Capítulo 3
Whisper
Santos me embiste con el hombro y caemos los dos sobre la colchoneta, aunque consigo sujetar su tobillo para ganar ventaja.
—Vamos a repetirlo —anuncio mientras me pongo en pie—. Puedo oler tu intención antes de que te muevas.
Por supuesto, no es cierto, solo lo hago para provocarle.
Ese chico tiene un potencial increíble. Santos gruñe, aunque se levanta, dándose varias palmadas en los cuádriceps.
Es joven, apenas veinte años, y la luna llena le vuelve temerario.
Bien. Necesita aprender a mantener el control cuando el tirón lunar es más fuerte, cuando cada instinto grita que se rinda al lobo que lleva dentro.
—Joder, Alfa —protesta mientras se frota el hombro donde le he golpeado—. ¿Alguna vez te cansas de darme palizas?
El almacén que utilizamos como gimnasio es una auténtica locura esta noche. Cada vez que hay luna llena ocurre lo mismo, sobre todo con los lobos más jóvenes. Se vuelven agresivos. Demasiado.
Treinta lobos en el entrenamiento de hoy.
Puedo sentir a cada uno de ellos a través del vínculo de la manada.
Un fino hilo de conexión que me dice quién se está esforzando, quién se contiene y quién está a punto de perder el control.
Es como tener treinta latidos adicionales en mi pecho y, en noches como esta, a veces me saca de quicio.
—Tu lobo no es tu enemigo, déjate llevar —le explico al tiempo que repetimos el ejercicio—. Es otra faceta de ti, pero sigue siendo tú. Cuando luchas contra él, luchas contra ti mismo y eso te hace mucho más débil.
Lanzo un golpe sin aviso. Santos lo bloquea, no con una buena técnica de entrenamiento, sino por puro instinto de lobo.
—¿Ves? Tu lobo sabía que venía el golpe antes que tu mente humana. Confía en esos instintos.
La puerta del gimnasio se abre de golpe.
Cada uno de los lobos del recinto se queda inmóvil, tan solo se escuchan las respiraciones agitadas al ver entrar a Dereck Stone.
Enorme, con su pelo canoso recogido hacia atrás en una cola de caballo.
Otros tres miembros mayores de la manada le acompañan.
Todos tradicionalistas, gente que ha dejado clara su opinión sobre mi liderazgo durante los dos últimos años.
La luna llena lo amplifica todo, incluida su ambición.
—Alfa —pronuncia mi título más como un gruñido que como una palabra—. Necesito hablar contigo.
Podría hacerle esperar. Podría terminar la sesión de entrenamiento y obligarle a venir a mí en privado, porque justo eso es el protocolo que él tanto respeta.
Pero los lobos jóvenes están mirando, observando cada movimiento que hacemos y Dereck lo sabe.
Sea lo que sea lo que haya venido a decir, quiere público.
—Cinco minutos de descanso, chicos —anuncio a la sala—. Hidrataos bien.
La manada se dispersa hacia los bordes del gimnasio, pero nadie se va. Por supuesto que no. Esto podría convertirse en algo muy interesante para ellos si se produce un desafío.
Permito a mi loba interior tomar un mínimo de control. Quiero que sienta su poder, quiero recordarle por qué soy la Alfa de esta manada.
—¿Tienes algo que decir, Stone?
—Ava Reese —anuncia, cruzando los brazos—. Les concediste a ella y a su… pareja estatus completo de manada el mes pasado.
La larga pausa que hace justo antes de pronunciar la palabra “pareja” la hace a propósito. También la mueca en sus labios.
—Se llama Brianna Hayes —corrijo, manteniendo mi tono de voz neutro—. Y sí, lo hice. ¿Por qué?
—Sin consultar al Consejo.
—¿A qué coño viene esto, Dereck? Sabes perfectamente que la Alfa no necesita aprobación del Consejo para admitir nuevos lobos a la manada, sobre todo, cuando han probado su valía.
Dejo que un atisbo de gruñido cargue mis palabras y capto el olor de su inquietud. Bien. Debería estar nervioso.
—La manada necesita parejas reproductoras, Alfa —dice, bajando la voz hasta convertirla casi en un susurro.
Ya estamos con la misma mierda de siempre disfrazada de una preocupación sincera por el futuro de la manada.
He escuchado todas las posibles variaciones de ese mismo argumento desde que salí del armario a los dieciséis.
Pensé que a estas alturas debería quedar ampliamente demostrado que conseguí transformar una manada mediocre en la fuerza más temible de Nueva York. He construido alianzas, modernizado nuestras operaciones, asegurado que cada lobo bajo mi protección tuviese no solo seguridad sino oportunidades.
—¿Has interrumpido un entrenamiento para darme tu opinión sobre las parejas del mismo sexo? —protesto alzando la voz.
—No. Al menos tres lobos han informado de problemas en la zona de Manhattan y no tenemos noticias de esas dos —responde sin más.
—¿Problemas?
—No han podido transformarse a pesar de ser luna llena —explica y ahora sí observo en sus ojos un destello de preocupación.
—Lideraré yo misma un equipo de reconocimiento. La sesión ha terminado —informo, mientras paso al lado de Dereck con mirada retadora.
