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E l templo es una extensión arrebatadora, tallada en piedra blanca.
Finas columnas soportan el peso de un techo picudo.
La escalinata que asciende hacia la entrada es ancha, y cada escalón se asemeja a una franja de luna creciente.
Al otro lado del templo hay árboles de laurel arracimados en valles que se abren entre grandes montañas, y una ciudad que descansa sobre unas lejanas colinas y resplandece como una moneda dorada.
Por orgullosa que me sienta de la arquitectura ammarana, los templos de Ishmah palidecen en comparación con esto.
No puedo sino sentir el latido del suelo bajo mis pies.
Las piedras son antiguas, así como esta tierra, este bosque.
Jamás pensé que tendría el privilegio de visitar el hogar natal de Notos.
Nunca había visto tanto verdor en mi vida.
Sin embargo, no puedo retrasar lo inevitable. Reúno valor y avanzo. Subo la escalinata del templo hasta la cima.
En la parte trasera del templo, sobre un ancho pedestal tallado en la misma piedra blanca, hay una larga mesa a la que se sienta lo que imagino que es el Concilio de los Dioses.
Las risas reverberan por entre las columnas.
Una conversación animada resuena entre los árboles que rodean el lugar.
Si las deidades se asemejan en algo a padre, mi llegada les parecerá maleducada en el mejor de los casos y ofensiva en el peor.
Mis sandalias rozan la alfombra de lana tejida a mano que lleva hasta el pedestal, aunque nadie se percata de que me acerco.
Tienen mucho con lo que distraerse. La mesa en sí está tan repleta de comida que se comba perceptiblemente en el centro.
Hay al menos cinco tipos de carne, incluyendo un jabalí asado entero, con el vientre abierto.
Gajos de fruta recién cortada en elegantes cuencos de cerámica.
El surtido de panes es igualmente variado y va acompañado de todo tipo de alimentos para untar: mantequilla, hummus, mermelada, queso tierno.
Una enorme tarta cubierta de bayas descansa en un lado de la mesa. Ya le han cortado un buen trozo.
Parejo a la comida va el vino. Las deidades beben con deleite de sus cálices.
En cuanto acaban con una botella, otra se materializa en su lugar.
Algunos han renunciado a todo resquicio de modales y comen con las manos, dejando restos por la superficie dorada de sus platos, y al infierno con los cubiertos.
Veo a un robusto dios con la cara embadurnada de sangre que mordisquea el fémur de un pavo asado y succiona el tuétano.
Ahora que estoy más cerca, cuento doce deidades en total, con sillas diseñadas específicamente para cada una.
Una diosa vestida con una larga túnica descansa sobre un asiento con alas; lleva una lechuza posada en su espalda.
Un dios de piel gris azulada descansa sobre un trono repleto de resplandecientes joyas a modo de escamas, con un tridente apoyado despreocupadamente en el reposabrazos.
Cada dios resulta igualmente impactante, encantador más allá de toda descripción posible.
Centro mi atención en el otro extremo de la mesa y me echo hacia atrás, pasmada. Me he equivocado. No todos los dioses son encantadores. Hay un individuo, con la piel cubierta de hollín, cuyas facciones son tan desagradables a la vista que me pregunto si de verdad debería estar aquí.
Me detengo a pocos pasos del pedestal. Una copa se hace añicos, las carcajadas resuenan en mis oídos.
Me quedo ahí plantada tanto tiempo que llego a preguntarme si el Concilio podrá verme en realidad.
Sin embargo, al cabo se fija en mí un dios vestido con ropas de seda roja que mientras mastica, pregunta:
—¿Una mortal?
El tintineo de los cubiertos se interrumpe bruscamente.
Doce pares de ojos me recorren, con todo tipo de expresiones de horror e incredulidad.
Esa palabra es veneno puro: «mortal». Se extiende como un incendio por toda la mesa en el espacio entre dos alientos.
Me tiemblan las rodillas. No puedo permitirme flaquear ahora.
Puede que sea mortal, pero yo también he nacido entre grandeza. Sarai Al-Khatib. Princesa de Ammara.
—¿Cómo has llegado al lugar donde se reúne nuestro Concilio, mortal?
La pregunta la ha formulado un dios enorme, de hombros anchos, sentado al frente de la mesa.
La luz de las velas ilumina el contorno de su torso musculoso y terso, cuya piel dorada está cubierta de tatuajes.
Tiene la mirada vigilante. Un enorme carcaj repleto de destellantes rayos descansa junto a sus enormes pies embutidos en sandalias.
Mis ojos se cruzan con los del dios del rayo. Es su líder, si no me equivoco. Es un dios y un rey.
—El modo en que he llegado hasta aquí es irrelevante —digo, pues no quiero traicionar a Wren y a Bóreas—, pero vengo en son de paz con una petición.
No es una súplica. Lo último que necesito es que las deidades se aprovechen de mí.
—¡Una petición! —Uno de los dioses suelta una risotada. Se inclina sobre su comida, con la boca manchada de rojo. Alrededor de su plato se acumulan no menos de siete cálices—. Qué impudicia tan deliciosa traes a nuestra mesa.
