El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 35 #2
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—Te recuerdo atada por las sombras —dice lentamente—, con la garganta expuesta a la hoja del príncipe Balior.

Recuerdo sentirme impotente y el terror de tener que verte morir.

Y… —A lza la mano, se la lleva al corazón y cubre con ella la fina línea blanca donde se hundió la hoja del príncipe—.

Recuerdo pensar que valía la pena morir en tu lugar.

Que no iba a poder vivir conmigo mismo sabiendo que habían cercenado tu vida.

Empieza a respirar entrecortadamente. Traga saliva, y veo que su inquietud crece como una inundación ante esa posibilidad que tan cerca estuvo de hacerse realidad.

Y así, el amor que siento por él se intensifica. Él refuerza mis partes más debilitadas, así que yo también puedo ser el acero de su hoja, el suelo pétreo donde se posa la arena.

—Estoy aquí, Notos —le recuerdo—. Estoy justo aquí. Estás a salvo.

El Viento del Sur suelta un aliento largo y pesado.

—En aquel momento no estaba seguro, pero la daga parecía pertenecer a Sueño, el dios responsable de la mitad de la vida de los mortales.

Esperaba que fuese el caso. Sus hojas, aunque tocadas por los dioses, no son como nuestras demás armas.

Están cubiertas de un poderoso elixir que sume a quien cortan en un sueño eterno.

—El príncipe Balior no lo sabía —comprendo—. No sabía que la daga que tenía pertenecía a Sueño.

De lo contrario jamás habría accedido al intercambio.

—Al final eso jugó a nuestro favor —dice Notos—. Esperaba que el elixir no me matase, al menos en un primer momento.

Yo habría tomado la misma decisión de haberme encontrado en su lugar. Habría entregado mi vida un millar de veces. Nada me habría detenido. Tras un instante, Notos se yergue sobre las almohadas hasta quedar sentado. Le tiendo un vaso de té de menta. Se lo bebe de dos tragos.

—Deja que lo adivine —dice con cierto pesar—. El príncipe Balior encontró la manera de drenar mi poder.

Yo me encojo.

—No, no es eso lo que ha pasado.

—¿Está muerto?

Si así fuera, diría que nuestras vidas serían infinitamente más sencillas.

—Escapó. No estoy segura de a dónde ha ido. —¿Habrá regresado a Um Salim? ¿O será la bestia quien ha decidido el camino?—. ¿Tienes idea de dónde puede estar?

Con un suspiro largo y pesado, Notos vuelve a tumbarse en el colchón. Sus ojos se cierran.

—Marles. El reino de Euros.

Frunzo el ceño y lo miro.

—Porque… —Ah. Porque la bestia quiere castigar al dios que desempeñó un papel en su encarcelamiento. Ahora que el rey Halim ha muerto, el Viento del Este, es decir, el Señor de la Montaña, es el único que queda—. La bestia se vengará de Euros —digo lentamente—. Y el príncipe Balior la ayudará.

Notos mira por la ventana. Dentro de unas horas, un torbellino de colores pintará el cielo, cada grano de arena brillará como una moneda dorada bajo el resplandeciente sol.

—Tengo que reunirme con Bóreas —dice a regañadientes—. Quizá sepa cómo enfrentarnos a esta amenaza. —Pero entonces vuelve a centrar su atención en mí—. Pero nada de esto explica cómo he despertado ni por qué ya no siento mi poder.

Entonces, le cuento la historia. Le explico que crucé el laberinto. Le hablo del espejo, que me permitió viajar entre reinos. Le hablo de las Tierras Yermas, de esa fortaleza de incontables puertas. El Viento del Sur no parece nada contento al enterarse de que he ido a ver a su hermano.

—Dime que Bóreas no intentó matarte. Conozco a mi hermano. Es de los que apuñalan primero y preguntan después.

—La verdad —digo— es que parece bastante comedido comparado con su esposa.

—Su esposa. —Notos se restriega el mentón, con ojos entrecerrados y aire escéptico—. No sabía que se había casado.

—Parece feliz. —Al menos esa fue la impresión que me dio durante los breves instantes en que no parecía comido por la sospecha—. Su esposa me gustó bastante. Se llama Wren. Tienen dos niños pequeños. Y… ahora Bóreas es mortal.

Los ojos de Notos vuelan hacia los míos, conmocionados.

—Mortal. —La mano en su pecho se crispa antes de caer sobre la manta—. ¿Y yo? ¿Yo también soy mortal? ¿Por eso me… pesa tanto el cuerpo?

Vacilo, pero en mi vacilación reside la verdad. Bueno, lo hecho hecho está.

—Sí.

Digiere este dato. No consigo descifrar su expresión. Hay tristeza en ella, tal y como yo esperaba, pero no es nada comparada con la devastación que vi en el espejo del laberinto cuando creyó que me había matado con la iris negra.

—¿Cómo ha sucedido?

—Hice un trato con el Concilio de los Dioses: te devolverían la consciencia a cambio de tu poder y tu inmortalidad.

—Se me contrae el semblante y un nudo en la garganta me impide disculparme.

Me obligo a hablar, aunque sea con un graznido de vieja—: Siento que no hayas tenido la oportunidad de decidir tu propio destino.

No debí hacerlo, pero… estaba dispuesta a cualquier cosa por salvarte de ese estado entre la vida y la muerte —d igo, y me aprieto más contra él, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello.

Su pecho palpita, y a mí se me encoge el corazón. No está contento. He elegido mal. No era decisión mía. Yo ya lo sabía, pero me dio igual, y…

—Lo siento, Notos —murmuro—. Sé que no es justo, pero te aseguro que tomé la decisión…

Un sonido estrangulado vibra junto a mi oído. Frunzo el ceño.

—¿Te estás… riendo? —Me echo hacia atrás, boquiabierta. El Viento del Sur intenta reprimir una carcajada. Niego brevemente con la cabeza—. No entiendo.

—No tienes que disculparte por nada —dice—. Yo habría tomado la misma decisión.

Espero, expectante.

—¿No estás enfadado?

Él se contempla las palmas de las manos, capas y más capas de callos y heridas.

—Es una pérdida, claro. Pero no tan grande como yo había pensado. Jamás reverencié mis poderes, como Euros. Nunca los usé como un escudo, como Bóreas. Ni tampoco los disfruté, como Céfiro. Lo hecho hecho está.

Tomo sus anchas manos entre las mías. Sí, pienso. Lo hecho hecho está.

De pronto, Notos frunce la boca, pensativo.

—¿Te pidió algo el Concilio a ti también? Imagino que no accederían a tu petición a cambio de nada.

El corazón me da un pálpito doloroso. Durante un momento, juraría que siento el peso fantasma del violín contra mi hombro y mi cuello.

—Así fue.

Varias arrugas asoman a su rostro. Patas de gallo y pliegues de inesperada melancolía. Notos lo sabe. Por supuesto que lo sabe.

—¿La música?

Asiento, incapaz de hablar.

—Sarai… —suspira—. Ojalá no lo hubieras hecho.

—Fue decisión mía.

—¿Pero valió la pena? —replica.

Valiente estupidez de pregunta.

—Por supuesto que valió la pena. ¿Cómo puedes preguntar algo así?

—Pues porque pienso en lo que más te conviene.

Qué manera tan extraña de demostrarlo.

—Como si estuviera dispuesta a vivir una vida sin ti.