35
E l Viento del Sur yace de espaldas, con el cabello corto bien peinado y los dedos entrelazados sobre el vientre.
Una pálida y delgada cicatriz le recorre el pectoral izquierdo, donde la daga tocada por los dioses le atravesó el pecho.
Incluso así, dormido, presenta un aspecto magnífico.
La luz de los candiles incide sobre las suaves curvas de su abdomen musculoso, trazando oleadas de vívido ámbar.
Respira tranquilamente por sus labios entreabiertos.
Han pasado horas desde que regresé de la tierra natal de Notos.
El Concilio de los Dioses me aseguró que no tardaría mucho en despertar, aunque me pregunto si no habrá sido todo un elaborado engaño para arrebatarme el don de la música a cambio de una promesa vacía.
Sentada junto a su cama, aguardo a su lado mientras el candil se va consumiendo.
No dejo de taparlo con más y más mantas para espantar el frío.
Más allá de la ventana abierta, las constelaciones se desplazan por el horizonte. La luna se aleja de la tierra.
Se oyen unos golpes en la puerta.
—¿Sarai?
—Pasa.
Roshar entra. Trae una bandeja de té, unos bocadillos y tartaletas de albaricoque. Esta noche va vestido con un camisón blanco de volantes y lleva el cabello recogido en pequeños rulos. Coloca la bandeja en una mesa cercana y toma asiento en una silla junto a la mía.
—¿Cómo está? —pregunta en un tono quedo y recatado, desacostumbrado en él.
Aparto un rizo de la frente de Notos. No dejo de escrutarle el rostro en todo momento en busca de alguna señal de vida, pero… nada.
—Tan bien como cabe esperar, supongo.
—Ya veo. —Habla en un tono que sugiere que no se cree ni una de las palabras que pronuncio—. ¿Y cómo estás tú?
Yo contemplo las almohadas en las que Notos apoya la cabeza. Parecen incómodamente planas. Las ahueco por los laterales. Mejor. Mucho mejor. ¿O quizá ahora están demasiado mullidas? ¿Qué sentido tiene todo esto? Bajo las manos, frustrada.
—Tengo miedo, Roshar.
Sus dedos agarran los míos y aprietan.
—Por supuesto que tienes miedo, querida. —Alarga la mano y me recoloca un mechón de pelo tras la oreja—. El amor da miedo. Pero has encontrado algo por lo que vale la pena luchar. Es un privilegio que no todo el mundo tiene en la vida.
¿Y qué pasa si no conseguimos avanzar? ¿Y si este es el final del camino? ¿Y si el Viento del Sur no se despierta? ¿Cómo podré seguir adelante con mi vida? No puedo pasar más años de duelo. Ya he pasado suficiente como para un centenar de vidas.
Roshar añade:
—Pero ¿te encuentras sana y salva? ¿Estás ilesa? —Le lanzo una mirada interrogativa a Roshar, que me explica—: Se cuenta que quedaste atrapada dentro del laberinto. ¿Es verdad?
Ah. Se iba a acabar sabiendo tarde o temprano, pero yo esperaba tener algo más de tiempo para prepararme antes de que ocurriese.
—Sí, es verdad.
—Por los dioses. —Se lleva una mano al pecho—.
¿Y escapaste? ¿Con vida? ¿Cómo lo conseguiste?
Bueno… —Niega con la cabeza y descarta su propia pregunta—.
No me hace falta saberlo. Lo que importa es que estás a salvo.
—Pero ¿estoy a salvo? ¿O quizá el príncipe Balior regresará algún día y conquistará Ammara?
—. Aunque… —Sus ojos destellantes vuelan hacia los míos—.
Tengo curiosidad por saber qué ha sido del príncipe Balior.
Nadie en palacio lo ha visto. Algunos afirman que murió, aunque yo creo que es demasiado astuto para morir.
Se recoloca el pelo con aire satisfecho.
—¿De verdad estás prestando atención a las habladurías del palacio, Roshar?
—Bueno, no del todo. —Ante mi mirada afilada, me dedica un batir de pestañas—. Está bien, sí. ¿Quién podría culparme? Ishmah casi ha acabado devorada por culpa de una oscuridad inexplicable. ¡Es lo más emocionante que ha pasado en décadas!
Lo último que necesito es que la gente se preocupe por aquello que no comprende. Ni yo misma entiendo todo lo que implica que la bestia haya escapado del laberinto.
—Lo único que sé es que el príncipe Balior se marchó de Ishmah y que probablemente esté de camino hacia Um Salim.
Para ejecutar los planes que lleva años trazando. Ahora hemos de esperar a ver qué cartas juega.
Roshar arruga la nariz, decepcionado. Había esperado sacarme alguna noticia, alguna obra maestra del chismorreo que poder propagar por la corte. Pero yo le he dado una respuesta muy breve, demasiado corta para que valga nada.
—Ajá. Bueno, pues que se vaya con viento fresco. De todos modos tampoco era tan guapo. —Mi amigo se cruza de brazos y frunce los labios, reflexivo—. Bueno, más o menos. A ver, tenía buen trasero, pero esa nariz…, bah.
Yo suelto un resoplido. Ahora que lo menciona, la nariz del príncipe Balior sí que era demasiado grande para mi gusto. Por no mencionar los aires de importancia que se daba.
