35 #3
—Qué mujer tan testaruda eres —gruñe, y agarra la manta cerrando el puño—.
Así no funcionan las cosas. Todo lo que he hecho ha sido para mantenerte segura, amada, entera.
Yo ya he vivido mi vida. He vivido un millar de vidas.
Tú no tienes más que una existencia temporal, preciosa y sin garantías.
¿Por qué has renunciado a la música? La música lo es todo para ti.
—Y tú también —digo.
Por algún motivo, Notos baja la cabeza con expresión desgarrada. Yo le doy algo de espacio, pero sigo manteniendo el contacto.
—No puedo serlo todo para ti, Sarai. —Al cabo, separa sus manos de las mías y alisa las arrugas de la manta y se la recoloca sobre las piernas—. Eso lo entiendes, ¿no? Tienes que vivir primera y principalmente para ti.
—Creo que subestimas lo importante que eres en mi vida —le digo en tono sardónico.
Él no comparte mi humor, y mi sonrisa se va diluyendo. A fin de cuentas, tiene razón. Quien convierte a una persona en todo su mundo acaba por perderse a sí mismo.
—Tú no lo eres todo para mí —digo, en tono algo más calmado—.
Pero eres el consuelo que necesito, la ternura tras años de afrentas, la seguridad en un mundo que se me antoja demasiado peligroso como para enfrentarme a él yo sola.
—Y es más, mucho más—. Durante toda mi vida solo he conocido la inconsistencia del afecto de padre.
Tú eres el equilibrio, la fiabilidad, el refugio, el apoyo.
Tú me ves. —Todas mis aristas irregulares, todas mis heridas escarpadas y sin cicatrizar—.
Es algo que jamás quiero dar por sentado.
Porque te necesito, Notos. Te necesito a ti, a un dios desterrado, sin hogar.
A un hombre que comprende el dolor de tener que ganarse la aprobación de un miembro de su familia. A un compañero leal y puro de corazón.
Enderezo la espalda y, poco a poco, siento cómo se vuelve a alzar mi espíritu. La fresca brisa de la noche entra por la ventana.
—Tienes razón. No lo eres todo para mí. Pero sí que eres todo lo que quiero. La decisión que tomé…, no me arrepiento de ella.
Porque el sacrificio debe doler. La ausencia de lo que se entrega ha de ser difícil, pues solo entonces se consigue que el precio de lo perdido iguale el valor de lo ganado.
—Dime… una cosa. ¿Has visto tu violín desde que entregaste tu don?
Sus ojos escrutan mi rostro en busca de respuestas que no quiero darle. Aun así, suelto un suspiro.
—Solo una vez.
El instrumento se ha convertido en un hijo al que no reconozco.
Ahora sus curvas me parecen demasiado hinchadas entre las manos; mis dedos se niegan a moverse con flexibilidad.
Pasé el arco por las cuerdas y sonó un horrible chirrido de protesta.
Me encogí, devolví el violín a su funda y lloré hasta quedarme dormida.
Es posible que Notos capte la nube oscura que sobrevuela mi expresión al recordar el momento.
—Sarai…
—Basta. —No pienso flaquear. Por esto no—. Ya está hecho. No tengo ningún remordimiento. Lo volvería a hacer. Lo haría mil veces más a cambio de construirme una vida contigo. —Le agarro la mano tan fuerte como puedo y le transmito la fuerza férrea que llevo dentro—. Mírame, por favor.
Un músculo se tensa en su mandíbula. Alza la cabeza, con su piel oscura templada por luz dorada. Hay muchas arrugas de tensión en su semblante contenido. Todo irá bien. Quizá hoy no, ni mañana, pero al final, con el tiempo, sí.
—Los dioses siempre han subestimado a los mortales —le digo—.
La mitad del tiempo están tan cegados por su propia arrogancia que no consiguen ver ni lo que tienen delante de las narices.
La otra mitad del tiempo, se comen a sus propios infantes por miedo a perder el poder o las ventajas que poseen.
Notos se aprieta el interior del carrillo con la lengua.
—La verdad es que es una descripción bastante acertada —m e concede.
Por supuesto que lo es. Resulta que la realeza y las deidades comparten tendencias similares de autosabotaje.
—Creen que la música es un don singular que, una vez arrebatado, ya no se puede replicar. Pero eso no es verdad.
—Pero es que amabas la música —dice él entre dientes—. Y ahora la has perdido.
En realidad, eso es solo verdad a medias.
—Ya aprendí una vez a dominar el violín —susurro—. Volveré a aprender cuando esté lista. Pero tú… —Extiendo las manos para acunar su rostro—. Tú no puedes ser replicado, querido mío. Tú eres mi hogar. Siempre ha sido así. Y te quiero.
—Sarai. —Se inclina hacia delante y apoya su frente en la mía. Nuestras bocas se encuentran. Nos damos un beso lánguido, onírico de pura dulzura. Cuando Notos se aparta, tiene las mejillas arreboladas—. Mi corazón es tuyo —dice—. Sabes que lo es.
Sí que lo sé.
—¿Vendrás conmigo y verás el mundo tal y como yo quiero verlo?
—Mi hogar está contigo, allá donde vayas.
Queda decidido, pues. Viajaremos al oeste, al norte, al este.
Subiremos montañas y cruzaremos extensas planicies.
Presenciaremos el poder del mar. Y luego…
, bueno. El destino es algo muy curioso.
No sé a ciencia cierta qué nos depara el futuro, pero mañana volverá a salir el sol. Quién sabe lo que traerán los vientos.