Echa la silla hacia atrás, la apoya en las dos patas traseras y cruza los dedos alrededor de la nuca. La diosa sentada frente a él, una mujer de piel oscura con facciones suaves, pone los ojos en blanco.
El dios del rayo me mira con curiosidad.
—Evidentemente, alguien te ha dicho cómo podías encontrarnos. Sea quien sea, ¿te explicó que solo interferimos en los asuntos de los dioses?
—Así fue. —Le mantengo la mirada con firmeza—. No hice caso.
Varias cejas se alzan. Yo me mantengo firme en mi sitio, por más que esté temblando. Solo puedo luchar con fuego contra el fuego. Debo de ser lo más entretenido que les ha pasado en siglos. Añado:
—Puede que no sea de origen divino, pero mi petición tiene que ver con un dios. Si no os importa…
—Silencio, mortal —dice el mastodonte de la boca manchada de sangre—. Tus próximas palabras bien podrían ser las últimas.
Aprieto los dientes. Me pica hasta el cráneo bajo el escrutinio de tantas miradas, pero alzo la cabeza y me enfrento a sus semblantes de desdén.
Llevo demasiado tiempo conteniendo la lengua.
He malgastado años ociosamente. Estas deidades son orgullosas; las ciega su propia altura.
No pienso hacerme de menos ni creerme ajena a ellos.
Lo único que puedo exigirme a mí misma es mantenerme pura de corazón.
—Os pido que me permitáis hablar —digo con brusquedad—. ¿O acaso teméis el poder de la voz de una mortal?
El dios del rayo se endereza en la silla con una mirada oscurecida. Nadie habla, aunque, si no me equivoco, los rayos chisporrotean con creciente vigor dentro del carcaj. Su dueño alza una mano.
—Lleváosla de aquí.
Cuatro recios inmortales se materializan de pronto junto a mí y me agarran de los brazos. Se me dispara el pulso. Ellos me aferran con fuerza. Forcejeo sin el menor éxito.
—Por los dioses, dejad hablar a la chica.
Mi cabeza latiguea en dirección a esa voz. Una enorme diosa de ancho busto, con un elegante vestido que recorta su impresionante silueta, está repantingada en el extremo de la mesa, con una mano en la cadera y la otra apoyada en su superficie. Dice:
—Cualquiera diría que, tras varios milenios de la misma mierda, tendríamos mejores cosas que hacer que aferrarnos a pequeñas victorias contra los mortales. —Habla con un suave ronroneo. Tiene ojos amarillos de gato; los entrecierra bajo la luz del sol—. Qué patético.
Sea quien sea esta diosa, decido que me encantaría conocerla mejor.
El dios del rayo no parece estar de acuerdo. Suspira y alza los ojos hacia el techo abovedado. Su larga melena rubia le cae en bucles por el pecho.
—¿Hay algo que nos quieras decir, Demi?
—Pues la verdad es que sí.
Se oyen varios gemidos por toda la mesa. Algunos de los dioses se llenan las copas. La diosa de la lechuza en la espalda echa mano de una guinda en un cuenco y se la da de comer al ave, que tiene las alas grises plegadas sobre el lomo.
La diosa Demi alza los brazos en un gesto tan dramático como apasionado y exclama:
—Sé que nos encanta pensar que somos valerosos, locuaces y decididos. Pero está claro que esta mujer ha hecho un largo viaje para hablar con nosotros. No solo eso, sino que ha cruzado reinos enteros, una hazaña que pocos mortales han conseguido llevar a cabo.
—Cierto —espeta una diosa de barbilla puntiaguda con profusos rizos negros—, porque está prohibido.
La cabeza de Demi latiguea hacia ella.
—¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo así de heroico, querida?
Y no, asomarte al espejo sin cara no cuenta.
—Se oyen varias risitas disimuladas. La diosa de cabellos negros pone una mirada de desdén y se cruza de brazos con aire desafiante—.
Como mínimo —continúa Demi—, deberíamos oír su petición.
—Por aquí hay quien simpatiza con los mortales —murmura alguien.
Ella ignora el comentario.
—¿Por qué castigar la valentía en lugar de premiarla? La chica no pide mucho. Solo quiere una oportunidad para hablar.
Con un sonoro suspiro, el dios del rayo inclina la cabeza y se pinza el puente de la nariz con dos dedos tatuados. Yo soy la primera sorprendida cuando alza una mano ancha y dice:
—Habla, pues. —Su atención se centra en la diosa—. Siéntate, Demi.
Los ojos amarillos de la diosa se cruzan con los míos. Me guiña un ojo y toma asiento. Una vez acabada su actuación, todos los ojos de los dioses se vuelven hacia mí. Yo dejo escapar un aliento lento e inaudible. Es ahora o nunca.
—He venido a salvarle la vida al Viento del Sur —anuncio—. Ha sido apuñalado con la daga de Sueño y no puede despertar.
Un viento hueco se desliza entre las columnas.
—¿El Viento del Sur? —susurra alguien.
El dios ebrio se llena un octavo —¿o noveno?— cáliz y murmura:
—Esto no deja de mejorar.