El vínculo de cristal
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Capítulo 1
Gabriela
Los colmillos del vampiro chasquean a un centímetro de mi garganta.
Clavo la hoja de plata en su pecho, buscando el corazón con diez años de práctica. Chilla. Es un sonido agudo y fino que se hace insoportable. No tiene nada que ver con las películas. Odio que los vampiros chillen de ese modo al morir.
Su cuerpo convulsiona contra el mío, pegados en una parodia grotesca de intimidad: su traje a medida empapándose de sangre, mi cuchillo hundido hasta la empuñadura en su carne.
—Shh —susurro, casi con ternura—. No debías haber matado a ese chaval en el East Village. Sabías que está prohibido.
Sus ojos rojos se dilatan y, a continuación, se apagan. La luz se extingue como si alguien hubiese pulsado un interruptor, y su cuerpo se desploma. Retrocedo, dejándole caer, y golpea el suelo de mármol de su ático con un ruido húmedo que sé que resonará en mi cabeza durante días.
El recuerdo surge de pronto, como casi siempre.
Mi primera muerte no fue tan limpia.
Tenía dieciséis años, toda la arrogancia de un año de entrenamiento y ninguna experiencia real. El vampiro también era joven, había sido convertido quizá una semana antes de cuando lo encontré alimentándose de una indigente en Central Park.
La hoja de mi cuchillo entró mal, se atascó en un hueso. El vampiro chilló, me lanzó contra un árbol con suficiente fuerza como para romperme tres costillas. Me arrastré hacia él, aterrada pero decidida, y terminé el trabajo temblando, mientras su sangre y la mía empapaban la hierba.
La directora Priebe me encontró vomitando detrás de un arbusto.
—La primera muerte siempre es difícil, Siete —susurró, colocando una mano en mi hombro—. Lo importante es que sobreviviste.
Sobreviví.
Él no lo hizo. Tampoco los que vinieron detrás. Vampiros o lobos. Alguna bruja, aunque esas suelen cumplir mejor las reglas.
Una década más tarde, ni siquiera me estremezco al matar.
La luz de la luna atraviesa los ventanales.
Eso hizo mi trabajo mucho más fácil. Los vampiros se vuelven irresponsables y descuidados durante la luna llena, sus instintos depredadores se olvidan de que los humanos hemos aprendido a devolver los golpes.
Es todo lo contrario de lo que ocurre con los lobos.
Es mejor no cazarlos durante esta época del mes.
Me coloco en cuclillas junto al cuerpo para comprobar que esté completamente muerto.
Con los vampiros nunca se sabe. Más de un cazador perdió la vida por no hacerlo.
Sin respiración. Sin pulso. La piel ya enfriándose, adquiriendo esa cualidad cerosa que significa que no va a volver.
Bien. No me apetecía decapitarlo en medio de un ático tan elegante, y la sangre es un coñazo de limpiar.
Apoyo la bota en su cuerpo y recupero el cuchillo de un tirón.
La memoria muscular me guía a través de la rutina posterior a la caza: fotografiar el cuerpo desde tres ángulos diferentes, comprobar testigos civiles (ninguno, menos mal), buscar evidencia de otras víctimas.
El Concilio querrá un informe completo antes del amanecer, y la directora Priebe no acepta un “estaba ocupada” como excusa para una documentación chapucera.
El apartamento es espectacular. Jodidos vampiros, dominan el mundo de las finanzas y la gente no lo sabe. Arte abstracto que probablemente cuesta más que varios años de mi sueldo, muebles que parecen no haberse usado nunca y una colección de vinos que ocupa una pared entera.
Esto es lo que se me da bien. Las muertes limpias, la distancia profesional entre los monstruos que cazo y yo.
La puerta del dormitorio está cerrada. No la revisé durante mi barrido inicial del apartamento. Error de novata, pero el vampiro se me echó encima tan rápido que estaba más concentrada en no morir.
Me aproximo despacio, la hoja todavía en la mano, cada uno de mis sentidos en alerta máxima. Si hay otro vampiro ahí dentro, sin duda me habrá escuchado. Pego la oreja a la puerta. Nada. Ni respiración, ni latido, ni movimiento.
Pero ese olor. Mierda, ese olor es raro.
Giro el pomo.
El dormitorio es un compendio de excesos de mal gusto. Todo seda negra y cromo, pero apenas me fijo en la decoración. Mi atención se clava en la figura desparramada sobre la cama de matrimonio, y mi corazón se detiene durante un instante.
Otro vampiro. Un hombre joven, convertido en sus veintitantos. Guapo de esa forma depredadora que todos ellos tienen, con sus pómulos afilados y su complexión atlética.
Y está cristalizado.
Joder, cristalizado.
Recuerdo haber leído algo así en un informe del Concilio hace muchos años, pero no le presté mucha atención y no recuerdo nada.
Su piel tiene una cualidad translúcida, como si lo hubiesen tallado en cristal negro ahumado.
Venas de obsidiana se extienden desde su pecho en un patrón de telaraña, desapareciendo bajo la ropa.
Su boca está congelada en un grito silencioso, colmillos al descubierto, una mano en garra hacia la puerta como si hubiese intentado escapar o defenderse.
No respira. No se mueve. Pero tampoco es polvo. Sea lo que sea esto, no es una muerte limpia.
Debería informar. Debería retroceder, precintar la escena y dejar que los especialistas del Concilio se encarguen.
En lugar de eso, me acerco más.
Trato de averiguar los detalles. No hay signos de lucha, tampoco heridas defensivas, su ropa está intacta.
Lo que sea que le atacó fue extremadamente rápido.
La cristalización parece haberse originado en su pecho, el cristal negro es más espeso en esa zona y forma una masa casi tumoral sobre el corazón.
