
Es de las pocas personas en las que confío dentro del Concilio.
Quizá la única.
—¿Cuánto tiempo va a tardar el jodido médico? —protesto, pasando una mano por el pelo.
—No es un médico —murmura, y por algún motivo, hay algo en su voz que no me gusta lo más mínimo.
Es una vacilación casi imperceptible, pero sobre todo, cómo evita mi mirada—.
Es una especialista. Solicitó de manera expresa examinarte cuando llegó el informe de tu contacto con el cristal.
Tiene el visto bueno de la directora Priebe.
—¿Solicitó de manera expresa? —repito, sintiendo cómo mi instinto de supervivencia se despierta como si me acabasen de tirar un jarro de agua con hielo.
Las alarmas en mi cabeza empiezan a sonar, aunque todavía no sé por qué—.
¿Quién coño tiene autoridad para solicitar de manera expresa algo sobre mí y que la directora dé el visto bueno?
Lawson no responde. Solo se encoge de hombros como diciendo: “no me pagan lo suficiente para esta mierda”. Es su forma de decirme que hay cosas que no puede contarme, o que prefiere no hacerlo.
O que quizá no lo sabe.
Genial. Todo muy tranquilizador.
Antes de que pueda presionar más, la puerta se abre.
La mujer que entra no es lo que esperaba.
Es bastante alta, quizá un metro setenta y ocho, con un pelo blanco que cae perfectamente liso hasta sus hombros.
No tiene ni un solo cabello fuera de lugar, como si hubiese sido peinado por un robot o si el pelo mismo tuviese demasiado miedo de desobedecerla.
Sus ojos son casi incoloros, de un gris tan pálido que parece que te atraviesa.
Su bata blanca está tan bien planchada como el traje que lleva debajo.
No me gusta. No sé por qué, pero no me gusta.
Se mueve de un modo extraño. Demasiado fluido para su edad.
Parece una serpiente que ha aprendido a caminar erguida, pero que no ha conseguido imitar del todo los movimientos de los humanos.
O un depredador que finge ser presa para acercarse a su víctima.
He cazado demasiados monstruos en mi vida y ahora mismo, mis instintos de cazadora gritan a voces que salga corriendo de aquí mientras todavía pueda. Ojalá tuviese a mano mi katana.
No es vampira. Habría notado el ligero frío que emana su cuerpo, la ausencia de calor vital que hace que se te erice el vello de los brazos cuando se acercan demasiado. Tampoco es loba. No tiene el aroma a bosque y a peligro que ningún perfume puede disfrazar del todo.
Tampoco Fae. Ni bruja.
Es algo diferente.
Y no me gusta.
—Gabriela Castillo —saluda.
Su voz es casi musical, hipnótica. Te hace querer retroceder y al mismo tiempo escuchar más.
—He esperado mucho tiempo para conocerte —agrega.
—¿Disculpa?
Se acerca, y tengo que resistir el impulso de bajarme de la camilla y poner distancia entre nosotras. Es un instinto primitivo que grita “peligro” aunque no puedas ver los colmillos o las garras, aunque no haya ninguna amenaza visible.
—Soy la doctora Victoria Vestergaard —se presenta, extendiendo una mano que no acepto. Sus dedos son largos, elegantes, las uñas bien cuidadas—. Dirijo el departamento de investigación de fenómenos anómalos del Concilio.
—En el Concilio todos los fenómenos son anómalos —protesto—. Y nunca he oído hablar de ese departamento.
—Pocos lo conocen. Nuestro trabajo es… discreto. Nos ocupamos de las cosas que no encajan en las categorías normales. Ya sabes, las excepciones. Las cosas que no dejan dormir a los líderes del Concilio por las noches. Como vampiros que se cristalizan desde dentro, por ejemplo —añade.
Se acerca más y se me revuelve el estómago. Me mira con una intensidad extraña.
—Fascinante —murmura, más para sí misma que para mí.
