El viento del Sur (Cuatro vientos 3) 34 #2
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El dios del rayo se inclina hacia delante en su asiento. Quizá se está pensando si debería atravesarme el pecho con uno de esos rayos. Los miembros del Concilio pasean la vista nerviosos entre los dos. Algunos evitan mirarnos a los ojos.

—Por desgracia —retumba la voz del dios del rayo, impregnada de desdén—, ya no reconocemos al Viento del Sur como miembro de la Ciudad de los Dioses. Has perdido el tiempo viniendo aquí.

Ya había supuesto que sucedería algo así. Soy consciente de que Notos fue desterrado. Me contó su historia, una única vez. No me he olvidado. Después de su destierro, los Cuatro Vientos fueron borrados de los anales. Se les despojó de sus títulos. Para el Concilio de los Dioses, ya no existen.

No suelo ser de las que se rinden, pero esto no es una reunión normal y corriente. Soy una mujer mortal que ha venido a suplicar la ayuda de las más altas deidades. Llevar la contraria no servirá de nada. Mis súplicas no los convencerán. Solo hay algo que puedo ofrecer: a mí misma.

—¿Dónde está el dios Apolo? —pregunto.

Mi voz reverbera en la piedra y sale del templo convertida en un eco que se desplaza por el verdor iluminado por el sol. Un puñado de los miembros del Concilio se echa a reír. Una diosa de piel oscura y cabellos trenzados en la coronilla consigue decir:

—¿Quién se cree esta mortal que es para hacernos preguntas?

Sus ojos castaños se cruzan asqueados con los míos. Una emoción muy fuerte para alguien a quien no conoce, de quien no sabe nada.

—No me habéis entendido —digo una vez que se calma el barullo—. Os lo pregunto porque quiero ofrecerle un regalo.

Los miembros del Concilio se inclinan sobre la mesa e intercambian varias frases susurradas, lanzando ocasionales miradas en mi dirección. Como mortales, lo que nos toca es suplicar, rezar, implorar. Pero nunca exigir. Al cabo, uno de ellos echa su silla hacia atrás y se me acerca.

Se trata de un dios de complexión delgada, vestido con una túnica holgada de color blanco que le llega hasta la mitad de los muslos. Lleva en la sien un aro que resplandece sobre sus mechones de cabello rubio. Es Apolo, el dios del sol, de la música y de la luz.

Notos me contó que, en su día, este dios tuvo un enfrentamiento con su hermano, el Viento del Oeste, que vive en el reino boscoso de Carterhaugh.

Según me dijo Notos, Apolo perdió a un amante hace muchos siglos, un golpe del que nunca se recuperó.

Pretendo sanar su dolor, reparar su pérdida.

El duelo, a fin de cuentas, es como las estaciones.

Puede que afloje durante un tiempo, pero después llegan las lluvias y anegan la tierra reseca para luego crecer de nuevo cuando el tiempo vuelve a cambiar.

Apolo me rodea, con las manos a la espalda. La diosa Demi agarra una baya del plato de su vecino sin que este se dé cuenta.

—¿Qué quieres de mí, mortal? —pregunta Apolo.

Qué tono tan musical. Es luz en su forma más pura.

—Si no es demasiada molestia, necesitaría un violín para enseñarte lo que quiero.

Se suceden varios susurros que se intensifican y vuelven a atenuarse. Una mortal que quiere tocar el violín… para el mismísimo dios de la música. Las deidades niegan con la cabeza. Ya han decidido que no solo estoy malgastando su tiempo: también me voy a poner en evidencia.

El dios del rayo se gira hacia mí con una expresión inesperadamente intrigada.

—¿Un violín? ¿Por qué?

Porque lo he echado mucho de menos. Porque con un violín aprendí a contar historias. Porque sin violín no soy Sarai Al-Khatib. Pero lo que digo es:

—Porque el violín es mi voz cuando no puedo hablar.

Apolo me contempla durante un largo instante. A diferencia del resto del Concilio, no rechaza de inmediato mi petición. ¿Reconocerá el dolor que ambos compartimos? ¿Verá los agujeros de mi corazón?

En su mano aparece una funda de violín. La deposita en el suelo a mis pies. Yo me agacho, abro la funda y saco tanto el violín como el arco. Tras colocarme la barbada bajo el mentón, tenso las cerdas del arco y me pongo en pie.

Miro a Apolo, y el Concilio me observa. Algunos cuchichean entre sí jocosamente. Los ignoro.

—Si me lo permites, me gustaría tocar el Concierto incon­cluso.

—El Concierto inconcluso. —Apolo se pasa la mano por la barbilla, pensativo. La luz del sol destella en las puntas de sus brillantes cabellos—. Hace mucho que no lo oigo, pero… —Asiente una única vez—. Está bien. Si te crees capaz, adelante.

Yo tuerzo la boca. El destino me ha traído hasta aquí para tocar esta pieza ante Apolo.

Quedó incompleta por la muerte prematura del compositor y no es muy conocida.

Aun así, fue la pieza que yo pretendía tocar en la Competición de Violín del rey Idris de haber podido asistir.

Es la última pieza que toqué antes de la muerte de Fahim.