Capítulo 2
Gabriela
La extraña sensación de que alguien me observa consigue que se me ericen los pelos de la nuca. Me doy la vuelta despacio, comprobando el apartamento en busca de la posible amenaza, pero no hay nada. Solo muebles caros, arte abstracto muy feo y dos vampiros muy muertos.
Aun así, no puedo quitarme la idea de que algo me devuelve la mirada.
En cuanto llega el equipo de limpieza del Concilio, me marcho a toda prisa, casi sin saludar, corriendo por un pasillo lleno de lujo anónimo, de ese que grita “mucho dinero y poca personalidad”.
El viaje en ascensor es interminable. Observo los números descender en el pequeño monitor: 32, 31, 30, 29, e intento no pensar en redes cristalinas.
Y, en el momento en el que capto mi reflejo en el espejo, desearía no haberlo hecho. Durante un segundo, menos de un latido, observo patrones cristalinos extendiéndose por mi piel como si fuesen escarcha en una ventana. Blanco plateado en lugar de negro, intrincado y hermoso.
Absolutamente terrorífico.
Retrocedo tambaleándome, pego la espalda a la pared del ascensor, y cuando vuelvo a mirar, soy normal. Soy yo de nuevo, Gabi Castillo, ligeramente salpicada de sangre, pero yo.
No vuelvo a mirar el espejo. No me atrevo.
Para cuando llego a la calle, estoy convencida de que esos dos vampiros estaban hasta arriba de alguna droga.
Supongo que cuando vives cientos de años te acabas aburriendo de las cosas normales de la vida.
No lo sé, intento no tener mucho trato con esa especie porque me ponen de los nervios y siempre me apetece sacar los cuchillos.
La luna llena cuelga enorme y plateada sobre el cielo de Manhattan y a esta hora, en ese punto que se encuentra entre la noche y el amanecer, las calles están inquietantemente en silencio.
A mi lado pasan algunos coches con los faros encendidos, cortando la oscuridad.
Un indigente duerme en un portal, y dejo un billete de veinte a su lado. No se mueve.
El paseo hasta mi coche me da tiempo para pensar, lo cual es lo mejor que puedo hacer ahora mismo.
O lo peor.
Esa visión. Si es que fue una visión y no una alucinación por alguna droga. La red que se extiende por la ciudad, conectando los distintos puntos de poder sobrenatural.
Y esa presencia debajo de todo ello.
Esperando.
Una vez que entro en mi coche, simplemente me quedo ahí, la frente apoyada en el volante, respirando muy lentamente.
Debería ir a la enfermería como Lawson me ordenó. Lo mejor es que me revisen bien por si acaso, luego rellenar mi informe y dejar que otro se encargue del vampiro cristalizado raro.
Arranco el coche y pongo rumbo a casa. Nunca se me ha dado bien seguir órdenes.
Mi apartamento está en Brooklyn Heights, un loft en el último piso con vistas panorámicas a Manhattan, lo bastante lejos del Barrio Nocturno como para fingir que vivo como una persona normal.
El edificio es antiguo, aunque bien mantenido.
Es el típico sitio donde nadie hace preguntas mientras pagues el alquiler a tiempo y no causes problemas. Justo lo que necesito.
Todo en él tiene su lugar. Las armas en la habitación oculta que he construido detrás de la estantería.
Libros organizados por tema, luego alfabéticamente.
Cocina impecable porque nunca la uso. Un pequeño salón.
Más armas. Ventanas con las cortinas siempre echadas porque no me gusta que me vean desde fuera.
Y espejos. Cuatro espejos que evito mirar siempre que puedo.
Nunca me había cuestionado el motivo de esa manía.
Igual que nunca me había cuestionado que los reflejos, a veces, mienten un poco; una sombra donde no debería haberla, un movimiento que no coincide exactamente con el que había hecho.
Siempre lo atribuí a que mi trabajo es un poco estresante. Bueno, bastante estresante.
—Estás perdiendo la cabeza, Castillo —mascullo entre dientes, frotándome los ojos.
En la ducha, pongo el agua todo lo caliente que puedo soportar. El calor siempre ayuda, afloja los músculos, se lleva el olor a muerte y la sangre seca.
Pero esta noche no lava el recuerdo de esa visión. La expresión de terror de ese vampiro mientras se cristalizaba desde dentro hacia fuera.
Apoyo las palmas contra los azulejos y me concentro en respirar. Cuatro segundos dentro, cuatro segundos fuera, cuatro segundos dentro, tal como me enseñó mi abuela hace muchos años cuando regresaba llorando del colegio porque otros niños se metían conmigo.
Debería llamarla. Desde su jubilación, vive en una casita en Queens con un pequeño jardín y demasiados gatos. Los cazadores del Concilio rara vez se jubilan. Tarde o temprano, un monstruo los caza a ellos. Pero mi abuela lo hizo. Quizá sepa algo sobre eso de la cristalización.
Camino desnuda hasta mi dormitorio.
No miro el espejo. Por si acaso.
Dormir parece imposible, pero en algún momento creo que lo consigo porque me despiertan unos golpes en la puerta y fuera ya es de día.
Me pongo una camiseta vieja, unos pantalones de pijama y cojo mi katana. Nunca se sabe.
—¿Qué coño haces aquí, Lawson? —pregunto al ver quién es—. Y deja de mirarme los pezones, mis ojos están más arriba —gruño.
—¿Cómo estás?
—¿Aparte de cabreada porque me has despertado? ¿Vas a decirme qué ocurre?
Saca el móvil, desliza el dedo por la pantalla hasta detenerse en una foto en concreto y me lo pasa.
Es el vampiro cristalizado. Pero diferente. Ahora hay grietas recorriendo el cristal negro, grietas que se extienden como fracturas en el hielo fino. Y en el centro de su pecho, donde el cristal era más grueso, algo brilla. Una diminuta luz dorada.
—No estaba así cuando lo encontré —le aseguro, devolviéndole el móvil.
—Lo sé —suspira, pasándose una mano por el pelo, desordenándolo en vez de peinarlo—. Gabi, hay algo más. La otra cristalización.
Se me corta la respiración.
—¿Qué otra cristalización? —pregunto confusa.
—En Tribeca. Hace tres días. Pensamos que era un incidente aislado, pero ahora… —Hace una pausa, como si estuviese meditando cuánta información me puede contar.
En sus ojos veo algo extraño. Miedo. Lawson, que se ha enfrentado a nidos de vampiros y a cultos demoníacos, tiene miedo.
—Gabi, el sujeto que recuperamos de Tribeca sigue vivo. O lo que sea que signifique estar vivo cuando estás convertido en una especie de cristal.
Me quedo con la boca abierta. Literalmente. Estoy segura de que parezco una idiota, con la mandíbula colgando como si fuese uno de esos personajes de dibujos animados que salen por la tele.
—¿Quieres decir que hay alguien vivo ahí dentro? ¿Dentro del cristal?