Siento el frío de sus guantes en la cara, en el cuello, en las manos. Desabrocha dos botones de mi camisa para observar algo en mi escote y lo roza con la punta de sus dedos.
Pocas cosas me asustan en esta vida. Al fin y al cabo, me gano la vida cazando monstruos.
De manera literal. Pero algo en esta mujer me da miedo.
El modo en que me mira, cómo roza mi piel.
Para ella no soy una paciente, soy una rata de laboratorio.
Es como si estuviese convencida de que mi cuerpo le pertenece a ella, o al Concilio, y no a mí.
Coge un estuche del armario y empieza a preparar instrumentos. Agujas, tubos de ensayo, otras cosas que no reconozco y que nunca he visto, pero que parecen diseñados para un laboratorio de ciencia ficción más que para una sala médica normal.
—Necesito una muestra de sangre —anuncia sin mirarme.
—¿Para qué?
—Para confirmar lo que ya sospecho.
Miro a Lawson. El muy cabrón se encoge de hombros. Vale. Muy útil. Mi supuesto compañero y respaldo, y lo único que hace es quedarse ahí como si fuese un mueble inútil.
Extiendo el brazo a regañadientes. El pinchazo de la aguja es casi imperceptible. Muy profesional. Observo mi sangre llenando el tubo, roja y normal.
O eso creo hasta que Vestergaard lo sostiene contra la luz fluorescente.
Hay algo en mi sangre. Diminutos destellos que brillan como esquirlas de cristal suspendidas en el líquido rojo.
Como si alguien hubiese molido diamantes microscópicos y los hubiese mezclado con mi plasma.
Giran con lentitud, captando la luz y creando pequeños arcoíris que no deberían existir. Son hermosos de un modo que me aterra.
—¿Qué coño es eso? —gruño.
Vestergaard no responde de manera inmediata.
Sonríe y se acerca a un microscopio, coloca una gota de mi sangre en un portaobjetos y la examina durante lo que parecen horas, aunque probablemente sea solo uno o dos minutos.
Ajusta los controles, murmura algo inaudible, vuelve a ajustar.
Su expresión es de absoluta concentración, como si hubiese encontrado exactamente lo que buscaba después de mucho, mucho tiempo.
Cuando levanta la cabeza, sonríe de nuevo.
Ahora sí es la sonrisa de un depredador que ha acorralado a su presa. La conozco bien.
—Las estructuras cristalinas en tu sangre son casi idénticas a las de tu madre —dice sin más.
Se me hiela la sangre.
—¿Qué coño has dicho?
—Tu madre. Marina Castillo —Vestergaard pronuncia el nombre con una familiaridad que me provoca ganas de vomitar—. La conocía bastante bien. Era… especial.
Me bajo de la camilla a pesar de que mi compañero trata de impedírmelo.
—Mi madre murió en un accidente de coche cuando yo tenía doce años —le informo, aunque probablemente ya lo sabe.
—¿Eso es lo que te contaron? —Vestergaard ladea la cabeza y me estudia como si estuviese muy interesada en cada una de mis reacciones—. Qué… conveniente.
—Dime qué está pasando o te juro que me largo de aquí ahora mismo —exijo, alzando la voz.
Vestergaard suspira, como si mi actitud la decepcionase. Parece una maestra explicando algo a una alumna un poco lenta que se niega a entender la lección.
—Está bien. Siéntate —ordena, señalando con el dedo índice hacia una de las sillas.
No me siento. Me quedo exactamente donde estoy, con los puños cerrados y cada músculo preparado para pelear. O para huir. Lo que sea más conveniente. He sobrevivido diez años en este trabajo porque nunca bajo la guardia. No voy a empezar ahora, y mucho menos con esta mujer.
Vestergaard parece divertida por mi resistencia. Como si fuese un gatito que se cree tigre. Y eso me molesta.
Me molesta mucho.
—Estás evolucionando, Gabriela. Te estás convirtiendo en lo que siempre debiste ser —sisea sin dar más explicaciones.
—¿Y qué se supone que debo ser?
—Una caminante de espejos. Como tu madre.