Mi hermana River camina junto a mí, pero no habla hasta que llegamos a mi despacho. Sabe que tarde o temprano Dereck me lanzará un desafío. De hecho, ni siquiera sé por qué no lo ha hecho ya.
—Sabes que el hecho de que sigas sin pareja supone una causa de preocupación para la manada, ¿verdad?
—Me lo has dicho varias veces —protesto.
—Ya, bueno, es que no es por nada, pero a tu edad lo normal es haber encontrado ya a tu alma gemela y…
—Sin presión, ¿eh?
—Tu alma gemela te haría mucho más fuerte —me recuerda.
—Llegará cuando tenga que llegar —gruño.
—O quizá es que eres tan rara que no tienes alma gemela —bromea ella, pegándome un suave golpe en el hombro.
—Dereck se está volviendo más atrevido.
—Podrías resolver la mitad de este tipo de problemas con los tradicionalistas eligiendo a una pareja.
Cualquier pareja. Solo para mostrar estabilidad.
Luego te acuestas con quien te dé la gana, pero debes respetar las políticas de la manada.
Han sido así durante miles de años y hay gente que no entiende otra cosa.
—Como Dereck.
—Como Dereck —repite mi hermana.
—River —suspiro, clavándole la mirada—. Sé, con una certeza que no sabría explicar, que mi alma gemela está ahí fuera. En algún lugar. Simplemente, aparecerá algún día. Y estoy dispuesta a esperar por ella el tiempo que haga falta.
—¿Incluso si tu posición de liderazgo se va erosionando? No puedes depender siempre de la intimidación.
—A cualquier precio —le recuerdo.
River sonríe. Es la única que lo sabe. Todas mis relaciones me han dejado con un vacío interior tan doloroso que ni siquiera me atrevo a intentarlo de nuevo.
La conexión con una pareja debería ser instantánea, innegable, inevitable.
Al fin y al cabo, de eso se trata todo lo de las almas gemelas, ¿no?
Si la mía está ahí fuera, en algún lugar, no pienso traicionarla buscando una pareja solo por mantener una alianza con otra manada o bien para ganar puntos frente al Consejo.
—Coge algunas armas, nos vamos a Manhattan antes de que sigas diciendo más tonterías —ordeno.
Y, de pronto, lo siento.
Es como un rayo que golpea mi columna vertebral. Un tirón, una demanda en mi pecho. Mi loba se levanta tan rápido que casi me caigo de rodillas.
Compañera.
No. No, no, no.
Mi loba está frenética, apenas puedo controlarla. Encontrar. Reclamar. Proteger.
—¿Whisper? —La voz de River me saca de la espiral de mis pensamientos y me devuelve a la realidad—. Tus ojos se volvieron dorados, como si estuvieses a punto de transformarte. ¿Qué coño te ocurre?
Trago con fuerza y obligo a mi loba a retroceder, pero es como intentar contener un tsunami.
—Nada. Es solo la luna llena —le aseguro, tratando de forzar una sonrisa que queda demasiado falsa.
River no me cree; pone los ojos en blanco y alza las cejas.
Esto no puede estar pasando. No ahora. No cuando cada vez más miembros de la manada comienzan a tener problemas para transformarse incluso con luna llena. No cuando me necesitan más fuerte que nunca.
No cuando ni siquiera sé quién es ella.
Pero incluso mientras trato de racionalizar, puedo sentirla. Hacia el sur de la ciudad. En peligro.
—Vamos a Manhattan. ¡Ya! —ordeno.
Antes de que pueda responder, la puerta se abre de golpe.
—Alfa, han encontrado a Ava Reese. Hay algo que debes ver de inmediato —informa Dereck con cara de preocupación.
Al principio, creo que está muerta.
Luego me acerco más, y me doy cuenta de que la muerte habría sido algo más amable.
Ava tiene veintidós años, pero es fuerte y segura en su forma de loba, rápida. Le concedí estatus completo a pesar de ser muy joven porque se lo ganó, porque lo demostró en cada prueba que le puse. Con luna llena debería ser muy difícil de atacar.
Ahora, su piel morena está surcada de venas de cristal negro.
Se extienden desde su pecho, trepando por su garganta, bajando por sus brazos y cruzando su cara. Sus ojos están abiertos, siguen mi movimiento, pero no consigue emitir ningún sonido.
—¡Ava! —Brianna Hayes cae de rodillas junto a su novia, las manos flotando sobre su cuerpo como si tuviese miedo a tocarla.
—¿Puedes transformarte? —pregunto con suavidad.
Los ojos de Ava se llenan de lágrimas. Niega con la cabeza, casi imperceptible, pero ese ligero movimiento produce diminutas grietas que se extienden en telaraña a través de las venas cristalinas.
—Llevadla a la sala médica. Ya. Y quiero a cada sanador que tengamos examinando esto.
¡Encontrad una solución sea como sea! —grito—.
Y tú, ni se te ocurra repetir esa mierda de que es una maldición, te lo advierto —agrego, señalando a Dereck Stone con el dedo—.
No tiene nada que ver con una maldición, esas cosas no existen.
Esto es un ataque a la manada. Y te juro que encontraré a quien esté detrás de todo esto y le cortaré en pedazos.