—Te lo agradezco, Roshar. Más de lo que te imaginas. —Esbozo una sonrisa afectuosa—. Gracias por cuidar siempre de mí.
—Por supuesto, Sarai. —Parece conmovido por mis palabras—. Es lo que hacen los amigos.
Centro la atención en la ventana abierta. El cielo, aterciopelado. Las estrellas, heladas.
—Ya, bueno, es que yo no tengo muchos amigos, como bien sabes.
—¿Qué me dices de la reina?
Tironeo de un hilo suelto de la manta. Esa idea me provoca una calidez que no estaba presente en mí hace meses.
—Supongo… supongo que Tuleen es mi amiga —murmuro con vacilación. Qué alegría poder reconocer algo así.
Roshar mira de reojo al Viento del Sur y se vuelve a girar hacia mí.
—Ojalá pudiera quedarme, pero ha sido una noche muy larga. Mañana voy a reunirme con un cliente nuevo y quiero tener un aspecto despampanante.
Esbozo una media sonrisa.
—Entendido.
Ni se me ocurriría interrumpir los sueños reparadores de Roshar.
Se marcha en silencio y yo me como uno de los bocadillos mientras el tiempo pasa.
Camino en círculos entre la ventana, la puerta y la cama.
Doy cuenta de un segundo bocadillo. El candil se va consumiendo y yo me pongo cada vez más nerviosa, porque la noche casi ha acabado pero Notos sigue durmiendo.
Aun así, puedo esperar. Esperaré tanto como sea necesario…
Con un suspiro grave y retumbante, el Viento del Sur se despierta. De inmediato, sus ojos buscan los míos. Su tono terroso tiene una alarmante claridad. Me muerdo el labio inferior y reprimo las lágrimas. Sin embargo, el dolor se agudiza y me deja sin aliento. Abro los puños. Mis escudos caen.
Notos frunce el ceño y alza una mano hacia mi mejilla. Con el pulgar recoge la lágrima que corre por ella.
—No me gusta verte llorar —susurra.
Oh, su voz. Cuánto la echaba de menos.
—Si sirve para que te sientas mejor —resuello con palabras quebradas—, son lágrimas de felicidad. —De alivio. De gratitud total. Me muerdo con más fuerza el labio tembloroso. Ay, este hombre. Qué hombre tan hermoso—. Te he echado de menos.
Notos cierra los ojos al oír mis palabras, como si fuesen su propia música.
—Yo también te he echado de menos.
Y, sin más, me sube de un tirón a la cama.
Las mantas se enrollan entre mis piernas.
Sus fuertes brazos se entrelazan a mi espalda.
Me aplasta su cara contra el cuello y me envuelve su aroma oscuro y embriagador.
No hay una única emoción que domine el espacio de mi pecho.
Son muchas capas, y cada una añade nuevas profundidades a lo que ya está presente.
Es más que dolor, más que la más aguda agonía.
Es algo que vive y respira bajo mi piel.
—Me daba miedo haberte perdido —susurro. Me corren las lágrimas por las mejillas.
Él me aprieta con más fuerza y yo me hundo en él, en mi refugio.
—No me habías perdido —murmura con tanta convicción que me tranquiliza—. Eso jamás. Solo me fui a otra parte durante un tiempo.
Se me escapa una risa lacrimógena, pegada a su pecho. Pues sí, se había ido a otra parte durante un tiempo.
—Tienes que saberlo —susurra—. Dime que lo sabes.
Yo le acaricio la espalda con una mano para consolarnos a ambos.
—¿El qué?
Con delicadeza, Notos se aparta de mí y me dedica una mirada sincera. Por encima de su hombro, el candil se apaga, consumido todo el pabilo. Pero las sombras que emergen son inofensivas. El sol regresará pronto.
—En cualquier reino en que estemos, dan igual los obstáculos que surjan y las dificultades a las que tengamos que enfrentarnos…, te encontraré.
Me tiemblan los labios. Su rostro es fuerte, hermoso. Es el rostro de mi amado.
—No vuelvas a abandonarme.
—Jamás decidiría abandonarte. Has de saber que jamás lo haría.
Ahora lo sé. Quizá siempre lo he sabido.
Quizá lo habría aceptado antes de no haber permitido que el miedo guiase mi vida.
Durante un rato permanecemos sentados en medio de un silencio acogedor.
El latido de su corazón es un grave tamborileo en mi oído.
Un sonido precioso. He perdido a este hombre dos veces.
Creo que no podría sobrevivir a una tercera separación.
—Sarai —susurra, y algo en su voz me pone alerta: una confusión infantil—, ¿cómo es que ya no puedo sentir mi poder?
No respondo de inmediato, y su pulso se acelera.
Se pregunta, duda, sospecha. Pero yo ya había pensado que sería así.
En las horas de espera he conseguido dar forma a todo lo sucedido de manera palpable, fácil de digerir.
A fin de cuentas, esta conversación va a ser delicada.
Un cambio inesperado. Hay que tratarla con cuidado.
Me reclino y tomo sus anchas manos en las mías.
—¿Hasta dónde recuerdas? —pregunto.
Notos escruta mi mirada. Quizá es ahora cuando lo entiende. O quizá la fuerza de mi contacto le revela esta verdad tan difícil.