34 #3
Empiezo con la cuerda más grave y cierro los ojos.
A pesar de los años que han pasado, mis dedos recuerdan.
La música va creciendo poco a poco hasta el emotivo clímax.
Es un amanecer y un ocaso. Es la erosión de la piedra.
Caer rendido lentamente ante el amor, la seguridad, la confianza.
Estos momentos de creación, maravilla, completitud; todo ello en forma de notas musicales.
El sonido se desgrana, ni siquiera el vibrato lo puede suavizar, y yo permito que venga.
Es mi despedida de Fahim y de padre. Un último te quiero, un último adiós.
Y cuando acabo, cuando la última nota se apaga, me giro hacia mi público.
Las lágrimas surcan las mejillas de las doce deidades y las mías propias.
Incluso el dios del rayo, tan duro como parece, se enjuga los ojos, con la punta de la nariz enrojecida.
Tal es el poder de la música: alcanzar nuestros corazones y tocar trozos de nosotros mismos que nos da demasiado miedo reconocer.
Con cuidado, devuelvo el instrumento a la funda y digo:
—Esto es lo que te puedo ofrecer si despiertas a Notos de su sueño eterno: el regalo de la música.
Apolo me contempla con los ojos de un hombre que no puede ni concebir semejante idea.
—Jamás había visto a nadie tan diestro como tú al violín. —P arece dividido entre la confusión y el asombro. Experimentar semejantes emociones precisamente hacia una mortal debe de causarle gran incomodidad—. ¿Estás dispuesta a sacrificar tu don por el Viento del Sur?
—Así es —digo.
—¿Por qué?
—Porque prefiero una vida sin música que una vida sin amor —digo—. ¿Tú no?
Apolo contempla el violín, claramente vacilante. Pasa otro instante hasta que encuentra las palabras adecuadas:
—Tras la muerte de Jacinto, temí que la música hubiese abandonado mi vida.
Pero al oír lo que sabes hacer con este instrumento…
—Niega con la cabeza, asombrado—. El modo en que has tocado expresa exactamente cómo me sentí en su día.
Cómo me sigo sintiendo a veces. —Otra lágrima le corre por la mejilla, una gota clara sobre su piel dorada—.
Puede que seas mortal —d ice con voz temblorosa—, pero tú también comprendes lo que siente un corazón roto, un espíritu roto.
—Así es —susurro. Mucho más de lo que él se imagina.
Apolo inclina la cabeza y se mordisquea el labio inferior, pensativo. Contempla a los demás miembros del Concilio, quienes nos miran dubitativos e incrédulos.
—Tu interpretación ha sido mucho más de lo que yo esperaba, pero no soy más que una de las voces del Concilio. No puedo decidir yo solo.
—No es suficiente —dice el dios del rayo, y baja del pedestal.
Se cierne sobre mí, enorme. Me saca más de medio metro de altura.
Tengo que echar el cuello hacia atrás para mirarlo a la cara—.
¿La vida del Viento del Sur a cambio del don musical de una mortal?
Te olvidas de que Notos fue desterrado porque no podíamos confiar en que él y sus hermanos no urdiesen un plan contra nosotros después de que derrocásemos a los dioses de antaño.
¿Por qué habríamos de concederle esta gracia a cambio de tan poco?
—¿Porque sois gente decente? —sugiero con un expresivo encogimiento de hombros.
Al oír mis palabras, el dios del rayo echa la cabeza hacia atrás y suelta una enorme y resonante carcajada. Todo el Concilio se ríe como respuesta.
—¡¿Quién iba a pensar que los mortales tenían sentido del humor?!
Cierto. Se me olvidaba que estoy tratando con deidades a las que poco importan las promesas de poder, amor o seguridad. Ya tienen todo lo que necesitan. ¿Cómo poder convencerlos, pues?
—¿Qué más queréis? —pregunto.
Apolo intercambia una mirada muda con el dios del rayo, que dice con una sonrisa astuta:
—Para recuperar su vida, Notos tendrá que renunciar a algo a cambio: su poder y su inmortalidad. Vivirá el resto de sus días como hombre mortal.
La mera idea de que le arrebaten algo así… me da náuseas solo de pensarlo. Sería un verdadero sacrificio. ¿Estaría de acuerdo Notos? ¿Es correcto por mi parte tomar esta decisión por él? De estar en su lugar, ¿qué querría yo que hiciera? ¿Qué querría él?
«Eres mi corazón, en todos los sentidos de la palabra. Eres la mujer con la que imaginaba que pasaría el resto de mis días.»
«Al marcharme renuncié a la persona que me era más preciada.»
Me invade una sensación de certeza: Notos haría todo lo que pudiera por compartir su vida conmigo, tal y como estoy haciendo yo ahora.
Veo con total claridad nuestra vida. Los lugares a los que viajaremos, las cosas que veremos, el amor que alimentaremos.
Yo no tendría que envejecer sola mientras él se mantiene joven.
Tendríamos el privilegio de envejecer juntos.
—Está bien —digo—. Acepto.
Apolo se gira hacia un dios que lleva un casco de bronce, con dos alas a la altura de las orejas.
—Envíale un mensaje a Sueño —ordena—. Dile que revierta el efecto de su arma sobre el Viento del Sur por orden del Concilio de los Dioses. —Luego se gira hacia mí—. Una vez completado, mortal, este acto no podrá revertirse.
Notos vivirá. Con eso me basta.
—Gracias —susurro.
—Al contrario, te doy las gracias a ti —dice Apolo— por devolverme la música.