Extiendo la mano. Sé que no debo hacerlo, pero por algún motivo que no comprendo, me siento atraída por ese extraño patrón oscuro. Presiono la punta de los dedos contra el cristal.
El mundo explota.
Ya no estoy en el dormitorio. Estoy dentro de la muerte del vampiro, experimentándola como si fuese una película proyectada en mi cerebro.
Está entero, sano, riéndose de algo en su móvil.
Luego, un dolor súbito y catastrófico. Horrible.
Se lleva ambas manos al corazón. La confusión da paso al terror más absoluto mientras el negro se extiende por sus venas como la tinta en un vaso de agua.
Intenta correr hacia la puerta, pero sus piernas no funcionan. Trata de gritar, aunque ningún sonido sale de su garganta. La cristalización avanza demasiado rápido, endurece sus músculos, sus órganos, sus huesos. No puede respirar.
La visión cambia, me muestra algo que no puedo comprender del todo.
Veo a una mujer con ojos que parecen espejos rotos. Está de pie sobre decenas de cuerpos cristalizados, sonriendo como si fuesen obras de arte.
Orgullosa de lo que ha hecho.
—La evolución comienza con sangre y termina con cristal —susurra en mi cabeza—. Tú serás mi mejor creación, pequeña cazadora.
La visión muta de nuevo. Me veo a mí misma, pero no como soy ahora. Mi piel está cubierta de venas plateadas que se extienden por todo mi cuerpo. Estoy de pie junto a una mujer con los ojos dorados. Ojos de loba. Nuestras manos están entrelazadas. Puedo oler su aroma incluso en la visión.
Luego observo Manhattan desde arriba, y toda la ciudad está infectada. Hilos cristalinos conectan edificios, personas, todo. En el centro de la red, algo espera con la paciencia de una araña.
—Elige. —La voz de la mujer resuena de nuevo en mi mente—. Evolución o extinción. Amor o supervivencia. No puedes tenerlo todo.
Lo último que veo antes de ser expulsada de la visión es a la mujer de ojos dorados luchando a través de un ejército de criaturas cristalizadas para alcanzarme. Sangra por decenas de heridas, pero continúa avanzando hacia mí. Sigue peleando.
Me mira y en ese mismo instante, la visión me lanza de nuevo a la realidad con tanta fuerza como para tirarme al suelo.
Jadeo, observo la sangre goteando desde mi nariz. El cuchillo se me escapa de las manos.
—¿Qué coño ha sido todo esto, joder? —mascullo entre dientes sin comprender nada de lo que ha ocurrido.
Quizá algún tipo de toxina que el primer vampiro llevaba encima y fue absorbida a través de mi piel durante la pelea. Seguro que se estaban metiendo alguna droga nueva de diseño. Es la única explicación que tiene sentido.
Necesito llamar a Lawson, que traigan un equipo de materiales peligrosos, quizá debería pasarme por el ala médica del Concilio para un protocolo de desintoxicación.
Un par de tonos. A continuación, la voz familiar de Lawson.
—Más vale que sea importante, Siete. ¿Sabes qué hora es? —gruñe.
Llevamos diez años trabajando juntos y Lawson todavía me llama a veces por mi designación de cazadora en lugar de por mi nombre. Debería molestarme, aunque por alguna razón, no lo hace.
—Eliminación de vampiro en luna llena en Tribeca —anuncio, forzando la voz hasta adquirir una neutralidad profesional—. Caza estándar. Pero hay una complicación con la que no contaba.
Oigo movimiento, el clic de un teclado. Lawson no duerme como la gente normal, simplemente… se apaga en su escritorio hasta que alguien le necesita.
—¿Qué tipo de complicación?
—Había un segundo vampiro. Ya estaba muerto cuando llegué, pero no fue una muerte normal.
—¿Qué quieres decir? Siete, ¿puedes hablar claro?
—Estaba cristalizado.
—Repite eso —insiste.
—El cuerpo se había convertido en una especie de cristal negruzco.
Parece que empezó desde el pecho y se extendió.
Es… —hago una pausa, intentando encontrar palabras que no me hagan sonar como si de pronto se me ha ido la cabeza—.
Está mal, Lawson. Esto no es fisiología vampírica, no es ningún tipo de muerte que haya visto antes.
—¿Lo has tocado?
Me limpio la nariz, que sigue sangrando.
—Quizá.
—Joder, Gabi —grita—. ¿Cómo que quizá? ¿El quizá tocarlo ha resultado en quizá síntomas?
—Poca cosa. Hemorragia nasal. Posible alucinación sin importancia. Nada que no pueda manejar. Supongo que se estaban metiendo alguna droga de diseño y…
—Ya. Porque tú tienes un historial estupendo a la hora de manejar las cosas peligrosas —ironiza—. Estoy enviando un equipo de limpieza. No toques nada más. No… Gabi, ¿me estás escuchando, joder? ¡No toques nada y sal de ahí en cuanto lleguen los especialistas!
—¿Cuándo no te he hecho caso?
—Nunca lo haces.
—Quiero irme a casa cuanto antes. Ha sido una noche rara —murmuro.
—Revisión médica primero.
—Lawson…
—Revisión médica, o llamo a la directora Priebe y le digo que estás comprometida.
—Eres lo peor —me quejo.
—Lo sé. Ahora mueve el culo a los servicios médicos del Concilio para asegurarnos de que no te vas a cristalizar o lo que coño haga esa cosa.
Cuelga antes de que pueda discutir más.
Echo un último vistazo al vampiro muerto en el dormitorio. Es algo casi hermoso. La escultura de un depredador atrapado en su momento final, congelado para siempre en terror y rabia. Reconozco que hay algo artístico en ello, bello de un modo macabro que me pone la piel de gallina.